Filosofía y Humanidades Filosofía y Humanidades

El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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No salir del baúl

     

Por Yojan Murcia

Era una historia difícil. Él no sabía cómo contarla, solo conocía unas cuantas ideas, lo básico. Era una historia de amor, sí, eso era. Dos amantes, un hombre y una mujer.  Él había sido rechazado porque no le gustaba a la madre de la joven, lo cual hacía más frenético su amor. Él aseguraba que no era falta de química entre ambos, sino que había intrusos que arruinaban todo, por ende debía seguir luchando de manera interminable hasta lograr conseguir a su amada. Pero para ella las cosas no eran así, él era un Montesco y ella una Capuleto, una historia  digna de Shakespeare, que iba a terminar consumiendo el uno al otro hasta el suicidio o peor aún, la locura.   ¿Locura peor que muerte? Para ella era bastante claro que: -La muerte no le duele a uno, le duele al otro, al que está cerca de ti, son las personas las que sufren la pérdida, para uno es demasiado tarde para sentir-.

 
Por lo tanto, la joven se rehusaba a seguir en ese cauce, que la enfrentaba ante lo absurdo del mundo, contra una madre que no la hacía feliz, pero que ella debía obedecer;, porque era su madre, debía honrarla, debía. Que linda sería la vida sin deber algo, si ella se pudiera entregar sin responsabilidades, si pudiera estar en los brazos de él, pero no. Debía dejar de pensar locuras y eso era producto de esa locura, pero ella no era una loca, no, ella no. Ella estaba bien. Debo obedecer a mi mamá, es lo correcto, haz lo correcto- se repetía hasta recostarse en su cama después de ignorar los mensajes que había recibido de él. Pero él ¿qué pensaba? ¿Qué todo iba a cambiar por unas palabras? Ya lo habían intentado y era suficiente. Para él no, pero para ella ya todas las balas del cartucho habían sido disparadas. Se habían visto muchas veces, se habían besado hasta hinchar los labios, habían hecho el amor una y otra vez, incluso el narrador desconoce muchas de esas veces que se habían visto a escondidas.  Pero ya era tiempo, era tiempo de cortar de raíz antes de volverse loca.


Él no le tenía miedo a la locura., Ya él estaba loco, lo estaba desde el momento en que la vio por primera vez. -Es tan corto el amor y tan largo el olvido- se decía a sí mismo, como si fuese el mismísimo Neruda en esa noche, donde los versos más tristes de la humanidad fueron escritos . Él no sabía qué hacer, lo había intentado todo. Bueno, no todo. Porque él entendía que dentro de la palabra ‘’todo’’ estaba el secuestrarla. Él sintió una patada en el baúl –Mierda- ¿Lo había hecho?  Él no era capaz de muchas cosas. De las mil cosas que a las que él  se había inscrito a lo largo de su vida,  desde deportes hasta cursos de guitarra, todas las había dejado, con la excusa de que le gustaba probar varias cosas.- Pero él sabía que era un inútil, sabía que su existencia se resumía en un malgasto de oxígeno, un metabolismo dopado, que lo hacía defecar tras cada comida, esteroides y mucho alcohol. Había defraudado a sus padres, tal vez ellos no murieron en un accidente, tal vez ellos vieron el hijo que tenían y decidieron arrojarse a ese camión a 120 kilómetros por hora. 


Pero ella no, ella lo amaba. Él no sabía qué veía ella en él, pero no quería que lo dejaraá de ver. Él no nació el día que su madre lo expulsó por  su vagina, él había llegado a la vida el día que se besaron en esa fiesta, el día que ese reguetón pegajoso, los envolvió como en un baile de cortejo de colibrís. Así lo veía él, pero a decir verdad fue tener sexo con ropa . Incluso, ella no lo besó por pasión, no lo besóo porque él le pareciera lindo a pesar de tener brazos abultados y tríceps definidos, solo lo besóo porque era su forma de rebelión contra su madre., Ootra vez su madre , la que quería una hija santa, una hija sin clítoris, una hija que hiciera todo lo que ella quisiera, una extremidad de ella. Pero ella era una puta, ella lo sabía, ella disfrutaba excitarse, disfrutaba ver cómo los hombres se excitaban al verla, disfrutaba la erección que provocaba en los hombres al bailar, llegaba al éxtasis de placer con solo imaginarse que su mamá la descubriera haciéndole sexo oral en el baño a Mr tríceps. Pero no debía, no debía sentir eso, estaba mal... eso decía su madre y debía hacerle caso.


