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LA JUBILACIÓN

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¿ANHELADA?

 

Caribe?

Más de veinte mil personas mayores de 60 años de seis países fueron analizadas para determinar la relación que tiene el estado laboral y la depresión en adultos mayores.

Por Leonardo Carvajalino
Periodista
carvajalino.leonardo@gmail.com

“Si la pregunta es si es bueno o malo retirarse, la respuesta es depende”, así definiría Julián Fernández los resultados de la investigación que hizo conjuntamente con Laura Bonilla, Betty Manrique, Martin Romero y Ana Sosa, en la que analizaron datos de 21 410 hombres y mujeres mayores de 60 años de seis países diferentes. Este artículo que publicaron en la revista indexada SSM - Population Health, continúa el debate que comenzó desde los años 80 en todo el mundo, sobre la necesidad de ampliar los tiempos de pensión.

Desde entonces, esta discusión del plano político ha comenzado a permear el ámbito médico con la noción de que mantenerse trabajando hasta avanzadas edades es saludable. El interés durante los estudios de maestría y doctorado de Fernández, profesor del departamento de Salud Pública de Uninorte, se centró los estados laborales y su relación con la salud mental en adultos mayores. En el caso específico de esta investigación, titulada “Estado del empleo, nivel socioeconómico y depresión en adultos mayores: Un estudio multicéntrico basado en el Study on Global Ageing and Adult Health”, la variable estudiada fue la ocurrencia de un episodio depresivo entre los adultos mayores retirados.

“Mi gran preocupación es la manera en que los determinantes sociales afectan la salud mental de las personas mayores de 60 años porque es un periodo de grandes cambios donde se presentan distintas pérdidas con sus duelos subsecuentes. Estos son cambios negativos especialmente cuando el adulto mayor no cuenta con los recursos sociales, cognitivos y psicológicos para responder a esos periodos de pérdidas”, argumentó Fernández. 

Para Bonilla, investigadora de la Universidad Industrial de Santander, la depresión entre la gente mayor es un problema de salud pública por lo general invisible porque los síntomas depresivos tienden a atribuirse simplemente a cuestiones de la vejez. “Es normal que el viejito esté triste o tenga molestia”.

Por otro lado, la depresión se relaciona con el empeoramiento de otras enfermedades concomitantes, con lo cual aumentan el uso y el gasto en los servicios de salud. Desde este contexto, nace el necesario debate.

“ESTADÍSTICAMENTE HEMOS DEMOSTRADO QUE NO ES POSIBLE DECIR QUE EL RETIRO LABORAL PRODUCE AFECTACIONES MENTALES EN LAS PERSONAS, SINO QUE LA SITUACIÓN CAMBIA DE ACUERDO AL CONTEXTO, AL GÉNERO Y AL TIPO DE RETIRO Y DE EMPLEO”.

El estudio

El equipo de investigación utilizó la plataforma SAGE (Study on Global Ageing and Adult Health) de la Organización Mundial de la Salud, que registra datos de adultos mayores de 50 años en seis países: China, México, Rusia, Sudáfrica, Ghana e India. En cada uno de los casos se tuvo en cuenta seis variables principales, que fueron: si el retiro fue voluntario o forzado; si fue progresivo o abrupto, el contexto socioeconómico del país, tipo de empleo que desempeñaba, si goza de pensión o no, y el género del encuestado.

El retiro puede afectar la salud mental porque al dejar de trabajar disminuyen los ingresos, con lo cual se dificulta el acceso servicios como salud y nutrición. Así también, al retirarse se pierden beneficios latentes del empleo: actividad intelectual, física, reconocimiento y una red social. “Bajo esa lógica, pareciera que dejar de trabajar es malo”, afirmó el profesor Fernández. 

No obstante, el retiro no es igual para todos los trabajos y especialmente en todos los contextos socioeconómicos. Continuar en un ‘mal’ trabajo, o que no genere beneficios como un ingreso digno ni crecimiento intelectual, es dañino debido a que es más estresante seguir laborando que retirarse. “El problema es que muchas personas están en un ámbito en el que ambas cosas, tanto continuar trabajando como retirarse, constituyen riesgos”. 

