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Los maestros y los sueños

No hay nada más importante que tener un buen maestro en la escuela primaria. Sobre todo porque una de las formas más dramáticas en las que se reproduce la inequidad es en la repartición de los sueños. Cuando hablo de sueños no me refiero tanto a esos que estudió Sigmund Freud, sino a todas esas imágenes sobre nuestro futuro que nos pasan día a día por nuestras cabezas y que comúnmente llamamos soñar despiertos.

Lo que soñamos despiertos por supuesto es objeto de repartición, pues a menudo soñamos nuestro futuro de acuerdo con el contexto en el cual crecemos y que nos influencia. A esos sueños también los llamamos expectativas de futuro y dentro de ellas están las cosas que realmente concebimos, con algún nivel de certeza, que vamos a hacer o vamos a lograr hacia adelante.

Por supuesto no hablo aquí de esos sueños ilusos y frustrantes como el ganarse la lotería, regalarle la luna a nuestra pareja o amanecer un día, a la inversa de lo que concebiría Franz Kafka, convertidos en bichos raros, en millonarios con todo el mundo a nuestros pies.

Hablo aquí de esos sueños que día a día nos llevan a hacer planes. De esos que dependiendo de nuestro contexto nos hacen bien sea comenzar desde muy jóvenes a crear nuestras propias empresas, a estudiar con ahínco para terminar con éxito una carrera universitaria, a luchar día a día al estar convencidos de que podemos lograr transformaciones en nuestra sociedad, o por el contrario, nos llevan a pensar en que para nosotros no habrá ningún futuro, que los éxitos ya fueron a priori repartidos para otros, razón por la cual nos puede dar lo mismo amanecer en nuestra cama, en un hospital, en una cárcel o inclusive en un cementerio.

Gran parte de esos sueños están también en las expectativas que las personas que nos significan algo tengan y expresen sobre nosotros. No es lo mismo cuando nuestros amigos, vecinos, padres o profesores todos los días nos reiteran que tenemos madera para hacer grandes cosas y nos lo van ejemplificando con nuestros pequeños logros, que cuando estas mismas personas nos reafirman cada día que no somos nadie, que seremos unos fracasados y cada vez que compartimos un sueño que vaya un poco más allá, nos lo sepultan con una lapidaria frase sobre el hecho de que ese tipo de cosas no las logra gente como nosotros, nos dicen que miremos a nuestro alrededor para que constatemos que nadie lo ha logrado, y si alguien lo ha hecho, nos dicen, es porque la suerte le ayudó, pues ese tipo de metas solo las consigue otro tipo de personas.

Yo he tenido la fortuna de tener importantes profesores en distintos momentos de mi vida. So pena de desconocer todo lo que me ha aportado cada uno y cada una de mis profesoras en todas las etapas, recuerdo en especial a Lucilio, quien en mi primaria, a pesar de mi contexto y de una grave enfermedad, me hizo creer que podría lograr, tal vez mucho menos de lo que he alcanzado, pero mucho más de lo que el intentó.

Lucilio no fue para mí un profesor de matemática, español, ciencias naturales o sociales, a pesar de que en una escuela rural el profesor del curso nos enseñaba de todo. Simplemente fue quien me enseñó a soñar, a soñar despierto y a creer en que era posible construir esos sueños. Una de sus clases o de sus conversaciones se puede comparar con un meme en cual en los primeros dos cuadros se ve a una profesora pintando una ventana con una tiza blanca sobre un pizarrón verde, hasta dejarla completa en el tercero, luego, en el último recuadro simplemente abre la ventana permitiendo a sus estudiantes ver a través de ella el mundo que está más allá.

Hoy cuando veo a los maestros en paro, pienso que es bien paradójico, pues no lo hacen, como en otros casos, solamente por sus reivindicaciones personales y gremiales, las cuales ya de por sí son suficientemente justificables pues el status de un forjador de sueños debería ser de los mejores de la sociedad, en su salario, en su seguridad social, como lo es en los países que valoran realmente la educación. Sin embargo, cuando los profesores protestan buscan adicionalmente que el Estado garantice las mejores condiciones para poder hacer su oficio, para poder dar más de sí mismos, por la existencia de sitios dignos para estudiar y enseñar, para que haya los mejores materiales, con una buena oferta alimentaria. Pero lo más importante, para que esos entornos permitan que los estudiantes consideren que los sueños que allí forjan sean reales y posibles para ellos.

Por supuesto que apoyo la movilización de los maestros, es nuestra propia lucha para contribuir a una sociedad más equitativa permitiendo que cada colombiano tenga  derecho a sueños de futuro, aunque los construya desde el contexto más remoto o excluido de nuestra sociedad.

Columna publicada en La Silla Vacía.

A propósito de Venezuela, Colombia…

Después de leer el libro Líbranos del bien, de Alonso Sánchez Baute, uno reafirma lo dramáticas que pueden ser las decisiones que se toman a nombre del bien. Al analizar las trayectorias de Ricardo Palmera y Rodrigo Tovar, que en otros contextos hemos conocido con los alias de Simón Trinidad y Jorge Cuarenta, nos muestra la tragedia en que se puede convertir la ruta para alcanzar unos fines considerados en cada caso loables por quienes los defienden.

Es común que detrás de las apuestas salvadoras esté una promesa del bien y sea cual sea esta promesa, llámese “socialista, comunista o de extrema izquierda” o “capitalista, fascista o de extrema derecha”, cuando el totalitarismo es el medio, en los dos casos se terminan pervirtiendo los fines, sea por preservar la lucha o el poder, o por privilegiar a grupos minoritarios.

En general, para que una fórmula totalitarista tenga éxito y se mantenga se requieren al menos tres situaciones. Primero, una frustración histórica o coyuntural de la masa que no logre superarse. Luego, una figura salvadora que encarne la promesa de llevar esa masa a su redención, la cual siga alimentando y legitimando su poder. Finalmente, un enemigo, real o imaginado, que concentre toda la culpa de la frustración, a quien el salvador promete derrotar. 

Dentro de las estrategias de un gobierno totalitario están la perpetuación en el poder, aún a costa de actuaciones ilegales e inconstitucionales, la concentración de todas las ramas del poder y la represión de cualquier forma de oposición –líderes antagonistas, organizaciones sociales, defensores de derechos humanos, medios de comunicación, entre otros–, utilizando el exceso de la fuerza pública, grupos armados ilegales o acomodando las leyes.

En el comportamiento de la masa también se expresa la concepción totalitaria. La filósofa Hannah Arendt nos mostró que es en las demandas de la masa donde se sustenta este tipo de régimen. Una masa que cree ciegamente en un salvador, justificando todos sus actos, aunque la evidencia muestre lo contrario, y, que evade el debate pues concibe también como estrategia más efectiva eliminar al oponente, no solo físicamente, aunque en casos llega a suceder, sino de todas las formas sicológicas y sociales de eliminación, que incluyen difamación, erosión de su entorno familiar, laboral o social.

De estas facetas totalitarias hemos tenido y tenemos expresiones no solo en Colombia y Venezuela, con políticos, sean candidatos, alcaldes o presidentes salvadores, que han convertido sus apellidos en ‘ismos’, que buscan sigan siendo defendidos a capa y espada por sus sucesores. Acompañados por masas de seguidores que con amenazas, injurias o información falsa y malintencionada destrozan con linchamientos a sus opositores, usando las posibilidades que dan los medios sociales. Reitero, los procedimientos son los mismos y las ideologías provienen tanto de izquierda como de derecha.

Columna publicada en El Heraldo.

Mocoa o la “naturalización” de las tragedias

Lo sucedido este fin de semana en Mocoa me trae a la mente la canción Plantación Adentro de Rubén Blades, justo cuando dice: "Y el médico de turno dijo así: 'muerte por causa natural'. Claro, si después de una tunda 'e palo que te mueras es normal". En el caso de muchas tragedias como la ocurrida este fin de semana en el Putumayo, se ha vuelto costumbre "naturalizarlas". La verdad es que no tiene nada de natural que las personas vivan en terrenos en los que ya se sabe de antemano puede haber deslizamientos, inundaciones o riesgo de accidentes, entre muchos otros.

