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Los pendientes del congreso

Si los congresistas disfrutan sin recato de los beneficios de sus cargos, deben, como mínimo, hacer su trabajo.

El pasado jueves, en la plenaria de la Cámara y por tres votos, se archivó el proyecto que pretendía reglamentar la práctica de la eutanasia en Colombia. De esta manera, nuevamente el Congreso le saca el cuerpo a un debate que tiene un atraso de 23 años, desde que la Corte Constitucional la despenalizó y le pidió al cuerpo colegiado que legislara sobre el tema. Con este, ya son trece los intentos que se han dado para atender esta obligación. En cualquier otro contexto tal nivel de ineficiencia sería castigada con severidad, no podría comprenderse que el establecimiento de una ley o de cualquier procedimiento, por difícil que sea, pueda tomarse casi un cuarto de siglo de revisiones sin ser adoptado. Pero aquí parece que no pasa nada.

Por supuesto, la discusión sobre la eutanasia es compleja y ciertamente no se podría tomar a la ligera ni concluir con afanes. Los dilemas éticos y religiosos que plantea la terminación voluntaria de la vida no son poca cosa; nada tan delicado como la injerencia del Estado en las creencias y convicciones de la gente, en la determinación y ejercicio del libre albedrío. Incluso en los países en los que este asunto está regulado hace rato, por muy modernos y liberales que sean, surgen de vez en cuando voces que invitan a una reapertura del debate.

Reconozco que no quisiera estar en la posición de los congresistas que deben zanjar este tema, sobre el que seguramente nunca van a cesar las controversias y que en cualquier caso dejará inconforme a una buena parte de los ciudadanos. Ese es el problema: la paradoja que supone que quienes necesitan el apoyo popular, manifestado a través de los votos, tengan que tomar decisiones impopulares, o que, como en este caso, dividirán radicalmente a la población. En cierta medida comprendo que dilaten la tarea, buscando que el guante caiga después y que le toque chantárselo a otros, evadiendo así los compromisos espinosos.

Comprendo pero no justifico, porque la dificultad del reto no los exime de su responsabilidad. Si los congresistas disfrutan sin recato de los beneficios de sus cargos, que no sólo son magníficos sino francamente exagerados, deben, como mínimo, hacer su trabajo. Tanta labia y pose, tanta falsa importancia, debería verse compensada con algo de esfuerzo y dedicación, de análisis sensato. Se da por sentado que están haciendo lo que les gusta, por lo que se batieron en una contienda electoral que siempre es difícil y costosa. Entonces que le pongan el pecho a los problemas, que no son pocos.

Hay excepciones, un manojo de congresistas que se lo toman en serio y que verdaderamente se preocupan y trabajan por ordenar el desorden. Pero lamentablemente sospecho que son una minoría, y que los demás viven con la calculadora electoral en la mano, sacando las cuentas necesarias que les permitan volver a ser elegidos, o contentar a sus jefes y amigos, buscando no contrariar en exceso ni hacer demasiado ruido, pasar de agache. Mientras tanto, seguimos en el limbo, sin reglamentar temas tan espinosos como el que he mencionado, el aborto, la dosis mínima y el matrimonio igualitario, entre otros asuntos que no encuentran solución o claridad. Así nos va.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 15 de abril de 2021

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