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Kurdistán: la misión humanitaria de un médico Uninorte.

José Gregorio Polo es médico egresado de la Universidad del Norte en 2002 y actual director médico de la organización ‘Hope and Help’ en Orlando, Florida, que se dedica principalmente a tratar a la población sin seguro médico infectada con HIV y otras enfermedades de transmisión sexual.
 
 Salvar vidas en Irak se convirtió en una profesión llena de peligros constantes. Miles de médicos han   tenido que huir, ¿cómo ha sido su experiencia   como médico en el suroeste asiático? 
 
JGP:Si te digo que fui a salvar vidas, te estaría   mintiendo, pues no estuve en frente de una batalla  ni nada parecido. Fui a ayudar a refugiados y desplazados que están viviendo en campamentos localizados en Kurdistán. Cientos de miles de personas fueron forzadas a venir a este país desde Siria como consecuencia de la guerra civil que ahí se vive. Kurdistán los recibió y las Naciones Unidas ayudó a armar los campamentos donde hoy en día viven los refugiados. Los Yazidíes también vinieron a vivir en los campamentos después del 2014 porque fueron atacados y asesinados por ISIS. Los Yazidies no son musulmanes o cristianos y son perseguidos principalmente por su religión. En Kurdistan, aproximadamente el 75% son Musulmanes Sunitas, 15% Musulmanes Chiítas y un pequeño porcentaje son Musulmanes Alevitas. El resto (no-musulmanes) se reparten entre el Yazidismo, Yaseranismo, Cristianismo, Zorastranismo y Secularismo.  Los refugiados han elegido Kurdistán porque es una zona pacífica, claro está, con algunas células de ISIS que todavía insisten en hacer violencia. 
 
Aterricé en Erbil (Arbil), la capital de Kurdistán y luego me  adentré hacia Dohuk en el norte de Kurdistán-Iraquí con la  comitiva de ‘The love for the least’. Mi experiencia a nivel  personal fue fantástica y reveladora. Por fin pude comprender  el grado de manipulación de la prensa extranjera con fines e  intereses netamente personales. Como antes había dicho,  Kurdistán alberga cientos de miles de refugiados que han  huido  de la barbarie, asentándose en campamentos de miles  y miles de carpas de 5 por 4 metros, con familias enteras en  su interior hasta de 7 y 9 integrantes. ¡Pero qué clase de  lección me han dado, son felices con nada! A pesar de su  tragedia, los niños siguen jugando con flores, piedras, barro,  pedazos de cartón y madera. Los jefes de familia te invitan a sus carpas y la atención (a veces extremadamente cordial) te hace sentir como en casa. Té, galletas, jugos y agua, estuvieron a la orden del día. Tenía en frente otra clase de pobreza, una con   gran riqueza espiritual   y valores familiares extraordinarios.  Durante las misiones   médicas, arreglamos un precario   “consultorio médico” y con   la ayuda de estudiantes Kurdos   voluntarios y ‘The Love for   the Least’, la organización que   me llevó, comenzamos   entonces a ver lo que cualquier otro   médico ve con   frecuencia en las zonas más vulnerables:   enfermedades   respiratorias, brotes de la piel, diabetes,   presión alta, entre   otros. Pero lo peor, la tristeza en sus   corazones por haber   perdido a sus seres queridos en una   guerra sin otra razón   más que el odio. Hombres, mujeres y   niños con un síndrome   depresivo severamente justificado.
 
¿Cómo es el diario vivir en Kurdistán y qué hechos lo han marcado durante su trabajo humanitario en ese territorio? 
 
