Filosofía y Humanidades Filosofía y Humanidades

El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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El que no soy

Por: Carlos Pereira

                                                                                                                                              I 

Se odia y se le nota.


La sonrisa no le llega a los ojos, aprieta los puños frecuentemente, las ojeras delatan que no duerme.


Un resentido.


Pantalones sucios de tierra y ceniza.


Tufo a trago.


Cicatrices en el brazo izquierdo.


Trata de camuflarse.

 
No lo hace bien.


Pocos se dan cuenta.


A veces cree que de verdad lo intenta, al momento se da cuenta que solo actúa.


Se le ve mirando lejos.


No puede con todo.


Lo sabe.


No puede tirarse a un bus.


También.


Siente vergüenza.


Cuando lo miran a los ojos se ve transparente.


Tolera a los idiotas que no simulan.


Van por ahí felices, siendo.


“¡COMO HACEN!”


Pero hay unos que saben.


Y sus mentiras lo reflejan.


A esos les desea lo que a él.


Que en alguna noche oscura,


sin nubes y sin luna, se asomen al balcón.


A tomar tinto, una foto, o un plon.


Que la tranquilidad los invada y al momento…


Se acabo


Que una corriente lo atraviese y no deje nada salvo cristales manchados y un cuerpo quemado.


Sabe que es improbable, demasiado conveniente.


Lo más seguro es que llegue a viejo y muera lentamente.


                                                                                                                                            II
¿Qué es lo peor que le puede pasar a este tipo?


Está claro que se odia.


Sabe que a nadie le interesa.


Descarta sus metas una a una:


“Quisiera tocar la trompeta, mentira”


“Quisiera escribir, mentira”


“Quisiera…”


¿Qué es lo peor que le puede pasar?


Fantasea con entrar a una comisaría y disparar a lo gringo style,


que lo acribillen,


que lo tilden de yihadista o extremista de cualquier vaina.


Que al final se den cuenta que era un desequilibrado más.


Un deprimido.


Un reprimido.


Un imbécil que no sabe vivir.


Otro man en eterna crisis.


Otro tipo al que la vida es lo peor que le puede pasar. 


Con un constante “pobre de mí” que lo cansa a él y a cualquiera.


¿Qué se puede hacer con él?


Si se pudiera, lo más cruel seria hacerlo inmortal.


Que repita los días más que nadie.

 
Que de tanto repetir se dé cuenta de un orden.


Que se vea sumergido en una continuidad infinita.


Que se sienta estancado, y que sepa que no se puede bajar


Que en la condena de la repetición se dé cuenta que el mundo no es azaroso,


que hay una verdad.


Y  que con esta sea su pelea sin final.


Con esa verdad que le quiere decir quién es.


Hijo de...


Miembro de…

…Que se joda la verdad.

¿Qué es el tiempo? Una breve exposición del libro XI de las Confesiones de Agustín de Hipona

Por: Tawny Moreno

La conciencia de la temporalidad, propia del ser humano, es un elemento fundamental para la comprensión de nuestra existencia y la del mundo temporal en el que nos encontramos. El imparable transcurrir del tiempo asombra y agobia a los hombres, instándolos a preguntarse por la naturaleza de este fenómeno y los misterios que esconde. Es evidente, dada su complejidad, que el tiempo constituye un problema central del pensamiento filosófico. Desde la antigüedad griega, encontramos, ya sea en mitos cosmogónicos o reflexiones que se acercan al pensamiento "racional", intentos porexplicar el ser del mundo y del tiempo que le es inherente.

