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Lo que viene para las ciudades

A mediados del siglo XIX se desató una grave epidemia de cólera en Soho, un barrio londinense.

Por aquella época las ciudades eran lugares insalubres, no contaban con acueductos como los conocemos hoy y el manejo de sus aguas residuales era muy incipiente, en la mayoría de los casos se vertían sin tratamiento alguno en los ríos —de donde también se sacaba agua potable—, o en unas alcantarillas comunales, generalmente destapadas.

John Snow, un médico inglés atraído por el tema, empezó a buscar posibles fuentes de contaminación alrededor de un pozo público que estaba ubicado en medio del sector afectado, convencido de que el agua contaminada era la principal responsable del brote infeccioso. Luego de muchas pesquisas y debates, que incluyeron un enfrentamiento con un sacerdote que le atribuía la enfermedad a un castigo divino, John Snow logró comprobar que todo había sido suscitado por el agua del lavado de unos pañales que había llegado hasta el pozo, del que se abastecían miles de personas. A partir de ese momento la ciudad de Londres inició un gran proyecto de saneamiento, mejorando para siempre la vida urbana y sirviendo como referente para el resto del mundo. Expongo este conocido caso para recordar que las ciudades, la gran invención de la humanidad, han superado a lo largo de su historia muchos de los males que las han azotado.

Con el advenimiento de la COVID -19, vuelven a surgir viejas dudas sobre la conveniencia de las ciudades densas y compactas frente a modelos dispersos en los que el distanciamiento social se puede implementar más fácilmente, una discusión que parecíamos ir ganando los promotores de la densidad. Las duras consecuencias que han sufrido ciudades como Nueva York o Madrid, hasta hace poco ejemplares en cuanto a los beneficios de sus configuraciones, han mandado a cientos de arquitectos y urbanistas nuevamente a la mesa de trabajo para darle una revisión a sus convicciones y razonamientos. Lo que antes era deseable ahora no lo es tanto, y las imágenes de un atestado vagón de metro o de una terraza llena de comensales, tan elogiadas hasta hace poco, hoy nos causan una prevención y un temor sin precedentes. Las autoridades responsables de administrar algunos de los símbolos de las grandes ciudades, los sistemas de transporte público, los estadios, las grandes plazas, los museos y cualquier otro lugar que suponga una aglomeración significativa de personas deberán replantearse sus estrategias. Puede que en el camino tengamos que renunciar a algunos de ellos.

Aunque las ciudades siempre se han recuperado de situaciones similares, el proceso nunca ha sido fácil ni exento de cambios permanentes. Es muy pronto todavía para poder hacer algún vaticinio sensato, pero creo que no hay duda de que esta pandemia le dará un golpe durísimo a ciertos modos de vida.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 21 de mayo de 2020

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