Filosofía y Humanidades Filosofía y Humanidades

El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

Blogs Blogs

Entradas con etiqueta estudiantes .

Notas a Sobre verdad y mentira en sentido extramoral: el lenguaje como posibilidad de creación.

Por: Tawny Moreno

El breve ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, escrito en 1873 por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, es sin duda un texto fascinante. El irónico párrafo con el que inicia se erige como un retrato de la condición humana; en él su autor subraya el lastimoso "estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza"2, debido a que su poseedor y creador, el hombre, lo ha tomado "tan patéticamente como si en él (intelecto) girasen los goznes del mundo", con un orgulloso optimismo que lo lleva creer ingenuamente en la posibilidad de poseer "la verdad de las cosas". En la crítica a la concepción lógica y cientificista del lenguaje y de la verdad, en el fondo se encuentra en juego "el sentido del hombre, el sentido de la existencia, que inspira un interrogante implacable, que quiere desenmascarar la ilusión que [se han hecho] los hombres en cuanto al valor de la existencia" (Ferro, 1984: 22).

El origen metafórico del lenguaje

Con miras a explicar el sorprendente anhelo de verdad que experimenta el ser humano (el cual retomaré y ampliaré más adelante) este filósofo alemán plantea su propia concepción de la naturaleza y el origen del lenguaje. Para Nietzsche, en la base de la construcción de las palabras, lo que encontramos es una total desconexión entre el "sujeto" y el "objeto" (tomados en sí mismos): "entre dos esferas absolutamente distintas como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad". Lo que Nietzsche busca dejar explícito es que no existe una correspondencia entre las designaciones y las cosas, "que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada" de los objetos. Con lo anterior, el filósofo se "lanza vivamente contra la lógica conceptual y su pretensión de veracidad" (Ferro, 1984: 22).

Para sustentar su argumento, el autor pone en evidencia el constante desplazamiento al que se encuentra sometido el lenguaje. En primer lugar, tenemos un impulso nervioso (por ende, individual, único y subjetivo) experimentado por el ser humano al estar en contacto con su realidad; este estímulo es extrapolado por el intelecto del hombre en una imagen (primera metáfora), la cual a su vez es transformada de nuevo en un sonido (segunda metáfora). Así, las palabras son entendida por Nietzsche como la reproducción en sonidos de un impulso nervioso. La conexión entre estos tres momentos (impulso nervioso, imagen y sonido), y por ende entre el ser humano y las cosas, se da a través de "un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente", de un dar saltos entre esferas completamente distintas, el cual sólo es posible gracias a la fuerza mediadora de la fantasía, de la imaginación. En este sentido, el lenguaje debe su existencia a la "capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas" (Garrido, 2012: 13), de transponer. Tal capacidad creativa, así como la imposibilidad de acceder a las cosas de forma inmediata, se ve reflejada en la existencia de innumerables lenguajes; pues, agrega Nietzsche, en caso contrario (es decir, si las palabras fuesen algo más que metáforas y desplazamientos que parten de experiencias únicas y siempre diferentes, si pudiésemos acceder a una expresión adecuada de las cosas) no habría tantos lenguajes.

Las palabras entonces proceden de la transfiguración de experiencias sensibles, concretas e individuales. Tales experiencias e impulsos se dan de acuerdo con la percepción particular de cada ser humano, la cual no puede desprenderse, según nuestro filósofo, de las nociones de tiempo y espacio, y por ende de las "relaciones de sucesión y los números". "Estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo" las mencionadas nociones; "en efecto, de aquí resulta que [la] producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción supone ya esas formas (tiempo y espacio) y, por tanto, se realizará en ellas". Retomo la observación sobre la inevitable influencia de las nociones de tiempo y espacio a las que se encuentra sometida nuestra percepción, debido a que puede leerse como un fuerte argumento planteado por Nietzsche para explicar que la idea de una "percepción correcta" de las cosas no es fácilmente sostenible. Para que esta última idea fuese verificada, tendríamos que poder situarnos fuera de nuestro propio entendimiento para así compararlo con la "realidad" (lo cual es imposible). El filósofo lo explica así: al hombre

"le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente (...) y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de una percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone".

