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Por un rescate activo de la Atención Profunda y Meditativa (Parte I)

 

 

En su escrito ‘El aroma del tiempo’, Byung-Chul Han vincula en alto grado la actual crisis del ser humano “la disincronía” con “la absolutización de la vita activa” (Han, 2015, p.10). Esta situación la transporta básicamente a lo que denomina un imperativo del trabajo. Bajo este imperativo la persona se ve reducida a mero animal laborans, meros sujetos trabajadores. En este contexto cualquier capacidad para demorarse, pausar, se ve totalmente desprestigiada. Esta hiperkinesia contemporánea es la que ha descalificado la vita contemplativa. Así que el problema que visualiza Byung-Chul Han se sitúa en la valoración extrema de la vita activa en contraposición a la aniquilación extrema de la vita contemplativa. ¿Será posible que no puedan reconciliarse estos tipos de vita? ¿Será posible una nueva acogida de la vita contemplativa por parte de la vita activa? Y si es así ¿en qué sentido podría darse? De esto dependería una posible salida.

En apariencia la crisis contemporánea se enlaza con la aceleración que se experimenta en la sociedad en sus diferentes dimensiones. Sin embargo, si se mira más finamente, la crisis se nos muestra centrada en lo que se denomina la dispersión temporal que remite a una disincronía¹, es decir, nos encontraríamos en un escenario en el que “el tiempo da tumbos sin rumbo alguno. El tiempo carece de un ritmo ordenador” (Han, 2015, p. 9). En esta situación -dispersión temporal-, verdadera atomización del tiempo, la duración, lo duradero, no se puede experimentar de ninguna manera, pues no se le permite. Nuestra atención divaga y es superficial. Se ha transformado en algo así como en una atención errante, atención que deambula. Recordemos que “los logros [culturales] de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, [la ciencia, entre otros], se deben a una atención profunda y contemplativa” (Han, 2012, p.35). Para Sloterdijk (2003, p.50), la situación es más radical, pues él no habla de atomización sino de neutronización -yo diría entonces protonización; neutrones y protones son partículas elementales, subatómicas. Con este símil se descendería mucho más profundamente en el análisis de la dispersión del tiempo, el individuo, la identidad.

El tiempo ya no se encuentra regido por nada, nada lo preside, pues “la vida ya no se enmarca en una estructura ordenada ni se guía por unas coordenadas que generen una duración” (Han, 2015, p.9). Nos identificamos consciente o inconscientemente con lo efímero, con la fugacidad, con lo transitorio, lo perecedero, lo volátil, lo delgado, lo esbelto. Incluso, de este modo, la propia persona se volatiliza, es decir, “uno se convierte en algo radicalmente pasajero” (Idem, p.9). De esta manera, este fenómeno de la dispersion temporal -atomización del tiempo, más radicalmente neutronización o protonización del tiempo- nos ha conducido a una atomización -neutronización  protonización- de la identidad, la cual estimula una atomizacion -neutronización, protonización- de la vida. “Nada perdura mas allá de la muerte…La gente envejece sin hacerse mayor” (Idem, p.10).

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Quien también reflexiona sobre nuestro tiempo es el monje benedictino Anselm Grün. Visualiza y expresa que el asunto crucial de nuestro tiempo, nuestra época, es el de un tiempo de pérdida, o de apartamiento o alejamiento, de la justa medida. Si oteamos con atención el mundo actual, nos sugiere Grün, por dondequiera percatamos, notamos, desmesura: “demasiadas obligaciones, demasiado trabajo, demasiada presión, demasiadas posesiones, demasiado ruido, demasiadas ofertas, ya se trate de tendencias de moda o intelectuales” (Grün, 2017, p.10). Es decir, nos encontramos viviendo un tiempo de la abundancia pero que en vez de hacernos felices nos fustiga hacia la desmesura. Nos encontramos rodeados de una profusión -abundancia excesiva- de estímulos, informaciones e impulsos, los cuales transforman de manera extrema la atención, tanto en su estructura como en su economía², afectando radicalmente nuestra percepción. Debido a esto “la percepción queda fragmentada y dispersa” (Han, 2012, p.33).

