No. 7 - Marzo de 2.001 |
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| INTROSPECCIÓN SOCRÁTICA: UNA APROXIMACIÓN FILOSÓFICA | |||
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Por Carlos Acosta Barros
En los otros artículos publicados por el autor de este texto en Discernimiento, se ha venido hablando de la introspección socrática como una alternativa para el desarrollo de la autoconciencia, punto básico para un desarrollo humano; pero, ¿cuál es el fundamento filosófico de esta propuesta? Este artículo intenta hacer una aproximación a este asunto. Para expresar un punto de vista filosófico sobre Sócrates,
se puede partir de las tres tesis fundamentales expuestas por Guthrie, (1988)
a) la virtud es conocimiento, b) el mal obrar sólo puede deberse a la
ignorancia y en consecuencia, debe considerarse involuntario y c) el cuidado
del alma es la primera condición para vivir bien.
Es importante tener en cuenta que el concepto de virtud debe entenderse
--siguiendo a Jaeger, entre otros-- como excelencia en el quehacer. En
términos más sintéticos podemos decir, apoyados en Tovar (1966), que la base
de la doctrina socrática es la de que no hay sino un bien, es decir, el
conocimiento y un mal, es decir, la ignorancia. Sobre este principio Sócrates
estableció todo su planteamiento ético; como también mostró los alcances de
la razón (Logos), cuando se maneja adecuadamente, pues ésta tiene la capacidad
de lograr el sumo Bien. Para
realizar un acercamiento al Bien y con ello un desarrollo del autoconocimiento,
Sócrates estableció como modelo el diálogo, entendido como una discusión
–en la forma de arte y con carácter trascendente— que buscaba descubrir la
verdad destacando y eliminando las contradicciones con el otro. Esta manera de
actuar constituyó su dialéctica. Teniendo
en cuenta las anteriores consideraciones, se entenderá en este artículo
–como en los otros textos del autor en Discernimiento-- que el diálogo socrático
tiene dos niveles de aplicación y alcances. Por un lado está el nivel óntico,
es decir, el instrumental y cognitivo que genera conocimiento que se puede
comunicar y enseñar --dado este a partir de la lógica, pero proveniente de un
proceso de aprendizaje desde dentro de uno mismo-- y por el otro, está el nivel
ontológico, es decir, el trascendente, no enseñable, introspectivo y que
genera saber (Logos). Se puede considerar, pues, que todo el planteamiento de Sócrates
se mueve entre dos extremos, uno práctico y otro trascendente. El primero se da
dentro de una ética de la vida cotidiana --tal como se evidencia en la Apología
y el Critón-- en el sentido de una filosofía práctica y que Ferrater (1981)
lo expone como: Sócrates
dio a entender a los hombres que la filosofía no es una especulación
sobre el mundo añadida a otras actividades humanas, sino un modo de ser de la
vida. El otro extremo; es decir, el trascendente, se refiere a la necesidad del
cuidado del alma --tal como se observa en el Fedón y Fedro-- y que constituye
ésta lo esencial del ser humano, es decir, su naturaleza. Vale la
pena subrayar que estos son dos niveles de una misma unidad. Por ello sería
preferible, tal vez, hablar de lo óntico-ontológico. En
todo lo señalado es muy importante destacar la búsqueda del Logos a través de
la dialéctica. En este sentido Sócrates consideraba a lo racional (Logos) con
existencia independiente y por ella misma.
En este orden, Tovar (1966) anota:
“el logos es una realidad autónoma, superior al que razona, el cual sólo así,
mediante el razonamiento, se pone maravillosamente en contacto con un mundo más
alto”. Siguiendo la misma idea, en el Fedón, Sócrates pregunta a Simmias “¿No
crees que es por medio del razonamiento, por donde el alma alcanza la verdad?
