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Evolución y fundamentalismo

EVOLUCION Y FUNDAMENTALISMO

 

Los humanos nos formamos a partir de pequeños grupos de primates que cambiaron su hábitat de bosques húmedos por la ardiente sabana africana. Un cambio fundamental  que implicó nuevas presiones adaptativas tales como enfrentarse a nuevos depredadores, nueva dieta, nuevo ambiente, que con el transcurrir del tiempo condujo a modificaciones anatómicas y cerebrales, que permitieron la emergencia de una especie completamente nueva en la naturaleza. La causa original fue un cambio radical de entorno.

Pero a pesar de estas adaptaciones, bipedismo, liberación de manos, disminución del sistema digestivo, crecimiento y complejidad cerebral, desaparición del prognatismo, cambios faciales que permitieron la aparición de un nuevo rostro, seguíamos siendo una especie débil frente a las tremendas demandas del nuevo entorno. No poseíamos garras, ni afilados colmillos ni suficiente fuerza muscular para enfrentar a los temibles depredadores con los que se compartía el nuevo nicho. Estábamos expuestos todo el tiempo. Y esa tensión nos configuró para siempre. Aunque no seamos conscientes, siempre estamos en alerta, en alarma, dispuestos al impulso y a la reactividad, lo cual ya no es dirigido hacia los feroces felinos del pasado sino hacia los otros humanos con los que convivimos.

Aún con estas debilidades nuestros ancestros dieron un paso enorme, emigrar de África como antecediendo al éxodo bíblico, y afrontar nuevos paisajes, húmedos, secos, calurosos, desérticos, montañosos, glaciales, selváticos, vacíos como las inmensas estepas asiáticas.

Se generaron así nuevas adaptaciones más allá de las manifestaciones fenotípicas visibles: cognición compleja y conformación de incipientes grupos sociales. Y aún, estamos en esa. Una cognición diferente a todas las existentes: flexible para aprender y contemplar nuevas y diferentes opciones y adaptarnos así a los entornos cambiantes; una memoria a largo plazo que nos permitió almacenar lo aprendido y recordar los caminos recorridos; una capacidad de autoregulación para luchar contra  los impulsos y las reactividades antiguas. Una nueva cognición capaz de manipular más y más información al mismo tiempo.

La posibilidad de almacenar y manipular nueva información,  de convertir la percepción en pensamiento, facilitó la emergencia de algo completamente nuevo en la naturaleza, que ha terminado por apartarnos de ella para siempre: la producción de ideas, de creencias ante la propia naturaleza, hacia nosotros mismos, hacia los otros y hacia las interacciones sociales, que poco a poco emergían a partir de la conformación de los primeros grupos como forma de superar nuestra debilidad como especie.

Lo que nos distingue o diferencia frente a los otros organismos es precisamente eso: la capacidad de producir ideas ante  los diferentes mundos circundantes. No poseemos solo la dimensión biológica, sino también poseemos la dimensión cultural, conformada esta por el conjunto de ideas que hemos construido. Y las mismas ideas nos han conducido a considerar estas dos dimensiones de lo humano, lo biológico y lo cultural, como mundos in dependientes, sin conexiones entre sí, cuando la complejidad de lo humano está precisamente en que somos lo uno y lo otro al mismo tiempo y en cada instante Y dado que este nuevo fenotipo cognitivo fue fundamental para la supervivencia como especie, ha adquirido tal necesidad y fuerza, que se ha convertido en el principal campo de competencia intraespecie en los humanos. Ya no competimos únicamente por los recursos, por las presas, por las hembras sino que lo hacemos en forma intensa, principalmente por las ideas, por el conocimiento. Las ideas que incorporamos al llegar al mundo, que al ser compartidas por el grupo al cual pertenecemos, son ideas sociales, creemos en ellas no porque necesariamente sean ciertas, sino porque son compartidas con los otros. Las creemos únicas, mejores, procuramos imponerlas a los otros,  las defendemos a muerte y sufrimos enormemente si consideramos que nos las quitan,  que nos las roban. Las ideas y creencias han alcanzado tal significado e importancia en la vida como especie –no podemos olvidar esto, que solo somos una especie más como cualquier otra- que las percibimos como una amenaza si las consideramos diferentes, dignas de desconfianza e intolerancia. Diríamos en perspectiva psicológica que somos  organismos narcisos autoreferenciados.

