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Manuel Eduardo Moreno Slagter

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ACERCA DE MÍ Arquitecto con estudios de maestría en medio ambiente y arquitectura bioclimática en la Universidad Politécnica de Madrid. Decano de la Escuela de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad del Norte. Defensor de la ciudad compacta y densa, y de las alternativas de transporte sostenible. Coleccionista de música.

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Ómicron y África

“La velocidad del grupo estará determinada por la velocidad del más lento de sus miembros». Eso dice, más o menos, un refrán que sentencia lo que está pasando con la aparición de la variante ómicron del coronavirus.

Las autoridades médicas vienen expresando hace rato que el esfuerzo por aumentar la cobertura de vacunación debe ser lo más parejo posible en todas las regiones del planeta. Eso no quiere decir que todos vayamos al mismo ritmo —ese es un escenario improbable— pero sugiere que se haga todo lo que esté al alcance para evitar rezagos mayores. Se ha entendido que el virus tiene la capacidad de mutar en la medida que encuentre espacios para su propagación, puesto que su probabilidad de hacerlo es directamente proporcional al número de veces que se replica. Por lo tanto, si existen lugares en los que todavía las vacunas no llegan a la mayoría de la población y el virus avanza sin mayor control, será allí donde pueden surgir las mutaciones que eventualmente plantearán un nuevo jaque. Eso fue lo que probablemente pasó en Sudáfrica. Eso no puede ser una sorpresa.

El continente africano es el menos vacunado entre todos, con apenas una cobertura del 11% para las primeras dosis y del 7.3% para el esquema completo. Estas cifras están muy lejos del promedio de los demás: en cualquier otro continente los porcentajes están entre el 60% y el 50% respectivamente. El rezago es considerable y no parece que se esté haciendo, como se reclama, todo lo posible por resolverlo.

La tarea no está libre de dificultades y no basta con enviar los viales a los aeropuertos, de hecho, hoy el mayor problema no es la falta de vacunas. Hay complicaciones varias. Los bajísimos niveles de desarrollo de los países africanos, la escasa calidad de sus sistemas de salud, la precariedad de su infraestructura, los obstáculos logísticos e incluso la falta de personal médico apropiado, impiden que las campañas de vacunación logren el impacto que se ha podido lograr en el resto del mundo. Sumado a todo esto, en esa región también hay escepticismo en cuanto a los beneficios de las vacunas, temores por posibles efectos secundarios y una enorme desconfianza en las instituciones gubernamentales. Podría asegurarse que los africanos se enfrentan a los mismos problemas que han tenido que resolver con mayor o menor éxito casi todos los países, pero con la desventaja de no tener recursos para hacerlo. Si en Europa y en los Estados Unidos aún hace falta vacunar a millones de personas y existe resistencia para ponérselas, no es difícil imaginar lo que pasa en sociedades menos educadas y más pobres. Todo resulta peor.

Conviene moderar las expectativas. Aunque vale la pena celebrar la posibilidad de relajar algunas de las medidas de distanciamiento y las prevenciones a las que nos hemos tenido que someter durante casi dos años, es necesario asumir que el virus va a estar fastidiándonos por mucho tiempo. Vacunarnos y no correr riesgos innecesarios, o los menos posibles, es lo correcto. También va a ser útil, por si acaso, rogarle a quien creamos para que no aparezca una variante que debilite el escudo de las vacunas y nos tire de nuevo a la lona. Saldríamos muy maltrechos de un segundo golpe.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de diciembre de 2021