Estaba seguro. Lo había hecho, él recordó todo, incluso mejor que el narrador, todo gracias a la canción de esa cantante morena de una isla del caribe, que gozaba de mover sus caderas de manera fascinante en todos los vídeos, haciendo un himno al capitalismo ‘’Trabajo, trabajo’’. No es que él fuera un devoto del capitalismo, todo se debía a que esa morena era la cantante favorita de ella, pero de seguro a su madre no le hubiera gustado, porque no era el ejemplo que debía seguir su hija  -Aunque esperen , dijo el- ¿Esa perra gusta de todo el mundo, menos de mí? “Debí haberla matado a ella, después de todo no es culpa de nosotros, es culpa de ella, solo de ella, la química aún está”-. La palabra química le recordó la botella de Cloroformo que había en la guantera. Frenó un poco y estacionó en un borde de la carretera, tenía el deseo de no  encontrarla ahí. Cruzaba sus dedos para que el ruido del baúl no fuera ella, que todo fuera una ilusión. Que todo fuera un efecto del pudín feliz que había comido el día anterior para olvidarla. Se armó de valor y decidió abrir la guantera, y ahí lo encontró, la botella y el pañuelo. Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, sintió otro ruido en el baúl, ya la había perdido, no lo iba a perdonar, nadie perdona un secuestro, bueno tal vez el gobierno de su país , que adelanta un proceso de paz con un grupo guerrillero, y ha decidido juzgar los secuestros, al igual que se juzgaría a una persona que intenta robar algo en un súper mercado. Pero ahora estaba demasiado jodido como para pensar en el bien de su país ¿Quién pensaba en él? Nadie ¿Por qué debería preocuparse por otros? Lo que importaba ahora, era que ella estaba en el baúl y que ya estaba 10 kilómetros fuera de la ciudad. Debía arrojarla por el barranco, sería lo correcto, para él, pero  ¿Lo sería para ella? Ellos se debían amor, tenían que estar juntos, pero si ella se enterara de aquel rapto, ella lo denunciaría y llamaría a la perra de su madre. Él, no podía permitirse eso, por ella, por los dos, ella no debía odiarlo, ellos tenían que estar bien, debía arrojarla y marcharse.

Procedió al baúl. Primero miró para todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie viendo. Lo abrió y cuando se vio así mismo lleno de sangre lo recordó todo. Lo recordó todo, incluso el corte en su garganta. Lo recordó justo en el momento en que la cantante morena dejó de repetir trabajo, trabajo, como si padeciera un retraso mental. Justo en ese momento recordó que él había sido el que había ido a trotar con la esperanza de mejorar más aun su cuerpo para que ella sufriera y fuera a sus brazos por lo ‘’sexy’’ que estaba. Cuando estaba trotando que vio que alguien manejaba su Ford Fiesta blanco que había comprado en navidad y en el instante que se acercó a la ventana un cuchillo le atravesó la garganta. El verse ahí, casi muerto, frío, morado y maloliente, se sentó en la silla de atrás. La miró, llena de sangre y temblando. Así que ella lo había hecho, ella le había dado fin, pero sonrió, me mató por amor, pensaba, lo hizo porque me amaba y la única forma de dejar de amarme era recurriendo al homicidio. Él sonrió y siendo consciente del amor de su amada, en un instante trascendió, a un lugar donde ni siquiera los filósofos pueden pensar, dejando solo oscuridad en la silla trasera. Mientras ella solo repetía: -No hay testigos… No hay testigos… Es lo que hubiera hecho mamá, es lo que ella hubiera hecho, era mi deber hacerlo o yo iba a terminar loca y mamá no quiere una hija loca, está bien, tranquila, todo estará bien, ahora solo debo asesinar al narrador y todo quedará listo .