Los grupos, única forma de supervivencia para enfrentar un entorno hostil,  amenazante día tras día, se convirtieron lentamente en la forma de vida de los humanos. Los grupos incipientes facilitaban la distribución de  las tareas, la  cohesión de sus miembros ante el  peligro y entre todos  generaban  múltiples  estrategias. Pero con la emigración de África, los pocos y pequeños grupos quedaron aislados unos de otros. De tal forma que, el contacto intergrupal se hizo mínimo. La llegada o presencia de un miembro de otro grupo se hizo  extraña y amenazante. Y en esas estamos todavía. Llevamos en  nosotros esa impronta xenófoba la cual emerge con fuerza si el entorno la incita. No hay que olvidar que la integración universal se ha empezado a dar apenas hace unos 500 años con los viajes de Marco Polo al lejano oriente en el siglo XIII, a través de la ruta de la seda, el descubrimiento de América y Australia, la circunnavegación de África en el siglo XVI y el acercamiento a China, Japón y al sudeste asiático por parte de los europeos, a partir del siglo XVI y XVII. El África sub sahariana tuvo que esperar hasta el siglo XIX y el siglo XX.

Somos una mezcla de experiencia individual y experiencia social, de biología y cultura, síntesis de un pasado remoto y un presente incierto. Nuestra mente individual de especie, se funde con nuestra mente social y tendemos a considerar que nuestras creencias religiosas, sociales, políticas y culturales son las ciertas, las únicas válidas y negamos las otras formas culturales cuando en verdad siendo todas las formas una mera diversidad de lo humano, nos enriquece conocerlas, abrirnos a ellas ya que así ampliamos nuestra vivencia de lo que somos como especie.

Así, podemos afirmar, que los humanos –por historia evolutiva- tienden a ser autoreferenciados a nivel cognitivo, tanto individual como a nivel grupal. Tenemos un cerebro que genera una mente individual y que al encontrarse en grupo  genera a la vez una mente social, grupal. Nos distinguimos de las otras especies por ser generadores de ideas, de sólidas creencias, que con el devenir de la evolución cultural, son de todo tipo, religiosas, políticas, científicas, filosóficas,  étnicas, sociales. Dado que esta capacidad ha sido una estrategia de supervivencia, las defendemos a muerte, con violencia si percibimos que se nos quieren imponer ideas y creencias diferentes a las que el grupo al cual pertenecemos posee. Los fundamentalismos en cualquier época histórica, caracterizados por esa actitud contraria a cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico, sea político y  especialmente religioso, orientales u occidentales,  con  sus creencias dogmáticas de  depositarios de la verdad absoluta, rígidos frente al mundo cambiante, intolerantes y violentos frente a otras expresiones y posibilidades,  son  formas políticas y culturales de nuestro antiguo pasado.  Por lo tanto, son propuestas que en sus expresiones no contribuyen a la creación y al avance  de lo humano sino que por el contrario tienden a mantenernos en formas ancestrales de relacionarnos los unos con los otros no aptas para la complejidad y las exigencias de las sociedades actuales.

Pero la humanidad lucha contra esa impronta, trata de avanzar en desarrollar una sociedad  más incluyente, de dejar para siempre el deseo de imponer un grupo o sociedad las ideas y creencias sobre otra. Las humanidades y las ciencias sociales tan cuestionadas hoy en día, sumadas a la biología evolutiva nos enseñan que sí podemos abandonar ese narcicismo cultural e ideológico. Nos enseñan, que lo que siempre ha existido tanto en la dimensión biológica como en la dimensión cultural, es la diversidad, la diferencia, el otro, las diferentes posibilidades de expresión y que por lo tanto si queremos avanzar como humanos en este destino único para todos,  tenemos que aceptar,  tolerar y  comprender que las diferentes creencias, ideas, comportamientos  y concepciones no son más que la expresión del potencial que llevamos dentro.

Tal vez el humanismo renacentista, el movimiento de la ilustración, la aparición de la democracia liberal y la revolución científica y técnica sean formas emergentes de combatir esas viejas formas de concebirnos. Pero,  lo permitirá el fundamentalismo neoliberal con toda su carga de explotación, de desigualdad y de concentración cada vez más y más de la riqueza en pocos grupos? Será así el fundamentalismo neoliberal un camino contraevolutivo?

Razón tenía  Marx cuando afirmó que con  el capitalismo se terminaba la prehistoria de la humanidad

 

Luis Felipe Zapata
Departamento de Psicología