BANQUEROS Y FRAUDE

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Por Jairo Parada El capitalismo moderno necesita para su proceso de acumulación y expansión de un sólido sector bancario y financiero. Sin ello, el crecimiento sería raquítico y no se podrían financiar los nuevos proyectos en materia industrial, vial, construcción o servicios. Los bancos en cierta forma “crean” dinero a través de la llamada emisión secundaria, en la cual a través de meros asientos electrónicos, le generan los fondos a la expansión empresarial. Antes que la inversión, es necesaria la financiación. Casi nadie puede iniciar una actividad económica sin este mecanismo de financiación necesario para la sociedad moderna. El sistema bancario puede ser estatal, privado o mixto, según las preferencias políticas de una sociedad, pero es un sine qua non del crecimiento económico. Sin embargo, la historia monetaria y bancaria lamentablemente nos reseña numerosos casos de fraudes a los ciudadanos y al estado a través de banqueros que lucían muy ‘respetables’, pero que eran verdaderos ladrones de cuello blanco. En Colombia vivimos estas experiencias con lo sucedido con el Grupo Gran Colombiano en los años 80s, y luego con las crisis subsiguientes en los 90s, que nos dejaron como herencia el odioso impuesto del 4x1.000, mediante el cual los colombianos saneamos con nuestros impuestos las aventuras de estas élites bancarias. De ahí la necesidad de una fuerte regulación y vigilancia del sector, para evitar el saqueo de recursos privados y públicos. Nuestra banca estatal colapsó víctima de la corrupción y el clientelismo. La crisis del 2008 demostró que las élites encumbradas de Wall Street se prestaron al fraude con las hipotecas y las titularizaciones, deslumbrados por las ganancias y comisiones elevadas que obtenían con las famosas hipotecas “sub-prime”, generando la crisis que aun hoy nos sacude con sus manifestaciones en Europa, debido al debilitamiento de la regulación. Cuando creíamos que los gobiernos ya habían agarrado el toro por los cuernos, con las nuevas regulaciones expedidas en Estados Unidos y Europa, ahora nos encontramos que el fraude ha llegado al “honorable” banco Barclays, con una antigüedad de 300 años, con operaciones por todo el mundo, a raíz de las manipulaciones de la tasa Libor, fenómeno que parece viene ocurriendo desde hace varios años. La tasa Libor es una tasa de referencia diaria basada en las tasas de interés bajo la cual los bancos ofrecen fondos no asegurados a otros bancos en el mercado monetario mayorista, o mercado interbancario. Es un promedio diario que se establece con los principales operadores bancarios y sirve de referencia mundial para el dólar, la libra, el euro y el mundo de los derivados financieros, siendo un benchmark para $800 billones de dólares diarios en activos financieros. En cierta forma, determina los costos financieros en todo el planeta. Sus variaciones lanzan señales inmediatas sobre el precio de los activos que se negocian en el mundo. Obviamente, lograr manipularla, le traería inmensos beneficios a quienes anticipan los movimientos. Lo que el escándalo inglés está mostrando es que la corrupción y la podredumbre llegaron a la City de Londres, donde la encuesta promedio diaria de la Libor se manipuló para llenarle los bolsillos a muchos bancos y agentes financieros. Es la clásica conducta depredadora descrita por Veblen. No era el ‘mercado’ el que determinaba la tasa sino reducidos grupos que engañaron a todo el mundo. El escándalo apenas comienza. Algunos banqueros y el fraude siempre andan juntos, a pesar de lo ‘respetables’ que parecen ser.

