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La cárcel en Candelaria

Algunos de los habitantes de Candelaria, un municipio del sur del Atlántico, se organizaron el pasado fin de semana para protestar públicamente en contra de la construcción de una cárcel en su territorio. El proyecto, un establecimiento penitenciario de alta capacidad o «megacárcel», como estrambóticamente es denominada, se desarrollará en un lote de 80 hectáreas ubicado en las afueras del casco urbano, a unos cuatro kilómetros del centro. Es posible entender las sensaciones que una iniciativa de esta naturaleza despierta entre las comunidades en las que se implanta, nadie desea ser vecino de una prisión, un lugar generalmente asociado con repercusiones negativas. Sin embargo, también es cierto que las cárceles son necesarias en nuestro país, que las que hay están sobrepobladas en exceso y que en algún lugar tienen que construirse.

En los años ochenta se acuñó en los Estados Unidos la expresión not in my backyard (NIMBY. En español: «en mi patio no»), para denominar este tipo de situaciones. En ellas, una comunidad reconoce que un proyecto es necesario, pero se opone a su implementación cuando afecta su entorno inmediato. Lo vemos con frecuencia: todos queremos tener buena señal en nuestros celulares, pero no queremos tener al lado antenas de comunicación; todos queremos tener acceso a la electricidad, pero nos espanta la idea de la cercanía de una subestación eléctrica; hay ejemplos de resistencia a la construcción de aeropuertos, puertos y hospitales, estructuras que son fundamentales para el funcionamiento de nuestra sociedad.

Me parece que esas posiciones evidencian algo de comprensible egoísmo. Al fin y al cabo, en Candelaria no se oponen a la construcción de la cárcel, se oponen a que sea en su entorno, con lo cual estarían de acuerdo con que se construya en otro lado, que afecte a otros. Se nos olvida entonces que algo de sacrificio es necesario para poder enfrentar los retos comunes que el progreso nos plantea, que no todo supone beneficios, que, si tenemos la fuerza para reclamar derechos, también tenemos que tener la responsabilidad y el compromiso para cumplir con nuestros deberes. Si todos tomamos una actitud NIMBY, no será posible hacer nada, dado que es muy sencillo resaltar los impactos negativos de cualquier cosa. Oponerse es fácil, ceder es más complicado.

El problema es que siempre alguien, o algo, se verá impactado, siendo entonces la ineludible tarea del Estado minimizar los efectos de sus intervenciones, explicarlas muy bien, dar garantías, reparar cuando sea necesario, entender y escuchar a la comunidad, unos asuntos que históricamente han sido manejados con algo de negligencia. Creo que los habitantes de Candelaria deberán, en lo posible, reclamar ese tipo de controles, pero aceptar que en esta ocasión les tocó aportar su cuota de incomodidad por la materialización de un proyecto que es imperioso para todos.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 08 de agosto de 2019

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