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| INVESTIGACIÓN SOBRE EL INTERJUEGO ENTRE PSICOANÁLISIS Y RELIGIÓN | ||
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Por:
Angel Eduardo Unfried Muñoz e-mail:
aunfried@hotmail.com La
sociedad actual es hija del espíritu positivo y de un discurso económico
capitalista. El resultado es una estructura utilitarista que explota al ser
humano despojándolo de su esencia hasta reducirlo a poco menos que una máquina
productora, inferior a otras máquinas que tienen sobre él la ventaja de
carecer de sentimientos. La consecuencia es la construcción de un ideal de
desprendimiento espiritual, en función de una supuesta racionalidad que,
paradójicamente, no nos deja ni pensar. Pero
en el corazón del hombre aún reposan vestigios de humanidad, de una
humanidad que lo conduce a repetir las necesidades, las pasiones y el destino
de su naturaleza. En uno de sus textos, Sigmund Freud decía que en cada
hombre se repite la historia del género humano[1].
Por
eso, aunque el avance de la racionalidad humana sea una constante, la evolución
del alma humana es sólo una apariencia. El hombre sigue sintiendo tan
primitivamente como sus más lejanos ancestros, y como ellos sigue sujeto a
esa necesidad infantil de protección y coerción como defensa al peligro de
lo externo y de su libertad ilimitada. Pero
en el mundo real no existen esas fuerzas poderosas capaces de proteger, guiar
y controlar a la humanidad. Por eso el hombre se ha visto forzado a
inventarlas: instituciones apoyadas en códigos de conducta que se imponen
como leyes. Sin
embargo, una ley humana es demasiado poco para someter al hombre. Y, si
hubieran leyes situadas realmente en un plano superior, una institución
humana resultaría insuficiente para velar por ellas. La solución es
erigir leyes divinas, superhombres (dioses) que velen por ellas y una
justificación trascendental como
compensación por el sufrimiento causado por la severidad de tales leyes. Sólo
falta un nombre: religión. Desde
nuestra área de estudio, la psicología, este tema implica más elementos que
los sociológicos y filosóficos expuestos anteriormente. El psicoanálisis se
ha interesado particularmente en este tema, por ver en las ideas religiosas un
reflejo (o tal vez una causa) de estructuras mentales de carácter patológico
que, pese a variar en su “gravedad”, son comunes al género humano. En
las próximas líneas no se pretende desentrañar el sentido de la religión
ni aventurar juicios valorativos subjetivos sobre ella, sino simplemente
exponer lo que algunos autores del psicoanálisis plantearon sobre el tema en
sus obras, y cómo este asunto continúa guardando interés para la psicología
en la actualidad. Para
empezar, es importante reconocer que la religión es más que iglesias, dioses
y hombres arrodillados. Es un concepto fundamental a nivel social y humano,
cuyos elementos específicos son variables, pero que en todos los casos
contiene una raíz fundamental: “Cualquier sistema de pensamiento y acción
compartido por un grupo, que dé al individuo una orientación y un objeto de
devoción, merece el nombre de religión.”[2] A
partir de esta definición de Fromm se deducen dos elementos básicos que se
suman a la antes mencionada
necesidad de protección y coerción: la orientación del sujeto y la oferta
de un objeto de devoción. Son
precisamente estos los elementos que, pese a estar presentes en todo sistema
religioso, son variables para cada caso. Los líderes de cada religión trazan
su camino y ofrecen a sus fieles una figura de fe que satisfaga sus deseos: si
los cerdos tuvieran religión, su dios sería un marrano omnipotente. ¿Dónde
queda entonces esa verdad intrínseca que se supone que debería encerrar la
religión?, ¿Por qué absurda razón mueren miles de palestinos e israelitas
defendiendo una supuesta “verdad única”, si hasta los marranos podrían
aspirar a su propia versión de la verdad?, ¿Qué sentido tiene la fe, si de
acuerdo con esto daría igual creer en lo que sea? Lo
hemos dicho antes: la religión, como el teléfono o la poesía, es una
invención humana. Aunque tal vez, por ser necesaria y responder a exigencias
instintivas, el título de invención sea un poco injusto: el hombre no
inventa la religión con sus manos ni con su razón, la inventa con su espíritu,
porque su espíritu necesita un lugar donde existir realmente y no ser también,
como su invención, una ilusión. Ilusión
es precisamente la palabra que Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis,
utiliza para referirse a la religión en su obra sobre la génesis y el futuro
de las ideas religiosas: El Porvenir
de una Ilusión. Para
Freud, el surgimiento de las ideas religiosas es causado por un motivo
concreto explorado por el psicoanálisis. La penosa sensación de
impotencia experimentada en la niñez fue lo que despertó la necesidad de
protección, de una protección amorosa, satisfecha en tal época (la niñez)
por el padre, y el descubrimiento de la persistencia de tal indefensión a
través de toda la vida fue lo que llevó luego al hombre a forjar la
existencia de un padre inmortal y mucho más poderoso. El gobierno bondadoso
