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PENSABA QUE ERA NORMAL

 

Pensaba que todo iba de la mejor forma, ya los ruidos que hace la puerta de mi casa no me molestaban, los ladridos de mi perro no me alteraban ni mucho menos me atemorizaba cuando tenía que llamar a la tienda. Era un día común, salí de clases temprano ya que tuvimos un jean day, fue un gran día, o eso pensaba yo. Mientras caminaba a casa se me aceleraba el corazón a millón, más de lo normal, sin embargo, no presté atención alguna puesto que creía que eran cosas que mi mente estaba inventando. 

 

Al llegar a casa no podía respirar, estaba sola y mi madre se encontraba trabajando, tan sólo éramos mi cachorro y yo. Comencé a llorar sin un motivo aparente, no sabía qué era lo que me pasaba, me recosté a la pared, tiré mi morral y mientras mi perro movía la cola intentaba respirar, calmar todo lo que me pasaba en ese momento. No encontré cómo explicar lo que me pasaba en aquel entonces, mi madre tiene ya suficientes problemas pensé y me guardé algo que era el principio de muchos problemas: Mis ataques de ansiedad. 

 

Tenemos la creencia que ir a un psicólogo está mal, que nos van a juzgar y “quiénes son ellos para solucionar los problemas de la gente”; siempre he sido una persona proactiva, me gusta invertir en mis actividades diarias y hacerlo de la mejor manera, sin embargo, el estrés y la ansiedad han sido mis enemigos de por vida. Por situaciones escolares, familiares y por ser tan rígida conmigo misma, entre otros factores, crearon en mí una respuesta al principio, asintomática, donde no sabía que me pasaba, me preguntaba qué le sucedía a mi cuerpo.

 

El problema es que no veía lo que tenía frente a mis ojos, guardaba y reprimía todas mis emociones, muchas veces ni me daba tiempo para pensar en todas las cosas que me pasaban en el día por estar ocupada estudiando música, haciendo la tarea de matemáticas o entrenando fútbol.

 

Cada ataque de ansiedad era peor, me consumían, así que decidí buscar qué era lo que me pasaba, y por una vez más, Google me mató, es que siempre que buscamos su ayuda, referente a algún síntoma que tengamos, la herramienta tecnológica nos otorga el diagnóstico más crítico y ésta no fue la excepción: creí que tenía un tumor. Yo siendo tan nerviosa no sabía cómo decirle a mi mamá lo que me había dicho el “doctor Google”, creí que podía morir joven. Le conté a mis compañeras de colegio lo que me pasaba, no era fácil tener ese “diagnóstico” sola y les pedí que no contaran nada. Fue tan alarmante el caso que una amiga que estaba tan preocupada llamó a mi mamá y le contó toda la situación. 

 

Cuando llegué a casa luego de entrenar, encontré a todos llorando, mi mamá me abrazó tan fuerte que pensé: ¿quién habrá muerto?, seguidamente me dijo que ya me había pedido una cita y que no jugara con mi salud, yo no entendía nada hasta que paró de llorar y me contó toda la historia completa. Yo le pedí que se calmara y le expliqué lo que había sentido y lo que había estado pasando, obviamente ella se calmó y entendió el contexto, no necesitó al “doctor google” ni mucho menos, al final como dice el viejo refrán más sabe el diablo por viejo que por sabio. Yo pude entender luego de ir a un psicólogo y de estar en tratamientos para manejar mi estrés, que muchas personas padecen estos síntomas por altos niveles de estrés y ansiedad, puede que a unos más leves como a otros más fuertes, como era mi caso, lo mejor es no tener miedo a contar lo que nos pasa ni mucho menos aceptar que estamos teniendo el problema.

 

No estamos solos, siempre hay alguien que nos tiende la mano en situaciones tan fuertes como esas, y no, la ansiedad y el estrés no causan síntomas leves, crean bolas de nieve que si no las tratamos pueden ocasionarnos consecuencias más graves. Nuestro cuerpo es como un árbol, debemos cuidarlo, escuchar sus señales, regarlo de buenas energías y cosas positivas para nuestra vida.

 

Por: María L. Pernett Rojas.

Estudiante de Ingeniería mecánica.

Redactora semillero mercadeo.

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