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Nietzsche: ¿hacia una historia para la vida?

Por: Tawny Moreno

"La segunda Intempestiva (1874) descubre lo que hay de peligroso, corrosivo y envenenador de la vida en nuestro modo de hacer ciencia (...). En este tratado el sentido histórico del cual se halla orgulloso este siglo fue reconocido por primera vez como enfermedad, como signo típico de decadencia" (Nietzsche, 2015: 93).

Introducción

En el escrito Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (1874), más adelante conocido como la segunda Intempestiva, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche desarrolla una amplia crítica a aquella manera de practicar y apreciar la historia debido a la cual, según él, la vida "se atrofia y degenera" (Nietzsche, s.f.: 38). Esta mencionada concepción, contra la cual toma posición Nietzsche, es la que entiende la historia como ciencia.

En la filosofía de este autor, el problema de la ciencia (y, por ende, de la concepción de verdad que esta profesa) atraviesa su obra erigiéndose como un hilo conductor y un pilar fundamental de su pensamiento intempestivo. Desde su primera gran publicación, El nacimiento de la tragedia: o Grecia y el pesimismo (1872), el joven profesor osa abordar este "problema senil". Así, en su Ensayo de Autocrítica, refiriéndose a la mencionada ópera prima, escribe: "lo que yo conseguí aprehender entonces, algo terrible y peligroso, un problema con cuernos (...) un problema nuevo: hoy yo diría que fue el problema de la ciencia misma, la ciencia concebida por primera vez como problemática, como discutible" (Nietzsche, 2014: 34). Nietzsche quiere comprender qué significa en general, como síntoma de vida, toda ciencia. El problema del cientificismo, el cual considera una "cuestión de primer rango y máximo atractivo", le permite a Nieztsche situar a la ciencia en el terreno del arte, y observarla desde ese punto de vista, valorando a su vez el arte desde la óptica de la vida (Nietzsche, 2014: 35)1.

La mencionada crítica al cientificismo evidencia la dimensión intempestiva de las meditaciones nietzscheanas. Precisamente, en la medida en que busca comprender como perjudicial algo de lo cual su época se enorgullece (su cultura histórica, y su optimismo

1 A su vez, entre las diversas máscaras que adopta la crítica a la ciencia, se encuentra el célebre ensayo Verdad y mentira en sentido extramoral (1873). Gracias al conocimiento de la fuerte crítica a la concepción lógica y cientificista del lenguaje y de la verdad, desarrollada en este breve escrito, podemos plantear que, en realidad, en el fondo de este mencionado problema de la ciencia, lo que se encuentra en juego es "el sentido del hombre, el sentido de la existencia, que inspira un interrogante implacable, que quiere desenmascarar la ilusión que [se han hecho] los hombres en cuanto al valor de la existencia" (Ferro, 1984: 22).

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cientificista en general), Nietzsche no se deja cegar por las luces su siglo, y "es capaz de distinguir en ellas parte de la sombra, su íntima oscuridad" (Agamben, 2011: 22). Así, situando el problema de la historia como ciencia en el marco del pensamiento nietzscheano, y resaltando su dimensión intempestiva, podemos aproximarnos a las segundas Intempestivas con mejores herramientas de análisis.

Hacia una historia al servicio de la vida

Desde los primeros párrafos de este texto, nuestro filósofo va ofreciendo ya algunas claves para que comprendamos la perspectiva desde la cual busca abordar el problema de la historia. Así, sirviéndose de una una bella frase de Goethe, afirma que la enseñanza sin vivificación, el saber en el que se debilita la actividad, y la historia como preciosa superfluidad del conocimiento, han de resultar seriamente odiosas, pues faltaría en ellas todavía lo más necesario: una historia para la vida y para la acción.

Para explicar su concepción de una historia al servicio de la vida, Nietzsche se sirve de la comparación entre el hombre (ser histórico) y los animales en general (seres ahistóricos), y la relación de ambos con las facultades del recuerdo y del olvido. El animal, ser atado a la inmediatez del instante, viviendo en el eterno presente, ignora lo que es el ayer y el hoy (Nietzsche, s.f.: 40): vive sin melancolía o hastío, pues siempre olvida; en él los instantes surgen ininterrumpidamente para desaparecer uno después de otro. Así vive el animal de manera no histórica.

Para el ser humano, observar tal dicha del animal se le hace duro: el hombre se vanagloria de su humanidad frente a las "bestias", pero anhela celosamente la felicidad de las mismas; él no puede aprender a olvidar tal y como olvidan los animales, pues depende siempre del pasado. En el hombre, los instantes no se suceden para desaparecer por completo: muchos de ellos vuelven, regresan como fantasmas y perturban la calma del presente posterior. Tal pasado, se erige como un gran peso y obstáculo en la marcha del ser humano. Por ello, al contemplar al animal, o incluso al inocente niño que juega entre las cercas del pasado y del futuro sin tener aún nada de su pasado que rechazar, el hombre se siente fuertemente conmovido, como si contemplase un paraíso perdido (Nietzsche, s.f.: 41). Sin embargo, este niño en algún momento será invocado por el pasado, y su juego será perturbado: aprenderá la palabra "fue".

