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El pertinaz problema agrario

 

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A pesar de nuestro tradicional escepticismo sobre las cumbres presidenciales, la VII Cumbre de las Américas dejó resultados positivos para la América Latina, con el cambio frente a la problemática de Cuba y el apoyo unánime de los países de la región al proceso de paz colombiano. Atrás quedaron los discursos nihilistas sobre los avances del proceso de paz, los cuales, con la marcha reciente de millones de colombianos, quedaron evaporados. La paz se vuelve un punto clave, como señalaba el académico

John Fagg Foster, de la “interdependencia reconocida” para adelantar un cambio institucional en Colombia, que nos saque del marasmo del clientelismo y la corrupción. Aunque el postconflicto está aun lejos, sí puede estar cerca la terminación del conflicto que nos ha azotado por 50 años.

Ante esta posibilidad real –de nuevos actores en la política, y de refrescamiento de estos procesos–, saltan lógicamente los defensores del statu quo, los que desean que nada cambie, quienes solo aceptan maquillajes para que todo siga igual.

A los habitantes de las ciudades poco les importa el problema agrario. No se preguntan cómo llegan los alimentos a su mesa todos los días. Ignoran el conflicto y la guerra que ha asolado a la Colombia rural, la cual tiene que responder por los alimentos y materias primas de la economía. La suerte del crecimiento de una economía debe basarse en su industria y en el sector agropecuario, al cual se le añade lo demás, como son los servicios y la actividad gubernamental. No depende solo de la minería ni del comercio o los servicios financieros. Ya nuestros economistas no estudian e ignoran la problemática agraria. Los cursos de Economía Agraria fueron abolidos. El mismo Gobierno ha tenido que recurrir a los veteranos de los años 70 para documentarse.

El viejo dilema planteado por Karl Kautsky en La cuestión agraria (1899) aparece de nuevo: Le apuntamos a un desarrollo democrático del agro o seguimos con la vía del desarrollo por la gran propiedad  que de poco nos ha servido. A pesar de que James Robinson en sus artículos de dic. 13/14 y enero 18/15 (El Espectador) descalifica el tema, diciendo que solo necesitamos educación, educación y más educación, el tema agrario renace en los acuerdos de paz y en la visión que Sergio Jaramillo parece tener sobre ello. La receta tecnocrática de la educación sigue vacía, pues los jóvenes preparados en nuestras áreas rurales solo encuentran empleo de mototaxistas o como vendedores de minutos. Ello sucede por tener un sector agropecuario e industrial muy estancado. Robinson nos invita a olvidarnos de los temas de distribución de tierras, ayudando así a nuestras élites. Si uno repasa los hechos más recientes de conflicto en Colombia (los niños asesinados del Caquetá, la muerte de indígenas en el Cauca, el asesinato de líderes de víctimas, etc.), por todas partes aparece la tierra como mecanismo de control del territorio, para ejercer el poder. Basta leer el Informe del PNUD del 2011 sobre Colombia, y el reciente Informe de Ocampo –“Misión para la transformación del campo”– para entender que el rey de los neoinstitucionalistas en el mundo se equivocó de plano.

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