discernimiento
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ISSN 0124 - 0897
No. 7 - Marzo de 2.001
 INVESTIGACIÓN SOBRE EL INTERJUEGO ENTRE PSICOANÁLISIS Y RELIGIÓN

Por:     Angel Eduardo Unfried Muñoz

e-mail: aunfried@hotmail.com

 

La sociedad actual es hija del espíritu positivo y de un discurso económico capitalista. El resultado es una estructura utilitarista que explota al ser humano despojándolo de su esencia hasta reducirlo a poco menos que una máquina productora, inferior a otras máquinas que tienen sobre él la ventaja de carecer de sentimientos. La consecuencia es la construcción de un ideal de desprendimiento espiritual, en función de una supuesta racionalidad que, paradójicamente, no nos deja ni pensar.

Pero en el corazón del hombre aún reposan vestigios de humanidad, de una humanidad que lo conduce a repetir las necesidades, las pasiones y el destino de su naturaleza. En uno de sus textos, Sigmund Freud decía que en cada hombre se repite la historia del género humano[1].

Por eso, aunque el avance de la racionalidad humana sea una constante, la evolución del alma humana es sólo una apariencia. El hombre sigue sintiendo tan primitivamente como sus más lejanos ancestros, y como ellos sigue sujeto a esa necesidad infantil de protección y coerción como defensa al peligro de lo externo y de su libertad ilimitada.

Pero en el mundo real no existen esas fuerzas poderosas capaces de proteger, guiar y controlar a la humanidad. Por eso el hombre se ha visto forzado a inventarlas: instituciones apoyadas en códigos de conducta que se imponen como leyes.

Sin embargo, una ley humana es demasiado poco para someter al hombre. Y, si hubieran leyes situadas realmente en un plano superior, una institución  humana resultaría insuficiente para velar por ellas. La solución es erigir leyes divinas, superhombres (dioses) que velen por ellas y una justificación  trascendental como compensación por el sufrimiento causado por la severidad de tales leyes. Sólo falta un nombre: religión.

Desde nuestra área de estudio, la psicología, este tema implica más elementos que los sociológicos y filosóficos expuestos anteriormente. El psicoanálisis se ha interesado particularmente en este tema, por ver en las ideas religiosas un reflejo (o tal vez una causa) de estructuras mentales de carácter patológico que, pese a variar en su “gravedad”, son comunes al género humano.

En las próximas líneas no se pretende desentrañar el sentido de la religión ni aventurar juicios valorativos subjetivos sobre ella, sino simplemente exponer lo que algunos autores del psicoanálisis plantearon sobre el tema en sus obras, y cómo este asunto continúa guardando interés para la psicología en la actualidad.

Para empezar, es importante reconocer que la religión es más que iglesias, dioses y hombres arrodillados. Es un concepto fundamental a nivel social y humano, cuyos elementos específicos son variables, pero que en todos los casos contiene una raíz fundamental: “Cualquier sistema de pensamiento y acción compartido por un grupo, que dé al individuo una orientación y un objeto de devoción, merece el nombre de religión.”[2]

A partir de esta definición de Fromm se deducen dos elementos básicos que se suman a la  antes mencionada necesidad de protección y coerción: la orientación del sujeto y la oferta de un objeto de devoción.

Son precisamente estos los elementos que, pese a estar presentes en todo sistema religioso, son variables para cada caso. Los líderes de cada religión trazan su camino y ofrecen a sus fieles una figura de fe que satisfaga sus deseos: si los cerdos tuvieran religión, su dios sería un marrano omnipotente.

¿Dónde queda entonces esa verdad intrínseca que se supone que debería encerrar la religión?, ¿Por qué absurda razón mueren miles de palestinos e israelitas defendiendo una supuesta “verdad única”, si hasta los marranos podrían aspirar a su propia versión de la verdad?, ¿Qué sentido tiene la fe, si de acuerdo con esto daría igual creer en lo que sea?

Lo hemos dicho antes: la religión, como el teléfono o la poesía, es una invención humana. Aunque tal vez, por ser necesaria y responder a exigencias instintivas, el título de invención sea un poco injusto: el hombre no inventa la religión con sus manos ni con su razón, la inventa con su espíritu, porque su espíritu necesita un lugar donde existir realmente y no ser también, como su invención, una ilusión.

Ilusión es precisamente la palabra que Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis, utiliza para referirse a la religión en su obra sobre la génesis y el futuro de las ideas religiosas: El  Porvenir de una Ilusión.

Para Freud, el surgimiento de las ideas religiosas es causado por un motivo concreto explorado por el psicoanálisis.