La tragedia de Putumayo no es natural, es producto de la forma excluyente y discriminatoria como operan nuestros modelos de planeación y de desarrollo que obligan a sectores de población a ubicarse en las laderas, en las orillas de los ríos, en las zonas marginales a las realmente habitables. Con contadas excepciones como la ocurrida en el año 2008 en un sector del Poblado en Medellín, la mayoría de los desastres llamados naturales, que ocasionan cantidades de víctimas o daños en la infraestructura, ocurren en las zonas más pobres y vulnerables de la población. Precisamente es la pobreza y no la naturaleza la que pone a la población en condición de vulnerabilidad.

Casi siempre que escuchamos de este tipo de tragedias, como sucedió con la inundación del Sur del Atlántico en el año 2010, aparece alguna fuente que nos revela que estamos ante una nueva crónica de una muerte anunciada. Es que es así, por lo general ya se conocen los riesgos, de hecho en este momento, tal como sucedió en los barrios inundados de Mocoa, siguen existiendo muchas poblaciones en Colombia que están durmiendo con la zozobra bien sea de las consecuencias de la ola invernal o de la sequía que traerá un nuevo femónemo como el del Niño.

Ahora bien, hay otras acciones que influyen, que también son humanas y son producto de un modelo de desarrollo que sigue siendo extractivo y dañino para el entorno humano, por no hablar del planeta. Actividades como la tala indiscriminada, muchas prácticas de minería, disposición de residuos, entre otras, que producen desertificación, erosión, desprotección de las riveras de los ríos, contaminación, propician las condiciones para que este tipo de tragedias se puedan ocasionar.

En realidad no estamos hablando de víctimas de desastres naturales, la naturaleza nos provee de muchos beneficios, estamos hablando de víctimas de acciones humanas, de decisiones políticas en un país y en un mundo, donde los índices de inequidad siguen creciendo.

Frases como la del presidente Santos prometiendo que le devolverá a Mocoa un futuro, en el cual será mejor que antes, suenan huecas y retóricas pues si bien es cierto debemos centrar nuestra atención en apoyar a la comunidad de este municipo en este momento trágico, la apuesta tendría que ir mucho más allá, superando los enfoques remediales centrados en atender cada cierto tiempo a las víctimas de una tragedia previsible.

Columna publicada en La Silla Vacía.

Las mentes y la guerra

En estos días he estado viendo en la televisión las imágenes de muchos hombres y mujeres, aún con las armas en sus hombros, caminando por carreteras y caminos de las veredas de Colombia, continuando un transito hacia un territorio donde muy pronto serán excombatientes.

En principio me parecían imágenes familiares, similares a muchas otras de los archivos de los noticieros de televisión, pero de repente noté una importante diferencia. Comencé a pensar en que esos fusiles dejaron de ser usados desde hace ya más de un año, al igual que los de muchos de los soldados del ejército nacional que a su paso les daban la mano saludándoles. Fusiles que han estado ahí a la espera de que de una manera menos violenta, los hombres y mujeres que los portan, o aquellos que han hecho que los porten, de uno y otro bando, se pusieran de acuerdo y avanzaran en los trámites y procedimientos necesarios para que puedan terminar a lo mejor fundidos en esculturas que nos recuerden la esperanza de la convivencia pacífica y la necesidad de la no repetición.

De hecho, el pensar hoy que más de seis mil personas ya están concentradas esperando el momento de la entrega de sus armas, que equivalen a más del noventa porciento de lo que se dice es el número total de integrantes de este grupo, es una muestra de un ejército con capacidad de convocatoria dentro de sus filas, pero sobretodo con una gran decisión de optar por una actuación política por las vías democráticas.

Estas imágenes me han producido gran emoción, el paso lento pero decidido, sus miradas, algunas nostálgicas y otras alegres, me hacen sentir y pensar en esta guerra como algo del pasado. Muy dentro de mí he tenido el deseo de que ojalá todo el país sintiera la incomparable y profunda emoción de ver la marcha de hombres y mujeres que regresan caminado de la guerra.

Muy a pesar de esto, pienso también en los incrédulos, en quienes por diversas razones siguen buscando dentro de estas imágenes algún motivo para no estar de acuerdo, no se si esperando alguna chispa que encienda de nuevo el fuego para poder tener las razones para validar su desconfianza o escepticismo. Tal vez algunos, mucho más calculadores, escarbando allí argumentos falaces para sacar réditos políticos que sigan fortaleciendo una campaña electoral.

De alguna forma he vuelto a una idea recurrente, no solo mía sino de muchos con quienes compartimos los anhelos de una sociedad en paz, y es que la guerra no está tanto en los fusiles como en nuestras mentes. En los imaginarios de las venganzas, de vencedores y vencidos, del triunfo como la eliminación del oponente. Imaginarios que así como son motivación para su inicio, también pueden ser impedimento para el fin de las guerras.

Entonces he tenido otro deseo, y es que ojalá nuestras mentes también comiencen a caminar lentamente regresando de la guerra, sin importar si lo hacen con nostalgia o con alegría, con la misma idea de deponer las armas, en lugar de quedarse en ella buscando aún algún culpable, para seguir considerándolo enemigo y reavivar el deseo de eliminarlo, sin permitir romper ese lazo entre nuestras mentes y la guerra, que nos hace perpetuarla.

Columna publicada en La Silla Vacía.

Los periodistas y los trajes del poder

A propósito de la celebración del día del periodista, así como de algunos casos colombianos en los cuales las acciones periodísticas han determinado importantes sucesos políticos, o por el contrario los periodistas han sido afectados por movidas políticas, traigo a cuento dos películas de hace un par de años, basadas en hechos reales, que sitúan la tensión existente entre las salas de redacción y el contexto social y político en el que están inmersos los medios.

Una película cuyo tema central es el periodismo es "La Verdad", en ella, Mary Mapes, en la coyuntura electoral del 2004 en Estados Unidos, indaga sobre una información según la cual George Bush habría utilizado influencias para evitar ir a la guerra del Vietnam, la cual termina siendo presentada por el reconocido Dan Rather en una emisión del programa 60 Minutos de la CBS. Lo que se podría esperar es que esta información sirviera a la sociedad para reflexionar sobre el manejo de las influencias por parte de las élites y que tuviese injerencia a la hora de votar. Sin embargo, George Bush ganó las elecciones y tiempo después los periodistas en cuestión terminaron despedidos.

La reacción de sectores favorables a Bush y luego del mismo medio, se centró en desvirtuar las pruebas, las fuentes y la intencionalidad de la periodista. Al final queda la sensación de que desvirtuar alguna de las pruebas o de las fuentes no quiere decir que en la realidad no se haya dado el hecho. Sin embargo, una de las condenas a las que se somete el periodismo es que una "verdad" puede ser "verdad a voces", pero sin una prueba para demostrarla, será tan solo un rumor. Ahora bien, en cuanto a la intencionalidad del periodista, es de suponer que es legítima una postura política, como por ejemplo, la de generar información para el fortalecimiento de la democracia. Sin embargo, no puede ser una postura partidista o personalista que lleve bien sea a convertirse en relacionista público de una persona, partido o sector social, o por el contrario en instrumento de tergiversación y difamación.

Otra película con el periodismo como protagonista es "En Primera Plana", en la cual Marty Baron llega como nuevo Editor en Jefe del Boston Globe, transforma la rutina periodística del equipo de investigación -Spotligth- y logran desenmascarar el ocultamiento sistemático que la iglesia hace de las prácticas de pedofilia. En este caso la información impulsó importantes cambios en la iglesia, así como un premio Pulitzer para los periodistas.

Aquí llama la atención la postura del periodista como "extranjero", que supera la connivencia con las dinámicas del poder, bien sea religiosas, culturales, económicas o políticas. Es lo que en investigación se llama reflexividad y tiene que ver con la capacidad que debe desarrollar quien investiga de verse a sí mismo, un poco desde fuera, para determinar como influyen en el ejercicio periodístico su rol, sus condiciones y su contexto.

