No. 6 - Mayo del 2000 |
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UN "MÁS ALLÁ" DE UNA OBRA |
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Leonardo Celis Estudiante de VIII semestre de Psicología lcelis@unimail.uninorte.edu.coHe intentado, no sé con qué fortuna, la redacción de cuentos directos. No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad.
J. L. Borges
«Quiero escribir una historia» -se planteó decididamente-. «Pero, ¿sobre qué escribirla? y ¿de qué manera?». En un instante, complejos enteros de ideas, representaciones, metáforas, imágenes, acudieron heráldicamente, emisarios trágicos del enigma, lo insoluble e impenetrable; en su ser, articulado todo aquello, aparecía segura, violenta pero indiferentemente. El azar ensayaba interpretaciones, construcciones diversas, unas reconocibles, otras, de sentido confuso y que hubiera preferido no apreciar: disociar. La inspiración le sugería cantarle a los dioses, comunicar sus andanzas a quienes no lo eran; que la historia de esos seres divinos reemplazara la labrada, en los textos naturales, físicamente; que cautivara, adornando, la insípida habitación en la que pretendía alojarse; Recordó que existen dos mundos: éste y uno más allá de éste, en un no lugar, y que están dirigidos ambos ordenadamente, y cuya participación el uno del otro es inevitable. Reparó en la forma de expresión adecuada, precisa, y dióse cuenta de su actualidad, de su empleo en el uso mejor; Obligado se sintió a utilizar menos de la dualidad. Como un endemoniado, permitió la posesión del cíclope guía. La verticalidad jamás habríase enfrentado a sus límites ni estado tan cerca de su contraria por diferentes causas: mutación, evolución; Despertaron en él sombras, retratos, memorias. Una nueva ciencia naciendo: la arqueología. Estaba preparado para la línea recta y planeaba su explotación. Los recursos eran inmensos, inagotables, ¡que solicitud, que generosidad!; Imaginó, él, la pluralidad, multivalencia y empoderamiento. Soñó con la facilidad en la expresión, con la ausencia de restricciones, con la bifurcación ilimitada, con argos, con el dios muerto, con todo... El tiempo se desvanecía en el transcurrir artificial del movimiento. La eternidad de un limitado espacio encontró expresión en un leve pero enfático gesto afirmativo, definitorio al parecer, tajante como ninguno. Entró en sí para luego retornar a su cómoda y acostumbrada lejanía, su estado de seguridad primaria, vacío, estable. Leyó, entonces, algo que no había sido escrito en lengua alguna, porque no había sido pensado ni sentido -imposibilidades si las hay-. Hechizado, absorto, rejuvenecido y también anclado, ya no se sintió otra vez ajeno, extraño. Un sentimiento, dueño de lo indecible, se hizo cargo de su alma y de su cuerpo, además; conjunción de alegría, conforte, alivio, desesperanza y resignación. «¿Por qué he de preocuparme más?» -se preguntó a sí mismo-. «"Cuatro son las historias"» -replicó-. Cerró los ojos, luego suspiró fuertemente, como molesto... o impaciente quizás.
II Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro.
M. Foucault
Un instante; inmensidad, unidad perfecta del espacio y el tiempo, conjunción inviolable de centro y circunferencia, maridaje eterno, decible, de sí y su representación: anclaje permisivo y tolerante, disponible a los sentidos. Es un símbolo conveniente y susceptible, dadivoso, que dispone de sí y se muestra ante todos y todo dice de sí mismo y de más allá, cualidad de su esencia, capacidad de su naturaleza. Componente significativo de la pletórica estructura característica de la humanidad; el alma, cúmulo de energía, motivos, cualidades limitantes que irrumpen abruptamente contra la ilusoria condición de continuidad irrestricta, producto del desentendimiento y la enajenación. Aquél, como las manifestaciones de similar condición, alberga el poder para establecer los términos en los que será tomado, nos instará para que sin pudor, sin miramientos, lo tomemos como digno representante de una esfera que le pertenece por igual. Nos procura, pleno, de un serio y definido lazo de unión con lo otro, con lo que encubre, lo que modifica haciéndolo más complejo, más inalcanzable, lejano, quizás extraviado, un tanto incomprensible. La «representación», el «símbolo», la inexorable fusión producto de lo causal, de la determinación desaforada, abigarrada, omnipotente, reclama primacía y se erige como dueña y señora de todo proceso y función de lo propiamente humano, se presenta como la generalidad de lo particular, universalidad de lo estrictamente individual; estatismo del devenir, forma de lo contingente. La vía de expresión encuentra difusión por doquier: en instantes, movimientos, palabras, situaciones, encuentros, relaciones, deseos imperativos-, sistemas, producciones, obras. El campo de operación de lo simbólico se extiende a lo privado y lo público, lo nuestro y lo ajeno, lo probable y lo imposible, lo santo y lo demoníaco, lo