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El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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Telarañas

Por: Cristian Jiménez 

Como arañas que trazan geométricas, cíclicas, y sutiles estructuras para sus trampas, nuestros dos artistas en cuestión planean llevar a cabo su obra maestra. Ellos: el uno Pieter Brueghel, apodado El Viejo y una de las cuatro grandes figuras de la pintura flamenco, que nace en algún rincón holandés y algún momento entre 1525 o 1530 nos regala un exquisito Camino al Calvario en el que pretendería retratar una pasión de Cristo, claro, esta ‘pasión de Cristo’ pertenecería los posteriores remixes pues pretende estar situada en Flandes en algún paraíso post-medioevo de los países bajos y apestada de las hostilidades de una inquisición de la corona española; el otro, un muy contemporáneo director polaco (habría que decir que uno muy creativo), Lech Majeweski, nos regala en el 2012 una majestuosa puesta en pantalla grande/verde del trabajo de Brueghel.

    La película, estrenada en 2012, es un híbrido de tomas en tercera dimensión de localidades cercanas los paisajes que vio el mismo pintor en su época, tomas frente a pantalla verde con agregados de partes del mismo cuadro de Brueghel y un montado de ambos fondos (el pintado y el filmado) que lo que nos regala es una innegable sensación de conexión con este mini universo del Calvario, y por supuesto, una gran aprecio por lo que el cine moderno puede llegar a conseguir en tanto a experiencias visuales, pero más allá de eso, una nueva mirada a lo maravilloso de este arte flamenco, y de la genialidad de un pintor.

    ¡Oh, las hileras circundantes de una telaraña! Estas, de alguna forma parecen haber inspirado a estos artistas para plasmar un pequeño bocado del espacio y del tiempo y otro puñado de hombres viviendo su vida entre el despertarse a trabajar, el ir comprar pan, ir por leche, jugar con hermanos mientras que, al mismo tiempo, sin que estos se aperciban de que está sucediendo próximos a ellos un hecho que de muchas maneras marcó y dividió la historia: la muerte del mesías cristiano.  Y el trabajo de Majeweski es precisamente tomar alguna docena de estos personajes plasmados por Brueghel para hacerles lo que sería un animado zoom a sus vidas y su posible cotidianidad e intimidad en el universo de la obra. Nuestra obra, nuestro universo que encuentra su centro en una curiosa Montaña imaginada por Brueghel con un molino en su alta cima: el centro de la telaraña. 

    Yo, al ver la película y posteriormente apreciar el cuadro no pude dejar de pensar en la magia de esta arte, la magia de la pintura que logra de verdad capturar la esencia de un momento. Vamos, que hay quien me diga que esto no es nada nuevo en un mundo con fotografía, pero no me vengas con cuentos, porque aquí parezco coincidir con Hegel cuando en algún momento afirmó en la introducción a sus trabajos de estética o en el prólogo a la fenomenología (creo que más bien en las lecciones de estética) que la belleza artística del espíritu es superior que a la de la naturaleza y sus fenómenos. Vamos, que hay quienes volverán a reprocharme que es que Hegel dice superior a la naturaleza y una fotografía no es precisamente un fenómeno muy natural, pero es que ahí Hegel nos habla que las obras de la naturaleza, tales como una puesta de sol actúan en tanto a una necesidad mientras que las del espíritu lo hacen en el goce de la libertad -al sol le toca salir y ponerse diariamente, y así seguirá haciéndolo hasta que un cataclismo ocurra-  y bueno, aquí algo bruscamente compararé esa necesidad de los fenómenos naturales con la necesidad mecánica de una cámara fotográfica en cumplir su trabajo de grabar esa luz destellante de colores que compone una imagen, mientras que, una pintura posee una evidente conexión con el hacer del hombre, con su espíritu y es que lo está haciendo valiéndose no más que de su motricidad,  algunos pinceles y por supuesto su genialidad, que suscita a un especial aprecio por parte nosotros mismos. 

    Es esa genialidad y superioridad del espíritu del hombre en las obras artísticas la que nos hacen apreciar lo bello de esta obra de Brueghel y su recreación de una pasión de Cristo. Y este mismo aprecio por lo que nuestro ingenio, ayudado de nuestros preciados juguetes tecnológicos puede llegar a hacer, que en este caso es una mirada a nuestros tesoros artísticos que quizá solemos dejar llenar de telarañas.