Entre las diversas indagaciones sobre el tiempo que han emprendido los filósofos a lo largo de la historia, llama la atención la reflexión del africano Agustín de Hipona, desarrollada en los siglos IV y V. Este pensador cristiano es una referencia ineludible a la hora de aproximarnos al estudio del problema del tiempo; sus obras nos adentran en escritos de gran riqueza filosófica y teológica. Sus planteamientos se enmarcan en una tradición platónica que influirá de manera especial en los desarrollos filosóficos modernos y contemporáneos que buscan explicar este complejo fenómeno. En esta breve exposición nos proponemos abordar y explicar, de manera sencilla y clara, las ideas encontradas en el libro XI de las Confesiones de San Agustín (1), su más divulgada disertación sobre el tiempo.

Antes de comenzar, cabe resaltar, siguiendo a Agustín Corti, que el libro XI ocupa un lugar particular en las Confesiones (Corti, 2011: 15); esta obra se articula alrededor de un proceso de búsqueda e intento de conocimiento de Dios, y del hombre en tanto que su creatura. La disertación sobre el tiempo, que da inicio a una interpretación bíblica del Génesis, se mantiene unida al cuestionamiento por la relación entre el hombre y Dios, expresada a lo largo de los primeros libros y desarrollada de manera especial en el libro X.

El obispo de Hipona da inicio a su indagación por el tiempo preguntando por la relación entre la eternidad divina y la temporalidad del mundo finito; esta pregunta plantea un fuerte contraste entre ambas realidades. Al reflexionar cómo el tiempo pasa, a diferencia de la eternidad que es, que excluye el instante y la sucesión, Agustín establece que tiempo y eternidad son incomparables. El punto de partida de la diferencia entre el tiempo y la eternidad se encuentra en el Génesis: ''Quisiera comprender como hiciste en el principio el cielo y la tierra'' (XI, 5). De esta forma la indagación sobre el tiempo lo conduce a preguntar cómo se hizo en el principio el ser creado.

En contraposición al maniqueísmo, que cuestiona qué hacía Dios antes de crear el mundo, San Agustín explica que dicha pregunta es improcedente, pues se estarían aplicando criterios temporales a una entidad que se encuentra más allá del tiempo. No existe un antes (en sentido temporal). El tiempo es fruto de la creación del cielo y la tierra,y antes de que este mundo creado existiese, no había tiempo; este es inherente a los seres materiales que se mueven, se generan y perecen. "No ha existido por lo tanto ningún tiempo en el que no hicieras nada, pues tú mismo hiciste el tiempo. Y no hay tiempos coeternos a ti, pues tú permaneces. Pues si aquellos permanecieran, no serían tiempos ¿Qué es entonces el tiempo?" (XI, 17). Una vez formulada de manera explícita la pregunta por el ser del tiempo, Agustín se esforzará por descubrir esta realidad.

En primer lugar, se buscará esclarecer la forma cotidiana de referirnos al tiempo a través del lenguaje. Sabemos que hablamos de tiempo largo o corto, refiriéndonos a tiempos pasados o futuros. También sabemos que medimos el tiempo, y distinguimos que está compuesto por pasado, presente y futuro. Sin embargo, a la hora de explicar qué es el tiempo, surge la dificultad (2) ¿Cómo puede ser largo el pasado que  ya no es, y el futuro que aún no es? En el caso del presente, su divisibilidad infinita (años, meses, días, segundos...) hace imposible que podamos aferrarnos a una entidad concreta y decir que es ella el ahora. El presente se encuentra siempre en un tránsito desde el futuro hacia el pasado. Esto supone una aporía: el tiempo es sólo en cuanto tiende a no ser. A pesar de ello, hablamos del tiempo como si fuera real, incluso lo concebimos como una unidad entre los tres modos (pasado, presente y futuro) y establecemos criterios para medirlo ¿Cómo es posible lo anterior?

