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ISSN 0124 - 0897

No. 7 - Marzo de 2.001

INTROSPECCIÓN SOCRÁTICA: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA 

 

Por Carlos Acosta Barros

acarlos@uninorte.edu.co

 

En los otros artículos publicados por el autor de este texto en Discernimiento, se ha venido hablando de la introspección socrática como una alternativa para el desarrollo de la autoconciencia, punto básico para un desarrollo humano; pero, ¿cuál es el fundamento filosófico de esta propuesta? Este artículo intenta hacer una aproximación a este asunto.

Para expresar un punto de vista filosófico sobre Sócrates, se puede partir de las tres tesis fundamentales expuestas por Guthrie, (1988) a) la virtud es conocimiento, b) el mal obrar sólo puede deberse a la ignorancia y en consecuencia, debe considerarse involuntario y c) el cuidado del alma es la primera condición para vivir bien.  Es importante tener en cuenta que el concepto de virtud debe entenderse --siguiendo a Jaeger, entre otros-- como excelencia en el quehacer.

En términos más sintéticos podemos decir, apoyados en Tovar (1966), que la base de la doctrina socrática es la de que no hay sino un bien, es decir, el conocimiento y un mal, es decir, la ignorancia. Sobre este principio Sócrates estableció todo su planteamiento ético; como también mostró los alcances de la razón (Logos), cuando se maneja adecuadamente, pues ésta tiene la capacidad de lograr el sumo Bien.

Para realizar un acercamiento al Bien y con ello un desarrollo del autoconocimiento, Sócrates estableció como modelo el diálogo, entendido como una discusión –en la forma de arte y con carácter trascendente— que buscaba descubrir la verdad destacando y eliminando las contradicciones con el otro. Esta manera de actuar constituyó su dialéctica.

Teniendo en cuenta las anteriores consideraciones, se entenderá en este artículo –como en los otros textos del autor en Discernimiento-- que el diálogo socrático tiene dos niveles de aplicación y alcances. Por un lado está el nivel óntico, es decir, el instrumental y cognitivo que genera conocimiento que se puede comunicar y enseñar --dado este a partir de la lógica, pero proveniente de un proceso de aprendizaje desde dentro de uno mismo-- y por el otro, está el nivel ontológico, es decir, el trascendente, no enseñable, introspectivo y que genera saber (Logos). Se puede considerar, pues, que todo el planteamiento de Sócrates se mueve entre dos extremos, uno práctico y otro trascendente. El primero se da dentro de una ética de la vida cotidiana --tal como se evidencia en la Apología y el Critón-- en el sentido de una filosofía práctica y que Ferrater (1981) lo expone  como: Sócrates  dio a entender a los hombres que la filosofía no es una especulación sobre el mundo añadida a otras actividades humanas, sino un modo de ser de la vida. El otro extremo; es decir, el trascendente, se refiere a la necesidad del cuidado del alma --tal como se observa en el Fedón y Fedro-- y que constituye ésta  lo esencial del ser humano, es decir, su naturaleza. Vale la pena subrayar que estos son dos niveles de una misma unidad. Por ello sería preferible, tal vez, hablar de lo óntico-ontológico.

En todo lo señalado es muy importante destacar la búsqueda del Logos a través de la dialéctica. En este sentido Sócrates consideraba a lo racional (Logos) con existencia independiente y por ella misma.  En este orden, Tovar (1966)  anota: “el logos es una realidad autónoma, superior al que razona, el cual sólo así, mediante el razonamiento, se pone maravillosamente en contacto con un mundo más alto”. Siguiendo la misma idea, en el Fedón, Sócrates pregunta a Simmias “¿No crees que es por medio del razonamiento, por donde el alma alcanza la verdad?  Si.  ¿Y no razona mejor, cuando no se le oponen ni la vista, ni el oído, ni el dolor, ni el placer, y se aísla en sí misma  desentendiéndose del cuerpo, para entrar en relación con lo real?.  Creo que tiene razón. Entonces, en tal situación, el alma del filósofo se aísla del cuerpo y se retrae en sí misma”. Un poco más adelante, Sócrates en el mismo texto dice:  

... y la conocerá más quien lo examine todo a través del pensamiento, sin la ayuda de ningún otro sentido corporal; éste se esforzará en encontrar la esencia pura de las cosas, sin el auxilio de la vista, ni el oído, ni de la totalidad del cuerpo, ya que éste turba al alma y le impide alcanzar la verdad.  ¿No crees, Simmias, que si existe alguien capaz de conocer la verdad, es semejante al que te estoy definiendo?.  Hablas de toda exactitud, Sócrates.  De aquí se deduce que los verdaderos filósofos deben reflexionar y decirse: No hay más que un camino para la razón, y mientras nuestra alma se halle contaminada por el cuerpo, nunca alcanzaremos la verdad, nuestro auténtico deseo...

