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Septiembre /99

EL MITO, LO DAIMONICO Y EL SUICIDIO.
"Si la muerte sólo tuviera fascetas negativas,
morir sería un acto impracticable."
 
Cioran
Por : Jean David Polo
email: jdpolo@bonga.uninorte.edu.co
 
En el artículo anterior traté de exponer los fundamentos de la psicología existencial frente al mito. Devibo a las devoluciones hechas por mis maestros y profesores, en especial las del Doctor Jesus Ferro Bayona, quisisera ampliar algunos puntos del mismo artículo, además también exponer algo de la psicología comprensiva.
 
En el artículo anterior espero haber dejado claro que "un mito es una forma de dar sentido a un mundo que no lo tiene. Los mitos son patrones narrativos que dan significado a nuestra existencia."1 , es decir, que el mito contribuye a encontrar el sentido a la vida humana. esto se presenta porque en los mitos expresa sus temores, vivencias y miedos. La carencia de mitos significativos para la existencia ocacionan un vacío, el cual no puede ser llenado sin la significación que dan las vivencias de los mitos. Estas vivencias son necesarias, en la medida en que el hombre está construyendo su mundo, un mundo que sea en lo posible suyo. Desde el pensamiento existencial, el buscar hacer el mundo con los otros es parte de la libertad, de la ansiedad de existir libremente.
 
Existen diversas formas para el abordaje de la ansiedad, pero cuando nos refiramos a ella lo haremos en términos de: "...la reacción básica de un ser humano ante el peligro que amenaza su existencia: algún valor que se identifique con ella...La amenaza de la muerte es el símbolo más común de ansiedad."2 Lo anterior puede diferir de las posiciones clásicas sobre la ansiedad, pero aquí se trata de verla no como algo dañino y destructivo, sino como un proceso que es inherente a la existencia del Hombre. La ansiedad tiene su símbolo más común en la amenaza de la muerte, por esto, justamente es que "...la angustia ante la muerte es angustia ‘ante’ el ‘poder ser’ más peculiar, y rreferente e irrevasable..."3 Todo esto nos deja claro, el hecho de que la vivencia de las personas ante la muerte, se convierte en angustia, la cual, puede ser vivida en forma constructiva o destructiva, dependiendo de como sea nuestra relación con nuestra existencia. Sin embargo para esto se necesita se consciente de nuestra propia angustia y libertad, porque es de esta forma que el Hombre es capaz de asumir el hecho de su muerte progresiva y de su impotencia ante ello. Este fenómeno es el que mantiene las relaciones humanas en el sentido, de que al sabernos finitos somos capaces de vivir con mayor pasión, con mayor "humanidad".
 
"El miedo a morir es permanente y de tal magnitud que una parte considerable de la propia energía vital se consume en la tarea de negar la muerte"4, porque en nuestra cultura occidental no se nos ha brindado el espacio para comprender el fenómeno de la muerte como algo natural, como la puerta por la que cada uno de nosotros tendrá que pasar. La muerte en este sentido es un mito, es decir, si aprendemos a estar con ella como posibilidad -que si bien niega a las otras-, nos hará crecer conviertiéndonos en personas ya que hace parte de nuestro ser-en-el-mundo, permitiéndonos apreciar el devenir libremente.
 
No se pretende con todo esto brindar un culto a la murte, de lo que se trata es de retirar el velo con el que la hemos cubierto, porque el temor producido por ella se ha basado en la falta de comprensión de su pertenencia como condición de la existencia humana antes que otra cosa. Esto en un primer momento parecería un proceso fácil, pero la realidad es que han pesado hasta ahora los temores sobre el deseo de integrar cada una de las fascetas de la vida, sin embargo es un camino que debe transitarse solo.
 
Uno de los senderos por el que se transcurre en la búsqueda de un significado para la vida es el suicidio, lo cual sino se trata de una patología, se transforma en una forma de expresión de la libertad humana. Por esta desición es que el Hombre se comprende así mismo, porque se da cuenta de que puede quitarse la vida en cualquier momento, nada lo detendría, solo su propia convicción de querer existir lo podría mantener vivo, solo el Hombre puede decidir vivir o morir.
 