 

El amor que me sobra

Por: Jenniffer Crawford

¿Dónde dejaré el amor que me sobra?
Que me cuelga de las manos
como helecho florecido, 
que se me derrama del vientre
como tinaja rebosada.

 

¿Dónde dejaré el amor que me sobra?
Lo tallaré en un roble
con cinceladas indelebles,
o lo esparciré sobre la hierba
como margarita deshojada.

 

Lo lloraré de mis ojos
sobre el espacio vacío 
que quedó en mis abrazos.
Lo pondré en el llavero 
que abre las puertas del pasado.
O lo soltaré, 
para que vuele libre como ave
al paso lento de los años.

Amuleto

Por: Gabriela Castro.

Llegó empapado en el sudor de la paranoia y ni siquiera tuvo tiempo de tocar. Rompió una ventana y entró. Se quitó la ropa, se acostó de medio lado en el piso como si fuera un día normal en el pasado y comenzó a gritar: ¡Brenda, aparece, que me van a matar! Pero ella no aparecía. Y él tuvo que esperarla por lo menos tres horas doblado sobre sí mismo, comiendo arañitas del piso, porque el miedo lo hacía sentirse como un mirlo extraviado, y desnudo, porque la ropa se había encogido de repente. Se había cortado con los vidrios de la ventana pero el temblor del cuerpo no lo dejaba sentir. Cuando ella apareció, casi le provocó risa verlo en ese estado: bañado en un lodo verdoso de sangre y sudor, asustado como nunca y jurándole una eternidad de amor por cinco minutos de brujería.

-Brenda, por favor-. No tuvo que decir más. Ella ya le había leído el pensamiento. Él era siempre igual, un hombre que jugaba a las escondidas consigo mismo pero que cuando se encontraba se daba tanta lástima que se volvía a esconder. Él se vistió de prisa, como siempre y como pudo, con la ropa de muñeco de trapo y casi se puso a llorar de los nervios mientras le contaba sobre los tres meses que había vivido sin ella.

Al principio, cuando apenas se estaban conociendo, su vida seguía igual. Era un hombrecito minúsculo lleno de delirios de grandeza aunque su única victoria en la vida había sido no aprender a amar. Pero después de un tiempo de vivir amores libres, ella era otra. Olvidaba comer y dormía solo dos minutos al día. Y entre más se perdía ella más vitalidad ganaba él. Se sentía de maravilla. Las mujeres lo acechaban y el azar le concedía quince minutos de riqueza noventa y seis veces al día. Así que la olvidó. Pero en cuanto puso un pie por fuera de esa casa, la vida le reveló lo que en realidad era: un hombre miserable bajo el yugo eterno del amor con magias de una mujer. Su vida retomó su rumbo insignificante. Perdió los amores y las guerras hasta que aceptó su suerte de forzarse a quererla y volvió.

Ella lo recibió aunque se estaba muriendo de rabia, porque entonces ya sabía que se estaba muriendo pero de él y no porque se le había derramado el veneno de culebra que guardaba en el cabello. Junto a ella él podía tenerlo todo porque sus amores de hechicera lo habían escogido solo a él, incluso contra su propia voluntad, y ese amor le daba el poder de ser lo que él quisiera en esta vida y en la otra, si hubiese sido necesario.

Pero él se sentía como un bruto elegante y no soportaba sentirse encarcelado. No soportaba que ella lo mirara con ojos bárbaros de niño hambriento, y menos cuando se metía al baño descalzo a repetir de memoria los cuadros de los grandes y ahí también estaba ella. Porque hasta el talento se lo había quitado y se lo había escondido en un frasco para que solo la pintara a ella o a mujeres deformes que no eran ella por más que intentaran serlo. Entonces se iba. Y ella conjuraba las estaciones para que solo él sintiera calor y para que tuviera un tic nervioso debajo de un ojo que no le dejara distinguir a las mujeres de los hombres pero sobre todas las cosas para que volviera. Para que volviera, no arrepentido pero sí triste y voluble a su amor. Para que volviera y ella pudiera sentarse a verlo pintar con sus frasquitos de sábila con limón y utilizarlos como si fueran pinturas de oro.