Si. ¿Y no razona mejor, cuando no se le oponen ni la vista, ni
el oído, ni el dolor, ni el placer, y se aísla en sí misma
desentendiéndose del cuerpo, para entrar en relación con lo real?. Creo
que tiene razón. Entonces, en tal situación, el alma del filósofo se aísla
del cuerpo y se retrae en sí misma”. Un poco más adelante, Sócrates en el
mismo texto dice:
Así
pues, como lo examina Tovar, (1966) “Sócrates siente que posee en el interior
una fuente de revelación,
una llave, el
ejercicio del Logos,
que le franquea las puertas
de un mundo superior”. Y más adelante este autor agrega, “lo que esta
revelación interior nos entrega es la verdad misma, la verdad una, que se opone
así, de la manera más terminante, a la verdad múltiple, varia, personal,
caprichosa de los sofistas. (Tovar,
1966). Se
puede afirmar que muchos autores están de acuerdo en que la forma de extraer
esa verdad del interior del ser humano es la dialéctica, por medio del
ejercicio de preguntar y responder. Todo el asunto se centra en el saber
preguntar, pues si se interroga bien, es decir, si se pregunta con una recta razón
(Logos) se responderá de acuerdo con la verdad y, por tanto, se podrá
distinguir entre el bien y el mal. Como
lo plantea Taylor, (1969):
En
este momento podemos redondear nuevamente, desde la tesis que se viene
formulando, de cómo se da este proceso mayéutico.
En el nivel óntico, Sócrates desarrolla este ejercicio mayéutico en
unión con el otro --como diríamos hoy, una construcción con el otro-- en el
que el otro sirve de interlocutor para que se den descubrimientos y sentidos
entre los que dialogan. En este nivel podemos señalar, en términos de los
conceptos de hoy, que a partir del diálogo
socrático se puede sugerir un modelo pedagógico para el aprendizaje y
la formación personal. En
el nivel ontológico, el diálogo se da con uno mismo; en un intento de
comunicarse con su yo interior, el ser humano razona (Logos) y busca trascender.
En esta profundidad interior, el diálogo lleva al conocimiento de nosotros
mismos que en palabras de Bréhier (1988) sería “que cada uno venga a ser su
propio juez”. En el diálogo de Alcibíades Primero, Sócrates ilustra esto último
así: “en consecuencia, al prescribirse el conocimiento de sí mismo, lo que
se nos ordena es el conocimiento de nuestra alma”. En un importante tratado
filosófico Grube (1987) lo enfatiza en términos de: “cuando el dios nos
manda a conocernos a nosotros mismos, quiere decir que el hombre debe estudiar
su propia alma”. Como vemos este conocimiento de sí mismo, Sócrates lo ponía
por encima
de los demás fines
que los
hombres desearan, pues se
estaba refiriendo al conocimiento del alma que, como dijo antes, constituye la
naturaleza del ser humano. En palabras de Cornford (1980) “cabría llamar a
este conocimiento autoconocimiento, esto es, la cognición de ese yo o alma que
reside en nosotros y cuya perfección es el auténtico fin de la vida”.
Jaspers lo pone en los términos de “un pensar que significa más que pensar,
un pensar que tiene la responsabilidad de escuchar en sí mismo aquello otro, de
envolverle en formas de un no-saber que sabe”. Así pues, todo este proceso de
la dialéctica finalmente lleva al autoconocimiento, es decir, al conocimiento
de la propia alma, siendo este ejercicio muy importante dentro de la postura
socrática, por el gran papel que desempeña la conciencia dentro del
comportamiento humano. Este papel tan preponderante de la conciencia, ha sido
subrayado en todos los otros artículos reseñados en Discernimiento. Si
bien la introspección --como se ha mencionado anteriormente-- es propiamente
ontológica tiene, sin embargo, su equivalencia en el nivel óntico y una forma
de manifestarse ésta es a través del proceso fundamental que se puede
esquematizar como pregunta-respuesta-pregunta..., tal como lo expresó Platón
en la mayoría de sus diálogos, sólo que en vez de realizarse con otro que está
afuera, se hace con otro que es uno mismo. Esta idea está dada en la misma línea
como la expresó Viktor Frankl (1994) cuando anota que el espíritu nunca está
“afuera” en el sentido óntico, sino que cada vez está “casi afuera” en
el sentido ontológico. Aún
en las formulaciones atribuidas
propiamente a Platón, se conserva esta línea de pensamiento, pero bajo el
panorama de la teoría de las Ideas (Formas). En este orden, Mondolfo, (1981)
manifiesta:
Redondeando
todos estos aspectos tenemos pues, un panorama en el que, como ya se mencionó,
el diálogo socrático puede tener dos niveles de alcance, diferentes pero
consecutivos y de necesaria continuidad para el desarrollo de lo humano: a) la
racionalidad de tipo instrumental y que puede ésta expresarse en categorías o
subdestrezas cognitivas que se pueden estudiar y comunicar al otro, tal como lo
han reseñado Nickerson, Perkins y Smith (1987), entre otros; y lo han
investigado Margarita de Sánchez, R. Paul, R. Sternberg, A. Palincsar, J.