El primer avance en la explicación establece que podemos hablar de pasados o futuros, cortos o largos, porque medimos el tiempo cuando transcurre. "A través de la experiencia del transcurso de los tiempos tenemos noticia de la duración del tiempo" (Corti, 2011: 21). En este punto Agustín ya no pretende entender al tiempo como fenómeno en sí mismo, sino que busca explicar cómo podemos acceder al tiempo a través de nuestra experiencia. Partiendo del supuesto de que todo tiempo que sea accesible a la experiencia es de alguna forma un tiempo presente, que es, Agustín explica que en realidad no hay tres tiempos, sino tres dimensiones del presente. Dado el cambio de perspectiva, el obispo ahora afirmará que las tres dimensiones del presente se encuentran contenidas en el alma, y allí son accesibles a nuestro entendimiento, haciendo posible que demos cuenta del tiempo como un fenómeno real. "Más propiamente debiera decirse que los tiempos son tres: presente de lo pasado, presente de lo presente presente de lo futuro. En efecto estos tres modos son de alguna manera en el alma y no veo otra forma de comprenderlo: el presente de lo pasado es la memoria, el presente de lo presente es la atención y el presente de lo futuro es la expectación" (XI, 26). El alma comprende los tiempos, en tanto que transcurren, a través de la triple actividad memoriaatención-expectación, la cual asegura la unidad de los tiempos.

Seguidamente y de manera muy breve, San Agustín pasa a afirmar que no debe equipararse el tiempo al movimiento de los cuerpos, como lo hacían algunos de sus contemporáneos. Es un hecho que los cuerpos se mueven en el tiempo, sin embargo no podemos afirmar que el tiempo es el movimiento mismo; considera que es más acertado afirmar que el tiempo es la medida del movimiento. El tiempo constituye el marco en el que se halla encuadrado el universo (3); no podemos comprender  la creación fuera del tiempo.

Ahora bien, con relación a la primera conclusión de Agustín (que el alma comprende los tiempos a través de la actividad de la memoria, la atención y la expectación), vemos que no queda claro cómo es que, en el paso del futuro hacia el pasado, que se da a través del presente, el alma produce esta unidad del tiempo. A su vez, no se ha explicado cómo se conforma la duración que podemos medir. Para resolver las cuestiones anteriores, el obispo afirmará que, cuando medimos el tiempo, lo que en realidad medimos es la resonancia que causan en el espíritu las cosas pasajeras. Esto quiere decir que las cosas o experiencias que suceden producen una afección en el alma, la cual permanece a pesar de que los eventos hayan pasado. De esta forma, lo que medimos es esa afección. "Luego o ella es el tiempo o mido el tiempo gracias a ella (la afección que reside en el alma)". Esto lleva a Agustín a concluir que la realidad del presente se da sólo en el espíritu, afirmando que en el continuo fluir del tiempo permanece la conciencia de una atención que se extiende; esta atención se extiende, gracias a la memoria, hacia el presente del pasado, y hacia el presente del futuro gracias a la expectación (4). De esta forma, el tiempo vendría siendo una especie de expansión del espíritu, aunque es evidente que el obispo no hace tal afirmación con total certeza.

El asunto de la duración del presente queda resuelto al afirmar, finalmente, que este carece de espacio temporal dada su indivisibilidad; sin embargo, la atención perdura en el transcurrir de lo que aún no es hacia lo que ya no es. Esto quiere decir, en palabras de Agustín, que no existe un tiempo futuro largo, sino una larga expectación del futuro; a su vez, un tiempo pasado largo, no es más que unalarga memoria del pasado (5). La atención del espíritu es presente, a través de ella pasa lo futuro para hacerse pasado. De esta forma, el tiempo es una especie de síntesis de los distintos instantes sucesivos; un presente distendido.

Finalmente, Agustín retomará la diferencia establecida, entre eternidad y tiempo, al principio de su exposición. La eternidad, siempre igual a sí misma, es la simplicidad del ser, que contiene en sí todos los tiempos, aunque no en un sentido temporal (6). El hombre, por el contrario, necesita expandir su espíritu para alcanzar a comprender, aunque de manera deficiente, algo en el tiempo. De esta manera, la expansión garantiza una unidad momentánea, una precaria estabilidad del espíritu ante la angustiosa sucesión de loseventos en el tiempo.