de la divina Providencia mitiga el miedo a el miedo a los peligros de la vida;
la institución de un orden moral universal, asegura la victoria final de la
justicia y la prolongación de la vida terrenal por una vida futura amplía
infinitamente los límites temporales y espaciales en los que han de cumplirse
los deseos.[3] Este apartado del texto de Freud
resume a las ideas religiosas fundamentales (Dios, moral universal, juicio
final y vida eterna) en una mentira cómoda que la humanidad elige para
protegerse de sus miedos infantiles. Y la idea de Dios, específicamente, se
reduce a un insignificante sobre el cual son transferidos los sentimientos
ambivalentes que en la niñez, por la urgencia de protección y de control,
fueron depositados en el padre. Pero la descripción de la
religión no se limita a un fenómeno individual que se repite
“accidentalmente” en millones de casos. La religión es una característica
del inconsciente colectivo, que refleja la historia del individuo, recorriendo
la represión y la angustia para llegar a desembocar en un fenómeno de masas:
“La religión es la neurosis obsesiva de la colectividad humana.”[4]
Sin embargo, esta visión de
Freud de la religión como un residuo innecesario de la infancia de la
especie, que además se hace manifiesta de un modo casi patológico, no es la
única que tiene el psicoanálisis al respecto. Carl Gustav Jung, discípulo
de Freud, difiere de él en este punto. Para Jung, la religión como
abstracción de contenido teórico no reviste interés psicológico: es el fenómeno
de la experiencia religiosa lo que importa. Por eso su definición de religión
es muy distinta: “observación
cuidadosa y escrupulosa de un efecto o existencia dinámicos, no causados por
un acto de la voluntad. Por lo contrario, se apodera del sujeto humano y lo
dirige, convirtiéndolo más bien en su víctima que en su creador.”[5] Esta experiencia casi mística,
que representaría la religión, es para Jung, válida en sí misma. Primero
porque la religión no sería algo creado por el hombre, sino algo externo que
actúa sobre él metafísicamente. Además no se puede tratar de una ilusión
porque el criterio de verdad, según Jung, está basado en el consenso de la
sociedad: si la sociedad “siente” a Dios, entonces Dios existe. Esta
creencia hace parte de la realidad
psicológica del creyente: algo que es cierto para él, independientemente
de la realidad exterior. Lo que coincide en ambos autores
es que la religión es un producto inconsciente. En Freud es un residuo
inconsciente de lo infantil no superado, el papel del inconsciente sería
activo, como fabricante de ideas en respuesta a una necesidad. Mientras que en
Jung, el proceso es quizá un poco menos claro: el inconsciente recibe la “carga
religiosa” como participación de un Todo trascendente a la mente
humana, del que hace parte. La naturaleza de este inconsciente, propuesto por
Jung, es superior y “su influencia sobre nosotros es un fenómeno religioso
básico.”[6] Así, “Jung reduce la religión
a un fenómeno psicológico, y al mismo tiempo eleva el inconsciente a un fenómeno
religioso.”[7] Freud, en cambio, va más
allá del fenómeno religioso y se adentra en sus efectos sobre la
colectividad y la estructura psicológica que ésta impone a los creyentes. Por eso en El Porvenir de una
Ilusión, la principal intención no es sólo explicar qué es lo que lleva a
los hombres a agruparse en torno de representaciones que son ilusorias, sino
además instar a la humanidad a abrir los ojos ante este carácter ilusorio y
las implicaciones que su existencia tiene para el desarrollo de la humanidad,
y así abandonar para siempre las ideas religiosas o conservarlas como lo que
realmente son: “ilusiones, realizaciones de los deseos más antiguos,
intensos y apremiantes de la humanidad”[8], despojándolas de su
poder misterioso y de ese carácter incuestionable que refrena el impulso de
descubrir. Es en este sentido en el que el
espíritu positivo y progresista de Sigmund Freud se ve más profundamente
afectado por la fuerza de las ideas religiosas. Además de santificar las
malas instituciones humanas y prohibir el pensamiento crítico, la religión
es la culpable del empobrecimiento de la ciencia: Galileo perseguido, Bruno
quemado, Einstein obligado por su fe a adaptar su teoría a la premisa de que
Dios no jugaría a los dados con el universo, etc. Pero la actualidad nos muestra
la otra cara de esa imposibilidad de coexistencia entre ciencia y religión:
“el espíritu científico crea una actitud particular ante las cosas de este
mundo ( ... ). Cuanto más asequibles se hacen a los hombres los tesoros del
conocimiento, tanto más se difunde su abandono de la fe religiosa.”[9] Sin embargo, considerar el valor
de las ideas religiosas desde la ciencia es muy injusto porque no es en este
sentido en el que la utilidad de su supervivencia está fundada. Si algún
valor práctico puede reconocerse a la religión, es el de representar una
entidad superior que respalda (o respaldaba) un código moral cuya existencia
es fundamental para el mantenimiento de un equilibrio social. Esta dimensión coercitiva de
orden casi legal que toma la religión sobre la cultura, es considerada por
Fromm como religión autoritaria.