Nunca había entendido con tanta claridad lo que significa un periodismo que genere cambios. Y hablo simplemente desde una comprensión funcionalista del ejercicio periodístico en una sociedad liberal, donde una de sus mayores labores es velar por el mantenimiento de las instituciones. Entendí la diferencia entre el afán de la chiva y el espectáculo coyuntural, y la preocupación por las consecuencias de la acción periodística: no se trata de denunciar un caso aislado, sino de poner en cuestión a una institución en el marco de un sistema, expresaba el jefe de redacción preocupado por un periodismo en el que el medio fuese necesitado por su propia comunidad no por su postura cómplice con sus valores morales, ni por la entretención de su sensacionalismo, sino por la función social que está cumpliendo.

Entendí también que hay gran diferencia entre distintas sociedades y sus medios, y que el periodismo allí mostrado es sólo una postal para ser deseada. Inclusive sentí ganas de que tuviésemos más periodismo así: que consulte a las fuentes académicas no solo para soportar una nota de prensa, sino para profundizar en su propia investigación; que indague en cada fuente con todo el rigor, buscando la explicación y la evidencia más contundente; un periodismo que se aleje del espectáculo y se acerque a la información; pero sobretodo, un periodismo que como en estos casos se atrevió a evidenciar cosas que todos veían o intuían, que estaban a favor de unos pocos y en contra del conjunto de la sociedad, pero que poner sobre la mesa significaba romper una complicidad colectiva, al menos con las élites del poder.

Tal como se puede ver en las dos películas el resultado del ejercicio periodístico puede traer satisfacciones, premios y glorias o por el contrario persecución y acciones negativas en contra.  Sin embargo, de ese tipo de periodismo hace mucha falta por estos lares, porque como en el caso de la fábula, también tenemos emperadores que se pasean desnudos, mientras el conjunto de la sociedad alardea de la belleza de sus trajes.

De nuevo, Seguridad Ciudadana

En la última semana del 2015 cuando Elsa Noguera se preparaba para entregar su gobierno y Alejandro Char ante los altos índices de violencia en la ciudad anunciaba con bombos y platillos que su primer acto de gobierno sería sacar el ejercito a la calle, escribí en este diario la columna titulada “Seguridad Ciudadana”. En ella llamaba la atención sobre la necesidad de plantearse una forma alternativa a la policiva, a través de la inversión social, para poder incidir a largo plazo en la construcción de convivencia en la ciudad.

De hecho, la alcaldesa saliente reconocía en este aspecto uno de los lunares de su administración, lo cual era consecuente con la precaria ubicación de Barranquilla en la medición de los índices de progreso social en Colombia.

Lo que llama la atención es que a pesar de toda la inversión que ha habido en infraestructura en la ciudad, la noticia de hace un par de meses fue que se había retrocedido aún más en los índices de progreso social y hoy por hoy la violencia siguen tan campante o peor que en ese momento. Por eso parecía un Déjà vu ver al alcalde de Barranquilla anunciando de nuevo, en un tono similar, que sacaría el ejercito a la calle, mientras el de Soledad decretaba una prohibición de salir a la calle para los jóvenes en determinadas horas. 

En primer lugar, es muy claro que el tema de la violencia, incluyendo riñas, robos y asesinatos debe abordarse de manera articulada en toda el Área Metropolitana, e inclusive en articulación con el departamento: Es decir, no basta con que cada ente territorial tenga sus propias políticas en materia de seguridad, pues las distintas formas de violencia hacen parte de entramados que se sobreponen en todo el territorio.

En segundo lugar, es necesario analizar y segmentar los distintos casos de violencia para desarrollar una estrategia integral que tenga varios frentes: por supuesto que se requiere lo policivo para enfrentar al crimen organizado, pero sobretodo inteligencia que permita desarticular las bandas y redes que se lucran de ello, pero no para andar por ejemplo persiguiendo a los muchachos que a través del baile promueven la convivencia en lugares como la Plaza de la Paz. 

Es claro que las bandas delincuenciales convocan cada vez más a la juventud que no ha podido construir un proyecto de vida, razón por la cual se requiere inversión a largo plazo a través de programas que les den alternativas a los jóvenes y los retengan en acciones productivas para ellos mismos y para la sociedad. Pero no con pañitos de agua tibia, como cursitos y talleres, sino a partir de una articulación entre formación, empleo, creación, visibilización y proyección. Que parta de la pregunta de hacia donde se quiere llevar a la juventud en la región en los próximos años. Por supuesto se requiere una articulación entre gobierno, empresa privada, sociedad civil, academia, entre muchos otros.

Sin embargo, hay otro tipo de violencia que se fundamenta en la cultura de la intolerancia, del trámite del conflicto a través de la agresión al otro, de la estigmatización y rechazo a la diferencia, que requiere más que motos para policías, programas orientados a la construcción de la convivencia desde lo local, desde el barrio, que vinculen a las comunidades en los procesos de planeación de su propio desarrollo, pero un desarrollo que tiene que ver más con la manera como queremos vivir como sociedad que con las vías pavimentadas que también son importantes.

En esta misma dirección está también la violencia de género, esa que está detrás de los feminicidios de cada día, que tampoco se resuelve con policía sino con programas orientados a mujeres y hombres para construir nuevas formas de femineidad, masculinidad y relacionamiento, de respeto a otras orientaciones e identidades sexuales, de tal forma que desde los ámbitos domésticos y públicos todas las personas podamos sentir que la seguridad es más fruto de una manera de vivir que hemos construido como sociedad, que de la imposibilidad de salir a la calle porque nos lo tienen prohibido, o del control que pueden ejercer sobre todos unos hombres armados.

Columna publicada en El Heraldo.

 

Valores vs. derechos

Uno de los legados que nos deja 2016 son varios hechos que nos llevaron a poner los pies sobre la tierra en relación con los alcances sociales en materia de derechos humanos en nuestro país.

Lo que la coyuntura ha hecho evidente es una gran fractura en ese país soñado desde la Constitución, algunas leyes y muchas sentencias, concebido como un Estado Social de Derecho. País que parecía ya alcanzado desde el entusiasmo de promotores y defensores de los derechos y aceptado socialmente más en el terreno de lo políticamente correcto, que en las convicciones profundas de la sociedad. 

Podríamos decir que en asuntos de derechos en Colombia se ha avanzado más en el ámbito legal y mucho menos en lo social y cultural. Los logros en este aspecto se deben más a presiones sociales y demandas que han desembocado bien sea en acuerdos como la Constitución del 91 o en sentencias de la Corte Constitucional, pero no han sido producto de decisiones de las mayorías, ni siquiera del legislativo. Esto es claro, los desarrollos en materia de derechos se soportan más en sentencias que en leyes, pues cuando se trata de decisiones complejas que podrían contravenir valores de la sociedad los políticos prefieren acomodarse al sustento moral de sus electores en lugar de avanzar en la construcción del bien común. Es por eso que se argumenta que los derechos de las minorías se acuerdan pero no se votan.

Una de las mayores limitaciones para los avances sociales en materia de derechos humanos es que su marco de interpretación se ha trabajado más en lo discursivo y mucho menos en transformación cultural. Muchas veces recitamos los derechos, pero seguimos utilizando los valores como marco de comprensión, interpretación y acción en la vida cotidiana, no solo por parte de las personas sino también de las instituciones. 

De hecho, es muy común que lo que se considera un valor –por ejemplo, la familia heterosexual–, vulnera de manera frontal algún derecho –unión de parejas del mismo sexo–, o por el contrario, un derecho –interrupción del embarazo en determinadas circunstancias–, va en contravía de lo que se considera socialmente un valor –no al aborto–. De hecho aparecen confusiones tales entre valores y derechos, que se escuchan expresiones como “yo tengo derecho a ser homofóbico”.

No podemos negar que ha habido avances en algunos aspectos. Hoy en día, por ejemplo, consideramos menos normal la violencia contra la mujer o el maltrato infantil, que en otro momento cuando eran simplemente formas de preservar los valores. En el primer caso, la violencia incluso era sustento del control a la mujer para su permanencia en el seno de la familia y la preservación de la unión familiar y en el segundo, el maltrato para la adecuada educación de los hijos. Gracias a la comprensión de los derechos de la mujer y de los niños y niñas esta situación ha ido cambiando.

