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Los libros

Hace poco fui testigo de algo que juzgo extraordinario, sobre todo para esta época. Resulta que visitando a unos amigos pude ver como su hijo, un niño de unos ocho años que por casualidad se dio cuenta de que su madre estaba leyendo una novela, se levantó, fue a su cuarto, agarró el primer volumen de la serie de Harry Potter y se sentó a su lado diciéndole que iba a hacer lo que ella estaba haciendo. El niño se puso a leer tranquilamente. A los pocos minutos abandoné la escena memorizando con simpatía el intercambio, dado lo inusual que sospecho su ocurrencia. Sin duda la lectura, la voluntaria, la que se disfruta, es una de las mejores cosas que uno puede hacer en la vida.

En alguna parte leí que los niños que crecían en una casa en la que los libros estuviesen a la mano, como parte del paisaje doméstico, tenían altas probabilidades de engancharse también con la lectura, desarrollando con más facilidad sus habilidades para comprender textos y, de paso, para escribir bien. Recuerdo que en la casa de mi abuelo había una significativa biblioteca. Eran dos muebles enormes, o así me parecía, colmados de varios volúmenes de libros enigmáticos, muchos de ellos en francés o inglés. Kipling, Faulkner, Moravia, Dante, fueron nombres familiares para mi desde que tengo memoria —varias pesadillas tuve con los grabados de Doré—, y aunque no tuviese ni idea de qué se trataba todo aquello, a veces así nombraba a los ficticios personajes de mis juegos infantiles, el conejo Poe o el soldadito Hesse. Todo cambió cuando en algún cumpleaños, todavía niño, me regalaron versiones completas de Pinocho, Un capitán de quince años y Los tres mosqueteros.

El libro de Collodi fue el primero que leí en mi vida, y a partir de ahí seguí con Verne y con Dumas, desconcertado por el mundo que se me revelaba. Al poco tiempo me encontraba pidiéndole a mi abuelo o a mi padre que me llevaran a la extinta librería Cervantes, en la calle 76, a comprar las ediciones de bolsillo de la Editorial Bedout. Me perdí en esos libros. Con diez años podía distinguir entre un bergantín y una fragata y era capaz de señalar detalladamente el recorrido de Miguel Strogoff en un atlas. Quizá es un conocimiento inútil, pero aquellos fueron momentos inolvidables, de descubrimiento permanente. Les agradezco mucho a quienes se atrevieron a regalarme literatura tan temprano.

Desde luego eran otros tiempos, y para un niño era necesario acudir a la imaginación con mucha más frecuencia que ahora. No se si eso sea mejor o peor, pero sin duda es diferente. Sin embargo, creo que ciertas cosas deberían conservarse y, cultivar la afición por la lectura, especialmente por los libros impresos, merece mayor empeño. Sospecho que si un niño ve a su madre leyendo en un celular o en una tablet no es lo mismo, no intriga igual. Ojalá valorásemos más la importancia de los libros en nuestras vidas.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 28 de noviembre de 2019 

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