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El hallazgo en el desierto de la Tatacoa de escamas del Acregoliath rancii, un pez que se pensaba que solo había habitado la cuenca amazónica, se une al cuerpo de evidencia que apunta a que en el Mioceno (que se extendió entre hace 23 y 5 millones de años) no se había levantado totalmente la cordillera oriental y el norte del continente era un gran pantano.

En la paleontología, algunos descubrimientos se hacen en el campo, y otros, como el de Jorge W. Moreno Bernal, estudiante del Doctorado en Ciencias del Mar de Uninorte, se hacen dentro de los museos. En 2014, buscando fósiles de cocodrilos entre las colecciones del museo de paleontología de la Universidad de Berkeley, encontró unas escamas particulares sin identificar provenientes del desierto de la Tatacoa. Inmediatamente se puso en contacto con Gustavo Ballen, especialista en peces, quien actualmente se encuentra haciendo su doctorado en la Universidad de Sao Paulo, y juntos comenzaron la investigación que derivó en el artículo New records of the enigmatic neotropical fossil fish Acregoliath rancii (teleostei incertae sedis) from the Middle Miocene Honda Group of Colombia, que fue publicado en Ameghiniana, la revista de la asociación argentina de paleontología.

En la publicación se describe por primera vez las escamas fósiles del Acregoliath rancii encontradas en una expedición por el país organizada por el Servicio Geológico Colombiano y la Universidad de Berkeley en la década de 1940. José Royo y Gómez, y Ruben Stirton, dos de los pioneros de la paleontología nacional, estuvieron en el desierto de la Tatacoa, en Huila, y recolectaron la muestra, que permaneció guardada sin identificar por cerca de 60 años.

Moreno Bernal y Ballen compararon estas escamas con las halladas en la cuenca amazónica brasileña en la década del 80. El pez fue descrito por primera vez por la doctora Martha Richter, quien le dio el nombre a la especie. Acre, por el estado en el que hallaron las escamas, goliath, por su gran tamaño; y rancii, una palabra latinizada que significa “de Ranci”, en honor al científico brasileño, Alceu Rancy, quien colectó la muestra.

En Brasil, Ballen trabajó en el estudio de anatomía comparada. Las escamas halladas en el desierto de la Tatacoa son diferentes en su forma a las de la cuenca amazónica y son más antiguas, tienen alrededor de 13,5 millones de años. No obstante, Ballen, doctor del Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo, pudo determinar que son distintas debido a que las escamas de la Tatacoa pertenecían a un área cercana a la cabeza del pez, como ocurre en otras especies, como los peces pulmonados, que viven en Australia y África, o el pirarucú, que aún se encuentra en aguas del Amazonas.

Por Leonardo Carvajalino.
Periodista
carvajalino.leonardo@gmail.com

El pez fue descrito por primera vez por la doctora Martha Richter, quien le dio el nombre a la especie. Acre, por el estado en el que hallaron las escamas, goliath, por su gran tamaño; y rancii, una palabra latinizada que significa “de Ranci”, en honor al científico brasileño, Alceu Rancy, quien colectó la muestra.

1) El fósil hallado en el desierto de la Tatacoa que estaba en las colecciones del Museo de Paleontología de la Universidad de Berkeley, que representa una escama de pez casi completa.

2) El mismo fósil de escama de pez, mostrando como se acomodaba en el cuerpo con respecto a las escamas contiguas. El borde de las otras escamas se representa con líneas punteadas.

3) Otro fósil proveniente del Museo de Paleontología de la Universidad de Berkeley, que representa un fragmento del mismo tipo de escama.

 

En este pirarucú, depositado en el Museo de Zoología de la Universidad de Sao Paulo. se muestra que las escamas del mismo pez tienen forma diferente, de acuerdo con el lugar del cuerpo en el que están. Las escamas que están más cerca a la cabeza (número cuatro) tienen una forma más similar al fósil descrito en el estudio.

Esto que indica que las diferencias entre la escama del desierto de la Tatacoa, y la escama encontrada en Brasil se deben a que provienen de diferentes regiones del cuerpo. La escama fósil de la Tatacoa probablemente estaba más cerca de la cabeza.

 

Del Acregoliath rancii solo se conocen sus escamas grandes y adornadas, diferentes a las de la mayoría de los peces vivientes. De sus demás características —qué comía, cuáles eran sus preferencias de ambiente, a qué peces de la actualidad está relacionado— no se sabe nada. No obstante, que haya estado en Colombia tiene implicaciones importantes.

“El hallazgo refuerza la idea de que el Magdalena alguna vez estuvo conectado con los ríos que conforman la Amazonía, y, por ende, la cordillera oriental no estaba totalmente levantada como la conocemos hoy en día”, dijo Ballen. Moreno Bernal complementó que, en gran parte del Mioceno, que inició hace 23 millones de años, la Amazonía era muy diferente a la de hoy. En lugar de un río que corría hacia el oriente, al océano Atlántico, había un pantanal muy grande que conectaba las cuencas de los ríos Magdalena, Amazonas y Orinoco.

El consenso científico apunta a que en el Mioceno las condiciones en el norte de Sudamérica comienzan a cambiar y a hacer la transición a lo que es hoy, con cadenas de montañas que separan las cuencas hidrográficas. Sin embargo, hay diferentes teorías de cuándo exactamente ocurrió esto. Una parte de la comunidad científica dice que el cambio fue entre 7 y 5 millones de años atrás.

Pero, de acuerdo con Ballen y Moreno Bernal, su hallazgo es consistente a otro modelo que indica que ocurrió hacia el final del Mioceno, entre 11 y 13 millones de años atrás. En este tiempo, las faunas de peces quedaron separadas por las cordilleras. En cuencas como la del río Magdalena algunas especies peces se extinguen y aparecen otras endémicas, mientras que en el Orinoco y el Amazonas permanece una fauna más similar a la del Mioceno.

No obstante, aún hay mucho por aprender en Sudamérica en cuanto a la historia de sus peces de agua dulce, especialmente antes del Mioceno. Entre esos está el Acregoliath rancii, que es una pieza más del rompecabezas para entender lo que ocurre en la tierra desde hace millones de años hasta hoy.

El hallazgo refuerza la idea de que el Magdalena alguna vez estuvo conectado con los ríos que conforman la Amazonía, y, por ende, la cordillera oriental no estaba totalmente levantada como la conocemos hoy en día”, dijo Ballen.


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