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El blog 'Tales por cuales' es uno de los espacios donde estudiantes y profesores del Departamento de Filosofía y Humanidades comparten sus textos que van desde la filosofía y pasan por la literatura, el arte, la política y demás intereses particuales de cada uno de sus creadores. 

 

 

 

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Notas a Sobre verdad y mentira en sentido extramoral: el lenguaje como posibilidad de creación.

Por: Tawny Moreno

El breve ensayo Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, escrito en 1873 por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, es sin duda un texto fascinante. El irónico párrafo con el que inicia se erige como un retrato de la condición humana; en él su autor subraya el lastimoso "estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza"2, debido a que su poseedor y creador, el hombre, lo ha tomado "tan patéticamente como si en él (intelecto) girasen los goznes del mundo", con un orgulloso optimismo que lo lleva creer ingenuamente en la posibilidad de poseer "la verdad de las cosas". En la crítica a la concepción lógica y cientificista del lenguaje y de la verdad, en el fondo se encuentra en juego "el sentido del hombre, el sentido de la existencia, que inspira un interrogante implacable, que quiere desenmascarar la ilusión que [se han hecho] los hombres en cuanto al valor de la existencia" (Ferro, 1984: 22).

El origen metafórico del lenguaje

Con miras a explicar el sorprendente anhelo de verdad que experimenta el ser humano (el cual retomaré y ampliaré más adelante) este filósofo alemán plantea su propia concepción de la naturaleza y el origen del lenguaje. Para Nietzsche, en la base de la construcción de las palabras, lo que encontramos es una total desconexión entre el "sujeto" y el "objeto" (tomados en sí mismos): "entre dos esferas absolutamente distintas como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad". Lo que Nietzsche busca dejar explícito es que no existe una correspondencia entre las designaciones y las cosas, "que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada" de los objetos. Con lo anterior, el filósofo se "lanza vivamente contra la lógica conceptual y su pretensión de veracidad" (Ferro, 1984: 22).

Para sustentar su argumento, el autor pone en evidencia el constante desplazamiento al que se encuentra sometido el lenguaje. En primer lugar, tenemos un impulso nervioso (por ende, individual, único y subjetivo) experimentado por el ser humano al estar en contacto con su realidad; este estímulo es extrapolado por el intelecto del hombre en una imagen (primera metáfora), la cual a su vez es transformada de nuevo en un sonido (segunda metáfora). Así, las palabras son entendida por Nietzsche como la reproducción en sonidos de un impulso nervioso. La conexión entre estos tres momentos (impulso nervioso, imagen y sonido), y por ende entre el ser humano y las cosas, se da a través de "un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente", de un dar saltos entre esferas completamente distintas, el cual sólo es posible gracias a la fuerza mediadora de la fantasía, de la imaginación. En este sentido, el lenguaje debe su existencia a la "capacidad radical e innovadora que tiene la mente humana de crear metáforas" (Garrido, 2012: 13), de transponer. Tal capacidad creativa, así como la imposibilidad de acceder a las cosas de forma inmediata, se ve reflejada en la existencia de innumerables lenguajes; pues, agrega Nietzsche, en caso contrario (es decir, si las palabras fuesen algo más que metáforas y desplazamientos que parten de experiencias únicas y siempre diferentes, si pudiésemos acceder a una expresión adecuada de las cosas) no habría tantos lenguajes.

Las palabras entonces proceden de la transfiguración de experiencias sensibles, concretas e individuales. Tales experiencias e impulsos se dan de acuerdo con la percepción particular de cada ser humano, la cual no puede desprenderse, según nuestro filósofo, de las nociones de tiempo y espacio, y por ende de las "relaciones de sucesión y los números". "Estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo" las mencionadas nociones; "en efecto, de aquí resulta que [la] producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción supone ya esas formas (tiempo y espacio) y, por tanto, se realizará en ellas". Retomo la observación sobre la inevitable influencia de las nociones de tiempo y espacio a las que se encuentra sometida nuestra percepción, debido a que puede leerse como un fuerte argumento planteado por Nietzsche para explicar que la idea de una "percepción correcta" de las cosas no es fácilmente sostenible. Para que esta última idea fuese verificada, tendríamos que poder situarnos fuera de nuestro propio entendimiento para así compararlo con la "realidad" (lo cual es imposible). El filósofo lo explica así: al hombre

"le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente (...) y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de una percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone".

En este sentido, toda metáfora intuitiva, palabra, es individual y no tiene otra idéntica; además, en la medida en que surge y es creada bajo los límites de nuestra propia percepción, el creador del lenguaje, el ser humano, "se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces". Si sólo percibimos por y dentro de nuestras particularidades humanas, gracias a impulsos y estímulos nerviosos (experiencias sensibles) únicos e irrepetibles "la cosa en sí (esto sería la verdad pura sin consecuencias) es totalmente inalcanzable"; "no poseemos (...) más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas".

