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Matarse bajo la lluvia

Hace pocos días un periodista pedía mi opinión como sociólogo sobre el por qué algunos grupos de jóvenes en Barraquilla habían escogido el momento de los aguaceros como escenario de confrontación violenta. 

Debo confesar que por un momento me dejé llevar por una suerte de morbo audiovisual que a través de imágenes me permitiera entender el placer que podría haber detrás del hecho de salir a agredirse justo en el momento en que comienza la lluvia. Sin embargo, un momento después, mi memoria me llevó a mis años mozos en los ochenta, en el barrio Galán, cuando comenzaba a “serenar” y salíamos a recorrer las calles pese a las advertencias de los rayos y los arroyos hechas por los adultos y la circunstancia se convertía en un momento de encuentro y relacionamiento con los vecinos.

Volviendo a la entrevista, comencé a recordar la innumerable cantidad de veces que algún periodista local me ha llamado a preguntarme por una opinión sobre una situación relacionada con los jóvenes en la ciudad y tengo la certeza de que en más de un noventa porciento lo han hecho cuando los jóvenes se ven involucrados en hechos de violencia. Bien sea por confrontaciones entre pandillas, por excesos de las barras bravas, por disputas territoriales, etc.

Es por ello que la visibilidad mediática de la juventud y específicamente de la de los sectores populares, más allá de algún dato genérico de una lista de seleccionados en un programa como “Ser Pilo Paga”, está relacionada con la violencia. Lo cual me hace recordar un dicho popular que ha rondado por ahí y que dice que “las páginas judiciales y la crónica roja, son las páginas sociales de los pobres”.

Aún con la certeza de que no sacaría mi opinión al aire, le respondí al periodista que su pregunta, al igual que las de muchos de sus colegas que solo ven a los jóvenes en situaciones de violencia, me parecía amarillista. Le sugería que debería más bien orientar su preocupación hacia la pregunta por el qué hacen estos jóvenes en sus casas o en su barrio, un día cualquiera entre semana, esperando la lluvia para salir a enfrentarse. ¿No debería acaso existir alguna institución que estuviera captando su tiempo en esos momentos para que estuviesen haciendo algo significativo para sus vidas? ¿No deberían acaso estar en una institución educativa, en un trabajo, en un centro de generación de capacidades, en un taller de creación, o en cualquier espacio que les permitiera a estos jóvenes construir referentes de reconocimiento?

La pregunta entonces, más allá del qué están haciendo los jóvenes, que por supuesto es válida, debería orientarse al qué está haciendo el Estado a través de los actuales gobernantes para garantizarles sus derechos, de tal manera que no opten en algunos casos por salir a la calle a buscar otros referentes de reconocimiento, esta vez en la fuerza, en el control del territorio basado en la violencia o en la misma visibilidad mediática que con tanta facilidad consiguen cuando cometen un acto violento y que tanto se les dificulta cuando realizan una acción que de verdad aporte algo positivo hacia la sociedad. En este sentido las acciones que aportan por parte de los jóvenes no se consideran noticia, pues no alimentan el morbo de las audiencias.

Por supuesto, ésta es la misma mirada de los gobernantes, quienes salen a atender no el problema real de los jóvenes, sino a calmar la bulla de la agenda mediática. Orientan su atención a contrarrestar los hechos violentos de los jóvenes y no las causas que subyacen en ellos. Por eso las acciones que proponen están más centradas en programas coyunturales de “seguridad y orden público” que en políticas de desarrollo juvenil a largo plazo. Obviamente la intervención que se hace desde esta mirada epidemiológica termina intentando afectar solo aquel lugar en el cual se ve el síntoma. Sin embargo, no da cuenta de ese universo de invisibilidad de muchos sectores de la población juvenil que están en la misma situación, pero en un ámbito silencioso que no alcanza a llamar la atención del rating de las noticias mediáticas y eventualmente aparece en cifras estadísticas relacionadas con la pobreza, las carencias y la marginalidad.

Sabemos bien que las inversiones en desarrollo humano no son tan mediáticas como las de las obras que se hacen con cemento y que estos temas que se funden en la falta de atención social no son tan taquilleros como la idea cinematográfica de imaginarse grupos de “vándalos” que simplemente en su desadaptación esperan la lluvia para salir a matarse.

Un aparte de este texto fue publicado en la siguiente columna en El Heraldo.

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