En este sentido, toda metáfora intuitiva, palabra, es individual y no tiene otra idéntica; además, en la medida en que surge y es creada bajo los límites de nuestra propia percepción, el creador del lenguaje, el ser humano, "se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces". Si sólo percibimos por y dentro de nuestras particularidades humanas, gracias a impulsos y estímulos nerviosos (experiencias sensibles) únicos e irrepetibles "la cosa en sí (esto sería la verdad pura sin consecuencias) es totalmente inalcanzable"; "no poseemos (...) más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas".

Pacto social hacia la uniformidad del lenguaje

Debido a que las palabras (elementos con los que construimos las realidades que habitamos) surgen de experiencias únicas vividas por individuos concretos, y teniendo en cuenta que el hombre por necesidad no puede sino existir en sociedad, el ser humano "precisa de un tratado de paz"; con este último, los hombres buscan poner límites al más grande bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). El lenguaje se erige, para la comunidad humana, como el más importante campo de batalla. Con miras a establecer una comunicación estable y relativamente tranquila entre los hombres, dentro de la sociedad "se fija lo que a partir de entonces ha de ser verdad", es decir, se inventa una "designación de las cosas uniformemente válida, y el "poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira". Si en el "estado natural" los individuos se encontraban con la posibilidad de crear libremente las transposiciones que son las palabras, una vez entrado en la sociedad el hombre ha de someterse al ejercicio de utilizar constantemente unas determinadas metáforas establecidas.

Según Nietzsche, el mentiroso aparece entonces como aquel que utiliza de forma diferente las convenciones consolidadas, "haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres"; "si hace esto de manera interesada, y que además ocasione perjuicios", será condenado por la sociedad, la cual ya no confiará más en él. El filósofo explica que en realidad no es el engaño lo que más desprecia el ser humano, sino las consecuencias hostiles que ciertas metáforas y el uso de las mismas conllevan para sociedad. En este sentido, el hombre sólo anhela "la verdad" si esta trae consigo consecuencias agradables, "aquellas que mantienen la vida".

Como vimos, una vez han quedado fijadas las designaciones, metáforas, válidas para la comunicación en sociedad, se erige la distinción entre verdad y mentira. Sin embargo, sólo mediante el olvido de que tales transposiciones fijadas como verdad, en un determinado momento, no eran menos arbitrarias y provenientes de la fantasía que las que pudiera utilizar el "mentiroso", "puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión" de una designación "adecuada" o correcta de las cosas. Fundado en esta ingenua creencia, el poder legislativo del lenguaje exige la construcción de los conceptos, metáforas cristalizadas que ya no han de servir para las "experiencias singulares y complemente individualizadas a las que deben su origen". En los conceptos deben ahora "encajar al mismo tiempo (...) innumerables experiencias (...) jamás idénticas"; "todo concepto se forma por la equiparación de casos no iguales", afirma Nietzsche. El arbitrario abandono de las diferencias individuales, el caprichoso escoger entre unas propiedades por encima de otras, suscita la consolidación de supuestos "arquetipos primigenios de las cosas".

"La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible".

Al olvidar la propia situación de la sociedad humana, la cual está regida por el compromiso de mentir de acuerdo a un estilo vinculante para todos, de ser veraz (es decir, utilizar las metáforas usuales), puede surgir en el hombre un anhelo de verdad, un anhelo de "percepciones correctas", adecuadas a las cosas. Sin embargo, tal "verdad" no es más que un conjunto de metáforas y antropomorfismos que, "después de un prologado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son". El hombre ahora ya no quiere dejarse arrastrar por el torrente de las impresiones repentinas, de las metáforas intuitivas, generaliza esas impresiones en conceptos cada vez más fríos y descoloridos; "ha olvidado que ha transpuesto, y ahora cree que es lógico (...) El olvido de la metáfora hace que el hombre esté inmerso en la ilusión de una verdad" (Ferro, 1984: 26) de la que no recuerda su inicial origen utilitario (tratado de paz). Pero el que busca tales verdades sólo puede toparse con un mundo antropomórfico: "su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene esas cosas ante sí de manera inmediata, como objetos".

