Epistemología
y educación: una reflexión desde el contexto de la
escuela
Por: José Rodolfo Henao
Gil*
Si se considera que la escuela
ha tenido el propósito de favorecer el desarrollo y la formación
integral del hombre, así como estimular la puesta en práctica
de las potencialidades del individuo, entonces es indudable que
uno de los aspectos en los que esta institución ha puesto
mayor énfasis se relaciona con el alcance del conocimiento,
del saber, del conocer, en busca de lo que podría ser la
“verdad” o la “certeza” –muy cuestionadas hoy– sobre un dilema,
paradigma o fenómeno, o también sobre la lógica
que implica la comprensión de un enunciado, juicio o proposición
expuesto en las distintas disciplinas o saberes organizados, llámense
ciencias o áreas científicas.
Esa preocupación epistemológica
continúa siendo el pilar principal sobre el cual la institución
educativa, no importa su nivel, fundamenta su estructura curricular.
Esto niega toda posibilidad de que se conciba una entidad educativa
que excluya el aspecto epistemológico como base de su labor.
Este aspecto resulta de especial significado en la universidad si
se tiene en cuenta su condición de institución generadora
de conocimiento.
Ahora bien, si miramos muy por
encima lo que ha sido la institución educativa occidental,
podemos apreciar que existen, al menos, tres elementos subyacentes
principales que han determinado a nivel global su ser y su quehacer
:
El primero es de orden filosófico
y define el ideal de la institución en cuanto a lo que es,
lo que propicia y el horizonte hacia el cual dirige su misión
en la construcción de un hombre ideal, llámese alumno,
discípulo, estudiante, discente, o cualquier otra denominación
que represente al sujeto principal del acto educativo; sin éste
el conocimiento y la formación serían puros artificios.
En la actualidad esos mismos ideales y propósitos están
articulados en lo que se denominan la misión y la visión
de la entidad educadora.
El otro aspecto subyacente es el
político-social. Ninguna institución de educación
ha podido deslindarse de las condiciones histórico-sociales
en el marco de las cuales le corresponde asumir su misión.
No debería existir razón, ni se le puede hallar sentido,
a una escuela que genere su discurso alejada de la realidad social
y de las condiciones económicas en las que se encuentran
inmersos los alumnos y demás miembros de la comunidad educativa.
Y el tercer elemento hace referencia
a la forma en que la escuela responde ante el compromiso de propiciar
la búsqueda del conocimiento, a los modos de apropiarlo,
a los fundamentos que lo determinan y a las variadas maneras de
hacer utilidad de él. Este elemento se refiere también
a las distintas estrategias y criterios metodológicos que
se aplican para ejercer dominio epistemológico sobre el mundo
de las ciencias y de otras formas del saber humano.
Para ilustrar los aspectos citados
anteriormente, analicemos tres momentos históricos en los
cuales se percibe con claridad cómo estos elementos se articulan
en el devenir de las instituciones educativas.
Señalemos el caso de Grecia,
y en especial lo sucedido en su ciudad principal, Atenas. A nivel
filosófico el ideal era educar al hombre para que alcanzara
la Paideia , que en la actualidad se entiende como formación
integral; para ello el Estado y la sociedad, y particularmente la
institución educativa, debían propugnar para que cada
hombre libre lograse ese ideal de realización. Ese proyecto
se conseguía ayudando a la formación de un ciudadano
en la gimnástica, la filosofía, la lírica y
la política, entre otras áreas. Además, el
ciudadano debía asumir la adquisición del conocimiento
del mismo modo en que los grandes pensadores lo habían concebido
en sus teorías: el conocimiento al interior del hombre (
Episteme ), como Sócrates; la aspiración hacia las
verdaderas esencias o ideas perfectas, como Platón, y la
aprehensión de las sustancias con base en la intervención
de los sentidos, como Aristóteles. Correspondía al
Estado, como ya dijimos, organizar el aparato educativo en busca
de ese ideal.
El otro momento es la Edad Media.
La escuela y la sociedad de esa época respondieron acordes
con sus condiciones históricas; en ese período ya
no importaba el conocimiento de la ciencia, tampoco el afán
del hombre para encontrarla; la institución educativa no
debía propiciar esa búsqueda. La única verdad
era la revelada; la fe o dogma cerrado eran el camino para llegar
a ella. Dios era principio y fuente de conocimiento; sólo
se necesitaba aceptar lo que no podía ser cambiado, lo que
para el hombre era imposible. De allí, entonces, que los
métodos de enseñanza y la figura clerical eran portadoras
de conocimientos revelados. Basta revisar la filosofía tomista
para apreciar de manera profunda esta forma de concentrar el problema
del conocer y del saber en el camino de la religión y de
la teología.
