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Septiembre /98
INTERPRETACION PSICOANALITICA DE UN SIMBOLO CULTURAL

Por: Bruno Jaraba, estudiante de Psicología IV semestre.
bjaraba@bonga.uninorte.edu.co

Además de sus posibilidades terapéuticas y de comprensión del acontecer humano particular, el psicoanálisis permite abordar, mediante sus herramientas conceptuales, una amplia gama de fenómenos que atañen al hombre como integrante de una sociedad y, particularmente, para el caso que nos ocupa, como participante de una cultura en perpetua creación. Ejemplos de esta posibilidad de abordaje analítico de los símbolos e imágenes de una determinada cultura son varios ensayos del iniciador de éste enfoque psicológico, tales como; "el tema de la elección de un cofrecillo", !grande es Diana Efesia¡", "sobre la conquista del fuego", y otros que sería oneroso enunciar aquí. En los mencionados ensayos Freud desentraña las profundas transacciones psíquicas que dieron origen a aquellos símbolos e imágenes y que así mismo les han dado permanencia en la memoria de los hombres.

Siguiendo esta misma línea de trabajo, intentaremos esclarecer el sentido profundo, arraigado en lo inconsciente, del símbolo de la corona de laurel, tan caro a nuestra cultura en la cual es convencionalmente representativo de la gloria, la paz y la victoria; usado para honrar a músicos, poetas ( de ahí la expresión poeta laureado) y militares eximios. La corona de laurel también es un elemento heráldico, según lo podemos ver en nuestro escudo nacional.

Indaguemos primero su origen mítico. Está claro que la corona de laurel se asocia con el dios griego Apolo, a partir del mito de la transformación de Dafne. Respecto al contenido de este mito existe un claro consenso entre poetas y comentaristas pretéritos y contemporáneos, puede resumirse así: fue el propio Eros ( o Cupido, o Amor) quien respondió a las burlas de Apolo hiriéndolo con una flecha dorada que lo inflamó en pasión por la ninfa Dafne, la cual, herida a su vez por la plúmbea saeta del desamor, huía espantada de los requerimientos del dios, tanto así que cuando se vio acorralada por éste clamó a su padre, el río Peneo, la librara de todo contacto con los hombres. Peneo, consciente de que los encantos de su hija podrían ser su perdición, provocó la metamorfosis de ésta en un frondoso árbol de laurel en el preciso momento en que éste se disponía a abrazarla. Aún viendo así truncado su propósito, el dios de la luz y la razón no cedió en su pasión y consagró aquel árbol a su culto, usando sus ramas como material para fabricar sus flechas, sus instrumentos músicos y para coronar sus sienes ( Ovidio -Metamorfosis 1, X- pone estas reveladoras palabras en labios de apolo: ya que no puedes ser mi esposa serás en verdad mi árbol siempre mi cabellera, mis citaras y mi carcaj se adornarán contigo). Este es. Esquemáticamente, el suceso mitológico en el que se apoya el uso de la corona de laurel y del cual proviene su carga simbólica, la que pasaremos ahora a elucidar.

Careciendo, como lo reconozco, de la agudeza crítica propia de los autores clásicos del psicoanálisis que les permite abarcar en sus estudios una amplia serie de elementos en su profundidad, matrices e interrelaciones, me limito a señalar los aspectos más sobresalientes del relato, lo que podrá, quizá aproximarse a una relativa comprensión de éste.

Lo primero a resaltar serían las facetas de la pasión de Apolo; por un lado insidiosa, al ser producto de la venganza de Eros que afecta violentamente al dios, arquetipo de racionalidad; por otro su carácter de imposible, debido a la negación renuente e inexorable de Dafne. Estos aspectos aunados a la intervención del padre para establecer terminantemente la prohibición parecen configurar un drama edípico el cual sólo me atrevo a plantear en tono de sugerencia.

Otro aspecto llamativo es el de cómo el cuerpo pase de ser objeto del deseo a material para la acción, ya sea bélica ( flechas) o artística (cítaras), mediante una transacción psíquica explicitada por el hecho de la metamorfosis. Si tenemos en cuenta que al consagrarse Apolo el árbol de laurel, cualquiera, o mejor, cada uno de estos árboles de madera propicia para la confección de arcos, flechas y cítaras encierra el cuerpo inalcanzable de la armada, no nos será muy difícil suponer tras la hermosa metáfora el proceso adaptativo conocido como sublimación, que Simón Brainsky define así: "La corriente pulsional se inhibe en el fin, pero continúa por el mismo cauce, dirigida hacia un objeto igual o similar al original y necesariamente enriquece al Yo". Este tipo de transacción psíquica no diverge de los atributos tradicionales de apolo, quien según Chevalier y Gheerbrant "Realiza el equilibrio y la armonía de los deseos, no por suprimir las pulsiones humanas, sino por orientarlas hacia una espiritualización progresiva, gracias al desarrollo de la consciencia".

Vemos entonces cómo este mito da cuenta de un proceso psíquico que aunque se verifica en todo individuo, se da con especial intensidad, o involucrando mayores montos libidinales, en ciertos sujetos excepcionales, aquellos precisamente a los que la iconografía distingue con la corona de laurel; músicos, poetas y estrategas, los cuales obtienen la energía para la acción de una fuente profundamente libidinal, tal como nos muestra Freud en el "Caso Juanito" y "El poeta y los sueños diurnos", para el caso de la música y la poesía respectivamente. En cuanto a lo militar nos bastará recordar a figuras como Alejandro de macedonia para sustentar la idea de una sublimación masiva como epicentro de la voluntad titánica y conquistadora de los estrategas gloriosos.

El significado simbólico particular del laurel avala nuestra interpretación, ya que al ser un árbol de hoja perenne es considerado en diversas culturas como símbolo de la perpetuidad, la victoria y la serenidad, e incluso, tal como afirma Bindermann: "Al laurel se le atribuía no sólo un poder curativo medicinal, sino también la virtud de purificación luego de contaminación psíquica". Todas estas son propiedades de evidente carácter sublimatorio.

No considero haber agotado las posibilidades de tema tan rico en sugerencias, ni haber dicho la última palabra al respecto, pero puedo dar por cumplido mi propósito si se llega a vislumbrar el amplio y profundo contenido humano de este mito particular y las oportunidades que para acceder a éste nos brinda la albor psicoanalítica.

BIBLIOGRAFIA:

BRAINSKY S. Manual de Psicología y psicopatología dinámica. Carlos Valencia Editores. Bogotá. 1987.

CHEVALIER y GMEERBRANT. Diccionario de símbolos. Editorial Marlon, Barcelona. 1982.

BIEDERMANN. H. Diccionario de símbolos. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1989.