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¡Adiós twitter!

Había barajado la idea desde hace rato, pero fue necesario un último momento de desazón para desbordar la copa.

La primera columna en la que expresé mis prevenciones con las redes sociales la publiqué en noviembre del 2014. En aquel momento las describí como «un medio de destrucción, una suerte de cadalso posmoderno en el que, despojados de las responsabilidades que debe conllevar la condena arbitraria, los individuos dan rienda suelta a sus peores demonios. El juicio irreflexivo, frenético y delirante se ha vuelto una costumbre; el insulto inconsecuente, la norma». Esas palabras, tan vigentes entonces como ahora, comprueban que el tiempo ha empeorado lo que comenzó mal, y que ya no es posible justificar la permanencia en un foro que ha propiciado la expansión del odio con una eficiencia científica, taimada y maquinal.

El domingo pasado desactivé mi cuenta de Twitter. Había barajado la idea desde hace rato, pero fue necesario un último momento de desazón para desbordar la copa. Ese día por la mañana, luego de revisar trinos que amplificaban descontentos varios y que superaban por mucho a los que me informaban sobre cosas más agradables e interesantes, advertí que casi siempre que interactuaba con ese sistema terminaba desmoralizado y angustiado. Había cometido esa torpeza por última vez, al permitir que un conjunto aleatorio de desconocidos, algunos más famosos que otros, me influenciara de esa manera y que empañaran un día de descanso tan necesario. No hallé una razón que le diera validez a esa contrariedad.

Desde luego, hay gente para todo, de tal forma que habrá quienes disfruten el intercambio rabioso que propician esos espacios digitales y que encuentren pertinente recibir un bombardeo incesante de mala leche y noticias inquietantes. O de imágenes de vidas esplendorosas, envidiables e inalcanzables: también el ego recibe sus golpes. No los juzgo, cada quien vive como quiere, menos mal, por eso es muy complicado pensar en regular su uso, mucho menos limitarlo.

Reconociendo que siempre hay matices, vale la pena revisar sus beneficios. El argumento más repetido en defensa de las redes se relaciona con su capacidad de informar, pero me parece que el galimatías de falsas noticias que las colman, y sus consecuencias, desvirtúan ese postulado. También se les entiende como mecanismos que facilitan el encuentro de intereses comunes, una ganancia que se diluye frente al poder que tienen para dirigir o filtrar contenidos e influir malamente sobre grupos vulnerables; su capacidad para incendiar ánimos, clasificar contingentes, recopilar datos sensibles, etc. La balanza se inclina hacia perversidades inéditas que no estamos preparados para contrarrestar. Nuestros cerebros tienen límite, la tecnología no. No podemos ganarle al algoritmo.

Cada vez coincido más con el excéntrico Jaron Lanier. Las redes sociales nos están robando el libre albedrío, convirtiéndonos en malas personas, minando la verdad, acabando con la posibilidad de sentir empatía, destruyendo la política y, sobre todo, nos están haciendo infelices. Por mi parte, tengo claro que no hay tantos likes ni seguidores en el mundo que mitiguen tanto mal. Por eso me despido de ellas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 6 de mayo de 2021

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