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Las zonas verdes no son un lujo, aunque lo sean.

Las zonas verdes no son un lujo, aunque lo sean.

Un estudio reciente de IS Global , entidad que trabaja por la salud del planeta,demuestra que los niños que pasan largos ratos en zonas verdes presentan  mejor desarrollo  cerebral. Tomando imágenes del cerebro de 1500 niños durante varios años, los investigadores comprobaron que quienes disfrutaban de frecuentes oportunidades de jugar en la naturaleza presentaron mejor desarrollo intelectual y emocional que  los que no contaban con espacios naturales para sus actividades recreativas.

Estos resultados añaden un nuevo motivo de preocupación ante la ausencia de espacios verdes en una ciudad. Es sabido que los árboles y las zonas verdes disminuyen los efectos del cambio climático; mejoran la calidad del aire; reducen el estrés y las posibilidades de depresión; embellecen la infraestructura urbana; facilitan la práctica del deporte; e, incluso, reducen la violencia. Ahora, además, se evidencia que mejoran las habilidades cognitivas y emocionales de los niños. Así las cosas, crear espacios verdes debería ser una prioridad de las administraciones locales. Igualmente, deberían existir incentivos para que los constructores privados incluyeran amplias zonas con vegetación en conjuntos residenciales.

En Colombia, en donde el déficit de áreas verdes es enorme, Barranquilla presenta uno de los indicadores más bajos. Y si bien en nuestra ciudad ha habido, durante los últimos años, cierto aumento de espacio público, no puede decirse lo mismo de los árboles y de las zonas verdes. De hecho, estamos muy lejos de los nueve metros cuadrados por habitante que recomiendan entidades internacionales como la Unesco o la Organización Mundial de la Salud.

Hasta la década de los ochenta, cuando nadie sabía sobre estos indicadores, Barranquilla, al menos en su área formalmente construida, era una ciudad bastante verde. Los parques de barrio eran pocos y pequeños, pero tenían grama y árboles, y las casas contaban con antejardines y patios. Subirse a un árbol o jugar con tierra eran actividades cotidianas en la infancia que la nueva organización urbanística eliminó. Durante las últimas cuatro décadas, los árboles han ido cayendo uno a uno. La carrera 43, por ejemplo, que era una avenida arborizada, fue perdiendo el verde a medida que las construcciones originales fueron reemplazadas por ferreterías para las que los árboles resultaban un estorbo.

Es evidente que la organización del territorio no puede ser la misma cuando una urbe tiene 300.000 habitantes que cuando tiene 1.500.000.  Pero esas transformaciones tienen que consultar  las condiciones necesarias para vivir sanamente. El crecimiento del espacio público en Barranquilla no ha significado aumento de zonas verdes. Gramas artificiales, extensas áreas de cemento, desaparición  de miles de árboles para construir edificios, son factores que hacen que estemos lejos de cumplir con las necesidades de área natural para los habitantes.

Necesitamos un gran parque en donde convivir con la naturaleza. Un parque dotado de  árboles, lago, grandes extensiones de césped y silencio para escuchar los pájaros y la brisa. Es, sin duda,  un avance que haya parques para hacer ejercicios, practicar deportes o jugar en aparatos mecánicos. Pero espacios donde los niños puedan explorar el mundo natural o donde los adultos se sienten a recibir los comprobados beneficios de colocarse bajo los árboles no existen en Barranquilla. Ya en muchos países se habla de terapia de bosque como la medicina más idónea para bajar la presión, reducir el estrés o hasta para hacer más efectivas las medicinas contra el cáncer. Pero si un barranquillero quisiera tomar  un baño de bosque, ¿a dónde podría ir?

Hace casi un siglo, un inmenso terreno perteneciente al entonces municipio de Barranquilla, alrededor de lo que después sería el Teatro Amira De la Rosa, se destinó a un enorme complejo deportivo cultural seguido de un inmenso parque natural que sirviera de pulmón urbano. Como testimonio de aquel sueño nunca alcanzado están hoy el edificio solitario del Teatro y los equipamientos deportivos que apenas muy recientemente se empezaron a recuperar. El resto del terreno fue donado en unos casos, o negociado en otros, mientras el sueño de un gran parque urbano se desvanecía.

Hoy habría una nueva oportunidad  en el espacio del Batallón. Pero parece que esa será otra oportunidad perdida; y que los barranquilleros seguiremos sufriendo de ese mal contemporáneo denominado amnesia ambiental que hace que los ciudadanos no seamos conscientes de los riesgos que conlleva la ausencia de la naturaleza y, por tanto, no exijamos la creación de espacios naturales porque parecerían un lujo innecesario.  

 

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