Pero las conjuras de la buena suerte no funcionaban como su ciencia de las estaciones dispersas. Esa buena suerte era impuesta por el dominio del corazón y nunca funcionaba tan bien como cuando hacían el amor tirados sobre el piso de tierra de la sala. Por eso ella casi no se sorprendió cuando lo vio así, desfigurado por el tiempo que había pasado siendo solo de él mismo.

En medio del reguero de vidrios y de horrores él se había olvidado del maletín hasta que ella le preguntó qué era.  –Es casi un nacimiento- le dijo-. Era lo único que faltaba, pensó ella, que diga en voz alta las locuras que lleva atravesadas en el corazón. Pero cuando ella lo vio tuvo que aceptarlo, parecía el embarazo del mismísimo Jesucristo lo que había metido ahí, y él necesitaba su ayuda para que se convirtiera en el mesías final de la santa paz.

El maletín contenía doscientos noventa y siete folios de papel forrados en una hoja inmensa de mango en la que habían hecho, a punta de arañazos, la siguiente inscripción: proteger con la vida para evitar la muerte. Él quiso explicarle que era la respuesta a las suplicas que le había hecho a través de los años. Más de una vez, haciendo el amor montados en el techo, le había pedido que acabara con la guerra. En ese entonces ella había sucumbido a la dicha de creerse amada y conjuraba cualquier locura que él quisiera solo por salir del paso, y utilizando hojitas de mata ratón y diciendo sepium sepium, porque él ni se imaginaba dónde terminaba su magia y dónde comenzaba su ciencia. Pero cuando finalmente intentó ese truco, más viejo que el diablo, las tetas de diosa del parnaso se le redujeron de repente y él se quedó sosteniendo entre los labios un seno tétrico del tamaño de una checa que tenía un sabor amargo a manzanilla. -Ya ves- le había dicho ella- ni dios, aunque le atribuyeran todos los poderes olímpicos se atrevería a meterse en asuntos de los hombres.

Él había intentado leer noventa y siete de los folios pero no entendía un carajo. Solo sabía, a medias y casi con resignación, que eran una apología en defensa de los niños de cincuenta años que no sabían escribir. Sí lo estaban persiguiendo y no era como ella pensaba, un invento de la abstinencia. Lo estaban persiguiendo porque no querían que nadie leyera los folios. Porque por todas partes había carteles con las letras distorsionadas para que la gente entendiera una cosa donde decía otra y se tornara agresiva en medio de las ideas contrarias que surgían sobre una misma cosa.

Entonces, él le pidió, con tanta fuerza que parecía que los ojos se le saldrían de sus cuencas, y de rodillas, que se acostara con él una vez más, para salvar el país. Pero ella ni siquiera se inmutó. Tenía tanto odio y tanto rencor por su último abandono que si de ella hubiese dependido, el país y el mundo entero se iban a la mierda en ese mismo instante. Él intentó cambiar la estrategia. Le llevó serenatas para cantarle uno por uno los puntos que mencionaban los folios y ella solo asentía mientras cerraba las ventanas. Le lloraba en braille entre las piernas para que ella supiera todo lo que él quería decir y no podía, pero era inútil. Tenía encerrados con llave los perdones de la razón. Se rindió, convencido de que ella se merecía vivir en un país en guerra, pero solo ella y nadie más. Y deseó con todas sus fuerzas no haberla conocido, para no haber tenido ni siquiera la esperanza y los delirios del mundo en planes de reparación. Antes de marcharse se detuvo a mirarla, para que ella sintiera tan solo la inminencia de la muerte en sus ojos desbocados. Déjalo- le dijo- que al final no importa de qué forma, todos nos vamos a morir.

