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Hastío de lo malo

Torrentes de información nos mantienen actualizados sobre el desarrollo de esta pandemia que nos ha tocado vivir. Por donde uno logre asomarse hay datos, noticias, testimonios, alarmas (sobre todo alarmas), y todo un catálogo desplegado para que no logremos olvidar ni por un segundo esta escabrosa situación. Se entiende la necesidad de estar informado, pero quizá a la persona común y corriente, a todo aquel que no trabaja en el campo de la salud o que no tiene responsabilidades derivadas de las funciones gubernamentales, de nada le sirve saber que hubo un muerto o un contagiado más en España o en cualquier lugar, ni la escasez de máscaras y de respiradores en Estados Unidos, o las aterradoras previsiones sobre el futuro económico. Incluso divulgar en exceso nuestras propias carencias, en todos los sentidos, puede ser algo superfluo, dado que evidentemente las conocemos y sólo asustan y tensionan de más. Ya en estos momentos sabemos que esto nos cayó encima sin estar preparados, como a todos los países del planeta, y que debemos aguantar, esperar y armarnos de paciencia, empatía y comprensión.

A estas alturas considero que los ciudadanos ya sabemos lo necesario y que lo único que nos faltará será conocer las buenas nuevas y las disposiciones y recomendaciones del Gobierno, para seguirlas y hacer caso. Creo que es mejor enterarse de que se recuperó una persona en Italia a seguir el recuento de sus fallecidos, o darnos cuenta de algún avance, aunque mínimo, de cualquiera de los trabajos científicos por encontrar una cura que nos alivie. Siento hastío de lo malo, por eso me gustaría que se hicieran esfuerzos mayores para divulgar con insistencia los avances, los logros, esos pequeños pasos que nos llevan en la dirección correcta. Cada uno puede poner de su parte. Tratar de que el virus no se vuelva el monotema de nuestras conversaciones es una de las cosas más saludables que podemos hacer.

Cuando logremos superar esto vendrán los balances. No creo que los cambios sean tan sustanciales como algunas personas quieren creer, pero evidentemente habrá ajustes que serán permanentes. Particularmente me ha llamado la atención la diligencia del sector público y privado para ajustarse a lo que reclaman las circunstancias, al observar cómo ciertos trámites y decisiones que normalmente nos tomarían años, se alcanzan en tan solo una semana o menos. Por ejemplo, si alguien nos hubiese anticipado que era posible que en menos de un mes prácticamente toda la educación en nuestro país pasaría a ser impartida de manera remota, aunque fuese parcialmente, lo hubiésemos tildado de loco: hay que reconocer lo rápido que se pueden zanjar las diferencias conceptuales cuando hay una causa común. Ojalá que eso no se nos olvide y lo hagamos norma, sería el mejor regalo que nos podría dejar este delicado momento.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 26 de marzo de 2020

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