Así también, es importante tener en cuenta el género de los encuestados porque cuando se trabaja con este tipo de población, (adultos mayores que nacieron a final de la década de los 40), es preciso tener en cuenta el contexto cultural de esa época, en donde la diferenciación de roles de género era mucho más marcada. 

Los resultados

De la publicación se pueden extraer varias conclusiones: los hombres retirados de China y Ghana, y las mujeres de Rusia, son menos propensos a episodios depresivos. Igualmente, ser ama de casa en Sudáfrica y México tiende a proteger a la persona de episodios. Sin embargo, para Fernández, estas sentencias contribuyen a una idea clave: “lo que estadísticamente hemos demostrado, es que no es posible decir que el retiro laboral produce afectaciones mentales en las personas, sino que la situación cambia de acuerdo al contexto, al género y al tipo de retiro y de empleo”. 

Por ejemplo, en un país donde se reconozca a las personas por cuánto aportan económicamente, el retirarse puede ser estresante porque la persona deja de ser vista como proveedor. En cambio, en uno donde se valore a los adultos mayores por su aporte a la sociedad, dejar de trabajar no constituye una pérdida a su estatus como aportadores de valor social.

Los investigadores también corroboraron lo que varios estudios anteriores han manifestado, y es que para los hombres, debido a la expectativa social que tienen de asumir el rol de proveedores, es mucho más significativo el impacto que tiene dejar de trabajar.

Sobre la depresión en las mujeres, el profesor Fernández tiene diferentes hipótesis. La primera gira en torno a la idea que trabajar en una sociedad machista puede ser estresogénico porque se percibe que la mujer estaría retando su rol tradicional. Por tanto las mujeres trabajadoras enfrentan un mayor riesgo que las amas de casa. 

La segunda es que aún cuando las mujeres han comenzado a trabajar, esto no se ha traducido necesariamente, sobre todo en sociedades machistas, en una reorganización de las labores domésticas. “Muchas de esas mujeres que clasificamos como trabajando también están haciendo labores domésticas, entonces el problema es que las que trabajan tienen doble función. No es que ser ama de casa proteja contra la depresión, sino que más bien ser únicamente ama de casa es menos estresante que ser mujer trabajadora que además tiene que cumplir otras labores domésticas”, puntualizó. 

Para Bonilla, otro de los factores determinantes para el estado mental de los adultos mayores es su red social, específicamente su estado civil. “Encontramos que las personas que se retiraban y no tenían una pareja estable tenían un riesgo mayor de sufrir un episodio depresivo que aquellas personas que seguían trabajando”, detalló la investigadora. 

“Dejar de trabajar, sobre todo si es voluntario, progresivo, planificado y con pensión no va a causar un impacto grande en el retiro”, explicó Fernández. “Este es el mejor escenario en para el adulto mayor”.

 

VARIAS PUBLICACIONES HAN HECHO REFERENCIA A LA PREOCUPACIÓN GENERALIZADA POR UNA POTENCIAL CRISIS ECONÓMICA COMO CONSECUENCIA DE LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA ACELERADA POR LA QUE ESTAMOS PASANDO

El futuro del debate

Estudios como estos ayudan a que las autoridades pertinentes y tomadoras de decisiones entiendan la depresión de un adulto mayor, y puedan hacer intervenciones para que las condiciones laborales no se conviertan en un factor de riesgo.

Esto es especialmente importante en momentos en los que persiste una discusión a nivel mundial sobre la edad de jubilación. Según Bonilla, varias publicaciones han hecho referencia a la preocupación generalizada por una potencial crisis económica como consecuencia de la transición demográfica acelerada por la que estamos pasando, pues ya son más las personas mayores que reciben beneficios pensionales que aquellas que aportan al sistema. Por esta razón, los gobiernos deben comenzar a trabajar alrededor de las condiciones sobre las cuales un adulto mayor se pensiona, sobre todo en la sociedad latinoamericana, en plena transición demográfica: estamos pasando de una población que tendía a ser joven a una población que está envejeciendo.

“Los gobiernos deben planificar y prever estos cambios y prepararse para afrontar las implicaciones. Sobre todo si en la edad avanzada se presentan estos problemas como la depresión, que empeora el curso y la calidad de vida de las personas, aumenta el gasto en salud y no se detecta como debería”, concluyó la investigadora santandereana, magíster en epidemiología.

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