Como ha podido observarse, la relevancia filosófica de este texto es indudable. Quisiéramos finalizar resaltando la dramática experiencia agustiniana del tiempo (más evidente en otros textos, sin embargo). El obispo de Hipona anhela la estabilidad del ser eterno, que nos está vedado dada nuestra naturaleza contingente, y comprende alhombre, inmerso en el mundo múltiple y sucesivo, como arrastrado por la imparable corriente de la historia, que tiende siempre hacia la muerte y el fin de los tiempos. El conocimiento de la diferencia entre la naturaleza divina y la humana, según Agustín, es lo que nos permite una mayor conciencia de nuestra finitud.

 

Notas:

(1): Para la lectura del libro XI utilizamos principalmente la edición bilingüe de CORTI, A. Agustín de Hipona. Qué es el tiempo. 2011. Madrid, España. Editorial Trotta.

(2): "¿Qué es, por lo tanto, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicarlo a quien me pregunta, no losé..." (XI, 17).

(3): BLOND, J. M. (1950). Les conversions de saint Augustin. Éditions Gallimard. París, Francia.

(4): Cabe resaltar la preponderancia que otorga Agustín a la memoria en su interpretación del tiempo. Por otro lado, si bien puede comprenderse que la sucesión de los eventos deja "una resonancia" en el espíritu, la cual nos permite, a través de la memoria, acceder a los recuerdos y construir una unidad con el presente, no queda del todo claro cómo se da la expansión hacia el futuro. La situación es más confusa cuando el obispo afirma que de alguna forma es posible predecir cómo serán los eventos futuros. Para una mejor comprensión del asunto puede ser de utilidad el estudio de GILSON, É. (1929). Introducción al estudio de san Agustín. Ediciones Gallimard. París, Francia.

(5): PEGUEROLES, J. (1972). El pensamiento filosófico de San Agustín. Editorial Labor. Barcelona, España

(6): Reconocemos la dificultad para comprender esta afirmación; sin embargo, la complejidad inherente a ella hace parte
del mensaje que Agustín quiere expresar al identificar a dios como un ente tan superior que no somos capaces de
asimilar.

 

Bibliografía:

Agustín de Hipona (2011). Confesiones. Alianza Editorial. Madrid, España. Corti, Agustín. (2011). Agustín de Hipona. Qué es el tiempo. Madrid, España. Editorial Trotta.

Pegueroles, Juán. (1972). El pensamiento filosófico de San Agustín. Editorial Labor. Barcelona, España.

Blond, J. M. (1950). Les conversions de saint Augustin. Éditions Gallimard. París, Francia

Despecho

Por: Sergio Santiago

Ella

Sorpresa

Problemas

Jueves

Viernes

¡Sábado!

Noche

Salida

Amigos

Música…

Cerveza Heineken 

Cigarro Malboro

Una cerveza – un cigarro

Una cerveza – un cigarro 

Una cerveza – un cigarro 

Una cerveza – un cigarro 

Una cerve… - un ciga…

Risas 

Mareo

Caminata 

Calle

Casa 

Puerta 

Cama

Recuerdo 

Despecho. 

No salir del baúl

     

Por Yojan Murcia

Era una historia difícil. Él no sabía cómo contarla, solo conocía unas cuantas ideas, lo básico. Era una historia de amor, sí, eso era. Dos amantes, un hombre y una mujer.  Él había sido rechazado porque no le gustaba a la madre de la joven, lo cual hacía más frenético su amor. Él aseguraba que no era falta de química entre ambos, sino que había intrusos que arruinaban todo, por ende debía seguir luchando de manera interminable hasta lograr conseguir a su amada. Pero para ella las cosas no eran así, él era un Montesco y ella una Capuleto, una historia  digna de Shakespeare, que iba a terminar consumiendo el uno al otro hasta el suicidio o peor aún, la locura.   ¿Locura peor que muerte? Para ella era bastante claro que: -La muerte no le duele a uno, le duele al otro, al que está cerca de ti, son las personas las que sufren la pérdida, para uno es demasiado tarde para sentir-.