Lo anterior nos introduce al tema central, es decir, que el Hombre en su libertad toma elecciones. Estas, son la forma con la que el ser humano interacciona con su mundo. Las desiciones más importantes son las que están relacionadas con la vida y la muete, con el ser y el no-ser. "...la vida es un examen sin respuestas acertadas..."5 y esto nos cuestiona acerca de que tipo de respuesta a la vida es el suicidio. Esto es aun más complejo porque no se puede obviar que de esta respuesta depende la existencia humana al relacionarnos con el sentido de nuestra existencia.
 
El suicidio puede ser tanto una forma de afrontar una vida sin mitos como una forma de construir el propio mito de vida. Es aquí donde entra lo Daimónico pues al ser aquello que lleva y aconpaña al ser humano, también en el suicidio, lo Daimónico -como se expuso en el artículo anterior- puede ser parte de la fuerza diabólica que lleva al Hombre a la violencia, contra sí mismo como en este caso, tratando de encontrar una forma de significación. Ahora bien, si el hombre percibe su mundo y encuentra en este una gran soledad -la cual en el suicidio trata de encontrar rspuesta-, de manera que el Hombre trata de encontrarse así mismo en esta soledad, no sucumbiendo ante lo agoviante de su existencia, en el momento mismo de una conciencia liberadora. "Pues morir quiere decir que todo ha terminado. Pero morir significa para la propia muerte; y vivirla un solo instante es vivirla eternamente."6, y es ante esta eternidad que el Hombre es seducido. Desde esta perspectiva el mismo sentimiento de eternidad es un Daimón, el cual necesita expresión en el Hombre que vive esta muerte propia, como una forma de xistir libre y sin apegarse a la vida. "Quién aspire a la libertad suprema no temerá quitarse la vida. Quién tenga corage para matarse taladrará el secreto de la mentira. No habrá mayor libertad... Quién ose matarse es Dios."7 Por eso es que el matarse acerca a la libertad suprema al ser, porque el Daimón que lleva al Hombre lo hace caminar hacia su inmortalidad. No se trata de una inmortalidad física, ni mucho menos se trata de exponer ideas metafísicas, se trata de considerar al Hombre como un ser que vive el tiempo y en el espacio, pero estos no lo limitan. Este Hombre se encuentra ante la encrucijada de vivir o morir, es el que necesita un Daimón inegrado a un mito significativo para elegir con libertad, siendo de esta forma como el Hombre se construye, se hace en una vida en la que se sienta pleno teniendo en su dia a dia una experiencia vivencial, para encontrarle un sentido a su vida, su sentido de ser. Hay que dejar claro que esto no se puede entender solo de forma racional, lo que se debe hacer para comprender esto, es una acercamiento comprensivo al individuo, en su mundo, su realidad, con lo cual se puede vislumbrar el mundo mítico de la persona libre.
 
Finalizando podemos ver que el Hombre necesita integrarse para existir, con esto no hablo de la renombrada normalidad, me refiero a la experiencia de vivir la vida, sabiendo que se elige o no plenamente, la cual es a veces muy dura pero hay que vivirla. Cada uno de nosotros, entonces debe intentar existir, si se es posible se existe, por lo tanto son esas posibilidades las que hay que buscar y hacerlas nuestras, creando mitos realmente significativos en cada persona, haciéndose libre en su mundo, construyendo nuestra propia realidad.
 
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1 May, Rollo. La necesidad del mito. Barcelona: Paidós Ibérica, S. A.. 1992. pág. 16
2 ------. El Hombre en busca de sí mismo. B. A. Editorial central 1982. pág. 32
3 Heidegger, Martin. El ser y el tiempo. Santa fe de Bogotá: F. C. E. 1995. pág. 274
4Yalom Irving, Psicoterapia Existencial, Barcelona. Editorial Hender, 1984 pag 61
5 ----------. El dia que Nietzsche lloró. B. A.: Emecé. 1995. pág. 236
6 Kierkegaard, Sören A. Tratado de la desesperación. Barcelona: Edicomunicaciones, S. A. 1994. pág. 29
7 Dostoiesvki, Fedor. Los endemoniados. Barcelona: Bruguera. 1976. pág. 165