Consideración final

El olvido del ser humano como sujeto artísticamente creador conduce al anhelo de verdad; tan ajeno a un ser cuyo intelecto no es más que un maestro del fingir, cuya forma de aproximarse al mundo es un constante crear máscaras. Si el hombre teórico, inmerso en su ilusión de verdad, destierra del ámbito de la ciencia ese sincero impulso hacia la construcción de metáforas ("del que no se puede prescindir un solo instante pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo"), este impulso buscará nuevos campos en los cuales bailar con libertad de forma correspondiente a su naturaleza

creadora. Así, en nuevo ámbito del arte y por virtud de este, "el intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre de su esclavitud habitual y celebra sus saturnales". Si bien ambos tipos de hombre (el teórico y el intuitivo) buscan afrontar las necesidades más imperiosas de la vida humana, allí donde el artista desbordante de alegría logre "manejar sus armas de manera más potente (...) que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida"; dar lugar a una cultura en la cual se tome conciencia del valor de la existencia humana en tanto que posibilidad de libertad y de creación.

 

Bibliografía


Nietzsche, Friedrich (2012). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de

filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos. Madrid, España. Traducción de Luis Manuel Valdés.

Garrido, Manuel (2012). Una máscara del joven Nietzsche que hoy volvemos a visitar (pp. 11-20); en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos. Madrid, España.

Ferro, Jesús (1984). El retorno de la metáfora. Ediciones Uninorte. Barranquilla, Colombia. 

Mientras intento levantar la cabeza

Por: Nico Rueda

Para empezar, debo manifestar lo difícil que es no dejarse sumergir por el presente, para poder estar a la altura de nuestra época. Es tan complejo preciso en estos momentos en que nuestro país se polariza entre el sí y el no a la paz. Más si todo lo que leo, sobre todo en Nietzsche, me ha llevado a pensar en las historias detrás del SI y del NO.

Me he preguntado yo, si al pensar que quienes votan SI a raíz de una reflexión rigurosa eran los contemporáneos, porque eran capaces de mirar el pasado, ver más allá del presente desigual y oscuro que podría orientar al no, y pensar; soñar el futuro del sí. O si era yo quien me encontraba ya demasiado sesgado por mi contexto y no podía pensar más allá de mí. 

Así, me vi - otra vez - intentando quitarme el disfraz del presente para poder hacer todo lo que Nietzsche sugería era el problema del historicismo. Me vi cayendo en mis propias redes al buscar elevarme por los aires intentando anular la realidad en la que estoy inmerso.

Así llegué a la conclusión de que debía volver a su texto y dialogar con él. Mis ojos se deslizaron por esas líneas como quien se encontraba perdido en su propio mundo e intenta encontrarse en otro. Intenté encontrarlo para ver si él podía responder qué sería lo intempestivo para mi país.

Debo decir que en sus palabras encontré un poco de consuelo y a la vez un poco de vértigo. Consuelo, porque en él encontraba “el método” de vivir entre tensiones. Pero el vértigo me invadía al pensar cómo volver a ser ese “niño que juega en confiada inconsistencia entre las cercas del pasado y el futuro sin tener aún que rechazar nada de su pasado”. Cómo volver a él sin que el ya aprendido ‘fue’ no se volvería el centro de atención; cómo hacerlo sin elevar como un monumento mi propia existencia al recordarme perecedero.

Así recordé que alguna vez oí a un filósofo diciendo en su ponencia que no era el momento de construir museos de la memoria del conflicto de Colombia, porque esas cosas llevaban su propio ritmo. Que aún estaba muy presente el conflicto y que aún el olvido ni se había asomado. En ese momento no tenía la fuente para leer entre líneas y en mí no se suscitó ninguna pregunta.