Si bien las dichas humanas, a diferencia de la dicha del animal, se manifiestan sólo como "loca ocurrencia en medio del puro displacer y carencia", en ambas hay algo que hace que sean felicidad: "el poder de olvidar, la capacidad de poder sentir de manera no histórica, abstrayéndose de toda duración" (Nietzsche, s.f.: 42). Precisamente, es tal capacidad de instalarse, aunque sea sólo por instantes efímeros, en el umbral del presente, lo que constituye aquella felicidad que estimula a los vivientes a la vida. Si bien Nietzsche identifica al hombre como un ser histórico, el cual depende del pasado y lo arrastra tras de sí

como una pesada cadena, este también tiene la posibilidad y la facultad de olvidar: sin ella sería imposible vivir. Esta necesidad de olvido para la vida, queda explicada con el argumento: "existe un grado de vigilia (...), de sentido histórico, en el que se daña lo vivo para finalmente quedar destruido, tanto en un pueblo, en una cultura o en un hombre" (Nietzsche, s.f.: 43). La salud de los pueblos, de los individuos, más aún, la felicidad de los mismos, depende del establecimiento de unos límites a partir de los cuales se identifique hasta qué punto el pasado ha de olvidarse para no convertirse "en supulturero del presente". Tales límites, ese grado de sentido histórico, sólo pueden ser determinados en la medida en que se conozca el nivel de fuerza plástica que posee una cultura, un hombre o un pueblo. Con la mencionada noción de fuerza plástica se refiere Nietzsche a la capacidad de asimilar y transformar aquello que no logramos olvidar; hace referencia a la facultad humana de transponer y resignificar gracias a la cual puede mantenerse en pie en la lucha por la existencia. Ya desde su escrito de 1873, Verdad y mentira en sentido extramoral, el filósofo alemán había postulado al intelecto humano como un maestro del fingir: "el intelecto (...), recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros para conservarlos un minuto en la existencia (...) desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que este es el recurso merced al cual sobreviven los individuos débiles" (Nietzsche, 2012: 23). De la misma manera en que el hombre transfigura las experiencias vividas en palabras y metáforas audaces, está en la capacidad de transformar, gracias al olvido y a la imaginación, los aspectos más horribles de la existencia en Historia nueva, "en sangre".

Más adelante, Nietzsche establece que "todo lo vivo sólo puede ser sano, fuerte y productivo en el interior de un horizonte" (Nietzsche, s.f.: 44). Este horizonte puede entenderse como aquella frontera límite que separa e identifica aquello que un pueblo, un individuo o una cultura es capaz de abarcar, asimilar, dominar, transformar en sangre... de aquello que no. Así, lo que excede tal capacidad de fuerza plástica, hay que saberlo olvidar. Precisamente la alegría en el actuar, la jovialidad y la confianza en el futuro, dependen de la existencia de esta frontera límite, y del poderoso instinto que sepa justa y oportunamente distinguir en qué momento es necesario sentir de modo histórico o no histórico (Nieztsche, s.f.: 45). Aún cuando tal horizonte sea muy estrecho, y debido a la ceguera frente al pasado se cometan injusticias y errores en los juicios de un pueblo, este último podrá conservar una salud y un vigor que alegraría cualquier mirada. En cambio, un pueblo más "justo e ilustrado" que se construya para sí un horizonte muy amplio y en continuo desplazamiento, no logrará liberar de las delicadas redes de sus justicias y "verdades" el robusto querer y desear propio de su naturaleza creadora (Nietzsche, s.f.: 45). Una vez explicado lo anterior, el autor propone su tesis fundamental: "lo histórico y lo ahistórico son en igual medida necesarios para la salud de un individuo, de un pueblo o de una cultura".

Nietzsche va más allá, y afirma que en realidad la capacidad de sentir de manera no histórica resulta mucho más importante en la medida en que constituye "el fundamento sobre el que se puede desarrollar todo lo grande y auténticamente humano". Lo ahistórico surge en este texto como aquella atmósfera en la que ha de desarrollarse la vida, sin la cual

esta última se destruye (Nietzsche, s.f: 46). Los hombres, impulsados por fuertes pasiones y deseos, guían su actuar de manera no histórica. Una vez hechizados por la potencia de sus anhelos actúan de manera injusta, pues su percepción se vuelve estrecha y desagradecida con el pasado, ciega frente a él. Este torbellino de pasión, sumido en un mar muerto de noche y olvido, es el estado ahistórico en el cual nacen todas las acciones humanas, tanto justas como injustas: "Ningún artista logrará su imagen pretendida, ningún jefe militar su victoria, ningún pueblo la libertad anhelada, sin antes haberla deseado en un estado no histórico" (Nietzsche, s.f: 47). El hombre ha de olvidar, centrarse en aquello que persigue, ser injusto frente a lo que se encuentra a sus espaldas, si quiere realizar una determinada acción. Los hombres que actúan aman su acción de forma desmesurada, mucho más de lo que tal acción merece; sin embargo, sólo en este exceso de amor pueden realizarse y se han realizado los mejores y más grandes fenómenos históricos.