Según Lipovetsky nos encontraríamos en una sociedad de hiperconsumo basada en una civilización del deseo donde predominan los mercados de consumo. En este ambiente “la vida presente ha remplazado a las expectativas del futuro. […] el vivir mejor³ se ha convertido en una pasión de masas” (Lipovetsky, 2007, p.7). Esto ha conducido a este hiperconsumidor a un escenario tremendamente paradójico, la encrucijada de una felicidad paradójica, bastante incomprensible y extraña, ya que “por un lado se afirma como ‘consumactor’, informado y ‘libre’…(pero) por el otro lado, los estilos de vida, los placeres y los gustos se muestran cada vez dependientes del sistema comercial” (Idem, p.10). Este sistema provee tanta información, valores y productos -objetos, servicios- que nuestra atención se dispersa en demasía. En el plano personal vivimos bajo una sensación de zozobra, inquietud paradójica, a saber: producimos con alto rendimiento y estándares, pero sentimos que el tiempo no alcanza, que no culminamos plenamente nada, como si todo lo dejáramos a medio hacer. En este contexto el sentimiento que nos agobia es que el tiempo se nos escapa, vuela. Es como “una sensación de estar [sentirnos] desbordado” (Grün, p.11). En casi todo, se ha perdido la medida, la justa medida, y “si la persona no tiene en sí la justa medida, entonces se siente abrumado por el exceso de oferta” (Idem, p.89).

En ‘Derechos del corazón’ Leonardo Boff examina tambièn nuestra época. Plantea allí que en nuestro mundo globalizado y complejo uno de los problemas cruciales es el uso exarcebado de la razón analítica-instrumental, la razon que calcula y opera manipupulando estratégicamente. Esta exarcebación va con el irrespeto a la alteridad de los seres y el desarraigo con los ecosistemas. Por supuesto su aparejada postura no es de rechazo o renuncia de la razón, de lo que más bien se trata es de impugnar su adelgazamiento, su reduccionismo, en otras palabras, rebatir “el estrechamiento de su capacidad de comprender” (Boff, 2015, p.16), es decir, su desvinculación con lo sensible y cordial. Según Boff, la modernidad arrinconó la dimensión del corazón. Este viraje se podría situar en el siglo XVII en la Europa occidental, y con este giro radical “nace una posición totalmente nueva del hombre en el mundo y respecto al mundo. En nuestro tiempo el mundo aparece como un objeto al que el pensamiento calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder resistir” (Heidegger, 2002, p.23). La preeminencia de la razón instrumental y la tecnociencia perseguían como método el apartamiento radical entre emoción y razón, entre sujeto pensante y objeto pensado. En este proceso todo cuanto provenía del mundo de la sensibilidad -emociones, afectos- “obstaculizaba la mirada ‘objetiva’ sobre el objeto” (Boff, 2015, p.11). Por ende, en estas circunstancias, se hace necesario tornar, virar, de manera prioritaria, hacia la razón sensible -sensibilidad ecológico-social, rescatarla sería una mejor forma de expresarlo, pues, la sóla razón analítico-instrumental si no se acompaña de “inteligencia emocional, sensible y cordial, puede llevar a la locura” (Idem, p.17). Este rescate debe ser una faena de carácter colectiva, no puede llevarse a cabo exitosamente de manera aislada, individual, aunque el cambio individual sea muy importante e indispensable. A la fecha estamos persuadidos de que la objetividad total es una ilusión, pues “la estructura básica del ser humano no es la razón, sino el afecto y la sensibilidad” (Idem, p.11).

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Heidegger, en 1955 (Serenidad), como ya lo mencionamos, asocia la crisis de nuestra época con la preeminencia del pensamiento calculador. Esta situación se presenta por la progresiva falta de pensamiento en general, pues es “nuestro tiempo convulso y confuso, escaso de ideas y poco proclive a demorarse en el pensamiento” (Camps, 2017, p.13). Incluso, en aquellos que se les reconoce como profesionales del pensar.  Para este pensador: “todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento, estamos todos con demasiada facilidad faltos de pensamiento. […] Porque hoy en día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez” (Heidegger, 2002, p.17). Esto es acarreado por una situacion nociva, perniciosa, de nuestra epoca: la huida ante el pensar. Una huida ante el pensar auténtico, el pensar reflexivo o meditativo. Huida que no es reconocida ni admitida por nosotros mismos, y que es la causa o razón de la falta de pensamiento. Por lo contrario, se afirma y se escucha reiteradamente, que: “nunca en ningún momento se han realizado planes tan vastos, estudios tan variados, investigaciones tan apasionadas como hoy en día” (Idem, p.18). Es indiscutible que un tipo de pensar así sea indispensable, no puede ser abandonado por que sí, es un tipo de pensar que no se puede evitar, pero es un tipo de pensar muy particular, bastante reduccionista. Como bien expresó Jaspers: “cuando admiramos las proezas que los hombres han realizado, gracias a ingeniosos planes y a su capacidad y voluntad de trabajo, y cuando participamos de ellas, esa actitud de ningún modo debe desembocar en el tipo de pensamiento de nuestro tiempo” (Jaspers, 1961, p.7).