El año 2016 mostró con más énfasis los valores en el marco de lo político, desdibujando lo políticamente correcto en materia de derechos, poniendo en algunos casos por ejemplo, la homofobia, como sustento de marchas en la plaza pública, de los debates en medios sociales y por supuesto, detrás de muchos votos depositados en las urnas.  

No creo que 2017 sea un año diferente, gran parte del debate político tendrá que ver con esta confrontación. Por un lado, los valores de una gran parte de la sociedad, que por supuesto tienen mucho arraigo cultural y una profunda base emocional, los cuales en muchos casos tienen componentes de discriminación. Del otro lado, los derechos humanos, con un gran terreno ganado en nuestra sociedad, el sueño de una sociedad más incluyente de la diversidad, respetuosa de las otras personas, pero sobretodo de las minorías. Unos derechos que aún suenan retóricos, demasiado racionales y sobre los cuales tenemos un gran reto que es emocionalizarlos, que se conviertan en marco de interpretación de la vida cotidiana, pero que sobretodo que su vivencia y defensa nos generen profundas emociones, tal vez no tantas que podamos ser manipulados con ellas. 

Columna publicada en El Heraldo.

Matarse bajo la lluvia

Hace pocos días un periodista pedía mi opinión como sociólogo sobre el por qué algunos grupos de jóvenes en Barraquilla habían escogido el momento de los aguaceros como escenario de confrontación violenta. 

Debo confesar que por un momento me dejé llevar por una suerte de morbo audiovisual que a través de imágenes me permitiera entender el placer que podría haber detrás del hecho de salir a agredirse justo en el momento en que comienza la lluvia. Sin embargo, un momento después, mi memoria me llevó a mis años mozos en los ochenta, en el barrio Galán, cuando comenzaba a “serenar” y salíamos a recorrer las calles pese a las advertencias de los rayos y los arroyos hechas por los adultos y la circunstancia se convertía en un momento de encuentro y relacionamiento con los vecinos.

Volviendo a la entrevista, comencé a recordar la innumerable cantidad de veces que algún periodista local me ha llamado a preguntarme por una opinión sobre una situación relacionada con los jóvenes en la ciudad y tengo la certeza de que en más de un noventa porciento lo han hecho cuando los jóvenes se ven involucrados en hechos de violencia. Bien sea por confrontaciones entre pandillas, por excesos de las barras bravas, por disputas territoriales, etc.

Es por ello que la visibilidad mediática de la juventud y específicamente de la de los sectores populares, más allá de algún dato genérico de una lista de seleccionados en un programa como “Ser Pilo Paga”, está relacionada con la violencia. Lo cual me hace recordar un dicho popular que ha rondado por ahí y que dice que “las páginas judiciales y la crónica roja, son las páginas sociales de los pobres”.

Aún con la certeza de que no sacaría mi opinión al aire, le respondí al periodista que su pregunta, al igual que las de muchos de sus colegas que solo ven a los jóvenes en situaciones de violencia, me parecía amarillista. Le sugería que debería más bien orientar su preocupación hacia la pregunta por el qué hacen estos jóvenes en sus casas o en su barrio, un día cualquiera entre semana, esperando la lluvia para salir a enfrentarse. ¿No debería acaso existir alguna institución que estuviera captando su tiempo en esos momentos para que estuviesen haciendo algo significativo para sus vidas? ¿No deberían acaso estar en una institución educativa, en un trabajo, en un centro de generación de capacidades, en un taller de creación, o en cualquier espacio que les permitiera a estos jóvenes construir referentes de reconocimiento?

La pregunta entonces, más allá del qué están haciendo los jóvenes, que por supuesto es válida, debería orientarse al qué está haciendo el Estado a través de los actuales gobernantes para garantizarles sus derechos, de tal manera que no opten en algunos casos por salir a la calle a buscar otros referentes de reconocimiento, esta vez en la fuerza, en el control del territorio basado en la violencia o en la misma visibilidad mediática que con tanta facilidad consiguen cuando cometen un acto violento y que tanto se les dificulta cuando realizan una acción que de verdad aporte algo positivo hacia la sociedad. En este sentido las acciones que aportan por parte de los jóvenes no se consideran noticia, pues no alimentan el morbo de las audiencias.

Por supuesto, ésta es la misma mirada de los gobernantes, quienes salen a atender no el problema real de los jóvenes, sino a calmar la bulla de la agenda mediática. Orientan su atención a contrarrestar los hechos violentos de los jóvenes y no las causas que subyacen en ellos. Por eso las acciones que proponen están más centradas en programas coyunturales de “seguridad y orden público” que en políticas de desarrollo juvenil a largo plazo. Obviamente la intervención que se hace desde esta mirada epidemiológica termina intentando afectar solo aquel lugar en el cual se ve el síntoma. Sin embargo, no da cuenta de ese universo de invisibilidad de muchos sectores de la población juvenil que están en la misma situación, pero en un ámbito silencioso que no alcanza a llamar la atención del rating de las noticias mediáticas y eventualmente aparece en cifras estadísticas relacionadas con la pobreza, las carencias y la marginalidad.

Sabemos bien que las inversiones en desarrollo humano no son tan mediáticas como las de las obras que se hacen con cemento y que estos temas que se funden en la falta de atención social no son tan taquilleros como la idea cinematográfica de imaginarse grupos de “vándalos” que simplemente en su desadaptación esperan la lluvia para salir a matarse.

Un aparte de este texto fue publicado en la siguiente columna en El Heraldo.

Hombres en la cocina

Es reconfortante pensar que en la sociedad van apareciendo señales de que las relaciones sociales se hacen más incluyentes, como por ejemplo la transformación de los roles de género, de tal forma que se superan asignaciones culturales que han sido discriminatorias.

Un ejemplo de ello es cuando se ve a los hombres incorporar dentro de su masculinidad el ejercicio del paternar, esto es, asumir más allá del proveer el sustento diario, el cuidado cotidiano de sus hijos e hijas. Tal vez permitir a los hijos hombres jugar con muñecas pueda haber contribuido, en algunos casos, a que se incorpore dentro de la propia masculinidad el cargar, limpiar, alimentar, jugar y toda una suerte de actividades afectivas y cotidianas con hijos e hijas, no como una simple ayuda a la mujer, sino como un ejercicio propio del ser padre.

Sin embargo, hay casos en los que hay una aparente transformación de roles de género que crean ciertas dudas sobre la superación de discriminación de la mujer. Hablo particularmente del ingreso de los hombres en la cocina.

Una de las críticas en nuestro contexto cultural es la reducción de los roles de la mujer al ámbito de lo doméstico y del cuidado, no solo en el hogar, sino de toda la sociedad. Esto ha conllevado a que se considere que son propias de su rol actividades como la limpieza y el cocinar para la familia.

En el caso de los hombres, sus roles se han definido para el ámbito de lo público. De hecho se han creado dichos que estigmatizan la presencia de los hombres en actividades domésticas como el que dice: “Los hombres en la cocina huelen a rila de gallina”.

Por ello, es curioso en la actualidad el incremento de hombres que no solo participan del cocinar, sino que hacen alarde del disfrute y de sus dotes culinarias. Llama poderosamente la atención que el hombre para entrar en la cocina la convierte en gourmet y lo hace como una actividad pública: Esto es, se involucra en la cocina bien a nivel de profesión, como un chef, o cocinando para invitados en una ocasión especial; pero no como la actividad de preparar los alimentos de manera cotidiana para la familia.

Es así que la palabra “chef”, usada para la labor del hombre, se la asocia más con la creación artística, mientras la mujer queda reducida al término cocinera, asociado más a la repetición diaria de los saberes aprendidos.

Leonardo Da Vinci, por ejemplo, tuvo su experiencia en la cocina. En algún momento de su vida tuvo un restaurante junto a Botticeli, pero la comida que proponía, más asociada a la creación culinaria como arte en lugar de la simple satisfacción de los estómagos, le llevó al fracaso en su momento histórico.

