Los retos en ingeniería y arquitectura que planteó la nueva Casa de Estudio

En el marco de la segunda Semana del Concreto, los profesores Fabián Amaya, de Arquitectura, y Carlos Arteta, de Ingeniería Civil, junto a Carlos Clavijo, director de Sostenibilidad Ambiental, compartieron detalles del proceso de construcción de la obra, así como diferentes alternativas propuestas para llegar a las soluciones finales del proyecto.

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09 nov 2020

El departamento de Ingeniería Civil y Ambiental, la Asociación Nacional de Estudiantes de Ingeniería Civil (ANEIC) - Capítulo Uninorte y el capítulo estudiantil de la American Concrete Institute (ACI) Uninorte llevaron a cabo del 3 al 6 de noviembre la segunda edición de la Semana del Concreto, en la que se desarrollaron once conferencias, dos conversatorios, un foro y un concurso en torno al concreto y la sostenibilidad de construcciones con este material.

“Agradecemos el apoyo de los profesionales que nutrieron la iniciativa. Los estudiantes realizamos este evento con el único propósito de profundizar nuestros conocimientos en temas que van desde las propiedades mecánicas del concreto hasta su aplicación en megaobras, como el Túnel de la Línea o la Casa de Estudio de la Universidad del Norte”, manifestó Emiro González Cohen, presidente de ANEIC Uninorte.

Precisamente los retos que la Casa de Estudio Alfredo Correa de Andreis planteó para la ingeniería y la arquitectura de Barranquilla fueron analizados el 5 de noviembre durante un conversatorio entre Carlos Arteta, profesor de Ingeniería Civil; Carlos Clavijo, director de Sostenibilidad Ambiental, y Fabián Amaya, profesor de Arquitectura, colaboradores involucrados en la obra.

El proyecto de la Casa de Estudio empezó en 2015, luego de que la Rectoría autorizara iniciar estudios para una solución que permitiera ampliar la Biblioteca Karl C. Parrish Jr., debido a que su demanda de uso estaba excedida. En 2016 se definió su ubicación conexa al actual edificio de la Biblioteca, cerca de la entrada por la carrera 51B, y en 2019 inició su construcción en un área de unos 1800 m2, que al final tuvo un costo cercano a los 12 mil millones de pesos.

Clavijo, como director general del proyecto, explicó que se contrataron 19 asesorías que abordaron el estudio del diseño arquitectónico, acústico, hidráulico, eléctrico, bioclimático, estructural, de aire acondicionado, de automatización, iluminación, entre otros; además de la asesoría que respondió a los requerimientos de la certificación LEED (Leadership in Energy & Environmental Design).

“El certificado LEED nos muestra cómo un edificio tiene que ser eficiente. Los diseñadores tenían que tener claro que el reto era lograr el sello LEED en categoría Gold, con el fin de evidenciar alta eficiencia y diseño ambiental. El diseño acústico también fue un reto bastante importante, que se conjugó con la arquitectura y la parte bioclimática”, indicó Clavijo.

 

Desde la arquitectura, Fabián Amaya realizó una lectura detallada de los hitos arquitectónicos históricos de la Universidad del Norte para incorporarlos al proyecto de la Casa Estudio en su morfología, implantación y materialidad. Algunos de estos fueron los bloques originales del campus, cuyos pasillos fueron construidos en voladizos, el Bloque K de Ingenierías y la misma Biblioteca. Todos los materiales que están propuestos en la Casa Estudio fueron previamente utilizados en edificios de la universidad o de Barranquilla, con buenos desempeños a lo largo del tiempo.

De acuerdo con el arquitecto, el reto desde lo climático y acústico fue la fachada hacia la carrera 51B, que protege al edifico del sol y el ruido. Se generó una doble piel de fachada ventilada, con piedras extraídas de minas cercanas a Montería, en gran formato, que se instaló separada de la estructura de los cerramientos interiores, de manera que hay una cámara de aire entre estos y la fachada que ventila el calor hacia su parte superior derecha.

“Se asumió el gran reto del voladizo de la Casa Estudio porque se quería que el gran tráfico peatonal que entra por la portería 4 se involucrara con el edificio, convirtiendo ese primer piso en el lobby de acceso al edificio para que no pase desapercibido. Fue asumir un reto de innovación estructural, constructiva, que ese edifico demostrara la capacidad innovadora y de ingeniería, y se vuelva un referente de entrada”, explicó Amaya.

Arteta, ingeniero calculista del proyecto, agregó que el voladizo de 7 metros con 50 centímetros fue concebido como una estructura colgada desde la parte de la cubierta, conformada por unos tensores (con sección de concreto reforzado y sección de acero) y un puntal. Además cuenta con un muro de respaldo que hala la estructura hacia atrás.

“El voladizo debía ser soportado durante el proceso de construcción por unos andamios de carga. Eso implicó costos de construcción, que no se podía entrar en esa zona hasta que el voladizo no se hubiera descargado, etc. (…) Fueron bastantes evaluaciones que se hicieron de las alternativas en el proceso de construcción y con un buen entendimiento de la mecánica del concreto reforzado dimos ese paso. Hoy tenemos la experiencia de una gran obra de la ciudad”, concluyó el profesor Arteta.

Por José Luis Rodríguez R.

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