Así pues, como lo examina Tovar, (1966) “Sócrates siente que posee en el interior una fuente  de revelación,  una  llave, el  ejercicio  del Logos,  que  le  franquea las  puertas de un mundo superior”. Y más adelante este autor agrega, “lo que esta revelación interior nos entrega es la verdad misma, la verdad una, que se opone así, de la manera más terminante, a la verdad múltiple, varia, personal, caprichosa de los sofistas.  (Tovar, 1966).

Se puede afirmar que muchos autores están de acuerdo en que la forma de extraer esa verdad del interior del ser humano es la dialéctica, por medio del ejercicio de preguntar y responder. Todo el asunto se centra en el saber preguntar, pues si se interroga bien, es decir, si se pregunta con una recta razón (Logos) se responderá de acuerdo con la verdad y, por tanto, se podrá distinguir entre el bien y el mal.  Como lo plantea Taylor, (1969):  

No se necesita comunicar ninguna información; si se traza el diagrama debido, y se hace que la inteligencia del discípulo trabaje sobre él mediante las preguntas adecuadas, el discípulo llegará a la justa conclusión desde dentro, por su propia acción, como si la sacara de un depósito de verdad que posee ya inconscientemente. La verdad “aprendida” de esta suerte es alcanzada por un “descubrimiento” personal, al que el “enseñado” ha sido simplemente estimulado por su “maestro”, y no obstante es “reconocido” así mismo como algo implícito ya en lo que el “enseñado” sabía de siempre.  De igual manera, las interrogaciones sutiles de un Sócrates que nos compele a “dar cuenta” de nuestra conducta en la vida, llevan a la inteligencia del interrogado al “reconocimiento” de las implicaciones de los patrones morales mediante los cuales estimamos nuestra propia conducta de nuestro prójimo.

En este momento podemos redondear nuevamente, desde la tesis que se viene formulando, de cómo se da este proceso mayéutico.  En el nivel óntico, Sócrates desarrolla este ejercicio mayéutico en unión con el otro --como diríamos hoy, una construcción con el otro-- en el que el otro sirve de interlocutor para que se den descubrimientos y sentidos entre los que dialogan. En este nivel podemos señalar, en términos de los conceptos de hoy, que a partir del diálogo  socrático se puede sugerir un modelo pedagógico para el aprendizaje y la formación personal.

En el nivel ontológico, el diálogo se da con uno mismo; en un intento de comunicarse con su yo interior, el ser humano razona (Logos) y busca trascender. En esta profundidad interior, el diálogo lleva al conocimiento de nosotros mismos que en palabras de Bréhier (1988) sería “que cada uno venga a ser su propio juez”. En el diálogo de Alcibíades Primero, Sócrates ilustra esto último así: “en consecuencia, al prescribirse el conocimiento de sí mismo, lo que se nos ordena es el conocimiento de nuestra alma”. En un importante tratado filosófico Grube (1987) lo enfatiza en términos de: “cuando el dios nos manda a conocernos a nosotros mismos, quiere decir que el hombre debe estudiar su propia alma”. Como vemos este conocimiento de sí mismo, Sócrates lo ponía por  encima  de  los  demás  fines  que  los  hombres  desearan, pues se estaba refiriendo al conocimiento del alma que, como dijo antes, constituye la naturaleza del ser humano. En palabras de Cornford (1980) “cabría llamar a este conocimiento autoconocimiento, esto es, la cognición de ese yo o alma que reside en nosotros y cuya perfección es el auténtico fin de la vida”. Jaspers lo pone en los términos de “un pensar que significa más que pensar, un pensar que tiene la responsabilidad de escuchar en sí mismo aquello otro, de envolverle en formas de un no-saber que sabe”. Así pues, todo este proceso de la dialéctica finalmente lleva al autoconocimiento, es decir, al conocimiento de la propia alma, siendo este ejercicio muy importante dentro de la postura socrática, por el gran papel que desempeña la conciencia dentro del comportamiento humano. Este papel tan preponderante de la conciencia, ha sido subrayado en todos los otros artículos reseñados en Discernimiento.

Si bien la introspección --como se ha mencionado anteriormente-- es propiamente ontológica tiene, sin embargo, su equivalencia en el nivel óntico y una forma de manifestarse ésta es a través del proceso fundamental que se puede esquematizar como pregunta-respuesta-pregunta..., tal como lo expresó Platón en la mayoría de sus diálogos, sólo que en vez de realizarse con otro que está afuera, se hace con otro que es uno mismo. Esta idea está dada en la misma línea como la expresó Viktor Frankl (1994) cuando anota que el espíritu nunca está “afuera” en el sentido óntico, sino que cada vez está “casi afuera” en el sentido ontológico.