La particularidad o reduccionismo de este tipo de pensamiento consiste propiamente en que relaciona medios y fines. Un pensar que persigue resultados que de antemano han sido determinados, es un pensar calculador. Es un pensar que deriva de la reducción de la razón a mera razón analítico-instrumental. Este tipo de pensar se evidencia rotundamente “cuando planificamos, investigamos, organizamos una empresa, [pues] contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados. Este cálculo caracteriza a todo pensar planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo cálculo aun cuando no opere con números”. (Heidegger, 2012, p.18). Por otro lado, este tipo de pensamiento si bien se identifica usualmente con cálculos numéricos no se puede reducir solo a esto, pues puede ser calculador sin manipular números ni utilizar programas ni computadoras electrónicas. A este respecto Heidegger dice: “el pensamiento que cuenta, calcula; calcula posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas” (Idem, p.19). Una característica de este pensamiento es que de ningún modo se detiene a meditar, reflexionar, a pensar con atención profunda y contemplativa, pues este tipo de pensar, el calculador, “no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es” (Idem, p.19). No es pensamiento impregnado de cordialidad, ni sensibilidad social y ecológica, según Boff. Al tipo de pensar calculador, estratégico, manipulador, es al que se refiere Heidegger cuando plantea la huida ante el pensar del hombre contemporáneo, la huida ante el pensar meditativo, ante el pensar reflexivo, ante el auténtico pensar. Esta huida la identifica también Hannah Arendt como un dejar de pensar en lo que hacemos debido a la “falta de meditación -la imprudencia o desesperada confusión o complaciente repetición de ‘verdades’ que se han convertido en triviales y vacías” (Arendt, 2012, p.33), y esto lo considera como una de las notorias características de nuestro tiempo. En suma, podemos decir, siguiendo a Heidegger, que existen dos tipos de pensar: el pensar calculador y la reflexión-meditativa, ambos justificados y necesarios a su manera. Pero el primero de ellos sin el vínculo con el segundo nos lleva a una situación perniciosa, situación de barbarie, en la que impere con preeminencia reducionista lo fugaz, lo rentable, lo económico en las cosas; la productividad y el rendimiento unidimensional por encima de todo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Arendt, H. (2012). La condición humana. Colombia: Paidós.

Boff, L. (2015). Derechos del corazón. España: Trotta.

Camps, V. (2017). Breve historia de la ética. España: RBA Libros.

Grün, A. (2017). El arte de la justa medida. España: Trotta.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. España: Herder.

Han, B.-C. (2015). El aroma del tiempo. España: Herder.

Heidegger, M. (2002). Serenidad. España: Ediciones del Serbal.

Jaspers, K. (1961). La bomba atómica y el futuro de la humanidad. España: Fabril editora.

Lipovetsky, G. (2007). La felicidad paradójica. España: Anagrama.

Sloterdijk, P. (2003). Experimentos con uno mismo. España: Pre-Textos.

 

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¹ Han, profesor de la Universidad de Berlín, en aroma del tiempo, “habla de la imposibilidad de morir de viejo en un mundo obsesionado "por agarrarse al segundero", remarcado en la obstinación de vivir en un presente continuo donde el pasado se ha perdido y el futuro es asustadizo. Todo es presente, el tictac del tiempo ha desaparecido, el otoño, el invierno, la primavera y el verano han sido sustituidas por una estación átona e indefinida que el filósofo conceptualiza como "disincronía. Hay un abismo donde cada instante es igual al anterior: “No existe ni rumbo, ni ritmo, que dé sentido y significación a la vida". Nunca pasa nada, se vive en un limbo donde se reduce el tiempo a una simple sucesión de instantes donde la única realidad somos nosotros mismos, no existe nadie más”. FUENTE: https://eldia.es/criterios/2015-11-23/16-aroma-tiempo-disincronia.htm (mayo 8, 2019).