Desde el balcón

Por: Sara Martínez Vega

Miro desde el balcón con mi taza de café en la mano
Los primeros rayos de luz rompen el negro celeste
Un hombre de tez oscura trapea los bordes de una piscina
La abuela teñida de rubio pasea al perrito
Su pelaje es tan brillante, tal vez sea feliz 
O ya esté harto de mimos

Escultural, una pareja corre hacia el parque
Dos obreros de tensa musculatura la cruzan
El fitness se toma sus cuerpos a golpes de mona
La dieta no es voluntaria
Esta tarde fumarán marihuana en los bancos del boulevard
Reirán con ganas, hablarán fuerte
Puede que al llegar a casa
Aún tengan aliento para ese sexo que es más recompensa que deber

Enfrente, un hombre de amplia cintura entrado en años 
Abre el garaje para que el carro del patrón salga
Los que sirven no se pensionan
Cuidan otras casas, crían hijos de otros.
Estas cabañas tienen aire de resort
Algunos viven de vacaciones
Cuando ponen sus pies fuera de la cama
La limpieza está hecha, el desayuno servido

Una mujer robusta, con delantal, barre la terraza
Se persigna, agradece barrer
Para que sus niños coman, vayan a la escuela
Tal vez a la universidad 
Si lo hacen, quizá no tengan que limpiar
El alcalde dijo que no hay que estudiar filosofía
Los hijos de los siervos no deben mirar desde el balcón

Borges: Ficciones que trascienden realidades

Por: Tawny Moreno

Adentrarse en la obra de Jorge Luis Borges, es sin duda sumergirse en una literatura cuya sensibilidad filosófica constituye un elemento fundamental. Más allá de las frecuentes referencias a distintos filósofos y sus respectivas doctrinas, las ideas expresadas en los poemas, ensayos y ficciones del argentino incitan al lector a asumir una posición reflexiva y curiosa ante los misterios de una -mal llamada, quizás- realidad que no logramos comprender. Posiblemente, en la lectura de sus narraciones podemos encontrar la intención de desdibujar la tradicional distinción ficciónrealidad; intención que podría entenderse como una afirmación de su perspectiva filosófica, sustentada por un profundo escepticismo que niega todo posible acceso a una veraz comprensión de realidades que sean algo más que la mera consumación de una de las posibilidades creativas e interpretativas del ser humano, individuo perplejo ante su incapacidad de concebir con autenticidad qué ajenas leyes rigen el laberinto que lo rodea. 

En estas breves palabras se busca exponer, partiendo del deslumbramiento producido por el genio creativo de Borges y su capacidad para explorar las posibilidades literarias de la filosofía (propósito señalado por él mismo, según María Esther Vásquez en Borges: imágenes, memorias, diálogos, 1977: 107), cómo existe en parte de su obra la propuesta de la ficción y la fantasía, expresadas a través del lenguaje, como afirmación de la capacidad humana de concebir nuevas realidades, y quizás -¿por qué no?- la posibilidad de que al concebirlas con integridad minuciosa, como en Las ruinas circulares, estas surjan como caminos a través de los cuales se acceda a nuevos mundos, a pesar de que ello suponga el aceptar la humillación de no ser más que la proyección de un sueño (Borges, 2011: 57-64).

Se podría comenzar recordando que, a lo largo su existencia, el ser humano se ha esforzado por explicar el funcionamiento del mundo al que ha sido arrojado y, para ello, ha recurrido a las distintas facultades intelectuales que le han sido dadas. Unas veces con ayuda de la racionalidad, otras gracias a la imaginación, el hombre ha logrado, a partir del lenguaje, construir interpretaciones que puedan dar cuenta del orden que subyace a la multiplicidad de fenómenos que acaecen en esta realidad caótica y abrumadora. Sin embargo, la predilección -que logró dominar gran parte de la historia del pensamiento occidental- por las explicaciones basadas en una supuesta razón capaz de someter a eternos y universales conceptos unas leyes inhumanas tan complejas y heterogéneas, ha relegado la imaginación y la ficción al campo de la "falsedad", olvidando que los frutos del pensamiento, aún del llamado racional, no son más que arquetipos no menos "ficticios" que los productos de la fantasía, en tanto que ambos responden a la capacidad creativa propia del hombre, así como a la necesidad -la cual, dada nuestra condición humana no podemos eludir- de reducir y simplificar a través de conceptos abstractos la ilimitada serie sucesos que percibimos. [Ejemplo de esta mencionada necesidad podemos encontrarlo claramente en Funes el memorioso, con la imagen de un hombre que es capaz de acumular una infinita cantidad de recuerdos y de percepciones, viéndose librado del reduccionismo del concepto, pero a su vez incapaz de concebir alguna idea, incapaz de llevar a cabo el ejercicio de abstracción que supone la humana facultad del pensar: "...sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos." (Borges, 2011: 134)].