Novak. entre otros y b) la racionalidad de tipo Logos, entendida en el sentido
griego, como un principio abstracto, ordenador, inmanente e intermediario
(Ferrater, 1981) y, por tanto, no pensable ni comunicable.
Los
autores están de acuerdo en que el mensaje esencial de Sócrates se dirige a lo
que él llamó la perfección del alma --la conciencia del cuidado del alma--
como la acción más importante que un ser humano puede hacer en esta vida.
Jaeger (1994) lo enfatiza cuando dice: “este carácter religioso de su misión
se basa en el hecho de que se trata precisamente de la cura de almas, pues el
alma es para él lo que hay de divino en el hombre” En este orden --y
siguiendo la línea que estamos desarrollando en este artículo-- se puede
ubicar este último planteamiento en el nivel ontológico, pues el diálogo socrático
esencialmente se entendía como una manera de convertirse en alguien
(espiritual) y no en tener conocimiento sobre algo. Sin embargo, es lógico que
para llegar a ese nivel se requiere inicialmente de un proceso de introspección
o autoconciencia en el nivel óntico --tal como se dijo en términos de
preguntas y respuestas en secuencia interminable en el artículo del autor en
Discernimiento de marzo del año pasado--, que permita la proyección hacia el
nivel ontológico (Logos). Cuando Sócrates, en la Apología platónica, insistía
que “una vida sin examen no merece ser vivida” se puede creer que se estaba
refiriendo a la necesidad de una autoconciencia de este proceso de trascendencia
(nivel ontológico) a partir --como se dijo antes— de una ética de la vida
cotidiana, es decir, una vida con conciencia en el quehacer diario (nivel óntico). La
anterior línea de pensamiento nos lleva a considerar como legítimo utilizar el
diálogo socrático –tanto como introspección socrática (hacia adentro con
otro quien es uno mismo) como diálogo
propiamente dicho (hacia fuera con un otro que me objetiviza)-- para ponerlo a
disposición del proceso de formación personal o, dicho en otras palabras, para
el desarrollo de lo humano. Como puede observarse, esta postura resalta el papel
formativo de los planteamientos socrático-platónicos, tal como lo han hecho
otros autores que reconocen una importante contribución de Sócrates en este
campo educativo. Tanto es el prestigio de este ateniense que Jaeger (1994) ha
estimado que “Sócrates es el fenómeno pedagógico más formidable en la
historia de Occidente”. En este
sentido nos apoyamos también en Sauvage, (1963) quien señala: “Sócrates
entonces se esfuerza en hacer pensar al joven, en hacerle pensar, que hasta el
presente se había limitado a vivir como un hijo dócil”. Igualmente, seguimos
a Huyke (1988) quien --citando al conocido texto “The Closing of the American
Mind” de Alan Bloom-- manifiesta sobre la educación superior: “el punto es
que pienso que Bloom tiene razón en cuanto a que la contemplación de Sócrates
es tarea urgente. La crisis de la universidad… tiene que ver con la ausencia
de Sócrates… (él) es la esencia de la universidad” Este
acto del pensar de Sócrates lo alude Jaeger (1994) cuando manifiesta: “Surgió
así una gimnasia del pensamiento que pronto tuvo tantos partidarios y
admiradores como la del cuerpo y que no tardó en ser reconocida como lo que ésta
venía siendo ya desde antiguo: como una nueva forma de la paideia”. Si bien el diálogo socrático es muy conocido como una intervención con un otro que está afuera, es igualmente factible hacerlo con un otro que sea uno mismo, es decir, en un diálogo con su propio yo. En el primer caso –cuando se utiliza el diálogo socrático-- se genera conciencia del pensar, o lo que comúnmente se ha denominado metacognición. En el segundo caso –cuando se utiliza la introspección socrática-- se genera conciencia del sentir, entendida ésta de la manera como se ha explicado en los otros textos de Discernimiento. Esta última forma socrática abre la posibilidad de puertas trascendentes... BIBLIOGRAFÍA BRÉHIER,
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(Vol. I). Madrid.
Tecnos. 19888.
CORNFORD,
F. M. Antes
y Después de Sócrates. Barcelona.
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J. Diccionario de Filosofía. Barcelona.
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