En todo caso, los hombres al convertirla en Alta Cocina la han transformado en una profesión casi que masculina, en la cual no solo son mucho mejor remunerados que las mujeres, sino que además monopolizan reconocimientos de calidad como las estrellas Michelin, que reconocen a los mejores restaurantes del mundo.

En la cocina, al contrario de la mujer, la imagen de los hombres se vende como figura sexy, justo al momento de aderezar un alimento con algún ingrediente exótico, por supuesto; jamás se incluirá aquel momento inexistente donde debería estar lavando ‘los chismes’ o trapeando la cocina.

Columna publicada en El Heraldo.

La línea de la vida

Llama la atención la recurrencia de noticias locales sobre hechos relacionados con accidentes laborales, algunos mortales, especialmente en el campo de la construcción.

Me puse a indagar en la prensa y el elevado número de accidentes y muertes laborales en el sector de la construcción ha sido una preocupación que aparece año a año a nivel nacional, es decir, este no es un asunto nuevo.

De hecho, según datos de Fasecolda, en el año 2015 el sector de la construcción tuvo la cuarta tasa de accidentalidad laboral más alta en Colombia (11.28%). Esto quiere decir que se accidentaron un poco más de 10, por cada 100 trabajadores afiliados.

Según la misma fuente, en el mismo año el sector de la construcción tuvo la cuarta tasa de mortalidad laboral más alta en Colombia (11.53). Esto es, durante el año pasado, murieron entre 11 y 12 por cada 100.000 trabajadores afiliados, de la construcción.

En Barranquilla, aunque la accidentalidad laboral fue más baja (8.48%), la mortalidad laboral fue más alta que el promedio del país (13.67).

En todo caso, las cifras distan de las metas que se tendrían a nivel nacional en materia accidentalidad y mortalidad laboral. Adicionalmente, se considera que en Colombia no todos los trabajadores de la construcción están afiliados al sistema de protección, por lo tanto es muy probable que exista sub-registro. Es decir, la situación podría ser peor.

Detrás de esta situación se ocultan dos aspectos que son bien importantes y que tienen que ver con nuestra cultura. Por un lado, los retos que aún subsisten en materia de seguridad industrial por parte de las empresas para garantizar la vida de los trabajadores y la prevención de los accidentes laborales. Por el otro, la forma como los trabajadores de nuestros contextos se relacionan con los elementos destinados para su seguridad. Es así que en muchas oportunidades se obvia el uso de materiales como cascos o guantes, bajo el argumento de que no son adecuados por las condiciones climáticas, por ejemplo.

Sin embargo, hay un elemento que se registra en estas noticias, que considero vale la pena destacar, y que hace que se diferencien las situaciones en las cuales los accidentes no fueron mortales: el uso de la denominada línea de la vida. En todos los casos en los cuales los obreros utilizaban esta cuerda de protección, el hecho no pasó más allá de un simple susto. Sin embargo, se ve cómo un obrero que durante el día ha estado protegido, al finalizar su labor regresa a la zona de riesgo a recoger un elemento olvidado, pero considera que por ser un solo momento el riesgo es menor que el esfuerzo que implica volver a instalarse y usar el cordel que garantizará su protección. Justo en ese momento ocurre el accidente y pierde la vida de manera absurda.

Pensándolo bien, la línea de la vida debe comenzar con fortalecer una cultura empresarial de la protección y la prevención en temas de aseguramiento y seguridad industrial. De hecho, la OIT recomienda que los planes que se diseñen se formulen con participación activa de los mismos trabajadores. Es clave también la generación de capacidades y condiciones para que los obreros tengan plena conciencia de la importancia de medidas de seguridad y prevención, lo cual, al tener un fuerte componente cultural, no es un asunto fácil, razón por la cual deben fundarse en estrategias de comunicación que desde cada ámbito local permitan construir el sentido propio de lo que significa la protección de la vida.

Columna publicada en El Heraldo.

 

La paz: oír a los niños

A propósito de mi columna titulada “Una paz mal comunicada”, fui invitado por la I.E.D. La Magdalena al Primer Foro por la Paz, realizado con el lema ‘Todos a trabajar para alcanzarla’. Asistieron 60 estudiantes de sexto a undécimo grado, de esta y otras instituciones, que oscilaban entre los 11 y los 17 años. Esperaban que les compartiera mis impresiones sobre los avances en La Habana. Sin embargo, antes que exponerles mis puntos de vista sobre este proceso quise experimentar su reacción al leer en pequeños grupos los preacuerdos publicados y luego exponer sus conclusiones.

La primera sorpresa fue la impresión de niños y niñas al ver estampadas allí las firmas, tanto de representantes del Estado como de guerrilleros. Este logro, que para muchos adultos pasa intrascendente, es visto por ellos casi como una metáfora en la cual la guerra se ha ido transformando en dos bandos enfrentados con bolígrafos en lugar de fusiles, intentando plasmar una historia marcada por la inclusión de palabras con apuestas de país, en lugar de combatientes; y en la eliminación de desacuerdos, en lugar de personas.

Un segundo hecho fue la confrontación de mitos. Un pequeño me preguntó en voz baja, como intentando no ser escuchado por el resto: “¿En qué parte de los documentos dice que se está entregando el país a las Farc? Yo veo que habla de tierras para los campesinos, pero no veo qué es lo que ellos ganan con eso”. Aparecían las contradicciones entre lo que encontraban allí y los discursos adultos y mediáticos que habían recibido con anterioridad.

Me llamó la atención la diversidad de posturas críticas frente al proceso, pero, sobre todo, la manera como llevaban a cabo la confrontación. Alguien cuestionaba si el hecho de que el país asumiera a través de impuestos inversiones para los campesinos no era convertirlos en unos “mantenidos”. La reacción de otro estudiante fue con el argumento de que, por el contrario, los campesinos han estado suministrando alimentos al país, manteniéndolo, aún viviendo en condiciones más precarias, razón por la cual merecerían mejorar. Más allá de la respuesta, me pareció admirable el tono con el que el niño invitaba a quien estaba refutando, a revisar su argumento y a retirar al menos la palabra “mantenidos”, la cual en sí misma consideraba ofensiva.

En cada exposición se notaba disposición de entender, de confrontar, y aún quienes tuvieron las posiciones más críticas terminaban con una invitación a apostarle a un país en paz, en el cual quieren seguir haciendo su vida.

Después de más de tres horas de lectura y conversación, en un ambiente muy apasionado y casi imposible de cerrar, pues hasta el final había muchas manos en alto, concluimos que se derrotaron adicionalmente dos mitos que dicen que a los niños, niñas y jóvenes no les interesa ni la política, ni los problemas del país.

Es clave involucrar en el diálogo a esta generación pues en ella estará la posibilidad de seguir construyendo la paz, no solo por la forma como asuman el trámite de sus conflictos cotidianos, sino también porque serán quienes voten en las elecciones que vienen, o en las siguientes.

 

 

 

Columna publicada en El Heraldo.

En la Galería de este blog pueden ver algunas de las intervenciones de niñas y niños.

Politizar la guerra

La relación entre política y guerra se puede dar en dos sentidos. El primero, cuando una confrontación política se transforma en conflicto bélico, pues una de las partes considera que no hay condiciones para alcanzar sus aspiraciones de cambio a través de las vías institucionales y decide hacerlo por las armas. Son ejemplos dictaduras militares, luchas guerrilleras o paramilitares, en donde las acciones violentas, por supuesto cuestionables, son legitimadas por la causa que se defiende, en tanto se considera que las vías pacíficas no garantizan las condiciones para la confrontación política.

En esta perspectiva, la misma lógica de la guerra va pervirtiendo el sentido de la apuesta política, en tanto los medios que se utilizan terminan yendo en contravía de los ideales que los justifican. Los grupos armados ilegales, en aras de financiar la guerra, acuden bien sea al secuestro o al narcotráfico, en tanto los presupuestos estatales que se podrían destinar a educación o a salud se gastan en compra de armamento. Mientras las guerrillas reclutan infantes para engrosar sus filas, los grupos paramilitares masacran poblaciones para acabar con la subversión, y el Ejército Nacional aparece circunstancialmente en alianzas con grupos paramilitares o falsos positivos, para ganar posiciones o hacer ver que lo está haciendo. En todos estos casos la lógica de la guerra naturaliza la violencia como acción política.

