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Una nueva infancia

 

Por: Karen Pacheco Echeverry - Coordinadora Programa Pisotón 

Desde hace varios días he estado pensando en cuál o cuáles serán los marcos en los que voy a inscribir mi discurso para este artículo, y lo pienso porque definitivamente no puede ser uno sólo pero más importante, es tener claro que no pueden serlo todos.

Esta consideración es posible y deviene en pensamiento cuidadoso antes de pasar al acto de escribir, en mi que soy adulta y vengo de una infancia en la que mis padres decían sí o no y eso bastaba para mi, soy de una generación hija de una madre para quien “solo era que mi papá nos mirara de aquella forma para saber que teníamos que ir a dormir e inmediatamente hacerlo....o que mi papá sonara las llaves para entender que la visita debía marcharse, nadie decía nada...reíamos en silencio al recibir la particular señal en tanto nuestros amigos, muy entendidos, ya estaban saliendo de casa”.

Éramos niños por quienes las consultas clínicas populares hacían referencia a inhibiciones, a temores pronunciados o a desobediencias con los padres que hoy pasarían absolutamente inadvertidas.

Un domingo escuché la historia que contaba un papá joven a su amigo “... mi hija me pidió que hablara con Papá Dios y le dijera que no le trajera más regalos en navidad... porque ella no se iba a portar bien”. ¿Es bueno? ¿Es malo? yo diría que es diferente, sustancialmente diferente. Es una nueva niña, distinta a las que fuimos las de mi generación y distante a las que fueron las de generaciones anteriores. Pero con un hilo común a todas; han sido y seguirán siendo niñas tejidas en medio de las significaciones que los adultos de cada época les otorgan.

En nuestros días, ¿quiénes ocupamos ese lugar de adultos que ofrecen información, intención y significación de la vida a los niños? Escuché este diálogo: dice la madre - “¿por qué me preguntas eso a mí?”, responde el hijo - “mamá, porque tú eres mi otro google”. Queda claro quién está primero como proveedor de respuestas a los enigmas infantiles, y quiénes estamos quedando al menos en este caso con suerte, como plan B.

Esta es una nueva infancia hija del exceso de goce que caracteriza el discurso capitalista y tecnológico en la era postmoderna, donde el derecho a disfrutar de todo esconde la contracara de tener que gozar a toda costa.

Y así como es justo otorgar a nuestro tiempo una nueva sensibilidad (irrisoria en tiempos pasados) hacia la condición infantil, también lo es el reconocer que con lo global se van palideciendo los secretos; lo privado se desdibuja frente a lo público. Hemos construido una sociedad que está comandada por el imperativo a gozar, la instrucción para alcanzar la felicidad es clara: hay que gozar, aquí y ahora, tanto como se quiera, cuando se quiera y con quien se quiera.

Es natural que busquemos cómo gozar, ya lo decía Freud con el principio del placer, pero ¿qué pasa cuando la búsqueda está más allá del principio del placer, cuando el goce se convierte en dictador, nos supera y termina imponiéndonos condenas que en su infinita repetición nos infligen más dolor que placer?

Antes un caballito de madera y unos “chocoritos” en un fresco patio en casa de la abuela eran suficientes para divertir a unos niños, un juguete nunca resultaba ser viejo pues era juguete al fin y al cabo. Ahora, tenemos cuartos llenos de juguetes que mañana ya pasan de moda y pasado mañana gracias al nuevo comercial o con el video con más de un millón de “likes” en las redes sociales es reemplazado con inmediatez ante la exigencia que los niños hiperconsumidores imponen a sus padres.

La función paterna, el respeto por el orden de los lugares que ocupa cada uno, el acotamiento del desborde, el límite que nos diferencia y al tiempo permite que nos constituyamos como seres humanos, nos abre la posibilidad del encuentro armonioso con el otro, mantiene la posibilidad de la vida en relación con otros.

 

Artículo también publicado en la Revita EnContacto de la Univesidad del Norte. Descarguela aquí

Foto tomada de: http://bit.ly/1nsKB4a

 

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