² El concepto de economía de la atención designa un giro de paradigma en la forma de entender la comunicación humana en tiempos digitales. Esta noción germina ante la abundancia y accesibilidad de la información, derivando a una consideración de la atención humana como un bien escaso, como un bien más de la economía. El giro consiste en considerar a la información como un sujeto que consume atención humana. En este sentido, son las informaciones las que compiten por la atención humana (por supuesto, que una ‘información’ no es realmente un sujeto que consuma o compita por nada, pues carece de conciencia). Este concepto de economía de la atención pone de manifiesto una condición estructural de la comunicación on-line: la mayor independencia del mensaje, que es separado sistemáticamente de su emisor. Es decir que su atención se fije en el contenido producido. Las características de la comunicación on-line que hacen que este concepto tome importancia son, por un lado, el aumento de la facilidad para generar contenidos y la comunicación cotidiana mediada por mensajes, y por otro lado, la existencia de información activa, es decir, programas informáticos que operan sobre la información haciéndola accesible, ordenándola, estructurándola, etc. Fuente: http://sociologiayredessociales.com/2010/03/economia-de-la-atencion/ (mayo 6, 2019).

³ El vivir mejor que es diferente de “la preocupación por una vida buena o por la mejor forma de vivir” (Camps, 2017, p.12), pues esto último ya es una dimensión ética asociada con una educación moral.

Yo no. Decisiones de vida con coherencia.

Yo no

Decisiones de vida coherente, guiada por convicciones y principios decentes

 

Luis Alberto Tarazona Sepúlveda. Profesor MT del Departamento de Ingeniería Industrial, y del Departamento de Humanidades y Filosofía (Hora-Cátedra).

 

En este libro -segundo del ciclo ‘el poder de la lectura’ en Uninorte- Joachim Fest se esfuerza en contarnos sus memorias sobre el impacto de la época de Hitler en su entorno familiar. Es por ello que, en un estilo muy directo, nos dice: “predomina lo que se ha vivido, lo incidental…lo anecdótico, que forma parte de la vida”. Pero, nos advierte que este esfuerzo cuenta con algunas dificultades, tales como: la memoria es fragmentaria, ella conserva en forma selectiva y, generalmente, no conserva tal como lo que alguna vez sucedió, además, ciertas vivencias no son fáciles de expresar con palabras. En fin, como bien lo plantea, en su nota final, los problemas que se suscitan en estos tipos de escrito se pueden resumir en la siguiente inquietud: ¿Qué es la verdad? A lo cual, recurriendo a Freud, responde: “la verdad biográfica inalterable…a pesar de todos los esfuerzos, es imposible de lograr’”. Esto, pues, pone en claro el espíritu con que se debe leer el texto, y en general estos tipos de textos.  

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¡Yo no! -¡Ergo non! en expresión latina- fue la expresión con que Johannes Fest justificó ante sus hijos su postura sobre el nazismo, recomendándoles que no deberían olvidarla nunca. Le dijo a su esposa y a sus tres hijos que: “un Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometido a la tan extendida costumbre de mentir”. La frase completa, tomada del evangelio de San Mateo, es: “Etiam si omnes, ego non¡”. Tan bella sentencia, confiesa Fest hijo, nunca le había parecido cuestionable, al contrario, esa máxima formaba parte de toda vida efectivamente libre: “¡Aunque todos participen, yo no!”. Su padre durante el periodo nazi fue coherente con sus convicciones, manteniéndose firme hasta el final. Llevó una vida con muchas privaciones, que él eligió libremente como acto de protesta ejemplar, pero, valga resaltar, “totalmente consciente de las consecuencias, incluida la renuncia a cualquier futuro”.

Para el autor del libro -Joachim Fest- que experimentó prisión durante los últimos años del nacionalsocialismo, la lección que aprendió se sintetiza en una actitud crítica de “oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme llevar por ellas”, ya que “la ceguera y los horrores de este modo de ver las cosas -el tratar de explicar el mundo desde una perspectiva unilateral- se habían hecho demasiado evidentes en mi propio país”. En un país como el alemán “había existido una dictadura y un derrumbamiento nunca visto que había dejado tierra y hombres detrás de sí”. Para todo aquel que pudiera ver no era un secreto que “los años pasados habían arrasado con casi todo”. Todo ello lo condujo, como lo manifiesta, a dejarse guiar en esos tiempos atroces por dos grandes principios: “un criterio escéptico y la aversión contra el espíritu de la época y sus simpatizantes”.

