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En el mismo barco

Debido a la involuntaria recomendación de un amigo muy cercano, recientemente descubrí El mundo del ayer de Stefan Zweig, un libro que ahora entiendo indispensable. Se trata de las memorias del reconocido autor austriaco, a quien le tocó vivir la convulsionada época que observó la caída del Imperio austro-húngaro y ambas guerras mundiales (se suicidó en 1942, cuando la segunda guerra no había terminado). Con un relato muy ameno, Zweig se encarga de abrir una ventana a ese periodo de la historia europea, ofreciendo algunas claves que nos permiten comprender mejor algunos de los fenómenos que vivimos en la actualidad. Creo que la obra debería ser lectura obligada para todos los estudiantes de bachillerato, quienes presos de su juventud suelen pensar que el mundo nació con ellos.

Aunque más de un siglo nos separa de algunos de los sucesos que se describen, al leerlo es inevitable hacer comparaciones con nuestra realidad. Más o menos por la mitad del libro, Zweig escribe sobre las sensaciones que le despertaron un episodio que vivió en Tours durante la primavera de 1914, mientras pasaba unos días en ese apacible pueblo francés. Una noche en el cine, durante las noticias que solían pasar antes de la función, fue proyectada una imagen del Káiser Wilhelm visitando Viena, desatando una ola de insultos, pataleos y silbidos entre la audiencia. La sorpresa de Zweig no fue menor. Descubrió cómo el odio puede calar profundamente entre las personas, por muy sencillas y amables que éstas sean, y llegar incluso hasta los habitantes de esa tranquila provincia francesa. Utilizando la cita de otro autor, sentenció ese momento como perteneciente a una época de emociones e histeria masiva. Entonces, claro, pensé en nuestro País.

El odio y la rabia nos están ganando. En la vida cotidiana se ha vuelto imposible hablar de ciertos expresidentes o de un polémico excandidato. Como si estuviésemos en medio de un interesante enfrentamiento ideológico, conozco amigos que se han dejado de hablar y familias que han tenido que poner reglas en sus chats, a veces dividiéndolos según sus preferencias. Defendemos a unos o a otros con pasiones inéditas, incomprensibles. Nos hemos inventado diferencias abismales entre dos bandos ficticios con la pretensión de tener cada uno la respuesta a todos los males que nos acosan, pero con tan pobres argumentos y tan mínimas ideas, que todo parece al fin y al cabo una disputa de necios. Lo malo es que, ocupados con esos desgastes, se ignoran cosas fundamentales.

Nos alegramos de los fracasos de los otros, señalamos con júbilo a algún prófugo, celebramos algún dictamen legal, alguna derrota, realmente disfrutamos eso; ignorando que todos estamos montados en un mismo barco que hace agua desde hace tiempo. Ya sabemos el resultado del cultivo del odio, de la emoción y la histeria colectiva en la Europa que describe Zweig. ¿Nos atreveremos a imitarlos? ¿Seremos tan torpes?

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 11 de julio de 2019

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