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Mientras eso pasa

Por muy buena que nos parezca, tratar de imponer una postura política con bloqueos y vandalismo, nunca será una buena idea.

Se dice que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Creo que la memorable sentencia, atribuida a personajes tan diversos como Napoleón, Marx o Santayana, ignora que también es posible que quien conoce su historia puede querer precisamente eso, que se repita.

Esa última y atrevida derivación de la cita parece apropiada para ayudar a comprender los momentos que estamos viviendo. No me refiero estrictamente a las protestas en contra de la reforma tributaria o en contra la corrupción, acciones que encuentran justificación en casi cualquier país; sino a la bendita costumbre, muy colombiana, de llevar las disputas hasta los límites de la paciencia, de tal forma que siempre terminamos envueltos en agresiones, tropel y violencia. Eso lo sabemos todos, pero lo repetimos una y otra vez.

Desde hace unos años nuestra política es como un improbable péndulo que viola las leyes de la física, al acercarse más a los extremos con cada oscilación. Al menos eso parece. El discurso entonces se radicaliza y se llena de rabia con el paso del tiempo, insistiendo en el ofensivo rechazo a los moderados —o tibios, como les dicen ahora— para preferir a quienes levantan el puño con ardor y frases inflamadas, sin importar su afiliación. Aparentemente venden mucho el insulto y las posturas inflexibles, la idea de ir hasta las últimas consecuencias, de cualquier manera, defender o atacar, cueste lo que cueste. Pedir calma y sustentar los hechos con evidencias está muy mal visto, aburre a la concurrencia.

Coincidamos en algo: salvo algunos inadaptados, que los habrá, todos queremos vivir con decoro. Eso usualmente quiere decir vivir tranquilos, sin permanentes amenazas a la integridad, con las necesidades básicas más o menos resueltas y con algún margen para el crecimiento personal. Nada de eso es factible si tales beneficios son percibidos únicamente por una parte de los ciudadanos. Por eso no es viable concebir un país, o intentarlo siquiera, sin considerar a todos los que lo componen y sin reconocer que es necesario un esfuerzo colectivo y solidario para disfrutar de una dignidad generalizada. Pero, por muy buena que nos parezca, tratar de imponer una postura política con bloqueos y vandalismo, o apelar al uso desmedido de la fuerza, nunca será una buena idea. La violencia suele ser siempre recíproca, así que víctimas y victimarios pueden terminar cambiando sus papeles sin que se den cuenta, perpetuando una espiral destructiva en constante crecimiento. Eso no sale bien.

Si seguimos creyendo que la única manera de mejorar el país es mediante la aniquilación del adversario, es decir, si seguimos aferrándonos a la idea de que no solo hay que derrotar al otro bando, sino que es necesario triturarlo con furia para verlo humillado, siempre vamos a tener a la mitad de la gente muy molesta y sin el menor incentivo para participar de las tareas que demanda el desarrollo. Y mientras eso pasa, mientras seguimos enredados en complicadas peleas domésticas, una buena parte del mundo seguirá avanzando, mejorando y alejándose, quizá ya fuera del alcance de nuestras limitadas intenciones.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 20 de mayo de 2021

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