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Parece ser que una de las mayores equivocaciones -comenta Fest hijo de una acotación de Fest padre, ya en época de postguerra- fue haber creído en exceso en la razón, sin reserva alguna, “en Goethe, Kant y en toda la tradición que venia de entonces”. Sin embargo, dar una respuesta decisiva, convincente, a “las cuestiones más estrictamente históricas sobre cómo se pudo producir el fenómeno Hitler y todo lo que conllevó”, nadie lo podía dar, reflexiona Fest. Fueron unos años, los años del nazismo, en que se arrasó con casi todo. La desconfianza, la zozobra, inundó el espacio social y vital, ya que “era imprevisible cómo se podría comportar un vecino, un colega o incluso un amigo a la hora de tomar decisiones morales”. En un régimen totalitario, en una dictadura, “la desconfianza no solo era una obligación, sino casi una virtud”. En esta situación la desconfianza se erige en norma de supervivencia, y el aislamiento una necesidad, la condición de “estar en alerta permanente era una especie de ley” para todos, como fue el caso de la familia de Johannes Fest.

En el libro el autor plantea que pueden aducirse muchos motivos para dar cuenta de ese fenómeno desgraciado -la llegada de Hitler al poder. En términos generales podría enunciarse que fueron escasas las motivaciones intelectuales; en cambio, pesaron mucho más, fueron más decisivas, “las experiencias vitales de la gente”. Algunas de ellas: inflación y crisis económica mundial, ruina de la clase media, desgarramiento ideológico de la idea del Estado, tendencia hacia una orientación totalitaria o dictatorial. Empero, muchos años después de esa funesta y nefasta experiencia nazi Fest comenta que “hoy uno se pregunta todavía como todos esos motivos pudieron hacer enloquecer a un viejo pueblo civilizado como el alemán”. A este respecto el viejo Fest, Johannes, decía con decepción y desilusión: los alemanes ya no eran los mismos alemanes, “han perdido su pasión por la reflexión y han descubierto su afición por lo primitivo”.  

Por otra parte, la madre de Fest -a mi juicio coprotagonista del libro- pocos días antes de fallecer, ya en tiempos de posguerra, le expresa sabiamente a su hijo Joachim que, “ella no creía que al final de los tiempos reinaría la razón. Más bien estaba segura de que triunfaría el mal”. Expresa que el mal resiste a cualquier tipo de razonamiento, y lo hace debido a que los hombres están enloquecidos por él. Al menos en ese presente. Por ello, años después de terminado el nazismo expresaba que “siempre había que mantenerse alerta ante el mal. Es totalmente impredecible…Se suele presentar con apariencia afable, como flirteador, bienhechor, halagador y hasta como una especie de dios. Los hombres caen como moscas ante el”. Tal como nuestro escritor caribeño Alonso Sánchez Baute lo retrató en su novela “Líbranos del bien”; de ese bien disfrazado que trajo sangre y muerte. Novela ésta con que se dio inicio en Uninorte al ciclo ‘el poder de la lectura’.

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Rene Dubos, científico humanista francés, en un escrito de 1961 (The Dreams of Reason: Science and Utopias) interpreta la famosa frase que aparece en un grabado (No. 43 de los 80 Caprichos) de 1799 del pintor español Francisco de Goya: el sueño de la razón produce monstruos. El sentido más verosímil de esta frase, según lo expresa, se refiere al “soñar desbocado de la razón, una razón que se embriaga de sí misma”. En la época de la Alemania nazi -la que narra Fest- la razón se embriaga de resentimiento, de venganza, de odio, de poder, de persecución por todo lo diferente, de campos de concentración, de control sobre todos los aspectos de la vida individual, cultural, científica, educativa, deportiva, política y social, se embriaga de razón-Partido-Estado, es decir, se metamorfosea en una sin-razón. La filósofa barranquillera Mónica Gontovnik, en un artículo de prensa de este año (La razón es un sueño que produce monstruos) se refiere al mismo grabado de Goya. En él plantea que, si se mira bien, esto es, con mayor detalle, “también podría estar diciendo que los monstruos siempre están allí, al acecho, a pesar de la tan mentada ‘Ilustración’ que traía el tren de la modernidad”. Es decir, como planteó en 2015 el brasileño universal Leonardo Boff (Derechos del corazón), la mera razón-instrumental, analítica y calculadora, no acompañada de inteligencia emocional, sensible y cordial puede conducir a la locura de la razón. En consecuencia, un país puede contar con los más notables científicos, puede encontrarse catalogado como país desarrollado, tenerse como un país educado, contar con premios nobel, pero, aun así, siempre los monstruos de una razón-delirante están al acecho en menoscabo de una razón sensible y cordial, la cual se abandona y aprisiona, para dar paso a una salvaje ilustración, como ocurrió en el Estado nazi en la Alemania de Hitler.