Como resultado de la observación de los fenómenos históricos, un hombre podría advertir que la única condición de los mismos es la ceguera e injusticia de quienes actúan. Nietzsche llama suprahistórico al punto de vista de aquel que, a partir de su conocimiento de la verdadera naturaleza de los memorables eventos de la historia, no siente ya ningún deseo de seguir viviendo y cooperando en la marcha de la historia, se encuentra ahora desprovisto de la tentación de tomar a la historia demasiado en serio (Nietzsche, s.f.: 48). A diferencia de los hombre suprahistóricos, los hombres históricos, con su mirada fija en el pasado, son empujados hacia el futuro, y su perspectiva más inocente estimula el valor de los mismos para medirse más tiempo con la vida. Estos últimos tienen encendida la esperanza de que en futuros venideros llegue la anhelada justicia, creen que el sentido de la existencia saldrá cada vez más a la luz en el transcurso de un proceso. Los hombres históricos sólo miran hacia el pasado a través de la consideración de los procesos anteriores; con ello, buscan comprender el presente y aprender a desear el futuro de manera más intensa (Nietzsche, s.f.: 49). Sin embargo, desconocen que su mencionada manera de pensar y actuar en la historia, es en buena medida ahistórica: la forma en que se ocupan de los procesos históricos responde a un instrumento de la vida misma, y no del conocimiento puro o científico, en la medida en que sus consideraciones los llevan a anhelar cada vez más la propia existencia.

El hombre suprahistórico, por el contrario, no ve la salvación en el proceso. Para él el mundo logra su fin en cualquier momento particular; su tesis central se enuncia así: "el pasado y el presente son uno y el mismo, esto es, típicamente semejante en toda su diversidad y, como omnipresencia de tipos eternos una estructura estática de valores inmutables y de eternos significados" (Nietzsche, s.f.: 50). Así, el hombre suprahistórico, con toda su sabiduría, no sólo experimenta un deseo de no seguir viviendo, un rechazo a la vida, un hastío vital, sino que es incapaz de disfrutar el incesante flujo de los diversos fenómenos históricos; quiere negar el juego y la necesidad de lo perspectivístico, busca erigir verdades inmóviles alrededor de los acontecimientos históricos.

Conclusión

"Pero dejemos a los hombres suprahistóricos, su sabiduría y también su hastío. Porque hoy queremos más bien satisfacernos con nuestra ignorancia desde el fondo de nuestros corazones, y volvernos hombres activos, hombres de progreso, veneradores del proceso", (Nietzsche, s.f.: 51).

La sabiduría de los hombres suprahistóricos, los lleva a reducir los fenómenos históricos a fenómenos cognoscitivos. De esta forma, los primeros pierden toda su potencia vital, y son conocidos entonces como algo muerto. Reconocen en ellos la ilusión, la injusticia y la pasión ciega, pero se olvidan del poder histórico, de las felices repercusiones en la salud de los pueblos. Nietzsche aboga por una perspectiva histórica en la cual se privilegie la actitud no histórica de poner en primer lugar la existencia, y por ende el olvido y la transfiguración. Qué más da que aquellos hombres suprahistóricos se muestren como más ilustrados, si su afán por aproximarse a la historia como fenómeno del conocimiento debilita y enferma la vida. "La historia, pensada como ciencia pura y convertida en soberana, sería para la humanidad una especie de conclusión de la vida, un ajuste final de cuentas" (Nietzsche, s.f.: 51). Un pueblo en el que se desarrolle una educación histórica sólo podrá tener futuros vigorosos cuando tal educación va acompañada de una poderosa corriente vital, la cual ponga la historia al servicio del poder no histórico de la vida, y erija al ser humano como individuo creador de sus propias realidades. En tal subordinación a la posibilidad de arte y olvido, la historia no puede ni debe ser nunca una ciencia pura (Nietzsche, s.f.: 52).

Bibliografía
Nietzsche, Friedrich (2012). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de

filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos. Madrid, España. Traducción de Luis Manuel Valdés.

Nietzsche, Friedrich (2014). El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo. Alianza Editorial. Madrid, España.

Nietzsche, Friedrich (2015). Ecce homo. Alianza Editorial. Madrid, España.
Nietzsche, Friedrich (s.f.). Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (segunda

intempestiva). Editorial Biblioteca Nueva. Traducción de Germán Cano.
Ferro, Jesús (1984). El retorno de la metáfora. Ediciones Uninorte. Barranquilla, Colombia.

Agamben, Giorgio (2011). ¿Qué es lo contemporáneo?, en Desnudez. Editorial Adriana Hidalgo. Córdoba, Argentina. 

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