La penosa sensación de impotencia experimentada en la niñez fue lo que despertó la necesidad de protección, de una protección amorosa, satisfecha en tal época (la niñez) por el padre, y el descubrimiento de la persistencia de tal indefensión a través de toda la vida fue lo que llevó luego al hombre a forjar la existencia de un padre inmortal y mucho más poderoso. El gobierno bondadoso de la divina Providencia mitiga el miedo a el miedo a los peligros de la vida; la institución de un orden moral universal, asegura la victoria final de la justicia y la prolongación de la vida terrenal por una vida futura amplía infinitamente los límites temporales y espaciales en los que han de cumplirse los deseos.[3]

 

Este apartado del texto de Freud resume a las ideas religiosas fundamentales (Dios, moral universal, juicio final y vida eterna) en una mentira cómoda que la humanidad elige para protegerse de sus miedos infantiles. Y la idea de Dios, específicamente, se reduce a un insignificante sobre el cual son transferidos los sentimientos ambivalentes que en la niñez, por la urgencia de protección y de control, fueron depositados en el padre.

Pero la descripción de la religión no se limita a un fenómeno individual que se repite “accidentalmente” en millones de casos. La religión es una característica del inconsciente colectivo, que refleja la historia del individuo, recorriendo la represión y la angustia para llegar a desembocar en un fenómeno de masas: “La religión es la neurosis obsesiva de la colectividad humana.”[4]

Sin embargo, esta visión de Freud de la religión como un residuo innecesario de la infancia de la especie, que además se hace manifiesta de un modo casi patológico, no es la única que tiene el psicoanálisis al respecto. Carl Gustav Jung, discípulo de Freud, difiere de él en este punto.

Para Jung, la religión como abstracción de contenido teórico no reviste interés psicológico: es el fenómeno de la experiencia religiosa lo que importa. Por eso su definición de religión es  muy distinta: “observación cuidadosa y escrupulosa de un efecto o existencia dinámicos, no causados por un acto de la voluntad. Por lo contrario, se apodera del sujeto humano y lo dirige, convirtiéndolo más bien en su víctima que en su creador.”[5]

Esta experiencia casi mística, que representaría la religión, es para Jung, válida en sí misma. Primero porque la religión no sería algo creado por el hombre, sino algo externo que actúa sobre él metafísicamente. Además no se puede tratar de una ilusión porque el criterio de verdad, según Jung, está basado en el consenso de la sociedad: si la sociedad “siente” a Dios, entonces Dios existe. Esta creencia hace parte de la realidad psicológica del creyente: algo que es cierto para él, independientemente de la realidad exterior.

Lo que coincide en ambos autores es que la religión es un producto inconsciente. En Freud es un residuo inconsciente de lo infantil no superado, el papel del inconsciente sería activo, como fabricante de ideas en respuesta a una necesidad. Mientras que en Jung, el proceso es quizá un poco menos claro: el inconsciente recibe la “carga religiosa” como participación de un Todo trascendente a la mente humana, del que hace parte. La naturaleza de este inconsciente, propuesto por Jung, es superior y “su influencia sobre nosotros es un fenómeno religioso básico.”[6]

Así, “Jung reduce la religión a un fenómeno psicológico, y al mismo tiempo eleva el inconsciente a un fenómeno religioso.”[7] Freud, en cambio, va más allá del fenómeno religioso y se adentra en sus efectos sobre la colectividad y la estructura psicológica que ésta impone a los creyentes.

Por eso en El Porvenir de una Ilusión, la principal intención no es sólo explicar qué es lo que lleva a los hombres a agruparse en torno de representaciones que son ilusorias, sino además instar a la humanidad a abrir los ojos ante este carácter ilusorio y las implicaciones que su existencia tiene para el desarrollo de la humanidad, y así abandonar para siempre las ideas religiosas o conservarlas como lo que realmente son: “ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos, intensos y apremiantes de la humanidad”[8], despojándolas de su poder misterioso y de ese carácter incuestionable que refrena el impulso de descubrir.

Es en este sentido en el que el espíritu positivo y progresista de Sigmund Freud se ve más profundamente afectado por la fuerza de las ideas religiosas. Además de santificar las malas instituciones humanas y prohibir el pensamiento crítico, la religión es la culpable del empobrecimiento de la ciencia: Galileo perseguido, Bruno quemado, Einstein obligado por su fe a adaptar su teoría a la premisa de que Dios no jugaría a los dados con el universo, etc.

