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El Muro

Dado que la actualidad nacional está prácticamente monopolizada por opiniones y reportes concernientes a las movilizaciones de las últimas dos semanas, he considerado oportuno dedicar el espacio de esta columna a un tema completamente ajeno a esas realidades. Que el lector lo entienda como un acierto o como una impertinencia dependerá del buen juicio de cada uno.

El pasado 30 de noviembre se cumplieron cuarenta años del lanzamiento de The Wall, el undécimo álbum de estudio de la banda británica Pink Floyd. Pocas veces una banda de rock, ni siquiera una de rock progresivo, con lo exigentes que pueden ser a veces sus creaciones, ha logrado describir de una forma tan cruda y radical las angustias psicológicas que nos acechan desde niños, agravadas en este particular caso por la guerra y el desamor.

El álbum doble trata sobre la vida de Pink, un niño que ha perdido a su padre en un bombardeo durante la Segunda Guerra, se ve sobreprotegido por su madre, es presionado por el sistema educativo inglés, crece, fracasa escandalosamente como esposo, y finalmente decide aislarse del mundo construyendo un muro imaginario –The Wall–, que le permite lograr algo de paz. Cada circunstancia de su vida es un ladrillo de ese muro, que se va levantando lentamente, pero sin pausa, hasta cerrarse y llevarlo a la locura. Lo más desgarrador de esta historia es que al final el protagonista es víctima de un juicio ficticio en el que lo obligan a derribar el muro, exponiéndose de nuevo a sus temores, a sus fracasos y a su triste condición.

La sucesión de canciones que componen la obra fluye con extremada facilidad, cada una encadenándose con la otra y conformando un conjunto extremadamente homogéneo. The Wall es reconocido como uno de los puntos más altos de una poderosa y diversa producción discográfica sobre la que es muy difícil establecer algún orden cualitativo, encontrando algo de consenso al considerar que este fue el último de los grandes álbumes del grupo. Para complementarlo, Pink Floyd se embarcó en el montaje de una serie de conciertos complejísimos, con una puesta en escena que limitó su ocurrencia a unas pocas noches; el muro se iba cerrando poco a poco frente a los espectadores hasta su destrucción final, una pesadilla logística que dio pocos réditos económicos. La película de Alan Parker fue la cereza del pastel que concluye este último y agotador ciclo virtuoso: Pink Floyd jamás lograría una obra similar, tan trabajada, tan buena. El agotamiento general derivó en la disolución del cuarteto unos años después, con posturas que se han demostrado irreconciliables.

The Wall es uno de esos álbumes imprescindibles que todos deberíamos conocer. Sus temas son todavía vigentes, sus inquietudes permanecen. No dejen pasar la oportunidad de escucharlo y de ver la película, es un regalo para nuestros sentidos.

Fotografía tomada de https://www.amazon.com

Publicado en El Heraldo el jueves 5 de diciembre de 2019 

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