Pero hoy pienso en ¿Cuál sería el ritmo?  ¿Qué papel juega el olvido? ¿Los artistas están llamados a crear monumentos? ¿Cuál es el papel del artista en la construcción de memoria? ¿Son las artistas quienes deben construir esa memoria?

Como en mí no estaban las respuestas volví a Nietzsche. Volví a él sabiendo que en sus palabras estaban las pistas para que yo en mi “tempo” encontrará el atisbo de luz en mi oscuridad.

“Lo ahistórico y lo histórico son en igual medida necesarios para la salud de un individuo, de un pueblo o de una cultura” (Nietzsche, p.45)

En mis palabras, el olvido y el recuerdo en su justa medida. Pero, ¿cuál sería esa justa medida? ¿Cuál sería la justa medida para una víctima del conflicto armado? ¿Cuál sería la justa medida para un artista que no ha sentido en carne propia ese conflicto armado? ¿Cómo encontrar en el desplazamiento continuo esa justa medida? ¿La justa medida debería también desplazarse? 

En medio de esas preguntas hay algo recurrente, así como mis pensamientos se van moviendo como olas, así también golpean recurrentemente a unas piedras. Entonces ¿Qué representarían esas piedras aparentemente estáticas? Acaso las piedras serían “Ese monstruo naciente al que estamos vinculados” (Woolf, p.188). Ese monstruo del que habla Virginia en su libro ‘Las Olas’ es el presente. Ella posa su mirada sobre la historia y entre metáforas esboza esa misma tensión entre el presente, pasado y futuro, y advierte que no logra encontrar donde se reúnen esos tres conceptos, dice, a su vez, que no encuentra tierra firme y que al cerrar los ojos “se le defrauda a la historia de la humanidad la visión de un momento (…) Se cierra su ojo, que mira a través de mí, si me duermo ahora; por descuido o cobardía, enterrándome en el pasado, en la oscuridad; o asiento contando cuentos.” (Woolf, p.189)

Las palabras de Virginia siempre oportunas me llevan a que esa justa medida se encuentra en el desplazamiento continuo, en ese abrir y cerrar de ojos . En palabras de Nietzsche, la justa medida la encontramos al distinguir qué olvidar y qué recordar para vivir; es decir, “utilizar el pasado como instrumento para la vida, transformando lo acontecido en Historia nueva”(p.46) y cerrar los ojos ante una realidad que nos paralice y nos impida actuar.

Así me voy acercando a lo que sería el papel del artista en la construcción de memoria. Ya sé, por lo menos, que no se trata de construir monumentos ni de seguir llenando el mundo de pasado sin sentido.

Quizá la verdadera tarea de todos y todas es tomar ese pasado que nos es tan próximo y malearlo, transformarlo. Tomar de él solo lo que nos permita seguir viviendo y dejar a un lado lo que nos petrifique como un monumento. Todo con un ritmo, como el de las olas que una y otra vez golpean a las piedras. Olas que jamás son las mismas, olas que golpean contra unas piedras que se ven transformadas casi de manera imperceptible. Piedras que tampoco son las mismas, piedras que se resisten como el presente, como nosotros. Olas que son pasado y presente continuo. Piedras que son presente y futuro continuo. 

También las piedras pueden ser una metáfora de las víctimas que son golpeadas una y otra vez por su pasado, pero que para seguir viviendo se transforman y son quienes hoy nos invitan a tomar tan solo lo que nos permita seguir adelante.

Así como ellas, llego a está conclusión: Votar sí, porque es lo que nos permite seguir adelante, pues negarnos a la posibilidad de cambio es hacerle un monumento a esa guerra de 52 años y es, en palabras de Nietzsche,  que dejo otra pregunta en el aire, “con ese NO del hombre suprahístorico que no ve la salvación en el proceso, para quien, más bien, el mundo está completo y logra su fin en cualquier momento particular. Pues ¿qué podrían diez años más enseñar que no hayan enseñado ya los diez anteriores?

 

Nietzsche, F. (1999). Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Madrid: Biblioteca Nueva.

Woolf, V. (2010). Las olas. Madrid: Catedra Letras Universales.

Agamben, G. (2008). ¿Qué es lo contemporáneo?