Enfermedad holandesa

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“Todo lo sólido se desvanece en el aire” de Marshall Bermann, fue la reflexión que me ha dejado lo sucedido en la política colombiana en las dos últimas semanas. Es un excelente ejemplo de la interrelación de los fenómenos económicos, políticos y sociales, que en pocos días, han replanteado la correlación de fuerzas políticas en el ámbito nacional. Veníamos en un gobierno de “Unidad Nacional”, donde la coalición de gobierno se veía imbatible, pasando reformas constitucionales a diestra y siniestra, como las de regalías, regla fiscal y demás, así como leyes frustrantes para las regiones como la nueva Loot. Nada detenía la aplanadora oficial en el Congreso, a pesar de las críticas y análisis que se hacían desde la débil sociedad civil colombiana. En la agenda se venía la “reforma a la justicia”, y ya despuntaban en el horizonte las reformas regresivas en materia pensional y la reforma tributaria. Toda esa aceitada maquinaria ha quedado hecha añicos ante el rechazo ciudadano de la fallida reforma a la justicia, ni siquiera apoyada por los mismos magistrados y jueces a nivel intermedio. En medio de todo, el Gobierno, Congreso, y “altas cortes” perdieron el rumbo al olvidárseles que no se puede seguir legislando en beneficio de minorías, sin importar el interés general. Los goles de la comisión de conciliación fueron ya el colmo. En medio de lo anterior, es obvio que la economía nacional también ha empezado a perder su dinamismo rebajando las proyecciones de crecimiento económico este año al 4.5%, cuando apenas en Enero se hablaba de un 6%. El panorama mundial no convence, y nadie sabe si las medidas tomadas en Europa serán suficientes, además de los pobres resultados arrojados en materia de empleo por la economía americana. Sectores claves de la economía ya muestran retroceso como es el caso de la industria, la agricultura y la construcción, en especial las obras civiles. La locomotora minera es la única que sigue adelante, aunque ya se notan signos de debilitamiento y presión ciudadana sobre los desastres ambientales que esta sigue generando. La realidad es que la enfermedad holandesa parece ya llegar a Colombia, con sus fenómenos característicos de revaluación y descenso del dinamismo de los sectores claves de la demanda agregada doméstica. Con razón el presidente Santos le pidió a nuestra ortodoxa Junta del Banco de la República, hacer más en materia cambiaria, pues se necesita un dólar por encima de los $2,000 para lograr que el sector exportador industrial y agroindustrial sobreviva. De seguir así, nuestros TLC se convertirán, otra vez, en avenidas de una sola vía donde nos llenaremos sólo de más importaciones. Las expectativas de empleo, prosperidad y mejoramiento de la población pueden quedar hechas pedazos. Es pues hora, siguiendo la tendencia universal, que el Banco de la República vaya pensando en modificar su política frente a las tasas de interés. Pero es en el campo político donde los deterioros económicos se están reflejando en un realineamiento de fuerzas políticas. El unanimismo se ha acabado. Las fuerzas de derecha se han agrupado en el Club El Nogal lanzando su “Frente Antiterrorista” con listas propias. A pesar de haber estado ocho años en el poder, dedicados a la guerra y la corrupción, tratan ahora de volver a recoger el descontento de los colombianos en materia de seguridad y desempleo. También el tsunami ha tocado a nuestros mandatarios locales. El apoyo ciudadano ha empezado a caer. Es hora de revisar y mejorar la agenda.

Río+20 y la locomotora minera: del papel a la praxis

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Con la presencia de 20.000 delegados en la Conferencia de Naciones Unidas Río+20 sobre Desarrollo Sostenible, unos 130 jefes de Estado, 191 países, y un estimado de 50,000 personas alrededor de este evento, se realizó del 20 al 22 de junio en Río de Janeiro un intento más de la humanidad de ponerse de acuerdo en como frenar el creciente deterioro ambiental del planeta. Aunque los partidarios del capitalismo salvaje insisten en negar tal proceso e incluso rechazan la argumentación del cambio climático, materializado hoy en la elevación gradual de la temperatura en el planeta, es evidente que no se puede tapar el sol con las manos. La idea de la sostenibilidad se empezó a acuñar a partir del famoso libro de Rachel Carson “Silent Spring” en 1962. Medio siglo mas tarde, parece que la élite económica mundial parece no haber escuchado el mensaje. Sólo interesa el afán de beneficios, más rentabilidad, sin pensar en el bienestar del planeta y de las especies. Hay quienes alegan que el capitalismo llevará el mundo a su destrucción, recordando lo dicho por Marx, cuando afirmó que el último capitalista vendería la soga para ahorcar al penúltimo. Lo curioso es que el socialismo real de la URSS y Europa Oriental, produjo desastres ambientales y hoy en día, China, con su crecimiento desaforado, es uno de los mayores emisores de CO2 del planeta, alto consumidor de petróleo, carbón y materias primas. No es precisamente un modelo de desarrollo sostenible. La primera Conferencia sobre Desarrollo Sostenible se celebró en Río hace 20 años. Aunque la conciencia del mundo es hoy día mayor sobre el tema, obviamente el deterioro planetario continúa. En los 80s, la ortodoxia económica neoliberal, amparándose en la recesión mundial generada por las políticas de Reagan y Thatcher, alegó que el la teoría estaba equivocada, no viéndose ningún limite a la expansión desaforada de los mercados. Desde la Constitución de 1991, Colombia empezó seriamente a construir su institucionalidad frente al tema, con la creación del Ministerio del Ambiente, la ley 99 de 1993 y el defectuoso diseño de las corporaciones ambientales departamentales. En el pasado gobierno, el tema pasó a segundo plano, pues el huevito de la “confianza inversionista” se impuso por encima de toda consideración ambiental, eliminando el Ministerio. El actual gobierno ha enmendado el asunto, presentó propuestas interesantes en Río +20, pero su locomotora minera sigue desaforada en todo el territorio. La sociedad civil colombiana se ha tenido que movilizar contra las compañías mineras extranjeras que desean arrasar con los páramos. La debilidad del estado frente a las compañías mineras petroleras y carboneras se refleja en una tributación y regulación débil. El intento de desviar el Rio Ranchería para extraer carbón de su lecho ya es el colmo. El desarrollo sostenible no se puede quedar en el papel. El Gobierno debe frenar la desbocada locomotora minera. Basta mirar lo que han hecho en el Cesar. Ojalá Río +20 no quede en mas retórica. En Barranquilla, con un Damab que de poco sirve, nos llenaremos de carbón. El Norte lo respirará aun más.

