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A los docentes

No quiero llamarlos héroes porque el significado que encierra esa palabra no bastaría para definir con justicia el valor de lo que hacen. Al fin y al cabo los actos heroicos suelen referirse a momentos específicos, más relacionados con decisiones valientes, puntuales e individuales, en las que con frecuencia se pone en riesgo la vida bajo condiciones colmadas de luchas y batallas. La labor de los docentes es desde luego, y por fortuna, ajena a esas violentas circunstancias, fundamentalmente aliada de la responsabilidad, el compromiso y la continuidad que demanda un oficio que con la pandemia que vivimos se ha visto, al menos entre quienes gozan de buen juicio, notablemente enaltecido.

Cualquier persona que tenga hijos pequeños, adolescentes o universitarios, se habrá dado cuenta ya, en caso de que la costumbre y la complacencia hayan propiciado su olvido, de la importancia de los docentes en sus vidas. Muchos padres se encuentran agotados y desesperados tratando de manejar el tiempo de sus hijos, extrañando la conveniencia que suponía enviarlos al colegio o a cualquier lugar en el que profesionales entrenados para ello se encarguen de poner orden en sus días. La ausencia es muy efectiva para hacer notar la relevancia de lo cotidiano.

La imposibilidad que ahora tienen los jóvenes, como todos nosotros, de dividir sus actividades diarias en consonancia con los espacios en los que normalmente ocurrían: el salón de clase, el patio del colegio, la cafetería, la casa del compañero y similares; han obligado el ajuste de metodologías educativas que llevaban siglos de práctica exitosa. En cuestión de días todos los docentes, de colegio o universitarios, han tenido que darle un vuelco considerable a la manera de impartir sus lecciones, buscando siempre la forma de cumplir con los objetivos de cada curso y de no desmejorar la calidad de lo que se enseña mientras se relacionan con sus alumnos a través de una pantalla. Es un reto significativo que está siendo superado en la mayoría de los casos, a pesar de las enormes dificultades y obstáculos que se han tenido que enfrentar.

Más que un reconocimiento, transitorio por naturaleza, o los manidos aplausos y cacerolazos que tan de moda están; valdría la pena considerar una verdadera puesta en valor del oficio docente, ahora que sabemos lo que significa tenerlos lejos. Se ha especulado que esta experiencia deberá dejarnos algunas enseñanzas, que ciertas cosas podrían cambiar de manera permanente para el bien de todos. Sea entonces el momento propicio para hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para honrar de manera justa a nuestros profesores, mejorar sus condiciones de trabajo, brindarles todo el apoyo para que cumplan con su deber y, lo que no es poca cosa, entenderlos y tratarlos como unos actores imprescindibles para el funcionamiento armónico de nuestra sociedad. Ojalá que no se nos olvide cuando todo esto pase.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de mayo de 2020

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