Un segundo sentido aparece cuando actores de un conflicto bélico apuestan por transformar la lucha armada en confrontación política pacífica a través de diálogos, esto es, politizar la guerra. Entonces, se comienza por cimentar certidumbre entre actores que en la guerra han construido desconfianzas mutuas, y de generar decisiones que permitan desescalar la confrontación bélica.

En el caso colombiano, construir acuerdos políticos programáticos en lugar de muertos y heridos en las filas contrarias, ha implicado que el Estado reconozca que tiene una deuda histórica con la población campesina y un importante reto en la generación de espacios democráticos de participación e inclusión. Asimismo, que los actores armados ilegales acepten cambiar la utilización de las armas por las vías institucionales, en un proceso que les lleve a dejar las acciones ilegales, donde la justicia transicional lleve a su vez a develar la verdad sobre los hechos ocurridos durante el conflicto armado, a través de penas alternativas, y a reparar a quienes han sido sus víctimas.

Con el proceso de paz con las Farc, a pesar de todos los escollos de la negociación, llevamos más de un año en el cual nos hemos ido desacostumbrado a la guerra, y es muy diciente que lo que hoy nos indigna es el hecho de que un guerrillero ingrese armado a una escuela, cuando antes lo hacían los muertos en combate.

Finalmente, los acuerdos en La Habana por sí solos no garantizarán la construcción de la paz, pero serán un aporte importante al separar la acción política de la lucha armada. Será clave a futuro la concreción de los mismos, una mayor participación de la población en el proceso y avanzar hacia una sociedad que además de inclusión se sustente en formas no violentas de tramitar los conflictos.

Columna publicada en El Heraldo.

 

 

Sociología desde el Caribe colombiano. Mirada de un sentipensante

Fascinación del hallazgo

Es común encontrar en muchos ambientes académicos que la fascinación por el hallazgo de un nuevo conocimiento ha sido reemplazada paulatinamente por la del embeleso por la publicación, y más aún, por el ranking de la revista. Si bien es importante difundir el conocimiento, así como hacerlo en publicaciones indexadas, es cuestionable cuando perdemos la brújula del sentido y utilidad para la cual producimos conocimiento.

Hace un par de años, en una clase de doctorado en comunicación, tuve como profesor a Juan José Igartua, cuyos postulados evidenciaban un contrasentido en el objetivo de un proyecto en el cual yo he trabado durante varios años: Revela2, estrategia de comunicación basada en una telenovela orientada a que la sociedad reflexione sobre los derechos sexuales de los jóvenes, y a partir de allí se generen cambios que los posibiliten. Según los fundamentos teóricos que sustentaba el profesor, el edu-entretenimiento clásico promueve cambios a través de las emociones, esto es, la identificación con los personajes y el enganche con las historias, bloqueando cualquier posibilidad de reflexión.

Invité al profesor a desarrollar conjuntamente con el Observatorio de Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Salamanca un estudio experimental que nos permitiera establecer si la ficción de Revela2 lograba identificación y enganche y conseguía el impacto esperado. Cual no sería la sorpresa cuando en la fase final del análisis de los datos recibí una emocionada llamada suya, a la manera de un eureka. Los procesamientos estadísticos mostraban cómo los personajes y capítulos de la serie alcanzaban identificación, mediando el impacto actitudinal. Pero más allá de eso, el motivo de la felicidad era un nuevo aporte: la ficción de Revela2 no restringía la reflexión, sino que por el contrario la posibilitaba implicando al sujeto a través de conocimientos sobre el tema, contrastando con el edu-entretenimiento clásico.

Ese día imaginamos posible que los resultados fuesen publicados por una revista académica de alto ranking, lo cual por supuesto nos agradaba. Pero la felicidad de la confirmación de la publicación nunca pudo superar la fascinación del momento del hallazgo. Tal vez, la satisfacción de constatar que se produjo un nuevo conocimiento solo se puede comparar con la de la certeza de que es útil, porque se ha logrado incorporar en un proceso que genere un cambio. Aunque por supuesto hay que reconocer que no todos los conocimientos tienen utilidad práctica.

No podemos dejar que la presión de la visibilidad y los ranking se impongan sobre el sentido de un oficio tan humano y reconfortante como lo es la búsqueda del conocimiento, independientemente del paradigma desde el cual se haga. Presión que desemboca en un afán por publicar a como dé lugar, sin importar a veces las contribuciones que lo publicado pueda hacer, bien sea al campo del conocimiento o a la sociedad.

 

Columna publicada en El Heraldo.

Una paz mal comunicada

Nuestra costumbre de discutir con propiedad sobre asuntos que no conocemos, o que suponemos conocer pero realmente no, se evidencia en las conversaciones sobre lo acordado entre el Gobierno y las Farc en La Habana. Lo común es encontrar bien a los contradictores, quienes ven en la posibilidad de la paz la amenaza del castrochavismo, o a los defensores, quienes encuentran en esta negociación el fin de todos los problemas del país.

Sin embargo, al preguntar quién conoce los preacuerdos, en el mejor de los casos alguien dice haber leído parcialmente uno de ellos, sin enumerar los temas que los nuclean. Si no sabemos de qué hablamos, ¿con qué argumentos discutimos? La respuesta se reduce a polaridades emotivas sobre si los guerrilleros irán o no a la cárcel, si habrá o no impunidad, o si se está entregando o no el país.

Uno se pregunta entonces por el rol del Gobierno, los medios de comunicación y las instituciones educativas, entre otras, para que el país se involucre de manera informada en esta discusión.

Por curiosidad busqué en internet “acuerdos de La Habana” y en ninguno de los enlaces de las primeras páginas encontré un sitio con los preacuerdos completos. Aparece el “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera” que dio inicio a los diálogos, y dentro de los pocos sitios en los cuales están ordenados con cierta facilidad para el lector están La Conversación más Grande del Mundo y DiálogosDePaz, página de las Farc.

La Conversación más Grande del Mundo, iniciativa gubernamental, tiene de interés que propone el diálogo alrededor de diversos temas, de tal forma que nos acostumbremos a deliberar en lugar de recurrir a la violencia, pues en este aprendizaje radica el verdadero proceso de paz. Sin embargo, es incipiente la estrategia del Gobierno para involucrarnos en el debate sobre la terminación del conflicto armado y la construcción de un país incluyente. Se necesita participación con conocimiento y aún es tímido el liderazgo de las universidades  y los medios de comunicación que podríamos jugar un papel decisivo en la reflexión sobre los contenidos de estos documentos. Cuando los medios privilegian opiniones a veces sesgadas o desinformadas sobre ellos, en lugar de una pedagogía para la paz, alimentan la polarización.

Llama la atención algo casi desapercibido en Conejo, La Guajira. Como parte de su estrategia de socialización, las Farc entregaron la cartilla “Un nuevo día para la paz”, elaborada por el Semanario Voz, en la cual, en lugar de un texto largo y complicado, usan cómics con personajes locales, a partir de los cuales intentan informar a la población campesina sobre las ventajas de los acuerdos; les invitan a movilizarse en su defensa y a apoyar una constituyente para refrendarlos. Para los escépticos, en esta cartilla no se llama ni a la violencia, ni a la toma de poder.

 

Columna publicada en El Heraldo

 

 

La fábula colombiana de la entrega del país

Es curioso cómo los grupos sociales interesados en la continuidad de la guerra se van inventando fábulas y cuentos chinos con el propósito de atemorizar a la población colombiana y ‘prevenirla’ frente al proceso de paz. Uno de los más cacareados es el de la supuesta ‘entrega del país’ a las Farc, por un lado aceptándoles todas sus exigencias en la mesa de negociaciones, y por el otro permitiéndoles su participación política a través de las elecciones.