 
Por lo tanto, la joven se rehusaba a seguir en ese cauce, que la enfrentaba ante lo absurdo del mundo, contra una madre que no la hacía feliz, pero que ella debía obedecer;, porque era su madre, debía honrarla, debía. Que linda sería la vida sin deber algo, si ella se pudiera entregar sin responsabilidades, si pudiera estar en los brazos de él, pero no. Debía dejar de pensar locuras y eso era producto de esa locura, pero ella no era una loca, no, ella no. Ella estaba bien. Debo obedecer a mi mamá, es lo correcto, haz lo correcto- se repetía hasta recostarse en su cama después de ignorar los mensajes que había recibido de él. Pero él ¿qué pensaba? ¿Qué todo iba a cambiar por unas palabras? Ya lo habían intentado y era suficiente. Para él no, pero para ella ya todas las balas del cartucho habían sido disparadas. Se habían visto muchas veces, se habían besado hasta hinchar los labios, habían hecho el amor una y otra vez, incluso el narrador desconoce muchas de esas veces que se habían visto a escondidas.  Pero ya era tiempo, era tiempo de cortar de raíz antes de volverse loca.


Él no le tenía miedo a la locura., Ya él estaba loco, lo estaba desde el momento en que la vio por primera vez. -Es tan corto el amor y tan largo el olvido- se decía a sí mismo, como si fuese el mismísimo Neruda en esa noche, donde los versos más tristes de la humanidad fueron escritos . Él no sabía qué hacer, lo había intentado todo. Bueno, no todo. Porque él entendía que dentro de la palabra ‘’todo’’ estaba el secuestrarla. Él sintió una patada en el baúl –Mierda- ¿Lo había hecho?  Él no era capaz de muchas cosas. De las mil cosas que a las que él  se había inscrito a lo largo de su vida,  desde deportes hasta cursos de guitarra, todas las había dejado, con la excusa de que le gustaba probar varias cosas.- Pero él sabía que era un inútil, sabía que su existencia se resumía en un malgasto de oxígeno, un metabolismo dopado, que lo hacía defecar tras cada comida, esteroides y mucho alcohol. Había defraudado a sus padres, tal vez ellos no murieron en un accidente, tal vez ellos vieron el hijo que tenían y decidieron arrojarse a ese camión a 120 kilómetros por hora. 


Pero ella no, ella lo amaba. Él no sabía qué veía ella en él, pero no quería que lo dejaraá de ver. Él no nació el día que su madre lo expulsó por  su vagina, él había llegado a la vida el día que se besaron en esa fiesta, el día que ese reguetón pegajoso, los envolvió como en un baile de cortejo de colibrís. Así lo veía él, pero a decir verdad fue tener sexo con ropa . Incluso, ella no lo besó por pasión, no lo besóo porque él le pareciera lindo a pesar de tener brazos abultados y tríceps definidos, solo lo besóo porque era su forma de rebelión contra su madre., Ootra vez su madre , la que quería una hija santa, una hija sin clítoris, una hija que hiciera todo lo que ella quisiera, una extremidad de ella. Pero ella era una puta, ella lo sabía, ella disfrutaba excitarse, disfrutaba ver cómo los hombres se excitaban al verla, disfrutaba la erección que provocaba en los hombres al bailar, llegaba al éxtasis de placer con solo imaginarse que su mamá la descubriera haciéndole sexo oral en el baño a Mr tríceps. Pero no debía, no debía sentir eso, estaba mal... eso decía su madre y debía hacerle caso.