El último ejemplo, el cual
es un poco más complejo, se trata de las escuelas de la Modernidad
y la Posmodernidad , que más o menos corresponde a la época
renacentista.
La Modernidad creó su discurso
con base en los éxitos científicos que se dieron desde
Copérnico y Galileo, y que se siguieron con los descubrimientos
de la física de Newton y Einstein; los conocimientos generados
por estos científicos se mostraban como únicos e irrefutables.
La escuela de la época, afianzada también en el saber
clásico, consideraba esta otra forma de estudiar la realidad:
desde los criterios de la ciencia experimental, en especial los
de la física, gracias a la cual se lograron, como nunca antes,
grandes avances en el estudio del universo. Esta perspectiva científica
sigue dominando el mundo de la investigación y, por supuesto,
el contexto de la escuela.
A partir de estos avances podemos
preguntarnos cuál fue el papel de la institución educativa
durante la Modernidad. La respuesta es que, en cierta medida, la
escuela se convirtió en tributadora de la ciencia y de los
avances de ésta en cuanto a los logros alcanzados en los
campos científicos y tecnológicos. El conocimiento
veraz y certero era, sin ninguna discusión, el que la ciencia
experimental propiciaba, y en tal sentido, la escuela debía
validarlo sin necesidad de cuestionarlo y mucho menos de someterlo
a la duda; al menos ese pareció haber sido el rol desempeñado
por los maestros durante muchos años en la historia de la
institución educativa. El empirismo de Bacon y Locke y el
positivismo de Comte conocieron, defendieron y difundieron a la
ciencia experimental como el conocimiento resultante de la investigación
y de la experiencia; estas corrientes presentaron a la ciencia experimental
como el único saber válido, demostrable y transmisible.
En la escuela de la Posmodernidad
los conceptos de verdad y certeza ya no tienen el mismo sentido
y validez que en la Modernidad ; las épocas y condiciones
históricas son distintas. En la actualidad la verdad de la
ciencia es sólo una opción de las tantas existentes.
No hay verdades eternas ni terminales; tampoco la verdad de la ciencia
es la única que satisface necesidades. Lo espiritual cobra
sentido; la filosofía y la religión como opciones
epistémicas también son bienvenidas. El tecnicismo
continúa su avance. La producción científica
está alcanzando límites insospechados; sin embargo,
hay muchos aspectos relacionados con la existencia humana que no
han sido satisfechos por la ciencia positiva ni por la técnica;
y es allí, en ese vacío existencial (tal vez acompañado
del miedo y de la incertidumbre del hombre de hoy) en el que surgen
otras probabilidades de conocimiento: religión, filosofía,
espiritualidad, misticismo. Las creencias procedentes de otras latitudes
también contienen principios de verdad y facilitan una mayor
posibilidad de comprensión. No es gratuito que actualmente
hablemos de la filosofía del lenguaje (Habermas) como instrumento
de comprensión, o del relativismo en la aprehensión
de los fenómenos ( Fenomenología de Husserl ).
Creemos que es en este contexto
en el cual se debe pensar el conocimiento, la ciencia y el saber
desde la propuesta curricular de la escuela actual, sin importar
que en muchas de las instituciones educativas se siga asumiendo
la rigidez paradigmática y se continúe considerando
unas disciplinas académicas más importantes que otras.
Se necesita percibir la investigación como un complemento
de formación (particularmente en el ámbito universitario),
y coadyuvar en la capacidad de aplicación o uso del conocimiento
desde las ciencias humanas o exactas, incluso desde el arte. Igualmente,
se debe visionar el conocimiento como un resultado que no se agota
en la primera respuesta, sino que está llamado a generar
nuevas preguntas; un conocimiento que permita ampliar la mirada
al mundo desde el horizonte de la tecnología, de las ciencias
exactas, pero sin negar otras miradas más humanistas, que
no terminen, en ninguno de los casos, en el radicalismo o la ortodoxia
epistemológica.
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*Licenciado en Filosofía
y Letras de la Universidad Metropolitana. Magíster en Educación
con énfasis en Relaciones Pedagógicas de la Universidad
Javeriana-Universidad del Norte. Rector del Instituto Humbolt. Docente
de la Universidad Simón Bolívar y de la Universidad
del Norte.
Bibliografía
Bedoya, I. (1989). Epistemología y pedagogía
. Medellín: Ecor.
Luzurriaga, L (1986). Historia de la educación
y de la pedagogía. Buenos Aires, Argentina: Losada.
Mardones, J. M. (1991). Filosofía de las
ciencias humanas y sociales. Barcelona, España: Anthropos.
San Martín, J. (1987). La fenomenología
de Husserl como utopía de la razón. Barcelona, España:
Anthropos.
Vattimo, G. y otros (1994). En torno a la Posmodernidad.
Barcelona , España: Anthropos.
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