Pero la actualidad nos muestra la otra cara de esa imposibilidad de coexistencia entre ciencia y religión: “el espíritu científico crea una actitud particular ante las cosas de este mundo ( ... ). Cuanto más asequibles se hacen a los hombres los tesoros del conocimiento, tanto más se difunde su abandono de la fe religiosa.”[9]

Sin embargo, considerar el valor de las ideas religiosas desde la ciencia es muy injusto porque no es en este sentido en el que la utilidad de su supervivencia está fundada. Si algún valor práctico puede reconocerse a la religión, es el de representar una entidad superior que respalda (o respaldaba) un código moral cuya existencia es fundamental para el mantenimiento de un equilibrio social.

Esta dimensión coercitiva de orden casi legal que toma la religión sobre la cultura, es considerada por Fromm como religión autoritaria. Este título no es gratuito; según él, la religión no ofrece un camino como opción a ser elegido por sus ventajas sociales o el amor que la figura autoritaria inspire, sino simplemente es una ley severa a la que se debe obedecer, pues, en este tipo de religión, “el poder superior tiene el derecho de obligar al hombre a que lo venere (y lo obedezca), y la falta de reverencia y obediencia constituye el pecado”[10]

El hombre entonces asume la palabra divina y sus imposiciones bajando la cabeza y obedeciendo. Pero de esto no sólo obtiene una ganancia social en el sentido de la convivencia bajo una ley poderosa, sino además una sensación de protección ante lo temido al integrarse a ello: ‘Dios castiga a los que no están de su lado, si estoy de su lado castigaré a otros junto a él’, ésa es la construcción mental según Fromm.

Por estas dos pesadas razones, “en la religión autoritaria, Dios es el símbolo del poder y la fuerza, es supremo porque tiene un supremo poder, y el hombre, en yuxtaposición, es totalmente impotente.”[11]

Podría deducirse de lo anterior que la religión autoritaria  es ideal para imponer una normatividad moral inmutable y severa en un mundo que la necesita. Pero no es así. Sigmund Freud, nos muestra otro lado no tan ventajoso de la religión como autoridad. Las leyes religiosas y preceptos morales que emanan de ésta, y parecen estar profundamente arraigados a la cultura, no tienen justificación ni peso propio, ni son aceptadas por su valor,  basan su solidez y la seguridad de su fuerza en el hecho de estar sustentadas por una fuerza superior.

De una ética y moral estructuradas a partir de bases tan débiles como éstas no se puede esperar la resistencia a un estremecimiento como el desenmascaramiento de su inconsistencia. Según Freud, entonces, la religión no fortalece la moral, sino que le roba su sentido real colocándola en un plano inexistente. La consecuencia es evidente: “si les enseñamos (a los creyentes ignorantes) que la existencia de un Dios omnipotente y justo, de un orden moral universal y de una vida futura son puras ilusiones, se considerarán desligados de toda obligación de acatar los principios de la cultura. Cada uno seguirá, sin freno ni temor sus instintos sexuales y egoístas e intentará afirmar su poder personal.”[12]

Si queda duda de que ésta es la realidad actual de los países desarrollados tras el colapso de la ceguera religiosa, queda por lo menos la certeza de que la religión, o su ausencia, pesan profundamente sobre la conducta y el desencadenamiento de grandes revoluciones en el pensar y el sentir humanos.  

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CHALUS,  Paul.   El hombre y la  religión :  investigaciones  sobre  las fuentes  psicológicas de las creencias.  México : UTEHA.  367 p.

DE LA RIVIERE,  Andrés.   Neurosis, conciencia y religión.  Bogotá: Paulinas, 1962.  199 p.  

FREUD, Sigmund.   El porvenir de una ilusión.   p. 2961-2993.  En:              . Obras completas.  Madrid:  Biblioteca Nueva, 1973, tomo III. p. 2977. 

FROMM,  Erich,   Psicoanálisis  y  religión.  Buenos  Aires:  Psique,  1971. 156 p. 

JUNG,  Carl Gustav.   Psicología  y  religión.  Barcelona:  Altaya, 1965. 185 p.         


[1] FREUD,  Sigmund.  Tótem y Tabú.  p. 1956-2098 . En:                 . Obras completas. Madrid: Biblioteca  Nueva, 1973,  tomo II.

 

[2] FROMM, Erich, Psicoanálisis y religión. Buenos Aires: Psique, 1971. p. 40.

[3] FREUD, Sigmund. El porvenir de una ilusión. p. 2961-2993. En:                 . Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973, tomo III. p. 2977. 

[4] Ibid., p. 2976.

[5] JUNG, Carl Gustav. Psicología y religión. Barcelona: Altaya, 1965. p. 4.

[6] Ibid. p. 46.

[7] FROMM, Op. cit.  p. 35.

[8] FREUD, Op. cit.  p. 2976.

[9] Ibid.  p. 2982.

[10] FROMM, Op. cit.  p. 55.

[11] Ibid.  p. 56.

[12] FREUD.  Op. cit.  p. 2979.