benéfico y lo deletéreo. Es la medida de la diferenciación, el concepto definitorio de lo exclusivamente elevado y propicio para el yo; lo inarticulable desde el vacío: no como hueco inaccesible a condición de su propia naturaleza. Ahora, ¿por qué presentar un objeto tan solo y hacer alarde de su estado para luego mostrar que, ufano de su calidad, carece de lo especial, de lo exclusivo? Quien escribe contesta: ¿acaso no es lo suficientemente prestigioso el aludir al hecho de que margen tal de referencia en el que está inscrito lo exime de cualquier responsabilidad con la igualdad y repetición necesaria? Es un arquetipo, pero no el único, su privilegiada esencia combate contra la soledad de lo uno. Su intensa cercanía con lo otro, de lo que es imagen, simula la pertenencia, imposible, de esto y lo otro unívocamente, como evitando la permisividad de líneas de igual origen que se entrecruzan, se ubican en paralelo, o emancipándose de la relación virtualmente se desprenden del conjunto que domina el espíritu unidimensionalmente. El «símbolo», así instante, síntoma, palabra, deseo, no es el mismo y si diverso, pero constante formalmente en una ontología de lo intemporal. La mitología de lo encubierto, de relaciones necesarias, de elementos póstumos de una experiencia terminada, separada del presente inflexiblemente, valida el delicado empleo de una de sus historias, de cualquiera de sus construcciones para desentrañar el abstruso complejo elaborado sin premeditación declarada. Facilita el descubrimiento de monumentos arcanos labrados por el poder y el esclavismo, interjuego violento de reglas, prohibiciones, rechazos y omisiones. Estructura narrativa de cimientos sólidos, inamovibles a través del tiempo, no intercambiables espacialmente, que contiene el secreto de la identidad y lo propio. Inundación diluvial, desaforada; millar de gotas seduciendo la realidad, invitándola a mutaciones restrictivas, coercitivas, de forma definida. Espejo del universo, metáfora de lo sensible, consideración subjetiva de lo aprehendido, imaginación desbordante. Encrucijada de una idea y un afecto y su correspondiente, extravío de lo inidentificable, de lo innominable, de lo perecedero, de lo externo; y materialmente inconfundible, negación de lo efímero. Arrebato inconsciente, inesperado, pero con el destino insoluble sobrepasando el tiempo, indignación de lo inteligible y cognoscible. Usura incesante del signo intercambio de la comunicación. Estación de paso constante que aprueba el movimiento; fluir de naves y embarques guiados por luces institucionalizadas que examinan productos y corrigen ataduras y encuentros y embisten libertades. Sustancia inmanente, innatismo irreducible, a priori incuestionable, poesía de la naturalidad. El cuerpo resume en historia la diferencia de lo que era y es, escoge el lenguaje preciso y nos ilustra plenamente sobre el ser, ilumina la inteligencia del fenómeno y actúa, define, induce. ¿De qué escisión es posible hablar sino de una propuesta y multiplicada por los hombres?, ¿qué materialidad y qué idealidad existen funcionalmente que no hayan sido fraguadas con alevosía? Permeabilidad de lo físico en lo espiritual, identidad genérica, numérica, adjetival, recíproca. Ensamblaje perenne de círculos concéntricos que se expanden geométricamente y no hallan fin más que en la finitud de su creación, que no conocen límite más que el determinado, que no descubren horizontes más que los esbozados, que no pretenden más de lo pertinente y que no poseen más que su circunferencia. Inolvidable esfuerzo de un demiurgo impostor que funda su majestuosidad en la invisibilidad del olvido y la atrayente pasión de un fugaz romance que elude lo relevante de la ocasión y exalta los accidentes: satélites mensurables que condenan la veracidad del apoyo intuitivo de la mística mixtura de todos los mundos. Sustracción furiosa del desarrollo deslindado y huidizo que se escabulle en la sucesión del día y la noche por siempre y avanza incrementando su progresión sin reparar en su inalienable recorrido. Un hombre, irreparable discontinuidad vital que asombra a la naturaleza; fotografía, letra denotativa.
III Y ahora detrás de esta hoja me voy y no desaparezco: daré un salto en la trasparencia como un nadador del cielo, y luego volveré a crecer hasta ser tan pequeño un día que el viento me lavará y no sabré cómo me llamo y no seré cuando despierte:
entonces cantaré en silencio.
P. Neruda
BIBLIOGRAFÍA BACHELARD, Gaston. La Formación del Espíritu Científico. México : Siglo XX1, 1997.
BORGES, Jorge Luis. Historia de la Eternidad. En: Prosa. Barcelona : Círculo de Lectores, 1975.
FOUCAULT, Michel. Marx, Nietzsche y Freud. Barcelona : Anagrama, 1978.
GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. Jorge Luis Borges: El Gusto de Ser Modesto. Santafé de Bogotá : Panamericana, 1998.
RANK, Otto. Apéndice. En: FREUD, Sigmund. La Interpretación de los Sueños. Bogotá : Círculo de Lectores, 1966. |