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El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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En el principio era la posverdad y la posverdad estaba con Dios y la posverdad era Dios

Por: Henar Lanza

Desde el Timeo de Platón y su heredero bastardo, el evangelio de Juan, somos conscientes de que la creación va unida al lenguaje. En el primero, el demiurgo, la causa inteligente, debe persuadir a la necesidad o causa errante para introducir el orden en el caos y dar forma a las trazas de la materia informe y eterna. En el segundo, el más alternativo de los cuatro evangelios, se dice que en el principio fue el lógos y el lógos estaba con dios y el logos era dios.

Aunque no somos adivinos ni podemos profetizar el futuro de la especie humana, siempre tenemos la opción de leer, y podemos leer lo que Aquiles dice de Agamenón en la Ilíada, un insulto que de puro elegante no parece ni insulto: que es incapaz de mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Escuchemos a Aquiles y no seamos, pues, como Agamenón, y hagamos el esfuerzo, siquiera el intento, de mirar hacia atrás para, como si de un espejo se tratara, poder ver hacia adelante.

¿Qué tiene que ver todo esto con la posverdad? 

A comienzos del siglo XX, durante lo que ahora conocemos como “la edad dorada de la Fìsica”, dos científicos afines al partido nacionalsocialista como Philipp Lenard (1862-1947) y Johannes Stark (1874-1957) defendieron la existencia de una “física aria” frente a otra “física judía”, que asociaban a Einstein y a quienes lo secundaban, lo estudiaban y/o lo enseñaban.

En noviembre de 1921 y ante la inminente visita de Einstein a Mùnich, Lenard (Nobel de Física en 1905) redactó un texto que se publicarìa en 1922 contra el internacionalismo de la ciencia: esta debía basarse en la raza, en la aria o la nórdica, que era -afirmaba él y sin pudor lo firmaba-, la superior y la que tenìa mayor sentido de la realidad, frente a la judía, que era oscura y lógicamente insostenible, y cuyos prototipos eran la relatividad y la cuántica.

Stark (Nobel de Física en 1919), por su parte, llamó “judíos blancos” y “defensores de la judería científica” a Plank (Nobel de Fìsica en 1918), Heisenberg (Nobel de Fìsica en 1932) y Sommerfeld (candidato al Nobel de Fìsica).

Más de una década después, en  1933, momento en el que Einstein renunció a la Academia de Prusia, Lenard volvió a la carga con la publicación de la siguiente declaración en el Völkischer beobachter (El observador del pueblo, órgano oficial del partido nacionalsocialista):

“El ejemplo más importante de la peligrosa influencia de los judíos en el estudio de la naturaleza lo ofrece el señor Einstein, con sus teorías llenas de chapuzas matemáticas, hechas de ideas viejas y de añadidos arbitrarios… Incluso algunos científicos con una obra seria en su haber no escapan al reproche de haber permitido que la relatividad se afiance en Alemania, porque no se dieron cuenta de hasta qué punto es falso considerar a ese judío como un buen alemán“.

Y dos años después, en la inauguración de un instituto de Física en 1935:

“Espero que este instituto enarbolará una bandera de combate contra el espíritu asiático en la ciencia. Nuestro Führer ha eliminado ese espíritu en la política y la economía, donde se conoce como marxismo. Sin embargo, ese espíritu guarda aún poder en las ciencias de la naturaleza por culpa de Einstein. Debemos proclamar que es indigno de un alemán ser el seguidor intelectual de un judío“.

Si bien en el momento histórico en el que tuvieron lugar estos hechos aún no existía el término de “posverdad”, nosotros, que tenemos la desgracia de haber asistido a su nacimiento y estar sufriendo sus consecuencias, disponemos ahora de las herramientas conceptuales necesarias para identificar que la verdad -y no me refiero a la verdad de “tengo la corazonada de que va a ser verdad” o “es verdad porque lo digo yo que soy tu padre”, sino la verdad de la ciencia, construida sobre la observación y la medición y la contrastación y confirmada por los hechos-, la verdad, decía, fue aplastada por la xenofobia, el antisemitismo y la ideología nazi, pues, como decía Sócrates, el mal siempre ha ido de la mano de la ignorancia, y como escribió Ferlosio, “vendrán más años malos y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos y nos harán más malos”.

Pero resulta que ni la xenofobia, ni el antisemitismo, ni el nazismo están basados en ninguna verdad científica, fáctica, de hecho, sino en falsedades -ahora rebautizadas como “hechos alternativos” (alternative facts)– y elementos puramente pasionales -porque el odio, no lo olvidemos, es una pasión nacida de la sospecha que busca hacerle el mal al otro, algo que se aprende leyendo la Retórica de Aristóteles; es decir, están basados en todo lo que caracteriza a la posverdad (post-truth), esto es, todo lo relacionado con circunstancias en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que el llamamiento a las emociones y creencias individuales. Para cualquiera que esté libre de odio es claro que ni los extranjeros son malos solo por el mero hecho de ser extranjeros (si nos paramos a pensarlo, todos somos extranjeros para alguien, por lo tanto, todos seríamos malos, algo que, si bien ahora mismo no es verdad, va a acabar siéndolo si seguimos a este paso), ni los judíos son inferiores (hasta el momento no conozco a muchos genios superiores a Einstein), ni los arios son los pura sangre de la especie humana (¿Alguno de esos caballos rubios y ojizarcos había oído hablar de un tal Charles Darwin?).

Sin embargo, el auge y consolidación del poder del partido nazi por vía democrática hizo posible que incluso desde la comunidad científica, cuyo fin por excelencia es perseguir la verdad (pero no para acabar con ella, sino solo para alcanzarla, ahí pudo estar el malentendido), se usaran todos los medios disponibles -algunos de los cuales tenían mucho peso en la opinión pública- para impedir la difusión de una teoría física por la única y exclusiva razón (y razón es mucho decir, más correcto sería “excusa”) de que provenía de un judío (que no era ni alto ni rubio ni de ojos azules, que, como todo el mundo sabe, son los tres requisitos de acceso a la carrera de Física).

Todos sabemos cómo terminó esta historia: esa posverdad avant la lettre que no se apoyaba en hechos, sino en falsedades y en las más bajas emociones patrioteras, fue la que hizo que no solo Einstein, sino cientos de científicos, tuvieran que exiliarse de Europa, especialmente de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini -como fue el caso de Enrico Fermi- y emigraran a Estados Unidos, donde recibieron ofertas de trabajo de las principales universidades y centros de investigación del país. Algunos de ellos incluso contribuyeron a que los aliados ganaran la guerra (si es que las guerras las gana alguien) a esa Alemania y esa Italia que los expulsaron acusándolos de algo tan ajeno a la ciencia, a la verdad y a la razón como hacer y difundir la “física judía”.

Si, como decíamos al principio, el lenguaje crea el mundo, la elección de “posverdad” como palabra del año 2016 marca el inicio de un nuevo relato, uno cuyo texto sagrado es un evangelio que comienza así: “al principio era la posverdad y la posverdad estaba con Dios y la posverdad era Dios”. Y esto es solo el comienzo: ya verán cuando lleguemos a los Hechos alternativos de los apóstoles.

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