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El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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Amuleto

Por: Gabriela Castro.

Llegó empapado en el sudor de la paranoia y ni siquiera tuvo tiempo de tocar. Rompió una ventana y entró. Se quitó la ropa, se acostó de medio lado en el piso como si fuera un día normal en el pasado y comenzó a gritar: ¡Brenda, aparece, que me van a matar! Pero ella no aparecía. Y él tuvo que esperarla por lo menos tres horas doblado sobre sí mismo, comiendo arañitas del piso, porque el miedo lo hacía sentirse como un mirlo extraviado, y desnudo, porque la ropa se había encogido de repente. Se había cortado con los vidrios de la ventana pero el temblor del cuerpo no lo dejaba sentir. Cuando ella apareció, casi le provocó risa verlo en ese estado: bañado en un lodo verdoso de sangre y sudor, asustado como nunca y jurándole una eternidad de amor por cinco minutos de brujería.

-Brenda, por favor-. No tuvo que decir más. Ella ya le había leído el pensamiento. Él era siempre igual, un hombre que jugaba a las escondidas consigo mismo pero que cuando se encontraba se daba tanta lástima que se volvía a esconder. Él se vistió de prisa, como siempre y como pudo, con la ropa de muñeco de trapo y casi se puso a llorar de los nervios mientras le contaba sobre los tres meses que había vivido sin ella.

Al principio, cuando apenas se estaban conociendo, su vida seguía igual. Era un hombrecito minúsculo lleno de delirios de grandeza aunque su única victoria en la vida había sido no aprender a amar. Pero después de un tiempo de vivir amores libres, ella era otra. Olvidaba comer y dormía solo dos minutos al día. Y entre más se perdía ella más vitalidad ganaba él. Se sentía de maravilla. Las mujeres lo acechaban y el azar le concedía quince minutos de riqueza noventa y seis veces al día. Así que la olvidó. Pero en cuanto puso un pie por fuera de esa casa, la vida le reveló lo que en realidad era: un hombre miserable bajo el yugo eterno del amor con magias de una mujer. Su vida retomó su rumbo insignificante. Perdió los amores y las guerras hasta que aceptó su suerte de forzarse a quererla y volvió.

Ella lo recibió aunque se estaba muriendo de rabia, porque entonces ya sabía que se estaba muriendo pero de él y no porque se le había derramado el veneno de culebra que guardaba en el cabello. Junto a ella él podía tenerlo todo porque sus amores de hechicera lo habían escogido solo a él, incluso contra su propia voluntad, y ese amor le daba el poder de ser lo que él quisiera en esta vida y en la otra, si hubiese sido necesario.

Pero él se sentía como un bruto elegante y no soportaba sentirse encarcelado. No soportaba que ella lo mirara con ojos bárbaros de niño hambriento, y menos cuando se metía al baño descalzo a repetir de memoria los cuadros de los grandes y ahí también estaba ella. Porque hasta el talento se lo había quitado y se lo había escondido en un frasco para que solo la pintara a ella o a mujeres deformes que no eran ella por más que intentaran serlo. Entonces se iba. Y ella conjuraba las estaciones para que solo él sintiera calor y para que tuviera un tic nervioso debajo de un ojo que no le dejara distinguir a las mujeres de los hombres pero sobre todas las cosas para que volviera. Para que volviera, no arrepentido pero sí triste y voluble a su amor. Para que volviera y ella pudiera sentarse a verlo pintar con sus frasquitos de sábila con limón y utilizarlos como si fueran pinturas de oro.

Pero las conjuras de la buena suerte no funcionaban como su ciencia de las estaciones dispersas. Esa buena suerte era impuesta por el dominio del corazón y nunca funcionaba tan bien como cuando hacían el amor tirados sobre el piso de tierra de la sala. Por eso ella casi no se sorprendió cuando lo vio así, desfigurado por el tiempo que había pasado siendo solo de él mismo.

En medio del reguero de vidrios y de horrores él se había olvidado del maletín hasta que ella le preguntó qué era.  –Es casi un nacimiento- le dijo-. Era lo único que faltaba, pensó ella, que diga en voz alta las locuras que lleva atravesadas en el corazón. Pero cuando ella lo vio tuvo que aceptarlo, parecía el embarazo del mismísimo Jesucristo lo que había metido ahí, y él necesitaba su ayuda para que se convirtiera en el mesías final de la santa paz.

El maletín contenía doscientos noventa y siete folios de papel forrados en una hoja inmensa de mango en la que habían hecho, a punta de arañazos, la siguiente inscripción: proteger con la vida para evitar la muerte. Él quiso explicarle que era la respuesta a las suplicas que le había hecho a través de los años. Más de una vez, haciendo el amor montados en el techo, le había pedido que acabara con la guerra. En ese entonces ella había sucumbido a la dicha de creerse amada y conjuraba cualquier locura que él quisiera solo por salir del paso, y utilizando hojitas de mata ratón y diciendo sepium sepium, porque él ni se imaginaba dónde terminaba su magia y dónde comenzaba su ciencia. Pero cuando finalmente intentó ese truco, más viejo que el diablo, las tetas de diosa del parnaso se le redujeron de repente y él se quedó sosteniendo entre los labios un seno tétrico del tamaño de una checa que tenía un sabor amargo a manzanilla. -Ya ves- le había dicho ella- ni dios, aunque le atribuyeran todos los poderes olímpicos se atrevería a meterse en asuntos de los hombres.

Él había intentado leer noventa y siete de los folios pero no entendía un carajo. Solo sabía, a medias y casi con resignación, que eran una apología en defensa de los niños de cincuenta años que no sabían escribir. Sí lo estaban persiguiendo y no era como ella pensaba, un invento de la abstinencia. Lo estaban persiguiendo porque no querían que nadie leyera los folios. Porque por todas partes había carteles con las letras distorsionadas para que la gente entendiera una cosa donde decía otra y se tornara agresiva en medio de las ideas contrarias que surgían sobre una misma cosa.

Entonces, él le pidió, con tanta fuerza que parecía que los ojos se le saldrían de sus cuencas, y de rodillas, que se acostara con él una vez más, para salvar el país. Pero ella ni siquiera se inmutó. Tenía tanto odio y tanto rencor por su último abandono que si de ella hubiese dependido, el país y el mundo entero se iban a la mierda en ese mismo instante. Él intentó cambiar la estrategia. Le llevó serenatas para cantarle uno por uno los puntos que mencionaban los folios y ella solo asentía mientras cerraba las ventanas. Le lloraba en braille entre las piernas para que ella supiera todo lo que él quería decir y no podía, pero era inútil. Tenía encerrados con llave los perdones de la razón. Se rindió, convencido de que ella se merecía vivir en un país en guerra, pero solo ella y nadie más. Y deseó con todas sus fuerzas no haberla conocido, para no haber tenido ni siquiera la esperanza y los delirios del mundo en planes de reparación. Antes de marcharse se detuvo a mirarla, para que ella sintiera tan solo la inminencia de la muerte en sus ojos desbocados. Déjalo- le dijo- que al final no importa de qué forma, todos nos vamos a morir.

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