Cabe resaltar que durante el siglo XIX y más a principios del XX, empezaron a levantarse con fuerza ciertos discursos que ponían en duda la irrefutabilidad del pensamiento científico-racional, haciendo insostenible la fundamentación metafísica de la realidad y eliminando la posibilidad de encontrar una verdadera realidad oculta. La inexistencia una verdad cognoscible, que sea accesible al entendimiento meramente fenoménico del intelecto humano, restituiría el estatus ontológico de lo ficticio, asemejándolo a la realidad en el sentido de que ambos no son más que el agotamiento de una de las muchas posibilidades (Muñoz, s.f: 7). Esto quiere decir que, de la misma forma en que decidimos concebir la realidad a partir de una u otra doctrina filosófica o religiosa, subordinando todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos, es decir, eligiendo una de las infinitas posibilidades, el creador de ficciones debe optar por una de las diversas disyuntivas que se le aparecen a la hora de construir su realidad alternativa. A partir de lo anterior puede comprenderse mejor por qué los metafísicos del maravilloso -u horrible- mundo de Tlön juzgan la metafísica como una rama de la literatura fantástica. Siendo conscientes de la inutilidad de emprender la búsqueda de la verdad, buscan en la filosofía nada más que el asombro (Borges, 2011: 25). Esta originalidad encontrada en el célebre relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertrius sirve para ilustrar los memorables aportes de Borges a la filosofía, y cómo desde la literatura la incentiva a retornar críticamente la mirada hacia sí misma. Otro ejemplo podría encontrarse en la soñada muerte del bibliotecario Juan Dalhmann, el cual, deseoso de evitar una muerte considerada patética "para un hombre valiente", recrea para sí el sueño de una romántica muerte de orillero, la cual termina por imponerse -para él- como la real, hasta el punto de que el lector podría no percatarse -acaso intencionadamente- de que físicamente Dalhmann se encuentra muriendo en la cama de un hospital. Como podemos darnos cuenta, es en esta tensión entre lo considerado "real" y lo ficticio, donde Borges sitúa sus narraciones, desdibujando los límites y sometiendo a juicio la veracidad de cada una de estas dimensiones; reivindicando la libertad del hombre de escoger y forjar su propia realidad y porvenir más allá de las posibilidades materiales.

Como se habrá podido notar en los cortísimos ejemplos expuestos, el argentino Jorge Luis Borges es sin duda un escritor que, más allá de las sentencias definitivas y de la ingenua fe en una filosofía que logre someter la realidad a sus postulados, impregna de reflexiones profundas sus ficciones para sumir al lector en un constante asombro y cuestionamiento del mundo; cuestionamiento que asciende más allá de la simpleza, el aburrimiento y el horror que pueden causar un mundo sin misterios indescifrables, y se torna hacia el mundo dominado por leyes inhumanas que no acabamos nunca de comprender. Las narraciones de este autor incitan a vivir en el constante asombro y fascinación de ser, aspirando contemplar las infinitas posibilidades del genio humano y reivindicando la libertad de este como único dueño de su propia realidad. En ese sentido, Borges, es sin duda un escritor que supo incluir inteligentemente, y con belleza literaria, los grandes temas de estudio de la filosofía e introducir al lector de manera más agradable en la perplejidad de existir.

Bibliografía:

Báez, F. (2003). ¿ Borges, filósofo?. A Parte Rei: revista de filosofía, (25), 5.

Borges, Jorge Luis. (2011). Ficciones. Editorial Penguin Random House. Bogotá, Colombia.

Muñoz Merchán, M. (s.f). Borges. Filosofía, ficción y verdad. Universidad de Sevilla. Recuperado de https://pendientedemigracion.ucm.es/info/ especulo/numero41/borgesfi.html.

