Cuando los hijos se vuelven un factor de poder en parejas separadas
Publicado en: vie, 18 ago 2017 04:00:00 -0500
Expone Graciaela Buchanan, magistrada del Tribunal Superior de Justicia en el Estado de Nuevo León.

El síndrome de alienación parental es el conjunto de síntomas que surgen del proceso en el que un padre de familia transforma la consciencia de sus hijos, con el objetivo de destruir sus vínculos con el otro progenitor. Una agresión silenciosa que en muchas partes del mundo no es reconocida en los espacios de la psicología y mucho menos en el contexto del derecho.

Por este motivo, el Programa de Desarrollo Psicoafectivo y Educación Emocional, Pisotón, abrió un espacio el jueves, 17 de agosto, para realizar un análisis judicial y psicológico de este difícil tópico, que puede observarse en distintos grados de una relación fallida de pareja con hijos de por medio.

La invitada especial de la jornada fue Graciela Buchanan Ortega, magistrada de la Quinta Sala del Tribunal Superior de Justicia en el Estado de Nuevo León, México. La togada afirmó que en su país no existía ningún apartado que considerara la alienación parental como forma de maltrato, pero a partir de su mediación y la generación de consciencia sobre la afectación que esta situación crea en los niños, logró dar un paso hacia eventuales cambios en la constitución mexicana que establecen como delito penado la alienación parental.

“Por mi experiencia como magistrada en el ámbito familiar me he dado cuenta de que no hay nada más álgido y polarizador que el conflicto familiar que se genera por la separación, donde se tiende a descalificar al padre de familia no custodio con el fin de desgarrar esa relación y hacer que no haya vinculación”, explicó Buchanan, añadiendo que incluso en los ámbitos familiares de parejas estables se puede notar cierto grado de alienación. “’Tu papá no me ayuda a recoger la basura’, ‘tu mamá siempre sale tarde’, en todas las familias se vive”, enfatizó.

La licenciada en Derecho de la Universidad de Monterrey argumentó que para ningún niño es fácil adaptarse a cualquier separación, pues manejan un conflicto de lealtades al considerar que uno de sus padres es más vulnerable, o porque uno de ellos inicia una campaña de desprestigio en contra del otro cuando no puede asumir su conflicto de pareja de manera privada.

Esta campaña de denigración, de acuerdo con Buchanan, no inicia con el proceso judicial de separación sino desde el comienzo del conflicto mismo. “En el tránsito hacia la decisión de divorciarse hay un proceso que se genera cuando las personas no tienen control de emociones y no buscan ayuda terapéutica. Exteriorizan eso con quienes estén más cerca, que son sus niños, y los involucran en una dinámica de pareja que no les corresponde”, dice. Eso genera que los menores sufran por actitudes de los padres que no necesariamente entienden, pero van asimilando.

“Les están lavando el cerebro, les están introduciendo una ideología. Los niños no odian al padre más que en una cuestión de abuso o negligencia”, añadió la jurista, indiciando que para este fin se utilizan distintas estrategias: “Desvalorizar al otro progenitor ante el hijo, subestimar o ridiculizar los sentimientos del niño por el otro progenitor. Incentivar o premiar la conducta despectiva y de rechazo e influir con mentiras sobre el toro sobre el otro, llegando a asustarlos”.

Esto les va generando a los niños un odio patológico e injustificado porque "no hay una razón de fondo para odiar al padre e impedir la convivencia”.

“El que hace esto lo que quiere es transportar su enojo por otro conducto y castigar a la otra persona para que no pueda convivir con el hijo porque sabe que eso le va a doler mucho. Lastimosamente, los hijos se vuelven un factor de poder. Los pleitos son por el dinero y los hijos, y los hijos en este caso se vuelven un factor de propiedad sujeto a negociación”, explicó Buchanan. Este rechazo que se le implanta al hijo por su padre o madre va a generar conflictos importantes en las etapas de su crecimiento, en la elección de su pareja a futuro y violenta el derecho a vivir en un entorno de familia.

¿Cómo se diferencia el abuso de la alienación parental?

Graciela Buchanan indicó que en la alineación parental la animadversión por un padre es injustificada y no está asociada a un maltrato físico o a negligencia. Aunque para un juez es difícil dar un diagnóstico específico en estos casos, Buchanan señaló que hay varios signos de alerta para detectar cuando se trata de un caso de alienación parental.  

Por ejemplo, a raíz de la campaña de denigración un niño puede obsesionarse por odiar a su padre, utilizando justificaciones débiles, absurdas o frívolas en lugar de conceptos de negligencia o maltrato. Existe también una ausencia de sentimientos encontrados por la separación de sus padres, y en lugar de esto solo pensamientos negativos en torno a uno de los progenitores, ni siquiera sentimientos de culpa en caso de someter al padre a un trato cruel.

“Los progenitores alienantes no suelen ser conscientes del daño psicológico que les representa a sus hijos la pérdida del otro progenitor”, sentenció Buchanan.

¿Por qué esto debe ser sancionado?

La experta explica que la alienación parental es una forma de maltrato a los niños y es un factor de riesgo a futuro en enfermedades mentales, que se empiezan a generar en la infancia, si no se atiende oportunamente.

“El desarrollo psíquico de los niños es parte de proceso para un desarrollo integral. Cuando se deteriora de forma continua la salud mental de un niño, cuando se les impide que desarrollen plenamente su personalidad y su sentido de identidad es como quitarles un abrazo. Eso les distorsiona la realidad”, manifestó Buchanan.

Recalcó que la alienación parental violenta una serie de derechos, como el de vivir en familia o a la convivencia con ambos padres, que es fundamental para el cuidado de los menores. Esto ha sido consignado en tratados como la Convención sobre los Derechos del Niño y la Declaración de los Derechos del Niño, de las Naciones Unidas, que contemplan el respeto del derecho del niño a mantener el contacto directo con ambos padres, a menos que no sea de beneficio para el menor.

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