 

Nada

Por: Yojan Murcia

Había empezado a ir al gimnasio., Llevaba yendo, como mucho, tres días seguidos y ya sentía un dolor para nada placentero. Pero hoy…hoy era el día perfecto para ausentarse a ese lugar repleto de sudor, óxido y gritos de guerra, que más que ser el antesala de una batalla que decidiera el futuro de una nación, parecían ruidos provenientes del clímax de una relación sexual, de una muy fea, donde seguro la pareja del emisor de esos ruidos estaría preguntándose a sí mismo si estaba con una persona, una vaca, una oveja o un alienígena.

Ese ritual realizado en ese extraño lugar fue un completo martirio para Álvaro. Pero hoy el día estaba nublado, por ende, su excusa estaba completamente asegurada. Cuando los entrenadores sonrientes, musculosos y bastante mano largas del gimnasio de su esquina lo vieran en algún lugar, ya sabía qué responder. No es que Álvaro compartiera espacios con esos bultos cargados de esteroides, pero en lo poco que llevaba de vida había pasado bajo  cuatro escaleras, pisado cinco gatos negros y había perdido  la virginidad un viernes 13. Por esto sabía que podría encontrarse a cualquier entrenador en el momento más inesperado.

Álvaro salió a su balcón. Sacó una silla y se sentó para deleitar el hermoso arte de la cotidianidad efímera y plástica de su barrio, es decir, a no hacer nada. Estas últimas palabras retumbaron en su cabeza y su percusión fue de una felicidad repentina que se apodero de todo su cuerpo. Tanto, que a forma de bostezo dijo – cómo amo no hacer nada-.Cuando dijo esto, sintió un ruido casi inentendible. Lo volvió a escuchar y se percató de que a lo lejos le decían -¿Nada?-. Pero no veía a nadie. Bajó la mirada y la calle estaba vacía por las nubes grises. Miró hacia los negocios que estaban cerca de su casa y estaban cerrados. Miró hacia dentro de su casa. Como ya sabía, sus padres no estaban y su hermano aún estaba en la escuela, entonces de dónde provenía ese nada que lo cuestionaba. No es que fuera una persona incuestionable, pero no quería ser el tipo que escuchaba voces, la vida de esas personas nunca termina bien. Fue en ese instante cuando vio la telaraña y el ave negra que se posaba en el cable más alto de electricidad  y que lo miraba fijamente. Álvaro sonrió y pensó en lo estúpido que sería que esa ave negra y enigmática que parecía estar disfrutando del clima lleno de brisas frías fuera el emisor de ese ‘’ ¿Nada? ’’, Así que para decir algo gracioso, pronunció las palabras: Nunca más. A lo cual el ave le respondió: Una vez más,  Álvaro quedo estupefacto y vio como el cuervo bajaba lentamente y se posaba cerca de él. Antes de que Álvaro dijera algo, el cuervo le dijo:-Tranquilo, no ha pasado nada malo. No estás loco y mucho menos es un efecto de los pudines felices que comes con tus amigos los fines de semana.

-¿Pudines felices? No sé de qué hablas- Al pobre muchacho le había sorprendido más el hecho que alguien supiera esto y el riesgo potencial de que sus padres se enteraran, a darse cuenta del hecho  que estaba hablando con un cuervo.
– Vamos, por favor, vengo aquí todas las tardes, pero eso no es lo importante. Has dicho la palabra clave y por ella estoy aquí.
-¿Palabra clave?
-Sí, has dicho nunca más
-Está bien ¿y qué se supone que pase ahora? ¿Quieres algo?
-Hablar-Dijo el cuervo de manera muy misteriosa- No quiero que pienses que como soy un ave me preocupo  solo por los asuntos terrestres Mientras reposaba en ese nido de serpientes negras, escuché decir que amabas hacer nada y esto me causo mucha intriga. ¿Cómo logras no hacer nada?