Vásquez, María Esther. (1977), Borges: imágenes, memorias, diálogos. Monte de Ávila Editores. Buenos Aires, Argentina.

400 VOCES RAMON RAMÓN IllAN BACCA

Nada

Por: Yojan Murcia

Había empezado a ir al gimnasio., Llevaba yendo, como mucho, tres días seguidos y ya sentía un dolor para nada placentero. Pero hoy…hoy era el día perfecto para ausentarse a ese lugar repleto de sudor, óxido y gritos de guerra, que más que ser el antesala de una batalla que decidiera el futuro de una nación, parecían ruidos provenientes del clímax de una relación sexual, de una muy fea, donde seguro la pareja del emisor de esos ruidos estaría preguntándose a sí mismo si estaba con una persona, una vaca, una oveja o un alienígena.

Ese ritual realizado en ese extraño lugar fue un completo martirio para Álvaro. Pero hoy el día estaba nublado, por ende, su excusa estaba completamente asegurada. Cuando los entrenadores sonrientes, musculosos y bastante mano largas del gimnasio de su esquina lo vieran en algún lugar, ya sabía qué responder. No es que Álvaro compartiera espacios con esos bultos cargados de esteroides, pero en lo poco que llevaba de vida había pasado bajo  cuatro escaleras, pisado cinco gatos negros y había perdido  la virginidad un viernes 13. Por esto sabía que podría encontrarse a cualquier entrenador en el momento más inesperado.

Álvaro salió a su balcón. Sacó una silla y se sentó para deleitar el hermoso arte de la cotidianidad efímera y plástica de su barrio, es decir, a no hacer nada. Estas últimas palabras retumbaron en su cabeza y su percusión fue de una felicidad repentina que se apodero de todo su cuerpo. Tanto, que a forma de bostezo dijo – cómo amo no hacer nada-.Cuando dijo esto, sintió un ruido casi inentendible. Lo volvió a escuchar y se percató de que a lo lejos le decían -¿Nada?-. Pero no veía a nadie. Bajó la mirada y la calle estaba vacía por las nubes grises. Miró hacia los negocios que estaban cerca de su casa y estaban cerrados. Miró hacia dentro de su casa. Como ya sabía, sus padres no estaban y su hermano aún estaba en la escuela, entonces de dónde provenía ese nada que lo cuestionaba. No es que fuera una persona incuestionable, pero no quería ser el tipo que escuchaba voces, la vida de esas personas nunca termina bien. Fue en ese instante cuando vio la telaraña y el ave negra que se posaba en el cable más alto de electricidad  y que lo miraba fijamente. Álvaro sonrió y pensó en lo estúpido que sería que esa ave negra y enigmática que parecía estar disfrutando del clima lleno de brisas frías fuera el emisor de ese ‘’ ¿Nada? ’’, Así que para decir algo gracioso, pronunció las palabras: Nunca más. A lo cual el ave le respondió: Una vez más,  Álvaro quedo estupefacto y vio como el cuervo bajaba lentamente y se posaba cerca de él. Antes de que Álvaro dijera algo, el cuervo le dijo:-Tranquilo, no ha pasado nada malo. No estás loco y mucho menos es un efecto de los pudines felices que comes con tus amigos los fines de semana.

-¿Pudines felices? No sé de qué hablas- Al pobre muchacho le había sorprendido más el hecho que alguien supiera esto y el riesgo potencial de que sus padres se enteraran, a darse cuenta del hecho  que estaba hablando con un cuervo.
– Vamos, por favor, vengo aquí todas las tardes, pero eso no es lo importante. Has dicho la palabra clave y por ella estoy aquí.
-¿Palabra clave?
-Sí, has dicho nunca más
-Está bien ¿y qué se supone que pase ahora? ¿Quieres algo?
-Hablar-Dijo el cuervo de manera muy misteriosa- No quiero que pienses que como soy un ave me preocupo  solo por los asuntos terrestres Mientras reposaba en ese nido de serpientes negras, escuché decir que amabas hacer nada y esto me causo mucha intriga. ¿Cómo logras no hacer nada?