Estaba seguro. Lo había hecho, él recordó todo, incluso mejor que el narrador, todo gracias a la canción de esa cantante morena de una isla del caribe, que gozaba de mover sus caderas de manera fascinante en todos los vídeos, haciendo un himno al capitalismo ‘’Trabajo, trabajo’’. No es que él fuera un devoto del capitalismo, todo se debía a que esa morena era la cantante favorita de ella, pero de seguro a su madre no le hubiera gustado, porque no era el ejemplo que debía seguir su hija  -Aunque esperen , dijo el- ¿Esa perra gusta de todo el mundo, menos de mí? “Debí haberla matado a ella, después de todo no es culpa de nosotros, es culpa de ella, solo de ella, la química aún está”-. La palabra química le recordó la botella de Cloroformo que había en la guantera. Frenó un poco y estacionó en un borde de la carretera, tenía el deseo de no  encontrarla ahí. Cruzaba sus dedos para que el ruido del baúl no fuera ella, que todo fuera una ilusión. Que todo fuera un efecto del pudín feliz que había comido el día anterior para olvidarla. Se armó de valor y decidió abrir la guantera, y ahí lo encontró, la botella y el pañuelo. Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, sintió otro ruido en el baúl, ya la había perdido, no lo iba a perdonar, nadie perdona un secuestro, bueno tal vez el gobierno de su país , que adelanta un proceso de paz con un grupo guerrillero, y ha decidido juzgar los secuestros, al igual que se juzgaría a una persona que intenta robar algo en un súper mercado. Pero ahora estaba demasiado jodido como para pensar en el bien de su país ¿Quién pensaba en él? Nadie ¿Por qué debería preocuparse por otros? Lo que importaba ahora, era que ella estaba en el baúl y que ya estaba 10 kilómetros fuera de la ciudad. Debía arrojarla por el barranco, sería lo correcto, para él, pero  ¿Lo sería para ella? Ellos se debían amor, tenían que estar juntos, pero si ella se enterara de aquel rapto, ella lo denunciaría y llamaría a la perra de su madre. Él, no podía permitirse eso, por ella, por los dos, ella no debía odiarlo, ellos tenían que estar bien, debía arrojarla y marcharse.

Procedió al baúl. Primero miró para todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie viendo. Lo abrió y cuando se vio así mismo lleno de sangre lo recordó todo. Lo recordó todo, incluso el corte en su garganta. Lo recordó justo en el momento en que la cantante morena dejó de repetir trabajo, trabajo, como si padeciera un retraso mental. Justo en ese momento recordó que él había sido el que había ido a trotar con la esperanza de mejorar más aun su cuerpo para que ella sufriera y fuera a sus brazos por lo ‘’sexy’’ que estaba. Cuando estaba trotando que vio que alguien manejaba su Ford Fiesta blanco que había comprado en navidad y en el instante que se acercó a la ventana un cuchillo le atravesó la garganta. El verse ahí, casi muerto, frío, morado y maloliente, se sentó en la silla de atrás. La miró, llena de sangre y temblando. Así que ella lo había hecho, ella le había dado fin, pero sonrió, me mató por amor, pensaba, lo hizo porque me amaba y la única forma de dejar de amarme era recurriendo al homicidio. Él sonrió y siendo consciente del amor de su amada, en un instante trascendió, a un lugar donde ni siquiera los filósofos pueden pensar, dejando solo oscuridad en la silla trasera. Mientras ella solo repetía: -No hay testigos… No hay testigos… Es lo que hubiera hecho mamá, es lo que ella hubiera hecho, era mi deber hacerlo o yo iba a terminar loca y mamá no quiere una hija loca, está bien, tranquila, todo estará bien, ahora solo debo asesinar al narrador y todo quedará listo .

