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Difícil de entender

Quizá porque ahora es posible hacer casi todo a velocidad extrema, o porque la pausa y la prudencia no son bien vistas, o porque hay demasiadas tribunas para decir cualquier cosa, o quizá, como casi siempre, por la suma de los anteriores fenómenos y otros que seguramente se me escapan; últimamente más que opiniones sobre el acontecer nacional, se escuchan rabiosos ladridos. Encuentro llamativo, y no para bien, cómo tantas personas de diversa índole tienen reacciones inmediatas sobre una extensa relación de asuntos, algunos muy complejos, y van lanzando sus torpezas al público sin pudor alguno. Hoy dictan cátedra sobre fenómenos económicos, mañana sobre feminismo, pasado mañana sobre minería, y así, creyéndose oráculos contemporáneos, van congregando un grupo de seguidores que, sin mucho discernimiento, replican y amplifican sus dudosas posiciones.

Por ejemplo, un grupo de delincuentes toma una no tan sorpresiva decisión —seguir delinquiendo—, y la mitad del país entiende que ellos, los que agarran de nuevo las armas para continuar haciendo lo que siempre han hecho, no son los culpables de sus propios derroteros, eximiéndolos compasivamente mientras señalan al gobierno actual como el responsable. Lo más aterrador es que las posiciones más extremas de este país celebraron al unísono, cada uno calculando cómo lo sucedido les suponía réditos políticos, frotándose las manos mientras repetían absurdamente un “se los dije” triunfante. Y detrás de ellos, las hordas ciegas que aplauden y avivan.

Despertando reacciones similares, hace poco se anunció el cierre de Noticias Uno. La noticia no es buena, dado que el informativo hace una juiciosa tarea de periodismo, exaltada por numerosos premios y siempre tratando de ofrecer una mirada diferente de los acontecimientos nacionales. Los dueños del noticiero explicaron que tenían que cerrar por motivos económicos, el duro mercado de los medios, que tanto han visto socavada su credibilidad, finalmente los obligó a replantear su negocio. Siendo tan querido por muchos, seguramente ese calificado equipo de trabajo logrará encontrar otras maneras de hacerse escuchar. Sin embargo, al instante empezaron los aullidos, las expresiones que nos igualaban con Venezuela, o que encontraban que se trataba de censura, dictaminando que era el fin de la libre expresión, todo exagerado, todo grandilocuente, reacciones pueriles que no aportan nada, enredan y envician todo.

Tenemos que calmarnos, las cosas que pasan en Colombia no son sencillas, requieren lectura y análisis. Espetar juicios inmediatos a diestra y siniestra, guiados fundamentalmente por intereses propios, terminan dándole más combustible a la rabia. Es difícil de entender por qué aquellos que dicen querer lo mejor para Colombia, del bando que sean, terminan hundiéndola más en sus propias perplejidades. Será que no es así, y sólo quieren lo mejor para ellos.

Fotografía tomada de https://www.pexels.com

Publicado en El Heraldo el jueves 05 de septiembre de 2019

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