El programa de vivienda del presidente Santos: ¿Populismo?

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Jairo Parada Los atentados terroristas y los asaltos guerrilleros han empañado el entusiasmo de todos aquellos que anunciaban ríos de leche y miel con motivo del TLC con Estados Unidos. Ha sido volver a nuestra cruda realidad y un recorderis de nuestra fragilidad institucional. Por ello, frente al TLC muchos analistas recomiendan prudencia, sin desbordes de optimismo ni exagerados pesimismos. Dentro de esas malas noticias, ha aparecido la iniciativa interesante del presidente Santos de regalar a los más pobres de los pobres, unas 100.000 viviendas, lo cual equivaldría a una inversión de unos $4 billones de pesos. La propuesta ha sido recibida con miradas mixtas: desde la ortodoxia económica y los economistas uniandinos, ha sido calificada de ‘populista’. Alejandro Gaviria ha dicho que parece ha llegado el populismo colombiano. En efecto, en Colombia no hemos conocido realmente el populismo, como sucedió en la Argentina de Perón, el Perú de la primera administración de Alan García, la Venezuela de Chávez y algo del brasileño. Los técnicos de la economía ortodoxa lo asocian más al populismo macroeconómico, caracterizado por un excesivo gasto público en favor de los sectores más pobres, sin equilibrio fiscal. En las ciencias políticas el fenómeno se analiza desde una perspectiva más compleja, con un líder que verticaliza el apoyo del pueblo contra las oligarquías y lo organiza en un fuerte movimiento político. En realidad, ni del uno ni del otro hemos tenido en Colombia, excepto los tímidos intentos de Rojas Pinilla cuando fue dictador. Colombia se ha caracterizado por su ortodoxia económica, donde se sacrifica todo en aras de los equilibrios fiscales y monetarios. Donde se cobra la gasolina más cara del mundo para garantizar las finanzas públicas y de Ecopetrol, donde las medicinas se liberan según las reglas del mercado y donde se sube la tasa de interés si el crédito de consumo empieza a desbordarse por parte de la población, aunque todavía no haya peligro de crisis. En fin, muy poco se irriga hacia los sectores populares, excepto todo aquello que se hace con la pobreza focalizada, es decir, con las teorías del liberalismo individualista social, donde el gasto público se concentra en aquellos ciudadanos que primero se caracterizan como pobres y se sisbenizan en estratos uno y dos principalmente.No se trata de socialdemocracia entonces. Se trata solo de las típicas políticas focalizadas de alivio a la pobreza, donde el gobierno manifiesta algunos logros recientes. Por ello, se equivocan quienes califican la estrategia de Santos de populista. Encaja dentro de la más clara tradición del liberalismo social individualista al estilo de John Rawls, siendo que los impactos se repartirán en unos cuatro o seis años, según la marcha del programa. A pesar de lo anterior, en un país con unas élites tan duras, la iniciativa debe saludarse positivamente. Es algo que sin duda se va a irrigar en la economía colombiana, aunque sus impactos macroeconómicos serán limitados, no tan grandes como se alega en la propaganda oficial. El éxito de la iniciativa depende ahora de la articulación exitosa con las alcaldías, seleccionar adecuadamente los terrenos para desarrollar los proyectos, evitar a los tiburones de la contratación pública que han dejado un rosario de incumplimientos en el país y salirse al paso al clientelismo, una institución que ha hecho más daño que un populismo inexistente. En el Atlántico y Barranquilla deberíamos esperar 5.000 viviendas como estas, como mínimo.