 

En el principio era la posverdad y la posverdad estaba con Dios y la posverdad era Dios

Por: Henar Lanza

Desde el Timeo de Platón y su heredero bastardo, el evangelio de Juan, somos conscientes de que la creación va unida al lenguaje. En el primero, el demiurgo, la causa inteligente, debe persuadir a la necesidad o causa errante para introducir el orden en el caos y dar forma a las trazas de la materia informe y eterna. En el segundo, el más alternativo de los cuatro evangelios, se dice que en el principio fue el lógos y el lógos estaba con dios y el logos era dios.

Aunque no somos adivinos ni podemos profetizar el futuro de la especie humana, siempre tenemos la opción de leer, y podemos leer lo que Aquiles dice de Agamenón en la Ilíada, un insulto que de puro elegante no parece ni insulto: que es incapaz de mirar hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Escuchemos a Aquiles y no seamos, pues, como Agamenón, y hagamos el esfuerzo, siquiera el intento, de mirar hacia atrás para, como si de un espejo se tratara, poder ver hacia adelante.

¿Qué tiene que ver todo esto con la posverdad? 

A comienzos del siglo XX, durante lo que ahora conocemos como “la edad dorada de la Fìsica”, dos científicos afines al partido nacionalsocialista como Philipp Lenard (1862-1947) y Johannes Stark (1874-1957) defendieron la existencia de una “física aria” frente a otra “física judía”, que asociaban a Einstein y a quienes lo secundaban, lo estudiaban y/o lo enseñaban.

En noviembre de 1921 y ante la inminente visita de Einstein a Mùnich, Lenard (Nobel de Física en 1905) redactó un texto que se publicarìa en 1922 contra el internacionalismo de la ciencia: esta debía basarse en la raza, en la aria o la nórdica, que era -afirmaba él y sin pudor lo firmaba-, la superior y la que tenìa mayor sentido de la realidad, frente a la judía, que era oscura y lógicamente insostenible, y cuyos prototipos eran la relatividad y la cuántica.

Stark (Nobel de Física en 1919), por su parte, llamó “judíos blancos” y “defensores de la judería científica” a Plank (Nobel de Fìsica en 1918), Heisenberg (Nobel de Fìsica en 1932) y Sommerfeld (candidato al Nobel de Fìsica).

Más de una década después, en  1933, momento en el que Einstein renunció a la Academia de Prusia, Lenard volvió a la carga con la publicación de la siguiente declaración en el Völkischer beobachter (El observador del pueblo, órgano oficial del partido nacionalsocialista):

“El ejemplo más importante de la peligrosa influencia de los judíos en el estudio de la naturaleza lo ofrece el señor Einstein, con sus teorías llenas de chapuzas matemáticas, hechas de ideas viejas y de añadidos arbitrarios… Incluso algunos científicos con una obra seria en su haber no escapan al reproche de haber permitido que la relatividad se afiance en Alemania, porque no se dieron cuenta de hasta qué punto es falso considerar a ese judío como un buen alemán“.

Y dos años después, en la inauguración de un instituto de Física en 1935:

“Espero que este instituto enarbolará una bandera de combate contra el espíritu asiático en la ciencia. Nuestro Führer ha eliminado ese espíritu en la política y la economía, donde se conoce como marxismo. Sin embargo, ese espíritu guarda aún poder en las ciencias de la naturaleza por culpa de Einstein. Debemos proclamar que es indigno de un alemán ser el seguidor intelectual de un judío“.

Si bien en el momento histórico en el que tuvieron lugar estos hechos aún no existía el término de “posverdad”, nosotros, que tenemos la desgracia de haber asistido a su nacimiento y estar sufriendo sus consecuencias, disponemos ahora de las herramientas conceptuales necesarias para identificar que la verdad -y no me refiero a la verdad de “tengo la corazonada de que va a ser verdad” o “es verdad porque lo digo yo que soy tu padre”, sino la verdad de la ciencia, construida sobre la observación y la medición y la contrastación y confirmada por los hechos-, la verdad, decía, fue aplastada por la xenofobia, el antisemitismo y la ideología nazi, pues, como decía Sócrates, el mal siempre ha ido de la mano de la ignorancia, y como escribió Ferlosio, “vendrán más años malos y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos y nos harán más malos”.