JGP: Por fuera de mi trabajo tuve la oportunidad de visitar varios lugares y compartir con su gente, por cierto, muy amable y educada. Personas orgullosas de su cultura, con el “don del anfitrión”. Debo decir que me impresionó tanto la apariencia física de su gente como su sofisticada forma de vestirse. Me sentía en un país de reyes, reinas, príncipes y princesas. Desafortunadamente, su vida media no es más de 68 años, aunque usted no lo crea. 
La gente trabaja de domingo a viernes y los locales que no son de comida abren después de 12 m y algunos después de 3 pm hasta las 10 pm. Hay reglas de cortesía,  etiqueta y comportamiento que debes seguir, claro está, como en todo país. Durante las misiones médicas, me conmovió mucho ver tantos jóvenes kurdos ayudando a los refugiados. Muchas de sus funciones eran por ejemplo, traducir del Kurdo o árabe al Ingles, ayudar en la farmacia (cortesía de ‘The Love for the Least’), distraer a los niños, buscar bebidas y alimentos para los otros voluntarios; además de cosas tan simples como preguntarle a los otros voluntarios “¿estás bien?, ¿necesitas algo?”. Los propios pacientes (los refugiados), nos veían con ojos de agradecimiento y no de exigencia. Sabían que nosotros estábamos ahí por ellos. No nos arrebataban nada de las manos, ni nos hablaban con desprecio o irrespeto. Me impactó ver en muchos de ellos oro en sus manos y cuello, así como también el hecho que no venían muchos hombres, si no mujeres, niños y algunos adolescentes; la razón del oro: recuerdos, herencia y tradición de cientos de años. Tejidos y diseños que jamás en mi vida había visto. La razón de tantas mujeres y niños y pocos hombres: viudas, y huérfanos de la guerra infame. 
En Kurdistán me sentí como en casa. Muchas cosas me fueron familiares y me hicieron recordar la época de los buenos vecinos, las idas al mercado público (muy similar a los nuestros), las épocas cuando jugaba con mis amigos a pies descalzos, cuando arreglábamos nuestras diferencias a puño limpio y después con una gaseosa con pan de sal en la tienda del cachaco, así como las épocas de las carticas de amor perfectamente dobladas y perfumadas donde los matrimonios duraban más y el reguetón no existía. Me hizo recordar, que algún día tuve miedo a la violencia y corrupción que sufre nuestra Colombia. Caí en cuenta que nos hemos vuelto inmune a lo que tristemente vivimos. Me di cuenta que ir a la Kurdistán-Iraquí no fue precisamente ir a arriesgar mi vida, si no ir a ganar amigos y a tener la satisfacción de servir a otros.  Muchos de los voluntarios quedaron siendo mis amigos, incluyendo Kamaran Karym, el camarógrafo que perpetuó tan fantástica aventura al medio oriente. 
 
Está en el proceso de realización de un documental, ¿Por qué un médico decidió hacer un producto  audiovisual? 
 
JGP: En realidad mi esposa tuvo la idea. Contratamos un grupo de camarógrafos Kurdos residentes en Inglaterra. Pero lo mejor de todo es que ellos se convirtieron en voluntarios del proyecto al darse cuenta de nuestro objetivo. La razón principal del documental,  es crear conciencia de la necesidad de voluntarios y recursos para asistir a los refugiados no solo en Kurdistán, si no en Latinoamérica, África, Europa y otros sitios de Eurasia. 
 
¿Tiene alguna anécdota de su época de estudio?
 
JGP: Vivía en la universidad (risas), me tenían que echar. Tuve una vida como estudiante de medicina y otra vida como artista. Creo que había una frase en la U en mi época: “más famoso que Goyo” (Goyo por Gregorio).  Hice amigos en otras facultades, de los cuales me siento muy agradecido. Pero debo decir, que hoy en día permanece una gran amistad con la promoción que comencé, que fue la que se graduó en el segundo semestre del 2001. 
Amigos y colegas como Francisco López Arenas, quien todavía me acompaña a ver a mi amado Junior de Barranquilla. Rafael Hernández, Sabina Córdoba, Fermín Quinto, Carolina Sierra, Juan Pablo Montoya, Hypatia Mejía, entre otros, que más que amigos, son mis hermanos.  Mi guitarra nos acompañó dentro y fuera de la universidad con amigos como Jorge Luis González, Rodolfo Díaz y  Oscar Aronna que no se graduó con nosotros pero que todavía tiene corazón Uninorteño. Pertenecí al Grupo Folclórico de la Universidad del Norte del cual tengo los mejores recuerdos. Jenny Pineda, quien me enseñó a viajar y amar las culturas del mundo, Alfredo Sabbagh, un mago buscando recursos para nuestros objetivos internacionales y un verdadero amante de la docencia, símbolo de lo que realmente es ser un Uninorteño. 
 
¿Qué significa para usted decir #SoyEgresadoUninorte?
 
JGP: Significa todo lo que me define como persona y como profesional. Significa esfuerzo, sacrificio, hermandad, juventud y todos los valores que me guían por la vida. A Uninorte le agradezco haberle dado sentido y dirección a mi vida, no solo como persona si no como profesional, los amigos que me dio, las oportunidades que me abrieron, las extraordinarias enseñanzas que me dejó y sobre todo la capacidad de ayudar a curar y a salvar vidas alrededor del mundo. La cosa no termina ahí en Kurdistan, vamos a ir a otros países entre los que se encuentra Kenia y Tanzania y en un futuro no muy lejano Latinoamérica y nuestra amada Colombia. 
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