Al escuchar la pregunta Álvaro se quedó atónito por lo tonta que él suponía era la respuesta. Así que le dijo:
-Pues es fácil, mírame todos los días y verás qué es no hacer nada.
-¿Seguro?
-Claro. Pensé que me estabas viendo hace un momento. Justo en ese instante estaba realizando el maravilloso y difícil arte de no hacer nada. Dijo en torno burlón.
-Pero cuando dices que  “no haces nada’’ estás haciendo algo: estás hablando. E incluso aunque no estuvieras hablando, estarías sentado, que también cuenta cómo hacer algo, ya que de no ser así no podríamos diferenciar a alguien que está de pie  de alguien que está sentado. Y lo más importante: estás pensando.
-Podría dejar de pensar. Dijo Álvaro con inseguridad en su voz.
-¿Alguna vez lo has hecho?

Álvaro enmudeció porque no recordaba ningún momento donde hubiera dejado de pensar. -¿En los sueños?- dijo para sí mismo, pero ha habido momentos donde ha tenido conciencia dentro de los sueños e incluso sabe que aunque no los domine, uno de los rasgos del pensar son las imágenes y los sueños son imágenes mentales. Fastidiado por no poder responder, no se animó a mover los labios.

-Si me lo permites, te diré que tampoco existe la nada. Lo que existe es el concepto de la nada, que permite tener una idea de lo que esta sería. Cuando entras a un cuarto lleno de basura y dices  “Aquí no hay nada’’ en realidad hay basuras, hay objetos. Dices que no hay nada, porque no hay algo que te sea útil, pero hay cosas en ese lugar. Esa manía de los humanos de considerar algo como existente solo por su utilidad es algo bien sabido en el  mundo animal. Incluso si el lugar estuviera vacío, hay vacío, hay una espacialidad que permite o que da a la posibilidad a  que objetos la ocupen. La nada no da objeto a nada, ni a la espacialidad.
Álvaro estaba perplejo. No tenía argumentos para responder. Se quedó helado y petrificado. Las palabras del cuervo habían sido como una mirada de Medusa.
Se limpió las gotas de sudor de su frente y habló consigo mismo: ¿Pero qué mierda está pasando? -se preguntó. –Vale, Álvaro, piensa, primero: ¿por qué un maldito cuervo habla? Segundo: ¿qué haces hablando con el maldito cuervo? Tercero: ¿por qué parece que esa ave negra es la reencarnación de Sócrates o de alguno de esos locos? Justo en ese momento Álvaro levantó su mirada y vio que el cuervo lo miró y de alguna manera le guiñó el ojo y luego levantó su vuelo hasta el cable eléctrico más alto. 

Álvaro logró salir de su modo estatua y se convenció de que lo mejor que podía hacer en ese momento era ir al gimnasio, para olvidar todo ese episodio que parecía sacado de una serie de efectos de las drogas, con un coro de pésimos orgasmos y mucho sudor. Decidió bajar a toda prisa. No se dio cuenta de que no llevaba su ropa deportiva y volteó  para ver si el cuervo estaba ahí. Se dio cuenta de que no estaba, -No hay nada, ¿nada?  ¡Maldición!- dijo el joven.
Cuando entró al gimnasio, un saco de esteroides se quedó bastante extrañado de la ropa de salida que llevaba el joven, sudado y con cara de espanto, así que se acercó con una sonrisa falsa, de esas que pretenden decir que todo está bien y le dijo:

-Hola amigo. ¿Pasó algo? ¿Por qué esa ropa?
Álvaro, al analizarse y verse unos mocasines, camisa y pantalón, solo pudo decir: Nada, no ha pasado nada.

Libertad

Por: Gabriela Castro.

 

¡Nosotros!

Los de la soga desatada y sin cuello

tenemos para vivir: un banco de peces muertos,

y amores que pertenecen a gritos de un tiempo pasado.

Ellos

Quienes se atreven a tener el delirio y no la libertad,

tienen las jaulas vacías

de nuestros pájaros tristes.

Yo

Tengo la voz desubicada y en pedazos,

de tanto gritar nombres llenos de esperanza.

Quiero el amor y no la guerra en todas las esquinas de la ciudad

armada como un cuartel que casi parece imaginario.