Pero resulta que ni la xenofobia, ni el antisemitismo, ni el nazismo están basados en ninguna verdad científica, fáctica, de hecho, sino en falsedades -ahora rebautizadas como “hechos alternativos” (alternative facts)– y elementos puramente pasionales -porque el odio, no lo olvidemos, es una pasión nacida de la sospecha que busca hacerle el mal al otro, algo que se aprende leyendo la Retórica de Aristóteles; es decir, están basados en todo lo que caracteriza a la posverdad (post-truth), esto es, todo lo relacionado con circunstancias en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que el llamamiento a las emociones y creencias individuales. Para cualquiera que esté libre de odio es claro que ni los extranjeros son malos solo por el mero hecho de ser extranjeros (si nos paramos a pensarlo, todos somos extranjeros para alguien, por lo tanto, todos seríamos malos, algo que, si bien ahora mismo no es verdad, va a acabar siéndolo si seguimos a este paso), ni los judíos son inferiores (hasta el momento no conozco a muchos genios superiores a Einstein), ni los arios son los pura sangre de la especie humana (¿Alguno de esos caballos rubios y ojizarcos había oído hablar de un tal Charles Darwin?).

Sin embargo, el auge y consolidación del poder del partido nazi por vía democrática hizo posible que incluso desde la comunidad científica, cuyo fin por excelencia es perseguir la verdad (pero no para acabar con ella, sino solo para alcanzarla, ahí pudo estar el malentendido), se usaran todos los medios disponibles -algunos de los cuales tenían mucho peso en la opinión pública- para impedir la difusión de una teoría física por la única y exclusiva razón (y razón es mucho decir, más correcto sería “excusa”) de que provenía de un judío (que no era ni alto ni rubio ni de ojos azules, que, como todo el mundo sabe, son los tres requisitos de acceso a la carrera de Física).

Todos sabemos cómo terminó esta historia: esa posverdad avant la lettre que no se apoyaba en hechos, sino en falsedades y en las más bajas emociones patrioteras, fue la que hizo que no solo Einstein, sino cientos de científicos, tuvieran que exiliarse de Europa, especialmente de la Alemania nazi de Hitler y de la Italia fascista de Mussolini -como fue el caso de Enrico Fermi- y emigraran a Estados Unidos, donde recibieron ofertas de trabajo de las principales universidades y centros de investigación del país. Algunos de ellos incluso contribuyeron a que los aliados ganaran la guerra (si es que las guerras las gana alguien) a esa Alemania y esa Italia que los expulsaron acusándolos de algo tan ajeno a la ciencia, a la verdad y a la razón como hacer y difundir la “física judía”.

Si, como decíamos al principio, el lenguaje crea el mundo, la elección de “posverdad” como palabra del año 2016 marca el inicio de un nuevo relato, uno cuyo texto sagrado es un evangelio que comienza así: “al principio era la posverdad y la posverdad estaba con Dios y la posverdad era Dios”. Y esto es solo el comienzo: ya verán cuando lleguemos a los Hechos alternativos de los apóstoles.

El amor que me sobra

Por: Jenniffer Crawford

¿Dónde dejaré el amor que me sobra?
Que me cuelga de las manos
como helecho florecido, 
que se me derrama del vientre
como tinaja rebosada.

 

¿Dónde dejaré el amor que me sobra?
Lo tallaré en un roble
con cinceladas indelebles,
o lo esparciré sobre la hierba
como margarita deshojada.

 

Lo lloraré de mis ojos
sobre el espacio vacío 
que quedó en mis abrazos.
Lo pondré en el llavero 
que abre las puertas del pasado.
O lo soltaré, 
para que vuele libre como ave
al paso lento de los años.