Aún en las formulaciones  atribuidas propiamente a Platón, se conserva esta línea de pensamiento, pero bajo el panorama de la teoría de las Ideas (Formas). En este orden, Mondolfo, (1981) manifiesta:  

Este método (socrático) supone y afirma la existencia, en el interrogado, de una potencia espiritual intrínseca y, al convertirla de potencia en acto, tiene que considerar que en su espíritu existe cierto saber congénito o bien cierta capacidad cognoscitiva que tiende a realizarse.  En otras palabras, el método socrático de la mayéutica contiene en germen más o menos conscientemente, la convicción que Platón expresa en su teoría de la reminiscencia, cuyo verdadero significado es esencialmente activista, de facultad y esfuerzo de conquista y no de mero vestigio pasivo de una inerte contemplación interior.

Redondeando todos estos aspectos tenemos pues, un panorama en el que, como ya se mencionó, el diálogo socrático puede tener dos niveles de alcance, diferentes pero consecutivos y de necesaria continuidad para el desarrollo de lo humano: a) la racionalidad de tipo instrumental y que puede ésta expresarse en categorías o subdestrezas cognitivas que se pueden estudiar y comunicar al otro, tal como lo han reseñado Nickerson, Perkins y Smith (1987), entre otros; y lo han investigado Margarita de Sánchez, R. Paul, R. Sternberg, A. Palincsar, J. Novak. entre otros y b) la racionalidad de tipo Logos, entendida en el sentido griego, como un principio abstracto, ordenador, inmanente e intermediario (Ferrater, 1981) y, por tanto, no pensable ni comunicable. 

Los autores están de acuerdo en que el mensaje esencial de Sócrates se dirige a lo que él llamó la perfección del alma --la conciencia del cuidado del alma-- como la acción más importante que un ser humano puede hacer en esta vida. Jaeger (1994) lo enfatiza cuando dice: “este carácter religioso de su misión se basa en el hecho de que se trata precisamente de la cura de almas, pues el alma es para él lo que hay de divino en el hombre” En este orden --y siguiendo la línea que estamos desarrollando en este artículo-- se puede ubicar este último planteamiento en el nivel ontológico, pues el diálogo socrático esencialmente se entendía como una manera de convertirse en alguien (espiritual) y no en tener conocimiento sobre algo. Sin embargo, es lógico que para llegar a ese nivel se requiere inicialmente de un proceso de introspección o autoconciencia en el nivel óntico --tal como se dijo en términos de preguntas y respuestas en secuencia interminable en el artículo del autor en Discernimiento de marzo del año pasado--, que permita la proyección hacia el nivel ontológico (Logos). Cuando Sócrates, en la Apología platónica, insistía que “una vida sin examen no merece ser vivida” se puede creer que se estaba refiriendo a la necesidad de una autoconciencia de este proceso de trascendencia (nivel ontológico) a partir --como se dijo antes— de una ética de la vida cotidiana, es decir, una vida con conciencia en el quehacer diario (nivel óntico).

La anterior línea de pensamiento nos lleva a considerar como legítimo utilizar el diálogo socrático –tanto como introspección socrática (hacia adentro con otro quien  es uno mismo) como diálogo propiamente dicho (hacia fuera con un otro que me objetiviza)-- para ponerlo a disposición del proceso de formación personal o, dicho en otras palabras, para el desarrollo de lo humano. Como puede observarse, esta postura resalta el papel formativo de los planteamientos socrático-platónicos, tal como lo han hecho otros autores que reconocen una importante contribución de Sócrates en este campo educativo. Tanto es el prestigio de este ateniense que Jaeger (1994) ha estimado que “Sócrates es el fenómeno pedagógico más formidable en la historia de Occidente”.  En este sentido nos apoyamos también en Sauvage, (1963) quien señala: “Sócrates entonces se esfuerza en hacer pensar al joven, en hacerle pensar, que hasta el presente se había limitado a vivir como un hijo dócil”. Igualmente, seguimos a Huyke (1988) quien --citando al conocido texto “The Closing of the American Mind” de Alan Bloom-- manifiesta sobre la educación superior: “el punto es que pienso que Bloom tiene razón en cuanto a que la contemplación de Sócrates es tarea urgente. La crisis de la universidad… tiene que ver con la ausencia de Sócrates… (él) es la esencia de la universidad”

Este acto del pensar de Sócrates lo alude Jaeger (1994) cuando manifiesta: “Surgió así una gimnasia del pensamiento que pronto tuvo tantos partidarios y admiradores como la del cuerpo y que no tardó en ser reconocida como lo que ésta venía siendo ya desde antiguo: como una nueva forma de la paideia”.

Si bien el diálogo socrático es muy conocido como una intervención con un otro que está afuera, es igualmente factible hacerlo con un otro que sea uno mismo, es decir, en un diálogo con su propio yo. En el primer caso –cuando se utiliza el diálogo socrático-- se genera conciencia del pensar, o lo que comúnmente se ha denominado metacognición. En el segundo caso –cuando se utiliza la introspección socrática-- se genera conciencia del sentir, entendida ésta de la manera como se ha explicado en los otros textos de Discernimiento. Esta última forma socrática abre la posibilidad de puertas trascendentes...

   

BIBLIOGRAFÍA

 

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