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No trivializar

Antes de desarrollar el tema que me ocupa aclaro, para los que no lo saben, que estoy vinculado laboralmente con una universidad. Precisamente por eso me atrevo a escribir sobre este asunto, dado que lo vivo diariamente y me interesa. Cada lector podrá juzgar si mi opinión se ve minada por ello.

Hace poco escuché a un niño de unos seis años decirle a su padre que de mayor quería ser «youtuber». Me pareció muy curioso que esa fuese la aspiración de aquel niño, desplazando roles más tradicionales y probados; una señal, sin duda, de las transformaciones que estamos viviendo. Sin embargo, luego asocié esa anécdota con una tendencia que he notado últimamente, una que menosprecia la labor de las universidades. Se alega que en el entorno actual no son necesarias para poder triunfar —vaya uno a saber qué significa exactamente eso—, entendiéndolas cómo artilugios del pasado, anquilosadas, demasiado tradicionales y costosas, de tal forma que hay quienes ya dictaminan que el paso por sus aulas no vale la pena.

El asunto no es de poca monta. Siempre he pensado que cuando se desestabilizan instituciones centenarias, de la naturaleza que sean, útiles y queridas o incluso perversas o directamente nocivas, deben estar pasando cosas de importancia mayor, fenómenos para los que no siempre estamos preparados, que no comprendemos del todo y cuyas consecuencias en muchas ocasiones son buenas, pero en otras no. Conviene recordar que no todos los cambios son para mejorar, que la novedad no siempre trae consigo bienestar y que las grandes masas de personas también se equivocan, a veces con estrépito.

Desde luego, y en vista de los acelerados cambios tecnológicos de nuestra época, las universidades deben interpretarlos y encontrar caminos para su uso. Pero todo eso debe tener siempre presente que bajo ninguna circunstancia se debe trivializar el valor de una buena educación, independientemente del método que se utilice para impartirla. Me parece que «youtubers», «influencers», blogueros y demás especímenes, están validando –eso sí, por fortuna alejándose de las sempiternas vías ilegales– la idea del camino fácil y del menor esfuerzo, encandilando con sus ganancias a muchos jóvenes que se ven tentados a tomarlos como ejemplo. Ojalá eso sea la excepción, no la norma.

No sé ustedes, pero yo no estaría tranquilo en una sala de cirugía liderada por alguien que aprendió a operar desde su casa viendo unos divertidos videos. Hay cosas, las importantes, que requieren dedicación, constancia, disciplina y rigor para dominarlas, y un cuerpo colegiado que lo avale. También parece sensato conjeturar que por un buen tiempo seguirán siendo necesarios los médicos, los abogados, los ingenieros, los arquitectos, y todas aquellas personas cuyos oficios han hecho aportes tangibles y valiosos al bienestar de la humanidad. Creo las universidades merecen más reconocimiento por la labor que han desempeñado por siglos y que pueden convivir con las nuevas tecnologías. Hay que tener mucho cuidado con la trivialización de lo fundamental.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 17 de octubre de 2019

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