El regreso del ‘Capitalismo de Estado’: el caso argentino

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Por: Jairo Parada Después de dos décadas de privatizaciones y desregulación, América Latina sigue explorando nuevos caminos entre el rol del Estado y el rol del mercado. Lo que se ve claramente en el continente, con la excepción tal vez de Chile y Colombia, es el continuo regreso del Estado, aquel que se había calificado de corrupto e ineficiente en los 80's. Se han ido agotando las ilusiones con los cantos del ‘laissez faire’, la desregulación de los mercados y la crisis del 2008 fue el terremoto que disolvió este paradigma. Lo curioso es que en los programas de economía se sigue enseñando lo mismo, como si nada hubiese pasado. Por ello se entiende el escándalo que han armado el Wall Stret Journal, el Financial Times y los periódicos de los intereses de las élites financieras, frente a la nacionalización del 51% de YPF, de la española Repsol en Argentina. En realidad, no es un caso aislado. Obedece a una secuela de acciones de diversos gobiernos nacionalistas como el del Ecuador, Bolivia, y su caso mas extremo, Venezuela. En el fondo, no se trata de ningún socialismo: es solo el recuperar las “alturas dominantes de la economía” para el manejo de estos sectores con propósitos de interés nacional, que no siempre coinciden con los intereses mezquinos de los grupos financieros. El caso del petróleo y el gas es tan estratégico, que Brasil ha mantenido un control férreo de su Petrobras, en franca expansión, y afortunadamente, el gobierno colombiano no ha continuado con la privatización de Ecopetrol. Bolivia ha tenido éxitos en sus nacionalizaciones, y ello ha generado una fuente importante de recursos públicos para sus programas sociales. El caso concreto de Repsol en la empresa argentina YPF, ilustra bien el manejo rentístico y especulativo de un sector desde que, siguiendo las políticas neoliberales de Menen, se había privatizado. A pesar de los reclamos del gobierno argentino que se intensificaran las exploraciones de gas y petróleo, en los últimos diez años, parece que los especuladores de Repsol se dedicaron más a jugar en el mercado financiero internacional con derivados del petróleo aumentando el ‘leverage’ de sus recursos. La escasez de gasolina que ha ido padeciendo Argentina se reflejó en presiones de precios internos, lo cual solo aumentaba la rentabilidad de Repsol. Los intereses de los españoles no fueron invertir y ampliar la capacidad instalada de la empresa, sino enviar más dividendos a la metrópoli, al estilo del viejo colonialismo. Presionados por los problemas de liquidez en Europa, parece que iban a vender la empresa a lo chinos, lo cual fue la tapa de la caja. En fin, es el viejo conflicto que Veblen hace más de un siglo explicó como la manifestación del capitalismo rentista absentista, versus el capitalismo productivo. Casi que por razones de supervivencia económica, el gobierno argentino procedió a nacionalizar la empresa, colocando al frente de la misma a un experto argentino en asuntos de petróleo y gas. Sin duda, el modelo argentino irrita a la banca internacional, pues es otro golpe que le asesta a los especuladores internacionales. Pero la inversión extranjera en Argentina sigue allí sin problemas, con empresas como Talisman, Conoco-Phillips, Chevron, y compañías chinas, buscando acceso a las reservas de ‘shale oil’ en Argentina, las cuales son gigantescas. Argentina registra un buen desempeño económico desde el 2002, a pesar de las presiones en los precios. Colombia debería envidiar sus niveles de desempleo y es un campanazo para replantear estrategias de tener una relación en mejores términos con la inversión extranjera. El ‘Capitalismo de Estado’ ha vuelto. Más Estado y más mercado parece ser la consigna. El Estado sigue de regreso.

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