Este título no es gratuito; según él, la religión no ofrece un camino como
opción a ser elegido por sus ventajas sociales o el amor que la figura
autoritaria inspire, sino simplemente es una ley severa a la que se debe
obedecer, pues, en este tipo de religión, “el poder superior tiene el
derecho de obligar al hombre a que lo venere (y lo obedezca), y la falta de
reverencia y obediencia constituye el pecado”[10] El hombre entonces asume la
palabra divina y sus imposiciones bajando la cabeza y obedeciendo. Pero de
esto no sólo obtiene una ganancia social en el sentido de la convivencia bajo
una ley poderosa, sino además una sensación de protección ante lo temido al
integrarse a ello: ‘Dios castiga a los que no están de su lado, si estoy de
su lado castigaré a otros junto a él’, ésa es la construcción mental según
Fromm. Por estas dos pesadas razones,
“en la religión autoritaria, Dios es el símbolo del poder y la fuerza, es
supremo porque tiene un supremo poder, y el hombre, en yuxtaposición, es
totalmente impotente.”[11] Podría deducirse de lo anterior
que la religión autoritaria es
ideal para imponer una normatividad moral inmutable y severa en un mundo que
la necesita. Pero no es así. Sigmund Freud, nos muestra otro lado no tan
ventajoso de la religión como autoridad. Las leyes religiosas y preceptos
morales que emanan de ésta, y parecen estar profundamente arraigados a la
cultura, no tienen justificación ni peso propio, ni son aceptadas por su
valor, basan su solidez y la
seguridad de su fuerza en el hecho de estar sustentadas por una fuerza
superior. De una ética y moral
estructuradas a partir de bases tan débiles como éstas no se puede esperar
la resistencia a un estremecimiento como el desenmascaramiento de su
inconsistencia. Según Freud, entonces, la religión no fortalece la moral,
sino que le roba su sentido real colocándola en un plano inexistente. La
consecuencia es evidente: “si les enseñamos (a los creyentes ignorantes)
que la existencia de un Dios omnipotente y justo, de un orden moral universal
y de una vida futura son puras ilusiones, se considerarán desligados de toda
obligación de acatar los principios de la cultura. Cada uno seguirá, sin
freno ni temor sus instintos sexuales y egoístas e intentará afirmar su
poder personal.”[12] Si queda duda de que ésta es la
realidad actual de los países desarrollados tras el colapso de la ceguera
religiosa, queda por lo menos la certeza de que la religión, o su ausencia,
pesan profundamente sobre la conducta y el desencadenamiento de grandes
revoluciones en el pensar y el sentir humanos.
BIBLIOGRAFÍA CHALUS,
Paul. El hombre y la
religión : investigaciones sobre las
fuentes psicológicas de las
creencias. México : UTEHA. 367 p. DE LA RIVIERE, Andrés. Neurosis,
conciencia y religión. Bogotá:
Paulinas, 1962. 199 p.
FREUD, Sigmund.
El porvenir de una ilusión.
p. 2961-2993. En:
. Obras completas. Madrid:
Biblioteca Nueva, 1973, tomo III. p. 2977. FROMM,
Erich, Psicoanálisis
y religión.
Buenos Aires:
Psique, 1971. 156 p.
JUNG, Carl Gustav. Psicología
y religión. Barcelona:
Altaya, 1965. 185 p.
[1] FREUD, Sigmund. Tótem y Tabú. p. 1956-2098 . En: . Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973, tomo II. [2] FROMM, Erich, Psicoanálisis y religión. Buenos Aires: Psique, 1971. p. 40. [3] FREUD, Sigmund. El porvenir de una ilusión. p. 2961-2993. En: . Obras completas. Madrid: Biblioteca Nueva, 1973, tomo III. p. 2977. [4] Ibid., p. 2976. [5] JUNG, Carl Gustav. Psicología y religión. Barcelona: Altaya, 1965. p. 4. [6] Ibid. p. 46. [7] FROMM, Op. cit. p. 35. [8] FREUD, Op. cit. p. 2976. [9] Ibid. p. 2982. [10] FROMM, Op. cit. p. 55. [11] Ibid. p. 56. [12] FREUD. Op. cit. p. 2979. |