No es mi intención opinar aquí sobre las concesiones que pudiese estar haciendo el gobierno de Santos en La Habana, y quien tenga interés en profundizar en ellas puede perfectamente leer los textos de los pre-acuerdos, disponibles en línea, y sacar sus propias conclusiones.

Sin embargo, en cuanto al punto del miedo a la participación electoral de las Farc, tan solo para hacer memoria, revisé algunos datos sobre tres procesos históricos para el país: el número de escaños obtenidos en el Congreso por el M19 después de su desmovilización en el año 1990, las curules alcanzadas por el Partido Centro Democrático, años después de la desmovilización de las AUC, la cual se dio en el año 2006, y el genocidio de la Unión Patriótica después de su conformación en 1985, como una convergencia de fuerzas políticas producto del proceso de negociación adelantado entre el gobierno del presidente Belisario Betancur y las Farc.

En el primer caso, a pesar de la popularidad de un dirigente como Carlos Pizarro y del resentimiento generado contra el establecimiento en muchos sectores de país por su asesinato en plena campaña presidencial, justo después de la Constituyente, el M19 se presentó a las elecciones legislativas del año 1991 y obtuvo 9 curules en el Senado y 13 curules en la Cámara de Representantes, lo cual constituía mucho menos del 10% de la totalidad del Congreso de la República.

En el segundo caso, una vez creado el Partido Centro Democrático en el año 2013, se presentó a las elecciones legislativas del año 2014 y pese a todo el reconocimiento social y político del expresidente Álvaro Uribe, y del peso electoral regional de muchos de quienes integraban su lista, tan solo obtuvieron 20 curules en el Senado y 19 en la Cámara, lo cual representaba un poco menos del 20% de la composición del Congreso.

A partir de estos dos antecedentes creo que, aún para la persona más optimista, o pesimista, dependiendo del ángulo que se vea, sería inimaginable pensar que un movimiento político de las Farc en un escenario de postconflicto pudiera llegar por la vía electoral a una representación mayoritaria en el escenario legislativo colombiano, como para deducir entonces que se les estaría entregando el país.

Lo que sí me parece preocupante es el tercer caso que traigo a colación. Pues tal como lo reseña el Editorial de El Tiempo, del 11 de Julio de 2013, la persecución a la Unión Patriota, que fue más intensa entre finales de los 80 y comienzos de los 90, dejó más de 5.000 de sus militantes muertos, incluidos dos candidatos presidenciales: Jaime Pardo Leal (1987), y Bernardo Jaramillo Ossa (1990), 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales y 11 alcaldes.

Si hablamos de fortalecimiento de la democracia, se podría decir que en el ámbito político, el máximo triunfo que se esperaría del Gobierno Nacional en la mesa de negociaciones sería el de convencer a las Farc de que renuncien a las armas y que confíen en que es por la vía de las instituciones legales a través de las cuales deberían continuar la lucha por su proyecto político, pues prohibirles que lo tengan sería en sí mismo inconstitucional. Así es que, más que por la entrega del país a las Farc, cuento que tan solo se tragarían los más incautos, el problema real está en cómo garantizar que los espacios institucionales de la acción política permitan que allí se puedan expresar y debatir distintas concepciones sobre el futuro de Colombia, pero sobre todo, que los distintos actores se mantengan vivos para poder argumentarlas.

Columna publicada en El Heraldo

 

Educación y presunción

Me preguntaba cuál sería la expresión popular local más pertinente para referirse a cierta actitud presuntuosa que hemos desarrollado en relación con el hecho de ir dejando de disfrutar los bienes públicos, los cuales consideramos y vamos haciendo más desprestigiados, para mostrarles a cercanos y lejanos que ahora accedemos a estos mismos bienes de una forma privada.

Pensaba en esto al ver la reciente noticia, inadvertida para muchos y tal vez nota marginal en los diarios en medio de los publicitados crímenes de cámaras de vigilancia: la educación universitaria en Chile vuelve a ser gratis después de 35 años. Este ha sido un logro de la gran movilización social que allí se ha dado en defensa del derecho a la educación, y de la gestión de un gobierno que le apuesta al fortalecimiento de lo público.

En Colombia, hace varios años, escuelas, colegios y universidades públicas eran un gran orgullo para la población, de hecho se consideraban, y en la mayoría de los casos lo eran, las que ofrecían mayor calidad educativa. Sin embargo, a la par de las reformas educativas que fueron privatizando la educación y profundizando en su concepto como un servicio, dentro de las que están la Leyes 30 y 115, se fue promoviendo una ideología que descalifica la educación pública y enaltece como ideal la educación privada.

Traigo entonces la pregunta por esta conducta, precisamente porque en la población en general y en mayor medida en la clase media –quienes nos gastamos más de la tercera parte de nuestros ingresos pagando educación privada– es común jactarse de los nombres de los colegios privados donde estudian nuestros hijos, mejor si son extranjeros, así como también, y paradójicamente, ostentar que pagamos más que otros por los servicios educativos que les compramos, inclusive tratando de manera despectiva a quienes reivindican el derecho a la educación pública.

Estoy casi seguro de que si hiciéramos una encuesta con profesores de escuelas, colegios y universidades públicas, encontraríamos que en su gran mayoría tienen a sus hijos estudiando en el sector privado, lo cual con seguridad es un orgullo que resume su esfuerzo por el bien de ellos. Tal vez una parte lo hace porque padece ciertas condiciones que hacen precaria la calidad de la educación pública, pero estoy seguro de que, en conjunto, asumimos esta postura porque nos vamos dejando llevar de ese individualismo extremo donde importa más mostrar a los demás que hemos logrado mejores cosas que ellos, así sea en contra de nuestros propios intereses, en lugar de convocarlos a una movilización conjunta en defensa del derecho a la educación, como en el caso chileno.

Uno de mis maestros, José Bernardo Toro, decía que si en Colombia hubiese una ley que obligara a todos los funcionarios públicos y a los del sector privado que ganasen más de 5 salarios mínimos a utilizar la educación y la salud pública, tendríamos los mejores sistemas de educación y de salud del mundo. Y sigo pensando que tiene toda la razón. Entre los mayores enemigos de lo público en nuestro país están la desidia que hemos construido frente a ello, así como esa presunción que nos hace alardear de la pendejada de tener que pagar por cosas a las cuales tenemos derecho y que ustedes bien sabrán cómo llamarla.

Columna publicada en El Heraldo

La ineficiencia del Estado para prevenir el Zika

Definitivamente en nuestro contexto eso de los derechos es puro cuento y no hace parte de las interpretaciones que le damos a nuestra realidad. Por eso nos parece común y natural padecer bien el dolor de rodillas consecuencia del Chikungunya o ese brote en el cuerpo como síntoma del Zika. Con seguridad, usted que lee esta columna o algún vecino o vecina suya se lo achaque a la mala suerte, o lo vea con la resignación de que eso nos va a tocar a todos en algún momento, o simplemente porque Dios lo quiso así.

Todos sabemos que el mosquito Aedes Aegypti funciona como una aguja hipodérmica que nos va a infectar con el virus que esté de moda. Sin embargo, las acciones que se desarrollan desde el Estado para su control son tan precarias que generalmente terminan culpando casi que de manera exclusiva a la población por no controlar los criaderos.

No se trata de quitar la responsabilidad individual, pues todos tenemos que asumir las propias acciones para controlar la enfermedad, pero bien se sabe que existe una vasta experiencia a nivel mundial en estrategias de comunicación con participación comunitaria para el control de la reproducción del mosquito. De hecho, en Barranquilla la Universidad del Norte y la Secretaría Distrital de Salud con el apoyo de Colciencias, desarrollaron hace unos años una experiencia pionera a nivel nacional en la utilización de la metodología COMBI para el control de mosquito, la cual posteriormente se ha implementado en varios países de América Latina.

Sin embargo, la lógica de las instituciones estatales hace que no se de continuidad a los proyectos de otras administraciones, que se rote el personal y se pierda la capacitación, pero lo más grave es que evadan la responsabilidad que tienen como Estado de entender que el control del mosquito no debería ser una opción, sino una obligación para garantizar el derecho a la salud de toda la población. Y cuando me refiero al derecho a la salud hablo de que las personas no padezcan como si fuera algo natural, dolencias de enfermedades de las que no tendrían por qué enfermarse ni tampoco morirse.

