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De la agresión a la violencia

Manifestaciones de agresividad de los niños si no son correctamente tratadas por los padres pueden llevar a que se conviertan en personas violentas en sus entornos sociales.

Los seres humanos tenemos capacidad tanto para el amor como para la agresividad, dos componentes que nos acompañan durante los diferentes momentos de la vida y se van regulando en la medida que vamos creciendo. En la primera etapa de desarrollo, la de bebé, el placer se logra a través de la alimentación y la succión; al mismo tiempo se empiezan a expresar tendencias agresivas en hechos como el morder objetos externos y el seno de la madre. Las expresiones agresivas le permiten diferenciarse de la madre y dan paso a las primeras simbolizaciones.

Cuando el bebé cuenta con padres capaces de entender, sostener y satisfacer sus necesidades, y a la vez contener sus angustias, va regulando sus emociones y controlando las expresiones agresivas. Pero cuando no se logra un adecuado soporte de la agresión, y en cambio se ejerce maltrato y violencia hacia el bebé, la agresividad se desborda, lo que genera una primera forma de relación inadecuada hacia el medio externo: se favorece el descontrol.

Cuando es así, los niños manifiestan un apego inseguro, evasivo y rechazante. La agresión se torna defensiva, ya no frente a las tensiones internas, sino frente a la realidad externa hostil y maltratante. El descontrol que presenta el bebé toma el lugar de la ira, la cual se convierte en una experiencia displacentera para este. Genera angustia, sensaciones de malestar y con el tiempo una percepción inadecuada de sí mismo.

La agresión en la infancia es propia del desarrollo; mientras que la violencia debe entenderse como una respuesta de defensa frente a un medio que ha sido violento o no ha logrado contener las tendencias innatas del niño. Un infante violento es la manifestación de una falla, una carencia, una expresión de maltrato en el vínculo entre niño y adulto.

Entre los dos y tres años, las rabietas y pataletas toman lugar en la vida de la mayoría de los niños. Esto hace parte del mismo desarrollo evolutivo. En tanto crecemos nos vamos dando cuenta de que la realidad presenta frustraciones: no todo es cuando se quiere, no todo se puede, no todo es placer. Darse cuenta de que no todo es felicidad es un proceso que toma tiempo. Es función de los padres señalar los límites, contener las expresiones agresivas y hostiles de los niños ante las frustraciones de la realidad, al mismo tiempo que reconocer los sentimientos amorosos.

Si el niño se encuentra con padres que responden agresivamente a las pataletas o por el contrario ceden a sus deseos, es posible que se perpetúen las conductas agresivas por más tiempo. Al contar con figuras afectivas contenedoras y afectivas, los niños poco a poco van internalizando las normas. El mostrar los límites y establecer normas es esencial tanto para la satisfacción de necesidades como para la obtención de placeres.

Durante las expresiones de rabietas y pataletas se requiere de padres que tengan paciencia y no pierdan el control de sí mismos, este es el mejor ejemplo para un infante de que necesita aprender a controlar sus emociones. Los adultos les deben ayudar a expresar en forma sana sus emociones, mostrándoles que un adecuado manejo de estas nunca colocaría en peligro su bienestar, ni el de los seres queridos. Además, resulta fundamental enseñarles a ir dejando la pataleta como medio para hacerse entender.

Entre los tres y cinco años surgen con mayor intensidad los celos y la rivalidad. Esto se manifiesta en la escuela, pero en especial con los padres. Este momento implica la pregunta del amor del padre del sexo opuesto y la rivalidad con el padre del mismo sexo, proceso normal que conllevará a la competencia y los celos como parte del crecimiento. Los padres deben explicarles las diferentes formas del amor. Cuando estos se ponen a competir con sus hijos por el amor de su pareja o generan rechazo a las expresiones emocionales de sus hijos, se puede desarrollar una alteración en el desarrollo psicológico, específicamente relacionado con su identidad.

Entre los seis y los doce años, el interés se centra en la escuela y se consolidan las relaciones con sus compañeros. Cuando se llega con una historia de maltrato desde la casa, el descontrol y apropiación de la violencia exacerbada se desplazará al interior de las escuelas.

El maltrato infantil genera serias alteraciones en el sano desarrollo psicoafectivo. Se presenta en diferentes manifestaciones: identificación con el agresor, donde los niños maltratados comprenden el maltrato como una forma válida de relacionarse con los demás y ejercen la violencia; la vuelta sobre sí mismo, en la cual la agresión y violencia toma el camino de comportamientos autolesivos, la depresión e incluso ideas suicidas; la represión o el guardar sentimientos de ira y frustración, que se pueden expresar en la somatización o alteraciones de personalidad en la vida adulta.

De acuerdo con cifras de Bienestar Familiar, en el año 2011 se presentaron 14.211 casos de violencia hacia niños. Hoy en día la violencia hacia esta población no solo es la que se presenta en el hogar, sino también en las escuelas, sin olvidar los niños víctimas del desplazamiento forzoso, aquellos que hacen parte de grupos armados por fuera de la ley y todos los violentados por el conflicto social que vive Colombia.

Desde la experiencia de trabajo en el Programa de Educación y el desarrollo Psicoafectivo Pisotón, se ha encontrado que los niños que han sufrido formas de violencia como maltrato infantil, violencia intrafamiliar y violencia social, presentan temores relacionados con la muerte, a ser dañados o la desconfianza en el otro. Frente a esto, los niños tienden a responder desde la identificación con el agresor y con la violencia como forma de expresión de emociones. Pasan de ser agredidos a agresores, de ser violentados a ser violentos, de la agresión a la violencia.

Con la aplicación del Programa se evidencia que existe una posibilidad de retomar un camino diferente en la vida de estos niños, logrando la resignificación de las experiencias, cambios en la forma como se visualizan a los adultos y a sí mismos, y generando nuevas formas de responder frente al medio. Así se pasa de la violencia a la sana expresión de emociones.

En los niños existen expresiones agresivas que son propias de los diferentes momentos del desarrollo que pueden tomar lugar a la violencia debido a las características de los objetos, de las formas del vínculo y del ambiente. En medio de la penumbra y la claridad de la mente infantil, hay un mundo exterior que permitirá encender la luz de la penumbra, o por el contrario apagar la claridad encontrada. Como decía el pediatra psiquiatra Donald Winnicott: “El niño posee una gran capacidad para la destrucción, también tiene una enorme capacidad para proteger lo que ama de su propia destrucción”

 

Autores:

Ana Rita Russo de Sánchez - Directora de la Maestría en Psicología Clínica. Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación. Directora del Programa de Educación y Desarrollo Psicoafectivo Pisotón. arusso@uninorte.edu.co.co

Jorge Galindo Magíster en Psicología Clínica. Director de Investigaciones y Publicaciones de Pisotón. jorgeivan.1973@gmail.com

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