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Borges y cortázar

Hace ya algún tiempo en un almuerzo de trabajo, un buen profesor universitario preguntó a la mesa por nuestra preferencia entre Borges y Cortázar. Al presumir que tendríamos un abrumador consenso, por un instante la pregunta me sorprendió, de tal forma que sólo pude responder con una sonrisa a lo que me pareció una intervención con humor intencionado, una chanza. Sin embargo, inmediatamente me di cuenta de que las opiniones eran encontradas y que la cosa no iba de chiste. Para mi sorpresa estábamos divididos en la apreciación de ambos autores.

Mi asombro en aquella ocasión se fundó en un supuesto que hace poco alcancé: Cortázar es un autor para adolescentes. Cuando transitaba por esa etapa yo también lo encontraba sublime, un maestro entre los maestros. Las peripecias de Rayuela, que me cautivó como a cualquier joven, y sus cuentos, algunos de los cuales todavía admiro bastante (La autopista del sur es notable), acompañaron varias de mis noches del bachillerato y la universidad, momentos que mezclaba con el descubrimiento de algunos cantautores hispanoamericanos. Entre Silvio y Pablo, con algunas incursiones en el mundo de Serrat y Sabina, terminé devorando a Cortázar (y a Sábato) con furibunda pasión juvenil. Luego, en algún momento, algo cambió y empecé a derivar hacia otros territorios.

Recuerdo haber intentado leer a Borges siendo joven, pretendiendo con algo de torpeza incluirlo dentro del boom latinoamericano, para terminar postergándolo por arrogante o acaso por incomprensible. Pasarían muchos años hasta que Von Furstenberg me preguntó por él invitándome a su discusión, lo que me llevó a buscar la edición de Ficciones que todavía conservaba y darle otra oportunidad. Fue toda una revelación. Creo que en nuestro idioma no se puede encontrar una apertura tan portentosa como la de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar», la economía del lenguaje, la precisión y la intriga que revela esa frase son incomparables. De ahí en adelante se abre un universo sin par que no puedo dejar de visitar periódicamente. En cambio, a Cortázar lo abandoné.

Con ocasión de la edición conmemorativa de 2013, traté de volver a Rayuela. No pasé de las primeras páginas, casi avergonzado por las emociones que me había despertado décadas atrás, desconociéndome a mi mismo. Los recovecos de la historia me parecieron inútiles, innecesarios; la caprichosa y detestable Maga, infantil. Con la edad, como es natural, van cambiando algunos gustos y preferencias, pero lo cierto es que este caso resultó radical: me declaro incapaz de volver a leer aquel libro, no lo soporto. Curiosa evolución que no necesariamente se transmite, menos mal, a otras dimensiones de la vida. Así que, volviendo a la pregunta del profesor, en mi caso Borges gana por paliza. Eso fue lo que dije en esa mesa, de la que tengo que confesar que salí perdiendo… por paliza.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 2 de abril de 2020

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