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Limpieza digital

Cada vez que se me da por pensar que el mundo va por muy mal camino y que es urgente trastornarlo todo –incendiemos y después veremos–, recuerdo una frase lapidaria de Borges para referirse a las tribulaciones de un pariente lejano: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir». Hace rato interpreto que no es que esta época sea especialmente desastrosa, es que siempre nos hemos enfrentado a un sinfín de asuntos que nos parecen únicos e irresolutos, aunque todas las cosas vayan mejorando. Por eso tiendo a alejarme del seductor fatalismo y prefiero valorar con agradecimiento los indiscutibles avances que nos sostienen y que nos hacen vivir mejor que antes, en casi cualquier dimensión que se quiera revisar.

Sin embargo, cuesta mucho mantener la fe y las buenas maneras si se presta atención a las premoniciones apocalípticas y a los juicios desproporcionados que se difunden con tanto empeño. Las redes sociales nos han permitido asomar la cabeza y apreciar el estruendo cacofónico de una humanidad que encuentra amplificadas todas las opiniones, incluso las que son francas tonterías. Aquello que se mencionaba en un bar o en una esquina, las incontables bobadas que siempre hemos dicho las personas, ahora tienen una impronta excesiva, muy por encima de su valor. Quedan así grabadas por escrito o en algún medio que permita su repetición infinita, para darle combustible a la hoguera de nuestras infamias.

Hace varios años eliminé mi cuenta de Facebook. Esa plataforma se había convertido en un compendio de idioteces insoportables, un desfile de imposturas y mentiras sostenido por fotos y comentarios que no servían para nada. Volví a encontrar algo de paz. Fue entonces cuando Von Furstenberg me recomendó abrir una cuenta en Twitter, asegurándome que, en lugar del pozo infecto de Facebook, esa nueva red era un torrente de agua fresca en el que todo fluía con más limpieza, menos perfidia. Al principio parecía que en efecto era así, pero luego vino lo de siempre, la reiteración de la rabia tras la seguridad relativa que da el anonimato, la exaltación de lo malo, la miseria. El agua terminó empozándose de nuevo.

Hasta que decidí filtrar la cochambre y silenciar o dejar de seguir a medio mundo, sobre todo a esas cuentas de extremos que pretenden ser faros del saber político y social, o replicadoras sesgadas de la actualidad. Vieran el cambio. Hoy reviso mi cuenta y veo noticias de King Crimson, tiras cómicas de Pastis, frases de Sowell y así, nada de odios, ni arengas, ni afectaciones. De vez en cuando se cuela alguna mugre, pero las entiendo como gajes del oficio, pequeños males necesarios. Especialmente por estos días, me atrevo a recomendarles esa limpieza digital. Les aseguro que las cosas no andan tan mal como lo sugieren los sabios de las redes sociales.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de noviembre de 2019

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