Migrar en busca del destino de escritor
Publicado en: jue, 30 mar 2017 09:46:00 -0500
Marco Schwartz, Plinio Apuleyo Mendoza, Mauricio Vargas y Roberto Pombo.

Hacia principio de los años 70, por recomendación de su amigo Gabriel García Márquez, el político, periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza fue nombrado como director de la revista Libre, producida y publicada en París, entre cuyos colaboradores se encontraban nombres de la talla del mismo ‘Gabo’, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.

La capital francesa en ese entonces aglomeraba a aquellos intelectuales y plumas insignes del Boom Latinoamericano, en virtud de “esa distancia necesaria para solo dedicarnos escribir”, como describió Mendoza en el conversatorio El intelectual latinoamericano en Europa, que se llevó a cabo en el tercer día de la XX Cátedra Europa.

Mendoza —quien compartió el panel con el periodista y escritor hispano-colombiano Marco Schwartz, director de El Heraldo; el director de El Tiempo, Roberto Pombo; y el escritor y periodista Mauricio Vargas—, siguiendo el consejo de su esposa, la escritora barranquillera Marvel Moreno, se instaló en París para seguir su sueño de ser escritor.

A lo largo de su carrera, Plinio fue embajador en Portugal e Italia, además de ejercer como secretario de la embajada de Colombia en Francia. Para Mauricio Vargas, Mendoza dejó de ser “un intelectual que llegaba a Francia, para convertirse en la referencia de todos los intelectuales latinos que llegaban”.

En un momento dado, rememora Plinio, “se acabó la plata y la única razón por la que me quedé fue por un proyecto de montar la revista Libre. Gabo dijo ‘el único que puede hacerlo eres tú, y Vargas Llosa dice que te encargues’. Todos los grandes intelectuales latinoamericanos estaban ahí y los que no conocía, los conocían mis amigos”.

Mendoza recuerda que una de las primeras entrevistas de la revista fue con el filósofo Jean-Paul Sartre, a quien solía observar a la distancia, mientras frecuentaba los bares parisinos con su esposa Simone de Beauvoir. “De Sartre y Beauvoir, a Marvel se le ocurrió la idea de tener ‘amores coyunturales’, lo que causó que nos separáramos por un tiempo”, relató entre risas.

“Francia era un lugar donde solo podíamos concentrarnos en escribir y podíamos vivir siendo pobres”, continuó Mendoza. “El problema de los escritores en América Latina es que uno tiene que buscar cómo sobrevivir. Y uno escoge una actividad parecida como el periodismo, que es lo más cercano a un género literario, pero en el que lo que uno escribe se lo come la actualidad y, muchas veces, después no queda nada”.

A causa de lo describe Plinio, Gabo optó por irse para Barcelona “porque si no, nunca hubiera podido dedicarse a escribir”.

Marco Schwartz, descendiente de inmigrantes polacos en Barranquilla, también terminaría emigrando a España “buscando tener una experiencia definitiva en el exterior” y quizás nunca volver, como en su momento Marvel Moreno le había propuesto a su marido. En aquel entonces en España, describe Schwartz, no existía el problema actual de inmigración, lo que facilitaba buscar suerte en la ‘madre patria’

“Los sitios de destino iban variando y el interés latino se había ido desplazando a Barcelona y Madrid, donde la industria editorial se había vuelto muy potente”, contó Schwartz, quien también se marcharía a Europa en compañía de su esposa, tras “vender una nevera y un carro usado, que era lo único que teníamos”.

Tras más de dos décadas en España, ejerciendo como periodista en lo que Vargas describe como la “época de esplendor del periodismo español”, Schwartz retornaría a la que fue su primera casa editorial, El Heraldo, a servir como su director.

“En Barcelona había agencias literarias y allá también se concentraron los escritores”, agregó Plinio Apuleyo. “Era un ambiente muy especial, equivalente a lo que se podía encontrar en París. Y Gabo vio que allá era más fácil difundir sus libros. Pero cada país tenía su particularidad. Uno se sumergía en Europa en cualquier parte tratando de escribir, pero finalmente uno tenía una repercusión”.

Por Andrés Martínez Zalamea

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