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Tanta soberbia

El paso del tiempo y la evolución de la pandemia fueron entonces, poco a poco, nivelando algunas cifras, moderando ciertas tendencias. Ya vemos cómo ahora, comenzando agosto, las elogiadas regiones que sacaban pecho por su relativo éxito comienzan a enfrentarse a lo más duro de esta complicada enfermedad, a sufrir lo que nos tocó sufrir a nosotros.

En junio, debido a la acelerada curva de contagios y muertes por la Covid-19 en nuestra ciudad, buena parte de los colombianos decidió condenarnos. Había que ver con qué desprecio nos describían, con qué soberbia. Los costeños, pero especialmente los barranquilleros, fuimos entendidos con burla como un pueblo desordenado, irresponsable, inculto, vano, desobediente, infame; una andanada de epítetos que no repito en su totalidad por respeto a los lectores. No pocos oportunistas vieron en el tropiezo, cosa rara, la ocasión para meterle política al asunto, para poner en tela de juicio nuestra capacidad de gestión, acudiendo a viejos lugares comunes dónde la corrupción y el desorden son protagonistas y extrapolando para mal las posibilidades de nuestros gobernantes ante un reto superior. Incluso entre nosotros empezó a rondar una sensación de derrota y cuestionamiento, una suerte de duda fundamental que nos llevó a preguntarnos si realmente éramos tan inconscientes, si al final nos merecíamos nuestra suerte.

Mientras otra ciudad de Colombia motivaba prematuros elogios en un artículo de The Economist, aquí nos ahogábamos en medio de las preocupantes cifras. Sin embargo, algo no cuadraba. Concediendo que los costeños no nos caracterizamos por una excesiva disciplina, tampoco podía ser cierto que fuésemos muy diferentes al resto. El irrespeto a la autoridad y la displicencia suelen estar presentes desde La Guajira hasta el Amazonas, no es este un país que se comporte ejemplarmente, en casi ningún aspecto.

El paso del tiempo y la evolución de la pandemia fueron entonces, poco a poco, nivelando algunas cifras, moderando ciertas tendencias. Ya vemos cómo ahora, comenzando agosto, las elogiadas regiones que sacaban pecho por su relativo éxito comienzan a enfrentarse a lo más duro de esta complicada enfermedad, a sufrir lo que nos tocó sufrir a nosotros. De repente Barranquilla ya no parece ese tropel de locos que se contagiaban por tontos, al contrario, hasta da la impresión de que se hicieron algunas cosas bien en medio de las duras circunstancias.

A veces sorprende lo fácil que es caer en el inmediatismo, a pesar de la gran incertidumbre que rodea el manejo de este virus. Parece que mucha gente, líderes incluidos, no entiende que todo el planeta está todavía en modo de prueba y error, ensayando políticas y métodos que puedan propiciar una salida digna de este monumental lío sin generar traumatismos mayores, sin que el remedio sea peor que la enfermedad. Ya en Europa se habla de una segunda ola y de los errores de la reapertura, quizá muy temprana, motivada por la llegada del verano, mientras en Asia están empezando a plantearse nuevas cuarentenas. No hay un manual para superar esta adversidad, lo estamos escribiendo día a día. Por eso conviene mantener la prudencia y tratar de aprender de los errores y de los aciertos de quienes nos han precedido, en lugar de señalar destructivamente con intenciones políticas o revanchismos regionales.

Fotografía tomada de https://www.unsplash.com

Publicado en El Heraldo el jueves 6 de agosto de 2020

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