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Las prioridades

Al regresar de un viaje reciente, que me obligó a tomar uno de los últimos vuelos que aterrizan en nuestra ciudad, un familiar me advirtió sobre el peligro que suponía transitar por la Circunvalar de la Prosperidad como ruta de salida del aeropuerto. Me aclaró que había visto unos vídeos en los que se comprobaba que, por la soledad de la vía, se estaban cometiendo atracos. En ese mismo viaje, el conductor que me estaba llevando a casa me dijo que no era conveniente desplazarnos por la Calle 30 porque a esas horas de la noche no era seguro hacerlo, complementando su argumento con un comentario sobre lo arriesgado que era también usar el Corredor Portuario. Todo eso me recordó que por mucho que hagamos inversiones en infraestructura, si nuestros gobernantes no se encargan con seriedad y persistencia de propiciar un entorno seguro para sus ciudadanos, el camino del progreso será cada vez más complicado e improbable.

Siempre me han parecido inútiles y pretenciosos los Estados omnipotentes. Cada vez que veo planes de gobierno con cientos de propuestas, en todas las dimensiones posibles, conjeturo que inexorablemente un importante porcentaje de esas promesas se verán incumplidas o cumplidas parcialmente. No encuentro sentido alguno en la idea de querer solucionar todos los problemas al mismo tiempo, mucho menos en la posibilidad de hacerlo en cuatro años, como proclaman casi todos los candidatos a cargos elegidos popularmente. Reconociendo que nuestros recursos son limitados en extremo, se debería valorar su correcta y responsable distribución.

Creo que un Estado como el nuestro, tan precario, debe ocuparse únicamente de las cosas fundamentales. Por ejemplo, de brindar las condiciones para que sus ciudadanos puedan moverse libremente por su territorio, de conformar un entorno justo y de facilitar que todas las personas tengan disponible el acceso a los servicios públicos, a la educación y al libre comercio; no me parece que por ahora haga falta mucho más. Sin embargo, incluso dentro de esa breve relación deben establecerse prioridades. Por eso esperaría que los planes de gobierno, de cualquier nivel, se concentraran principalmente en lo que a mi juicio constituyenlos mayores obstáculos que enfrentamos los colombianos: la ominosa falta de seguridad y justicia.

Lo primero que necesitamos es no temer por nuestras vidas o nuestra integridad, no concibo sociedad alguna que pueda salir adelante con esa tara permanente. Luego debemos lograr un marco jurídico estable, que los delincuentes paguen, que los contratos se cumplan, que haya reglas claras. Con esas certezas, estoy seguro de que los ciudadanos seremos capaces de encargarnos poco a poco de todo lo demás, sin la sempiterna intervención de un Estado gigantesco que parece querer decidir sobre todos los aspectos de nuestras vidas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 22 de agosto de 2019

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