Al escuchar la pregunta Álvaro se quedó atónito por lo tonta que él suponía era la respuesta. Así que le dijo:
-Pues es fácil, mírame todos los días y verás qué es no hacer nada.
-¿Seguro?
-Claro. Pensé que me estabas viendo hace un momento. Justo en ese instante estaba realizando el maravilloso y difícil arte de no hacer nada. Dijo en torno burlón.
-Pero cuando dices que  “no haces nada’’ estás haciendo algo: estás hablando. E incluso aunque no estuvieras hablando, estarías sentado, que también cuenta cómo hacer algo, ya que de no ser así no podríamos diferenciar a alguien que está de pie  de alguien que está sentado. Y lo más importante: estás pensando.
-Podría dejar de pensar. Dijo Álvaro con inseguridad en su voz.
-¿Alguna vez lo has hecho?

Álvaro enmudeció porque no recordaba ningún momento donde hubiera dejado de pensar. -¿En los sueños?- dijo para sí mismo, pero ha habido momentos donde ha tenido conciencia dentro de los sueños e incluso sabe que aunque no los domine, uno de los rasgos del pensar son las imágenes y los sueños son imágenes mentales. Fastidiado por no poder responder, no se animó a mover los labios.

-Si me lo permites, te diré que tampoco existe la nada. Lo que existe es el concepto de la nada, que permite tener una idea de lo que esta sería. Cuando entras a un cuarto lleno de basura y dices  “Aquí no hay nada’’ en realidad hay basuras, hay objetos. Dices que no hay nada, porque no hay algo que te sea útil, pero hay cosas en ese lugar. Esa manía de los humanos de considerar algo como existente solo por su utilidad es algo bien sabido en el  mundo animal. Incluso si el lugar estuviera vacío, hay vacío, hay una espacialidad que permite o que da a la posibilidad a  que objetos la ocupen. La nada no da objeto a nada, ni a la espacialidad.
Álvaro estaba perplejo. No tenía argumentos para responder. Se quedó helado y petrificado. Las palabras del cuervo habían sido como una mirada de Medusa.
Se limpió las gotas de sudor de su frente y habló consigo mismo: ¿Pero qué mierda está pasando? -se preguntó. –Vale, Álvaro, piensa, primero: ¿por qué un maldito cuervo habla? Segundo: ¿qué haces hablando con el maldito cuervo? Tercero: ¿por qué parece que esa ave negra es la reencarnación de Sócrates o de alguno de esos locos? Justo en ese momento Álvaro levantó su mirada y vio que el cuervo lo miró y de alguna manera le guiñó el ojo y luego levantó su vuelo hasta el cable eléctrico más alto. 

Álvaro logró salir de su modo estatua y se convenció de que lo mejor que podía hacer en ese momento era ir al gimnasio, para olvidar todo ese episodio que parecía sacado de una serie de efectos de las drogas, con un coro de pésimos orgasmos y mucho sudor. Decidió bajar a toda prisa. No se dio cuenta de que no llevaba su ropa deportiva y volteó  para ver si el cuervo estaba ahí. Se dio cuenta de que no estaba, -No hay nada, ¿nada?  ¡Maldición!- dijo el joven.
Cuando entró al gimnasio, un saco de esteroides se quedó bastante extrañado de la ropa de salida que llevaba el joven, sudado y con cara de espanto, así que se acercó con una sonrisa falsa, de esas que pretenden decir que todo está bien y le dijo:

-Hola amigo. ¿Pasó algo? ¿Por qué esa ropa?
Álvaro, al analizarse y verse unos mocasines, camisa y pantalón, solo pudo decir: Nada, no ha pasado nada.

Libertad

Por: Gabriela Castro.

 

¡Nosotros!

Los de la soga desatada y sin cuello

tenemos para vivir: un banco de peces muertos,

y amores que pertenecen a gritos de un tiempo pasado.

Ellos

Quienes se atreven a tener el delirio y no la libertad,

tienen las jaulas vacías

de nuestros pájaros tristes.

Yo

Tengo la voz desubicada y en pedazos,

de tanto gritar nombres llenos de esperanza.

Quiero el amor y no la guerra en todas las esquinas de la ciudad

armada como un cuartel que casi parece imaginario.