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El Amira De la Rosa

Hace dos años y medio, motivado por las mismas razones que ahora me ocupan, escribí para este diario una columna sobre el Amira De La Rosa. Pasado ya todo ese tiempo, las incertidumbres que rodean el proceso de recuperación y puesta en servicio del único teatro de nuestra ciudad siguen sin resolverse, acaso se han agravado ante las pocas y confusas noticias que se tienen. Según publicó este diario la semana pasada, ahora la intención es convertir el teatro en un centro cultural, algo parecido al conjunto que contiene la biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, institución administrada por el Banco de la República, también responsable de nuestro escenario.

La idea de dotar a la ciudad de un espacio para las artes y la cultura es muy buena, sobre todo si esa nueva dotación pretende tener una calidad similar a la del complejo capitalino. La biblioteca Luis Ángel Arango y los edificios y espacios que la rodean y apoyan, son un nodo de actividad cuyas bondades arquitectónicas, estéticas y funcionales han superado ya la prueba del tiempo, constituyéndose en un referente nacional. La sala de conciertos (diseño del consorcio Esguerra, Sáenz, Urdaneta, Samper), fue reconocida con el Premio Nacional de Arquitectura en 1966 y sigue siendo objeto de estudio y admiración. Muchos de nosotros reconocemos su icónico interior, marcado por un imponente cielo raso que ha logrado trascender su función para cargarse de un potente sentido simbólico. Barranquilla ganaría mucho con un proyecto de tales ambiciones.

Lo que no queda claro, y esto es inquietante, es el criterio que va a regir la nueva propuesta de intervención. Hay tantos interrogantes que hasta se ha especulado con la posibilidad de demoler el actual edificio, imponiendo un tratamiento de tabula rasa para empezar desde cero. Lo anterior, además de inconveniente, supondría una violación de la normativa que actualmente lo protege. En este momento el Amira De La Rosa es un bien de interés cultural del ámbito nacional, eso quiere decir que cuenta con el mismo nivel de protección que tiene, por ejemplo, el castillo de San Felipe en Cartagena, o nuestra Estación Montoya. Para todos los efectos es intocable, salvo por actuaciones que busquen su preservación.

No se entiende del todo tanta opacidad, tanta demora, tanta confusión. A estas alturas, después de más de tres años de cierre, el destino del teatro debería estar decidido. Surgen varias preguntas. ¿Qué está entorpeciendo el proceso de decisión? ¿Por qué tantas variaciones en las fechas declaradas de entrega? ¿Hay ya un arquitecto responsable del proyecto? Si no lo hay ¿Por qué no se organiza un concurso arquitectónico para su diseño? Demasiadas sombras en un proyecto que nos debería unir y convocar. Esperemos que todo se resuelva pronto, y que Barranquilla aproveche de manera inteligente esta inigualable oportunidad para mejorar su dotación cultural.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 7 de noviembre de 2019

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