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Dos Decisiones Colectivas

La semana pasada se sacudió por dos decisiones claves: una en Colombia, mediante la cual se pactó el cese el fuego entre el Estado colombiano y las Farc, abriendo el camino en el proceso de paz al plebiscito que pronto enfrentaremos para decidir si este país continúa en guerra o definitivamente sigue en el sendero de la paz, siempre que la Corte Constitucional valide el proceso. Si ello sucede, cada uno de nosotros tendrá que tomar la decisión de si apoya o no el actual proceso de paz, decisión clave para el país después de 52 años de conflicto armado. Los resultados nos pondrán en sendas distintas de las cuales no podemos devolvernos.

La otra decisión la tomaron los británicos con respecto a si permanecían o no en la Unión Europea.  La mayoría, especialmente en las zonas menos desarrolladas y con mayor edad, fueron convencidos por los nacionalistas radicales de que debían recuperar el “control” de  Gran Bretaña, mediatizado por la Unión Europea. Detrás de esta decisión estaba el miedo a los inmigrantes musulmanes, quienes recorren Europa después de que las intervenciones militares de Occidente en los países árabes hubieran ocasionado esta dolorosa diáspora. De nada sirvieron las advertencias sobre las consecuencias nefastas en la economía británica de esta decisión, las cuales se confirmaron desde el viernes pasado. Los felices triunfadores de la iniciativa separatista ahora llaman a la calma ante las tremendas fuerzas que han desatado, impacto que ya ha empezado a afectarnos con la subida del dólar y la agudización de la fragilidad de los mercados.

La Unión Europea dista de ser ideal, agobiada por el espíritu impuesto de la excesiva austeridad. Pero en estos tiempos, cerrarse a la economía mundial no resulta muy inteligente. Varias empresas ya han anunciado movimientos de salida de Inglaterra y la incertidumbre crece ante una nueva recesión mundial, al afectarse la segunda economía más grande de Occidente.

Apelar al patriotismo resulta a veces un juego peligroso. Thorstein Veblen, en su ensayo sobre  La Naturaleza y usos del Patriotismo (1917), nos advertía que las democracias pueden impulsar  el patriotismo cuando se refiera a emulación frente a otros pueblos, o como lo hacemos hoy en el deporte. Pero el patriotismo es usado muchas veces en forma proterva para enmascarar intereses oscuros, como pasó con el estado dinástico alemán antes de la I Guerra Mundial o durante los tiempos del fascismo. En Europa hoy amenazan toda la arquitectura política europea, pudiendo causar la desintegración del Reino Unido y posteriormente la Unión Europea. En Colombia, bajo la bandera del patriotismo, precisamente aquellos que practicaron un neoliberalismo ciego cuando estuvieron en el poder, y firmaron cuanto TLC se podía imaginar, hoy nos invitan a votar por el ‘No’ a los acuerdos de paz. Se quejan de una paz imperfecta, y prefieren la guerra perfecta en su lugar. Muchos se adhieren emotivamente a esas banderas, sin ni siquiera haber leído los acuerdos. Esperemos que no triunfen como en Inglaterra, pues después no habrá vuelta atrás.

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