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Es importante medir, ¿pero vale la pena (intentar) medir tanto?

“Lo que no se mide, no existe”. Esta especie de adagio popular refleja una narrativa dominante en el pensamiento gerencialista de nuestra época. Una ampliación más precisa de la frase atribuible al científico británico William Thomson dicta: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”. Al menos en el plano semántico, es una visión de la vida que parecería chocar con el (aparente) romanticismo de El principito, aquel personaje ficticio de Antoine de Saint-Exupéry, cuando dice al zorro que “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Imaginemos por un momento a un adolescente que, en un acto de rebeldía frente a sus padres y docentes, decide no estudiar para el examen de sociales. Similar puede ser el caso del funcionario público, quien, agobiado por su trabajo rutinario, toma decisiones que lo hacen ser poco eficiente, o del policía aburrido de los estigmas que recibe de la ciudadanía y que se desquita descuidando sus actividades de vigilancia. Pero no todo en la vida es falta de buena actitud. Se habla, por ejemplo, de un joven economista cuyo nivel de inglés, que no tuvo la oportunidad de pulir en un colegio bilingüe, no le permitió acceder a una universidad de élite en Europa. Su colega, con quien estudió en el mismo colegio oficial, contaba con cierta facilidad para los idiomas y, pese a que ambos asistían todos los sábados a tomar cursos con aquel profesor neoyorkino, ella sí fue aceptaba para hacer su maestría en la facultad a la que los dos habían aplicado.

Estos ejemplos inventados no tienen una intención diferente a permitirme plantear la siguiente idea: el mundo en que vivimos es complejo, y los resultados que obtenemos cuando nos adentramos a explorarlo dependen de múltiples factores asociados a contextos, actitudes, talentos y, quizás, algo de suerte. Es intuitivo, ¿no? La pregunta es, ¿será que, si no hacemos algún intento explícito por capturar esa complejidad, podremos impulsar algún cambio social? Visto de esa manera, es posible argumentar que medir y monitorear el desempeño escolar, las aptitudes de funcionarios públicos, el crimen o la internacionalización de la educación no es garantía de que dichos fenómenos mejoren. Algo habrá que hacer al respecto. ¿Qué hacemos? Los números nos muestran tendencias y nos indican, aunque de forma tímida, posibles rutas de acción. ¿Es eso suficiente? Una postura realista crítica frente al estudio de la sociedad diría que no.

Examinemos otro escenario. Narran Nancy Cartwright y Jeremy Hardie, el caso del famoso experimento escolar de California del 1996, el cual buscaba emular la receta que años atrás tuvo éxito en Tennessee para mejorar el desempeño académico en escuelas estatales. El manual de operaciones de la política era claro: reduzcan los salones de clase a la mitad, de modo que cada docente pueda atender con más atención el proceso de aprendizaje de sus estudiantes. Años después, al identificar que la política californiana no fomentó las mejoras esperadas, un análisis ex post ayudó a esclarecer las razones del fracaso; una de ellas era que para afianzar el pensamiento lógico matemático se redujeron las horas dedicadas al arte y el deporte, lo cual resultó frustrante para los estudiantes. Ese “algo”, que fue central en el deterioro de las notas potenciales no se encontraba en ninguna base de datos, y es posible que, por más que se intentara, difícilmente se habría podido anticipar, al menos por la ruta exclusiva de la cuantificación. 

Pero no todo tiene que ser política, ni un asunto de alta gerencia pública. Pensemos en el caso ficticio esbozado por otro grupo de investigadores británicos. Lucy le da quejas a su mamá porque su hermano mayor le gritó cuando ella le pidió que le alcanzara la caja de galletas que reposaba sobre la repisa de la cocina; “¿Mamá, por qué cuando tú le pides un favor a Terry él lo hace, pero cuando yo se lo pido, me trata de esa manera?”. La única forma de dar respuesta a esta pregunta se encuentra en un examen detallado del tipo de lazos familiares que existen en casa de los Parker. La lección que podríamos extrapolar de este evento es que un requisito para negociar algún asunto con nuestros padres, amigos o parejas, es intentar anticipar qué les molesta, qué les gusta, qué les angustia. Sin este conocimiento aproximado, y difícil de medir o cuantificar, las interacciones humanas exitosas solo podrían ser resultado del azar.