Pacto social hacia la uniformidad del lenguaje

Debido a que las palabras (elementos con los que construimos las realidades que habitamos) surgen de experiencias únicas vividas por individuos concretos, y teniendo en cuenta que el hombre por necesidad no puede sino existir en sociedad, el ser humano "precisa de un tratado de paz"; con este último, los hombres buscan poner límites al más grande bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos). El lenguaje se erige, para la comunidad humana, como el más importante campo de batalla. Con miras a establecer una comunicación estable y relativamente tranquila entre los hombres, dentro de la sociedad "se fija lo que a partir de entonces ha de ser verdad", es decir, se inventa una "designación de las cosas uniformemente válida, y el "poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira". Si en el "estado natural" los individuos se encontraban con la posibilidad de crear libremente las transposiciones que son las palabras, una vez entrado en la sociedad el hombre ha de someterse al ejercicio de utilizar constantemente unas determinadas metáforas establecidas.

Según Nietzsche, el mentiroso aparece entonces como aquel que utiliza de forma diferente las convenciones consolidadas, "haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres"; "si hace esto de manera interesada, y que además ocasione perjuicios", será condenado por la sociedad, la cual ya no confiará más en él. El filósofo explica que en realidad no es el engaño lo que más desprecia el ser humano, sino las consecuencias hostiles que ciertas metáforas y el uso de las mismas conllevan para sociedad. En este sentido, el hombre sólo anhela "la verdad" si esta trae consigo consecuencias agradables, "aquellas que mantienen la vida".

Como vimos, una vez han quedado fijadas las designaciones, metáforas, válidas para la comunicación en sociedad, se erige la distinción entre verdad y mentira. Sin embargo, sólo mediante el olvido de que tales transposiciones fijadas como verdad, en un determinado momento, no eran menos arbitrarias y provenientes de la fantasía que las que pudiera utilizar el "mentiroso", "puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión" de una designación "adecuada" o correcta de las cosas. Fundado en esta ingenua creencia, el poder legislativo del lenguaje exige la construcción de los conceptos, metáforas cristalizadas que ya no han de servir para las "experiencias singulares y complemente individualizadas a las que deben su origen". En los conceptos deben ahora "encajar al mismo tiempo (...) innumerables experiencias (...) jamás idénticas"; "todo concepto se forma por la equiparación de casos no iguales", afirma Nietzsche. El arbitrario abandono de las diferencias individuales, el caprichoso escoger entre unas propiedades por encima de otras, suscita la consolidación de supuestos "arquetipos primigenios de las cosas".

"La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible".

Al olvidar la propia situación de la sociedad humana, la cual está regida por el compromiso de mentir de acuerdo a un estilo vinculante para todos, de ser veraz (es decir, utilizar las metáforas usuales), puede surgir en el hombre un anhelo de verdad, un anhelo de "percepciones correctas", adecuadas a las cosas. Sin embargo, tal "verdad" no es más que un conjunto de metáforas y antropomorfismos que, "después de un prologado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son". El hombre ahora ya no quiere dejarse arrastrar por el torrente de las impresiones repentinas, de las metáforas intuitivas, generaliza esas impresiones en conceptos cada vez más fríos y descoloridos; "ha olvidado que ha transpuesto, y ahora cree que es lógico (...) El olvido de la metáfora hace que el hombre esté inmerso en la ilusión de una verdad" (Ferro, 1984: 26) de la que no recuerda su inicial origen utilitario (tratado de paz). Pero el que busca tales verdades sólo puede toparse con un mundo antropomórfico: "su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene esas cosas ante sí de manera inmediata, como objetos".

Consideración final

El olvido del ser humano como sujeto artísticamente creador conduce al anhelo de verdad; tan ajeno a un ser cuyo intelecto no es más que un maestro del fingir, cuya forma de aproximarse al mundo es un constante crear máscaras. Si el hombre teórico, inmerso en su ilusión de verdad, destierra del ámbito de la ciencia ese sincero impulso hacia la construcción de metáforas ("del que no se puede prescindir un solo instante pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo"), este impulso buscará nuevos campos en los cuales bailar con libertad de forma correspondiente a su naturaleza

creadora. Así, en nuevo ámbito del arte y por virtud de este, "el intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre de su esclavitud habitual y celebra sus saturnales". Si bien ambos tipos de hombre (el teórico y el intuitivo) buscan afrontar las necesidades más imperiosas de la vida humana, allí donde el artista desbordante de alegría logre "manejar sus armas de manera más potente (...) que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida"; dar lugar a una cultura en la cual se tome conciencia del valor de la existencia humana en tanto que posibilidad de libertad y de creación.

 

Bibliografía


Nietzsche, Friedrich (2012). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de

filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos. Madrid, España. Traducción de Luis Manuel Valdés.

Garrido, Manuel (2012). Una máscara del joven Nietzsche que hoy volvemos a visitar (pp. 11-20); en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Editorial Tecnos. Madrid, España.

Ferro, Jesús (1984). El retorno de la metáfora. Ediciones Uninorte. Barranquilla, Colombia.