Es triste escuchar las cuñas de las entidades de salud hablándonos de lo inocuo de la enfermedades o invitándonos a asumir con paciencia los síntoma del Chikungunya, e inclusive proponiéndonos el restringir un derecho como lo es el de decidir en qué momento se tiene un hijo, cuando bien podrían haber asumido una posición más activa y sostenible que llevara a una cultura de control del mosquito y al manejo adecuado de los procesos de atención en caso de presentarse la enfermedad.

Ahora bien, por parte de los medios ocurre una situación similar. En octubre del año pasado, cuando apenas se comenzaba a hablar del Zicka, fui invitado por la EPS AMBUQ a una jornada con profesionales de la salud de las IPS a través de las cuales presta sus servicios, para trabajar el tema de vigilancia, notificación de casos y reporte de los virus Chikungunya, Zika y Mayaro. El doctor Wilmer Villamil, PhD en infectología, medicina tropical y epdiemiología clínica, tallerista invitado, consideró ese evento como histórico porque pocas veces en el país y de manera específica en la Costa Atlántica las EPS se preparan y preparan a su personal de manera anticipada, para atender este tipo de situaciones.

Emocionado con la idea de afirmar un país con este tipo de previsiones y preocupado porque el Dr. Villamil ya advertía las posibles relaciones del Zika con casos de Guillain Barré y malformaciones congénitas, contacté a periodistas de varios medios locales, y les envié el registro con los materiales de la conferencia, buscando que se resaltara el evento y se pusiera el tema en la agenda. Lo que encontré fue desinterés e inclusive argumentos mesquinos como asumir que el destacar una acción de una EPS es considerado un publireportaje.

Al final todos terminamos sacando el cuerpo a la responsabilidad que tenemos frente a este asunto. Mientras hoy aparecen titulares sobre la cantidad de personas con el virus cuando ya poco se puede hacer para prevenir el hecho, en su momento, el único eco encontrado es este

Publicado el día 25 de enero en Las2Orillas

Seguridad Ciudadana

En su columna de EL HERALDO “El progreso social de Barranquilla”, el economista Jairo Parada basándose en datos del Informe del Progreso Social de las Ciudades Colombianas, concluye que en esta ciudad se ha mejorado en materia de indicadores de cantidad, relacionados con infraestructura y simples coberturas, pero “nos rajamos en temas de calidad”, porque le va muy mal en “nutrición infantil, calidad de las viviendas, medio ambiente, acceso a la información con las nuevas tecnologías, tolerancia”, entre otros aspectos como el empleo. En este mismo informe se muestra que para el sur de Bogotá, entre 2009 y 2014, se mejoró el progreso social en un 10%, llegando a un incremento de un 35% solo en Ciudad Bolívar, que guardando las proporciones, equivaldría a mejorar la calidad de vida de toda la población del Suroccidente para Barranquilla.

Es probable que los indicadores en los que ha tenido éxito Barranquilla no estén logrando reducir significativamente la pobreza. Según datos del DANE para el 2014 Barranquilla y su Área Metropolitana, con un 25%, está ausente del grupo de ciudades con menos pobreza en Colombia, tales como Bucaramanga AM (8,4%), Bogotá (10,1%), Medellín A.M. (14,7%), Manizales A.M. (15,7%) e inclusive Montería (20,9%). Por ello no es paradójico que los indicadores en los cuales se destaca la “Bogotá Humana”, son aquellos en los cuales se raja Barranquilla.

En el tema de Seguridad Ciudadana, en Barranquilla los datos muestran que la inseguridad es una realidad, que afecta más a la población más pobre y es reconocida inclusive como el punto negro en el informe de gestión de la Alcaldesa. En Bogotá, el asunto aparece más como de percepción ciudadana, tal como lo reconoce el mismo Daniel Mejía, designado Secretario de Seguridad por Peñalosa, en entrevista para El Espectador: “es difícil explicar que las tasas de muchos delitos son más bajas que en otras ciudades, pero la gente se siente más insegura”.

Tal vez es más fácil lograr la aprobación de un gobernante y la percepción de seguridad con la presencia del ejercito en las calles o en las carreteras, que con bajos índices de delitos, producto de inversión en calidad en educación, nutrición o empleo, entre otros aspectos sociales. Así mismo, es posible llegar al final de una administración con altos índices de popularidad, priorizando inversiones “que se ven” como infraestructura y coberturas, o tener baja aceptación cuando la inversión se hace  en campos como nutrición y salud, más difíciles de mostrar a simple vista.

Sin embargo, tan solo como ejemplo, llama la atención que la Unesco recomiende a Peñalosa seguir las políticas de Petro en calidad educativa, reconociendo su innovación desde una política pública que buscó integralidad y que fue planteada, diseñada y ejecutada “desde una perspectiva holística, esto es, que incluyó no solo componentes cognitivos, sino también las artes, integralidad física” y que “permite a los niños además aprender a relacionarse con su ciudad”.

A lo mejor el próximo alcalde de Barranquilla pueda reconsiderar la creencia de que la presencia del ejercito en las calles resuelve el problema de la seguridad, más allá de los réditos que esto da en mantener su popularidad. Sería entonces interesante que, pese a que pueda ser visto como negativo, quien ha sido valorado como el mejor alcalde de Colombia, le consultara a uno de los considerados peores, cómo fue que a través de la inversión social lograron reducción de la pobreza y a su vez disminuir las tasas de delitos.

Columna publicada en El Heraldo

 

 

 

 

Revela2 nominado a premio India Catalina

 

 

El magazin Revela2 dirigido a la población joven de Colombia ha sido nominado al Premio India Catalina como mejor programa de la Televisión Pública en Colombia en el año 2013.

Revela2 es una novedosa estrategia de comunicación que se implementa en Colombia para promover los Derechos Humanos Sexuales y Reproductivos de adolescentes y jóvenes.

A través de esta iniciativa, el Ministerio de Salud y Protección Social le apuesta por primera vez, a la transmedialidad o narración 360 grados, concebida para llegarle a los y las jóvenes a través de múltiples plataformas y formatos y ponerlos a pensar y hablar  sobre temas muy reales en sus  vidas: embarazo adolescente, VIH, violencia sexual e interrupción voluntaria del embarazo, en los casos despenalizados

Veinte capítulos de un novedoso magazine para televisión, mucha actividad en los medios sociales y un sesudo paquete educativo para Servicios Amigables y escuelas, conforman Revela2. Esta estrategia es producto de una alianza en la que participan la Fundación Imaginario y la Universidad del Norte, con el apoyo del Fondo de Población de Naciones Unidas y la asesoría de la Universidad de los Andes y varias organizaciones internacionales: Fundación Puntos de Encuentro (Nicaragua), Centrum Media & Gezondheid (Holanda), Observatorio de los Contenidos Audiovisuales de la Universidad de Salamanca (España) y The Communication Initiative. 

Revela2 se transmite actualmente por varios canales en Colombia, incluyendo Telecaribe, quien participa como un canal aliado en el proceso implementación de la estrategia. 

Revela2, tiene como antecedentes que fundamentan su concepto televisivo las reflexiones desarrolladas en el marco del Compromiso de Televisión Infantil de Calidad y por ello su apuesta se orienta a proponer un alternativa  de televisión para la infancia y la adolescencia, a partir del eduentretenimiento.

Los materiales audiovisuales están en este link

http://www.youtube.com/user/Revela2Canal

La información general en este enlace:

Revela2: Segunda Temporada

http://www.comminit.com/la/content/estrategia-de-eduentretenimiento-revela2-desde-todas-las-posiciones

El Grupo de Investigación en Comunicación y Cultura PBX en asocio con el Grupo de Investigación en Informática Educativa y el GIDHUM han realizado la investigación de base para desarrollo de la estrategia Revela2

Sobre la estrategia se han realizado publicaciones como esta:

Vega, J. y Beltrán, C. (2012) Aprendizajes sobre la evaluación del diálogo y el debate en estrategias de comunicación y cambio social

 

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