En su libro Ontología basada en objetos, Graham Harman advierte que estas reflexiones no se agotan en el ámbito de las ciencias sociales. La física, por ejemplo, enfrenta el dilema de elegir, entre cientos (incluso miles) de opciones igualmente plausibles, la formulación matemática de un tipo de teoría de cuerdas que se ajuste a la estructura (o las cualidades) del universo conocido. Por su parte, George Ellis publicó en 2005 un artículo titulado Physics, complexity and causality, en el que afirma que la pretensión de una Teoría del todo sería ciertamente infructuosa si se omiten fenómenos cualitativos asociados, por ejemplo, a la intención humana y su poder causal sobre el surgimiento de estructuras jerárquicas complejas. Al final del texto sugiere que los científicos naturales tienen la tarea pendiente de avanzar en esa dirección ¿Será una casualidad que, de acuerdo con una encuesta hecha por revista Nature en 2016, 70 % de los científicos consultados afirmen no haber podido replicar (y, por tanto, no entender cómo surgieron los resultados de) experimentos de colegas?

El mensaje subyacente de este texto se hace cada vez más explícito; las aproximaciones no cuantitativas al estudio de fenómenos naturales y humanos son importantes, y a lo mejor fundamentales, para contar con herramientas que permitan promover diferentes tipos de cambio. En el argot académico, hablamos, por ende, de la centralidad de las técnicas cualitativas para recolectar y analizar percepciones, motivaciones y relaciones sociales en contexto. Sin una aproximación metodológica que permita estudiar cualidades de objetos y formas sociales –aspectos que son, al menos a primera vista, inobservables– se abre una brecha entre lo que observamos y lo que podemos transformar.

Hasta el momento no he dicho una palabra sobre el cómo (o la técnica) del análisis cualitativo para cumplir con estas expectativas. Mencioné, eso sí, una escuela, la del Realismo Crítico, cuya reflexión metodológica se orienta por una motivación explícita en ofrecer alternativas al empirismo en la academia y la sociedad. En mi experiencia, la aplicación de los principios de este paradigma de pensamiento en situaciones tan diversas como la evaluación de una política pública a nivel nacional, el análisis de la descentralización educativa en Colombia y el diseño de propuestas pedagógicas en el salón de clase me ha permitido, al menos, ver cosas que antes no veía y sentir mayor rigor e integralidad en mi trabajo. La invitación, desde luego, es a conocer un poco más de esta tradición epistemológica y sus aplicaciones.

Finalizo parafraseando al pensador realista Tony Lawson, quien en una ocasión afirmó que es mejor estar más o menos en lo cierto que precisamente equivocados. Esto me lleva a preguntar, apoyado en el trabajo de Brian Epstein, si no es posible que por estar tan ocupados midiendo (y gastando millones haciéndolo) sacrificamos tiempo y esfuerzo en entender qué es lo que estamos queriendo transformar. Es importante medir, ¿pero vale la pena (intentar) medir tanto? Se trata de una cuestión, a mi juicio de gran trascendencia, pues no solo abre interrogantes sobre cómo planeamos o investigamos, sino que, si lo meditamos, nos pone en arenas de reflexión sobre cómo nos construimos (como sociedad) y cómo nos gobernamos.

 

Las opiniones expresadas por los autores no comprometen la posición de la Universidad del Norte. Este espacio garantiza la libertad de expresar ideas y opiniones de los miembros de su comunidad universitaria, así como la libertad de cátedra e investigación. 

 

Por: Juan David Parra H.
Profesor del Instituto de Estudios en Educación
jparrad@uninorte.edu.co








En el argot académico, hablamos de la centralidad de las técnicas cualitativas para recolectar y analizar percepciones, motivaciones y relaciones sociales en contexto. Sin una aproximación metodológica que permita estudiar cualidades de objetos y formas sociales –aspectos que son, al menos a primera vista, inobservables– se abre una brecha entre lo que observamos y lo que podemos transformar.

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